Aeropuerto alternativo

Aeródromo de reserva

¿Me oyes? su voz es baja, casi avergonzada. Casi. Clara, te hablo, ¿me oyes?

Sí, le oigo. Siempre he sabido escucharle. Incluso cuando calla durante semanas, incluso cuando no llama, sigo percibiendo un eco de su presencia flotando en el aire de mi piso. Es como si dejase algo atrás: el olor de su café, la marca de una taza en el alféizar, una silla ligeramente movida en la mesa de la cocina.

Te oigo, Javier.

¿Entonces por qué no dices nada?

Estoy pensando.

Él suspira. Ese suspiro me lo sé de memoria también. Pesado, con un silbido, como si el aire le costase pasar por algo apretado dentro. Javier siempre suspiraba así cuando necesitaba compasión y no sabía cómo pedirla.

Ya no tengo a dónde ir dice. ¿Entiendes? A ninguna parte.

Me quedo de pie junto a la ventana, mirando la calle. Marzo. Nieve sucia apilada junto a los bordillos, palomas mojadas sobre el alféizar de enfrente, una mujer con carrito de bebé, tratando de evitar un gran charco. Un marzo de ciudad, vulgar. Por dentro, algo en mí gira despacio y se afianza, como una página que pasa, como una cerradura en una puerta.

Pasa digo.

Eso es todo. Tres sílabas. Y todo vuelve a empezar.

Javier tiene cincuenta y tres años. Yo cincuenta y uno. Nos conocemos desde que él llevaba camisas de cuadros que creía modernas y yo iba siempre con el pelo recogido en una trenza y pensaba que pasar inadvertida era una virtud. Nos presentó un grupo de amigos, en una cocina cualquiera, con vino barato sobre la mesa y debates sobre libros que ninguno había terminado. Javier era entonces estridente, reía muy alto, gesticulaba tanto que una vez tiró el plato de alguien. Yo recogí los trozos y pensé: aquí hay un hombre que llena el espacio. ¿Cómo será vivir cerca de eso?

Yo era distinta. Callada. De las que no se notan hasta que, cuando te fijas, no se olvidan. Al menos quería creer eso.

No se enamoró de mí. Lo hizo de Belén. Era lógico e inevitable, como la tormenta después de una larga canícula. Belén llamaba la atención; hablaba rápido, reía aún más alto, entraba en una habitación y todo el mundo la miraba. A su lado yo me sentía acuarela junto al óleo. No peor, solo distinta.

Su relación fue un torbellino: juntos, peleas, rupturas, reconciliaciones. Yo observaba desde la distancia. Belén montaba escenas, Javier daba portazos, se iba y volvía. Un vaivén inacabable.

Entre una tempestad y otra, estaba yo.

La primera vez que vino a mi piso fue tras la primera ruptura grave con Belén. Tendría treinta y cinco, yo treinta y tres. Llamó tarde, la voz tomada: ¿puedo pasar? Contesté: claro. Le preparé un té con tomillo, puse algo de cenar y estuvimos charlando hasta las dos. Él hablaba, yo escuchaba. No era difícil. Se me da bien escuchar.

Durmió en mi sofá. Por la mañana tomó café, agradeció y se fue. Dos semanas después, volvió con Belén.

No me ofendí. Lavé la manta, guardé todo, seguí mi vida.

El patrón se repitió. Una vez, otra, diez. Perdí la cuenta. Volvía tras las broncas, a veces una noche, otras varios días. Tomábamos té con tomillo, hablábamos, él se calmaba, regresaba siempre a Belén.

Nunca lo llamé amor. Me daba miedo hacerlo. Pero cuando sonaba el timbre, algo en mi pecho se apretaba y luego se soltaba: aquí está. Vivo, presente, mío. Por poco tiempo, pero mío.

Me sentía como una torre de control. Los aviones llegan, aterrizan, reponen combustible y despegan. Y la torre, firme, siempre esperando.

