No me daba cuenta de que estaba cambiando… Hasta que finalmente lo comprendí

No me di cuenta de que me iba transformando… hasta que, finalmente, desperté a esa verdad.

No sabría deciros el instante exacto en que comencé a hacerme mayor.
No hubo una frontera concreta, ni un cambio repentino, ni una aurora apasionada marcando el inicio de los años tardíos.

Sucedió despacio, con sigilo, del modo en que ocurren los giros más fundamentales.

Antes, yo surcaba los días a toda velocidad.
Me levantaba al alba con la ligereza de un jilguero, trabajaba sin descanso, ponía en orden la casa, cruzaba media ciudad quizás por la Gran Vía de Madrid para hacer recados, ayudaba a quien me necesitase, y aun así me quedaban ganas de reír cuando caía la noche.
Las piernas no pesaban.
No se cansaba la mente.
Mi energía parecía inagotable, como el sol de julio en Sevilla.

En verdad creí que esa era mi naturaleza, que así sería siempre.

Pero el tiempo, pícaro y sabio, tiene la sutileza de recordarnos quién lleva la batuta.

Una mañana, necesité quedarme un rato más acurrucada, antes de dejar el abrazo de las sábanas.
Otro día, percibí cómo mis manos bailaban más despacio al abrir un bote de mermelada.
Me sorprendí entrecerrando los ojos para descifrar unas letras diminutas en la etiqueta.
Y cuando alguien me preguntó por el día de la semana… tuve que pensarlo más de lo habitual.

No fue angustioso.
No sentí miedo.
Simplemente… era distinto.

Al principio luchaba contra ello.
Me esforzaba.
Le echaba la culpa al estrés, al clima de Castilla, a cualquier cosa salvo a la verdad.

Pero un día dejé de pelear, y empecé a escuchar el silencio.
Y en esa quietud descubrí algo inesperado:

Envejecer no es decaer
es depurarse.

Hoy mi cuerpo reclama más sosiego,
pero mi corazón ansía menos bullicio.

Mi memoria olvida lo trivial,
pero guarda con celo aquellos instantes que en verdad importan.

Mis pasos son más reposados,
pero avanzan no hacia la prisa, sino hacia la serenidad.

Ya no me lanzo a la mañana como antes.
Ya no mido mi valor en el cansancio.
Ya no confundo estar ocupada con ser valiosa.

El tiempo, enseñante generoso, me ha susurrado lecciones:

disfrutar de la calidez en vez de perseguir la velocidad
escoger la presencia y no la perfección
atesorar las cosas suaves que antaño pasé por alto
soltar lo ajeno para quedarse con lo propio

Y con cada arruga que traza mi rostro, con cada pequeña molestia, con cada duda, he comprendido algo hondo:

No estoy perdiéndome.
Me estoy descubriendo.

Si entrelíneas reconoces en ti estos cambios callados…
las mudanzas sutiles en tu cuerpo, el ritmo más lento, la ternura que suaviza el espíritu

No temas.

La juventud pone los cimientos.
La edad revela el sentido.

No te evaporas.
Te despliegas.
Vas creciendo en sabiduría, en compasión, en raíz.

Y aunque sigan transcurriendo los años,
sigues aquí.
Seguimos aprendiendo.
Seguimos amando.
Seguimos siendo dignas de cada instante hermoso que está aún por llegar.

Porque este capítulo
este tiempo reflexivo, intencionado, profundo y honesto
no es el fin de nada.

Es el principio de tu vida tal y como jamás habrías llegado a comprenderla.

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