Esta vez llega a finales de marzo, con una bolsa deportiva azul gastada al hombro. Sé lo que significa esa bolsa, viéndola. No será solo un par de noches.

¿Por mucho tiempo? le pregunto mientras se quita la chaqueta en el recibidor.

No lo sé es sincero; eso siempre lo fue. Quizá una semana. Ya veremos.

Vale. Pongo agua para el té.

Agua, tomillo. Se sienta en su sitio de la cocina ya suyo, junto a la ventana, de espaldas a la nevera. Pongo la taza delante y pienso: otra vez. Y siento una ternura cálida, un poco triste.

¿Tan mal? susurro.

Peor imposible abraza la taza con dos manos, siempre las tenía frías. Ella dijo que está harta. Que esto no es vida. Que nos destrozamos la vida.

¿Y tú qué?

Nada. Cogí esto asiente hacia la bolsa y me fui.

Fuera, el goteo del canalón; un metrónomo líquido.

Clara me mira por primera vez esa noche. ¿No te alegras?

Me alegro. Y es verdad. Doloroso, vergonzoso, pero verdad.

Los primeros días son extraños. No malos, raros. Estoy acostumbrada a mi ritmo de soledad: levantarme a las siete, preparar café, leer media hora junto a la ventana, luego al trabajo, volver a las seis, cocinar algo sencillo, ver una serie, llamar a mi amiga Marta, acostarme a las once.

Javier revienta ese ritmo. No por maldad: él tiene el suyo. Se levanta más tarde, charla cuando yo ya pienso en el trabajo, deja las cosas desordenadas. Pone el televisor alto. Da la lata en el baño.

Pero las noches juntos alrededor de la mesa son gratas. Cuenta historias, yo me río. Preparo lasaña con una receta de una revista vieja; se come dos platos y dice que es lo mejor que ha probado en años. Vemos películas antiguas y discutimos los finales. Los domingos vamos al mercado: él lleva la bolsa pesada. Tan normal, tan fácil, que me falta el aliento.

Una semana; otra; un mes.

Una noche me despierto y le escucho respirar tras la pared. Pienso: ¿y si esto es de verdad? ¿Si es esto lo que debía ser? No somos jóvenes, sabemos lo que es la soledad, nos conocemos tanto que ya no hay sorpresas ni máscaras. Esto mismo podría ser la dicha; no estruendosa, no rutilante, sino tranquila, como una casa antigua.

Lo hablo con Marta, en una cafetería, las dos con nuestro café con leche. Ella me escucha y luego calla.

Clara dice con cautela.

Sé lo que vas a decir.

¿Sí? ¿De verdad?

Que esto tampoco durará, que se irá. Como siempre.

Marta mueve la cucharilla.

Quiero preguntarte si eres feliz. Ahora, en este momento, ¿sí?

Me lo pienso de veras, no para quedar bien, para ver la respuesta.

Sí digo, sí, en este momento, sí.

Pues vive este momento responde. Deja de pensar en luego.

Lo intento. Lo hago.

Vivimos juntos cuatro meses: abril, mayo, junio, julio. Cuatro meses que aún recuerdo casi por días. Como trajo un ramo de lilas del jardín cuando florecieron. Como discutimos por una tontería y él luego vino a pedirme perdón. Un sábado entero juntos en casa, yo leyendo, él arreglando cosas en el balcón; y ese silencio compartido era tan pleno que me daba miedo romperlo.

Empiezo a pensar en términos de nosotros, no yo. Salió de manera natural; dejo que crezca.

Él cambia también. Se irrita menos, apenas habla de Belén. A veces me mira diferente; con ternura, sin compasión ni gratitud. Algo nuevo, para lo que tardo en encontrar nombre. Quizá por fin era amor.

Me pidió las llaves de repuesto. Se las hice sin dudar. Las entregué, pequeña y fría, y a la vez sentí calor dentro.

Eso fue a principios de julio.

A mediados, una llamada.

Estoy en la cocina, él en el salón, con el ordenador. Su teléfono suena fuerte, insistente. No le presto atención. Luego, silencio. Más silencio. Un silencio que anuncia un cambio.

Salgo de la cocina. Javier está de pie con el teléfono en la mano, mirando un punto fijo.

¿Javi?

Me mira y ya sé, sin pensarlo, lo que ocurre.

Belén dice. Problemas serios. Necesita ayuda. Está sola.

Así de simple: Belén.

Entiendo digo.

Clara…

Ve.

Espera, quiero explicártelo…

No hace falta. Lo entiendo. Ve.

Se queda un minuto. Me mira. Saluda. Va al recibidor, coge la bolsa azul, que nunca deshizo del todo, como si supiera que volvería a marcharse.

Te llamaré dice desde la puerta.

Vale contesto.

Cierra. El clic de la cerradura. Me quedo en medio del piso, con el vacío.

Tres días no lloro. Esperaba lágrimas y no vienen. Tengo una sensación extraña: como cuando se saca un mueble grande de un sitio y queda un claro en el suelo y un hueco en el aire. No duele. No todavía. Solamente hay ausencia con forma.

En el trabajo sigo normal. Soy contable en una empresa de reformas. Los números no preguntan por tus sentimientos. Exigen que cuadren.

Al cuarto día, hago lasaña. No sé por qué. La misma receta, los mismos ingredientes, el mismo horno. Me sirvo, la como. Sabe bien. Imposiblemente bien.

Ahí llegan las lágrimas. Llorando en la cocina, frente a la lasaña. Llorando como una niña, fuerte y sin pudor. Después me lavo la cara, me hago una infusión, me acuesto.

Marta aparece el día siguiente, sin avisar, con una bolsa donde asoman pan y algo más. Me abraza. No lloro más. Parece que se agotaron sobre la lasaña.

Cuéntamelo dice Marta.

No hay nada que contar, lo sabes todo.

Sí. Pero dilo. Hay que decirlo en voz alta.

Lo cuento. El mes de julio, la llamada, la bolsa, el te llamaré. No ha llamado, ya ha pasado más de una semana.

¿Piensas esperarle? pregunta Marta.

No me sorprende lo fácil que sale.

¿Seguro?

Sí. Ya no quiero esperar. Toda la vida he esperado. Ni recuerdo desde cuándo. Esperar su llamada, su llegada, su elección. Y él nunca elegía. Solo volvía cuando no tenía dónde.

Sabes cómo se llama esto?

¿Cómo?

Aeródromo de reserva. Yo era su aeródromo de emergencia. Siempre en el mismo sitio, siempre lista. Pero vuelo propio nunca.

Marta me mira.

¿Llevas mucho tiempo sabiendo esto?

Sabiéndolo, sí. Entendiéndolo, ahora.

Hay diferencia entre saber y comprender. Puedes saber cosas durante años y vivir como si no las supieras. Comprender es perder la posibilidad de fingir.

Agosto pasa en una calma rara. Trabajar, volver a casa, leer, cocinar, pasear al atardecer por el Paseo del Prado. Miro los reflejos de los faroles en el Manzanares y la gente que pasa en parejas o solos. Pienso mucho.

Un día, paro frente a una tienda y veo mi reflejo: mujer de gabardina clara, pelo recogido. No joven, pero tampoco vieja. Cansada, pero entera. Me quedo mirando y pienso: ¿qué quieres tú? No Javier, ni Belén, ni todo esto. Tú. ¿Qué quieres?

No sé la respuesta, pero la pregunta ya es mucho.

En septiembre cambio los muebles. Empiezo por el sofá, que bloquea la luz. Luego las estanterías. Y todo el piso se vuelve distinto: más luz, más aire. ¿Por qué no lo hice antes? Tal vez por miedo a cambiar, por temor a que si volvía Javier preguntara: ¿qué has hecho aquí? Ahora ya no hay a quién temer.

Compro cortinas nuevas. De lino, color crema, con motivos pequeños. Las antiguas, azul marino, pesadas, devoraban la luz. Las nuevas dejan entrar el sol y en las mañanas la casa parece dorada. Llevo cincuenta y un años viviendo aquí y nunca lo había notado.

En octubre me apunto a clases de italiano. Era algo que postergaba. El grupo es variado, el profesor joven, dicharachero, nos hace cantar canciones en italiano. Yo canto. Fuerte y sin vergüenza: Torna a Surriento, aunque en Sorrento nunca he estado.

Marta se sorprende.

¿Italiano? ¿Para qué?

Quiero ir a Barcelona.

En Barcelona hablan castellano, no italiano.

Me río.

Ya lo sé. Pero me apetece. Es parecido.

No es verdad del todo, pero me gusta hacer cosas inesperadas. Cosas mías.

Barcelona se cuela en mis sueños. Una noche veo fotos en internet: no las postales turísticas, sino una mañana cualquiera, un mercado, un gato naranja en una ventana. Algo dentro me dice: ahí. Quiero ir ahí. No una semana, vivir allí un tiempo, bajo esa luz, esos patios, ese aire a naranjos y mar.

Escribo Barcelona. Primavera en un papel y lo pego en la nevera. Lo miro cada mañana.

Noviembre trae frío y días cortos. Me abono a la piscina municipal. Nado por las mañanas, antes del trabajo, media hora que es el mejor principio de día que he conocido. En el agua no se piensa en nada, solo en avanzar. Resulta ser un buen entrenamiento para la vida.

A veces, pocas, pienso en Javier. ¿Estará con Belén? ¿Le irá bien? No le deseo nada malo. De veras. Pienso en él como en una foto antigua: reconozco a la gente, pero la emoción ya es otra.

En diciembre, Marta me invita a pasar la Nochevieja con sus amigos. Casi digo que no, al final voy. Ríen, brindan, y a medianoche, cuando todos se abrazan, me siento inesperadamente ligera. Como si hubiera dejado algo pesado en algún sitio, sin darme cuenta.

Enero, febrero. Sigo con el italiano, la piscina, leo libros largamente pospuestos, organizo por fin los altillos, me despido de objetos acumulados por si acaso. Encuentro una vieja manta. Sí, la que Javier usó la primera vez que durmió en mi sofá. La meto en la bolsa de donaciones. Que abrigue a alguien.

Marzo otra vez. Se cumple un año desde que Javier volvió con su bolsa azul.

Miro por la ventana, con el café en la mano. Nieve sucia aún, palomas mojadas, una mujer distinta con carrito ríe por teléfono bajo mi ventana. Lo mismo, pero yo otra.

Javier llama un sábado, al mediodía. El nombre aparece en la pantalla y algo me da un leve vuelco, un eco de viejas costumbres.

Descuelgo.

Clara dice. El mismo Javier, pero a la vez otro, lejano. Soy yo.

Ya veo.

¿Cómo estás?

Bien. ¿Y tú?

Silencio.

No muy bien. ¿Podemos vernos?

Pienso un instante.

Vale. ¿Dónde?

¿En tu casa?

No. Mejor en la puerta. Salgo en veinte minutos.

Pausa. No lo esperaba.

De acuerdo dice, y cuelga.

Termino mi café, me pongo el abrigo, bufanda y botas. Me miro en el espejo del recibidor. Mujer de abrigo gris claro. Serena. Preparada.

Está esperando fuera cuando llego. Algo mayor, o quizá yo miro de modo distinto. Más delgado, menos acicalado, una esperanza torpe en la mirada.

Hola dice.

Hola.

Caminamos por la acera, despacio.

Clara empieza. Quiero decirte algo.

Dímelo.

Este año ha sido duro. Muy duro. Con Belén no… no funcionó. Se marchó. Y el negocio también. Me quedé… bueno, con nada.

Le escucho, no le interrumpo.

Pensé mucho en ti. Me di cuenta de lo ciego que he sido. Que tenía algo real y no supe verlo. Que fuiste… eres lo más sincero que tengo.

Javier le paro.

No, déjame acabar. Quiero volverlo a intentar. De verdad, sin mentiras. He cambiado, Clara. Dame ese chance.

Pasamos junto a un castaño anciano. Ya asoman los primeros brotes.

Me detengo.

Él también. Me mira.

Estás guapa dice de pronto. Aún más que el año pasado. ¿Cómo lo haces?

Me sonrío levemente.

A veces ocurre.

Clara. Me toma la mano. Di algo.

Miro su mano, cálida, familiar. Tantos años deseando sujetarla. Ahora la suelto suavemente.

Javier, quiero que me entiendas, sin resentimiento. ¿Vale?

Habla.

Dices que has cambiado. Te creo. Pero no es solo eso. Yo también he cambiado. Pero de otra manera. Tú vienes a buscar lo que perdiste. Yo he encontrado algo que no quiero dejar.

En su mirada hay alarma.

¿El qué?

A mí misma. Aunque suene tópico, es así.

Clara…

Escucha. No te guardo rencor. No tiene sentido. Pero entiende esto: yo fui tu aeródromo de emergencia. Venías cuando todo fallaba. Y yo estaba, te recibía, te cuidaba y tú volvías a Belén, porque era más intensa, más todo. Yo, segura, pequeña, nunca la principal.

No es justo.

Es real. Y lo sabes. Pero ahora, ese aeródromo está cerrado. No por rabia. Solo porque ya no quiero ser opción de reserva para nadie. Ni para una buena persona. Y tú eres bueno, Javier.

Silencio largo.

¿Y ahora qué?

Ahora tengo planes. Me voy a Barcelona en primavera. Aprendo italiano, nado, leo. Esta es mi vida: pequeña quizá, poco vistosa. Pero mía. Y no hay sitio para quien viene porque no le queda otra.

¿Y si vengo porque quiero venir a ti?

Le miro largo rato. Él me sostiene la mirada. Quizá es verdad.

Quizá sí. Pero yo ya no puedo comprobarlo. Ya no soy la de antes. La que espera. Esta que soy ahora, vive de otra manera.

Da un paso hacia mí.

Clara. Déjame intentarlo.

No. Suave, sin crueldad. No es por castigo, es que lo sé demasiado bien.

Frente al portal, la misma calle, otro año y otra yo.

¿Ni un té?

No.

¿Por qué?

El té con tomillo era ya otra cosa. Un inicio. Y ahora no habrá inicio.

Baja la mirada, luego la eleva.

¿Eres feliz? pregunta. ¿Ahora mismo?

Pienso, como aquel día en el café con Marta. De verdad.

Sí. Aquí y ahora, sí.

Eso es bueno dice. De verdad lo cree. Muy bueno, Clara.

Pausa.

Llámame algún día, solo para charlar.

Niego con la cabeza.

No hace falta. De verdad. Cada cual lo suyo.

Asiente despacio, como quien acepta una realidad pesada.

¿Barcelona, dices?

Barcelona.

Es hermosa.

Lo sé. Aún no he estado, pero lo sé.

Él se aleja por la acera sin volver la vista atrás. Veo marchar al hombre que he amado más tiempo del que me he amado a mí. Al que ahora dejo ir, sin dolor, con algo parecido a la paz.

Como quien suelta un pájaro que lleva tiempo queriendo volar.

Entro al portal, subo a mi piso, abro mi puerta. Hay olor a café y lino, y la luz de marzo traza una franja en el sofá cambiado de sitio.

Voy a la cocina. Pongo la tetera. No tomillo; solo menta. Nueva costumbre.

Tomo el papel de la nevera: Barcelona. Primavera. Añadido: Abril.

Abril está cerca.

El aeródromo está cerrado. La torre de control apaga las luces.

Por fin, yo tomo el avión.

***

Pero no fue inmediato. Hasta llegar a este portal, antes, pasé un año de transformación lenta. Por eso quiero contar ese año despacio. Porque cada mes, casi cada semana, algo cambiaba.

Tras la partida de Javier, seguí con mi rutina. Cocinaba para uno, lo que parecía raro después de meses cocinando para dos. Quité su taza (la grande azul, con el borde roto) de la mesa y la guardé en el armario. No la tiré; no sabía aún muy bien qué hacer con ella.

El quinto día llamó mi madre, desde Salamanca. Hablamos todos los domingos, ahora llamaba un miércoles.

¿Todo bien, Clara?

Sí, mamá.

No te oigo bien.

Cansada, solo eso.

¿Trabajo?

Trabajo.

Pausa.

¿Se ha ido?

¿Cómo lo sabes?

Soy tu madre.

Sonreí. El radar materno.

¿Quieres venir unos días?

No, gracias. Necesito estar aquí.

Vale. Pero si hace falta, llámame.

Lo haré.

Nunca llamé, porque nunca fue tan malo como ella temía. Había vacío, esa soledad peculiar que viene cuando tú eliges, pero no desesperación, ni ganas de suplicar que vuelva. Raro, pero así fue.

Quizá porque siempre supe que aquello ocurriría; simplemente no quería saberlo.

Finales de julio. Voy a la peluquería, la misma de siempre, en el barrio de Chamberí. La peluquera, Mercedes, me ojéa y pregunta simplemente:

¿Qué hacemos hoy?

Más corto. Mucho más.

Levanta una ceja.

¿Cuánto?

Hasta los hombros. Y más claro.

Salgo distinta. Ligera.

En la calle, la vecina, doña Emilia, setentona y sabia, exclama:

¡Clara, qué cambio, hija!

Solo me he cortado el pelo.

Pareces otra. Esto siempre significa algo: o bueno, o malo.

Ambas cosas.

Bien entonces. Lo importante es moverse.

Agosto, caluroso. Cojo vacaciones por primera vez en años. Descubro sitios de Madrid que nunca había pisado: el Jardín Botánico, el Retiro entre semana por la mañana, bares pequeños donde leer y mirar. La vida es esto: sentarse y mirar el sol en las hojas. No es vacío; es vida.

Me encuentro a una mujer en un banco del Botánico, Isabel, jubilada, lee en silencio. Charlamos un rato. Sin dramas, sin compartir la soledad, solo dos personas que saben estar.

Septiembre huele a principio, una nueva cartografía del aire que invita a cambios. Muevo los muebles, lo cuento, y empiezo a notar ganas de saber del mundo de otro modo.

Octubre, clases de italiano. Mi compañera Inés me lleva a reír y descubrir nuevas posibilidades.

Noviembre, diciembre, enero. Libros, piscina, la manta donada. En enero, un viejo cuaderno de notas. Leo a esa yo de hace años y escribo en la última página: Todo está bien. Lo lograste.

Febrero, deshielo temprano. Descubro una librería perdida y salgo con tres libros, uno sobre Barcelona. Me maravillo con las fotos, planeo el viaje. Apartamento reservado, vuelos comprados. Siento una alegría limpia y poderosa.

Marta aprueba. Mi madre se preocupa.

¿Vas sola, hija? Sí, y ya no pasa nada.

Las relaciones después de los cincuenta no consisten en buscar al otro, sino en elegirse a una misma.

Yo vivía en la espera ajena, posponía mi vida hasta que alguien me diera permiso. Nadie lo da. Lo tomas.

Comprendí que la psicología verdadera es aceptar y cerrar puertas sin rencor, solo porque quieres caminar por otro pasillo.

Cuando Javier llamó, estaba ordenando el armario. El móvil brilló. No me sobresalté.

El último paseo por la acera, el adiós sin enfado ni determinismo. Solo realidad. Pude tener compasión por Javier, sin dejarme arrastrar. Puede que eso sea sabiduría: sentir y seguir tu rumbo.

Entré en casa. El sol de marzo filtro entre cortinas leves. En la nevera, el papel ya con tres palabras.

Fui a la cocina, herví agua para la menta.

Avisé por mensaje a Marta: Ha venido. Todo bien. Respondió enseguida: Orgullosa de ti.

Escribí a Inés para ir al cine: ¿Mañana por la tarde?

Su respuesta: ¡Por fin! ¿A qué hora?

Sonreí. Vertí el té. Cogí la guía de Barcelona. Queda un mes para abril.

El aeródromo está cerrado. Las luces apagadas. Ahora el avión es solo mío.

Y esta vez sí, hay una pasajera. La que muchos años esperó en la pista, viendo despegar a otros. Ella se llama Clara, tiene cincuenta y un años y va hacia Barcelona.

***

El hervidor pita. Pongo menta en mi taza blanca, nueva, con borde fino. Llevo la taza a la ventana. Es marzo los pájaros, otra mujer con carrito, el sol bajo en los tejados.

Tomo el té. Solo esto: una historia de amor y lo que viene después. Cómo se puede amar mal mucho tiempo y descubrir, después del duelo, algo inesperadamente bueno.

¿Cómo se supera una ruptura? Mi respuesta: cambia los muebles, compra cortinas nuevas, apúntate a idiomas, ve a nadar, entra en una librería nueva, permítete no esperar.

No esperar.

Eso cuesta y es simple: dejar de vivir en la antesala. Empezar a vivir en presente.

¿Perdonar? Sí. No por norma, sino porque el rencor pesa y quiero volar ligera. Perdonar y recordar, sin cargar.

Añado la taza al fregadero, abro el portátil: billete, abril. Barcelona.

Me sonrío. Pronto tomo ese avión. Donde el sol es otro, las calles huelen a naranjas y los gatos miran desde las ventanas. Donde puedo pasear despacio, sentarme al sol, mirar sin pensar en lo pasado.

Ahora entiendo que la familia empieza por una. Si no edificas algo dentro, se desmorona fuera. Si no aprendes a estar contigo, pasarás la vida esperando el permiso de los demás.

Yo esperaba. Ya no.

El móvil vibra: Inés concreta cine y hora. Me contesto: Perfecto. Nos vemos.

Frente al espejo, sonrío: ropa sencilla, pelo algo desordenado, expresión tranquila. No feliz, pero sí en calma.

Hoy toca cine con Inés. Mañana italiano. Pasado, piscina. En un mes, Barcelona.

La vida sigue. Ahora la mía, sin depender de aviones de nadie.

El aeródromo está cerrado.

Y allá arriba, sobre tejados y cables, sobre las nubes ya menos grises, casi de abril, va volando mi propio avión.

Yo vuelo.

Por la noche, después del cine y risas, al llegar a casa veo la taza azul con el borde roto. La tomo, la dejo junto a mi nueva taza blanca, sin simbolismos.

Las cosas son solo cosas.

Leo un rato, el libro de cómo cambiar. Página a página, como cambian las personas. Cierro el libro. Apago la luz.

Fuera cae la lluvia de marzo, tranquila, nada triste.

Escucho. Paz dentro de mí. No vacío.

Mañana: italiano. Pasado: piscina. En un mes, Barcelona.

Hoy, esta noche, esta lluvia.

Cierro los ojos.

Y veo claro: un patio tranquilo, sol de abril, un gato naranja, yo con café en la mano. Los dos contentos.

El aeródromo está cerrado.

La pista, abierta para mi propio vuelo.

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