Notas sobre animales
Otra vez llegas tarde Carmen Fernández miró con severidad a la niña que estaba en la puerta, clavando la vista en el suelo, con cara de culpa. ¿Y ahora qué excusa tienes? Ya llevas dos días ayudando a tu abuela a cruzar la calle, otro ayudando a la vecina a cargar la compra, y el mes pasado te vimos participar activamente buscando a un niño perdido Espero que esta vez tengas una razón de peso.
Seguro que hoy ha ayudado a la policía a atrapar a un peligroso criminal se rió Clara Méndez.
¡O ha estado apagando un incendio con los bomberos! gritó desde el fondo de la clase Martín López.
O quizás ha…
¡Basta ya de charlas! alzó la voz la profesora. Ahora todos en silencio y escuchando a Ángela. Vamos, Ángela, cuéntanos por qué llegas tarde hoy.
La niña levantó la vista, miró a la profesora, luego recorrió la clase con la mirada y suspiró con resignación:
Estaba ayudando a un perro
¿Perdona? ¿He entendido bien? ¿AYUDANDO a un perro? Madre mía, no quiero ni imaginarme cómo ¿No estarías ayudándolo a parir, no?
No, Carmen respondió Ángela dejando la mochila en el suelo, cansada de sostenerla.
Verá, simplemente me crucé con un perro de camino al colegio. Se acercaba a la gente porque tenía hambre y yo, pues quise compartir mis bocadillos con él.
¡Eso son dos minutos! la interrumpió Clara Méndez con un tono más burlón que constructivo.
Ya, pero el barrendero nos echó del parque cuando se dio cuenta de lo que hacía Tuve que volver a casa…
¡Pero qué alma de cántaro! suspiró la profesora con una sonrisa de esas que pinchan. Pobre perrito.
Carmen se levantó de su enorme mesa de profesora y se acercó a Ángela.
¿Y mis avisos de no llegar tarde no cuentan? Venga, enséñame la agenda, te pongo un suspenso en comportamiento. Y de paso escribo a tus padres para contarles lo buena que eres; en vez de estar sentada en clase, te dedicas a alimentar perros callejeros por ahí.
Ángela entregó la agenda en silencio y fue a su pupitre.
Al pasar junto a Clara, esta le puso la zancadilla, y Ángela tropezó y cayó de bruces. La clase entera se llenó de carcajadas.
La profesora apenas levantó la vista, negó con la cabeza y siguió anotando en la agenda, despacio, saboreando cada letra.
Ángela la miró con asombro e incomprensión. Se acercó a Clara casi rozándola y, en susurros, preguntó:
¿Por qué haces esto?
¿De qué hablas? ¡Yo a ti no te he hecho nada! A lo mejor te has dado un golpe y te lo imaginas, respondió Clara, fingiendo voz de cordero, pero en alto para que todos la oyeran.
Y después se dirigió a la profesora:
Carmen, Ángela me está distrayendo.
¡A tu sitio, Ángela! ¡Encima de llegar tarde, quieres interrumpir la clase!
La pobre no tuvo más remedio que sentarse obedeciendo. Siempre tuvo líos con Carmen. Y con Clara tampoco nunca congenió.
Lo peor es que nunca comprendía por qué Clara siempre la tomaba con ella.
Porque esto era lo de menos Una vez le tiró la mochila por la ventana y se quedó enganchada en un árbol. Así que a la hora del recreo Ángela tuvo que subirse a rescatarla y a alguien se le ocurrió grabarla con el móvil.
Por supuesto, la llamaron inmediatamente por megafonía, la directora la recibió con cara de querer chillarle.
Pero Ángela, ¿no eres consciente de lo peligroso que es subirse a un árbol? ¿Y si te caes y te rompes algo? ¿Y si es el cuello? ¿Quién respondería? ¡Pues yo! Así que trae mañana a tus padres. Tengo que hablar seriamente con ellos.
Ellos, por supuesto, fueron. Pero no a avergonzarse, sino a mostrar su enfado por la situación.
Contaron su versión, pero la directora ni caso.
Le he preguntado a Clara si ella tiró la mochila y dice que no, así que no tengo motivos para dudar de ella sentenció.
¿Y motivos para no creer a nuestra hija los tiene?
Además, Clara se queja, y no es la primera vez, de que tu hija siempre la acosa continuó la directora, ignorando a los padres de Ángela. ¡Deberíais hablar con ella!
Total, Ángela siempre acababa siendo la culpable… Y esta vez también.
Ya estaba acostumbrada, aunque le daba rabia. Por alguna razón, todo a Clara le salía gratis: podía charlar en clase, lanzar cosas por la ventana y a Ángela parecía que todo se lo echaban en cara.
¿Dónde está la justicia?
Eso sí, ese mismo día el destino le dio la oportunidad de resarcirse. O, mejor dicho, de enseñar una lección. Porque vengativa, lo que se dice vengativa, nunca fue.
Dentro de un mes, Sevilla celebrará la Carrera Infantil por el Día Internacional del Deporte y nuestro colegio nos ha pedido participar anunció con emoción el profesor de educación física, Paco Benítez. A ver, ¿alguien se apunta?
¿Correr? dijeron sorprendidos los alumnos.
Sí, hace falta dos personas para la carrera infantil de 1,5 km. El ganador se lleva medalla, diploma y ¡un sobresaliente en la asignatura! Doy por hecho que Clara va a representar al cole, ¿verdad? Paco miró a su alumna preferida, que asintió enseguida. Perfecto. Falta una persona. López, ¿quieres subir tu media?
¿Yo? No, Paco, gracias. Yo sólo si es campeonato de FIFA…
¿Puedo participar yo? preguntó Ángela.
¿Tú, Ángela? se sorprendió el profe. ¿Pero te gusta correr? Si no me falla la memoria, tienes notable y necesitamos a los mejores, como Clara.
¡Pero si siempre llega tarde! se burló Clara. Correr, dice… ni al cole llega puntual.
Bueno, pero nadie más se apunta intervino Ángela . Y a mí sí me apetecería intentarlo.
Como nadie más quería, Paco apuntó a Ángela.
Vas lista le susurró Clara al acabar la clase. No tienes ninguna opción.
Ya veremos contestó Ángela, mordiéndose el labio.
No era ninguna atleta, pero la motivación de dejar mal a Clara la llenaba de confianza. Además, tenía un mes para entrenar.
Al salir, Ángela se sorprendió al ver al mismo perro esperándola tras la verja del colegio. ¿Pero cómo habrá sabido este perro dónde estudio?. Rápidamente recordó el olfato de los perros y lo entendió todo.
Caminó hasta casa con aquella peculiar compañía. Qué ganas de llevárselo pero ¿quién la dejaría?
Mamá, papá dijo tras la cena. Voy a participar en la carrera infantil de 1,5 km dentro de un mes, por el Día Internacional del Deporte. Con Clara Méndez. ¡Qué ilusión!
¡Vaya! sonrió su madre. ¿Lo has decidido tú o te han apuntado?
Yo. ¿Acordáis cuando decías que la abuela ganó un maratón? Pues quiero hacer lo mismo.
Pues me parece estupendo aprobó la madre. Espera ¿Clara Méndez no es esa niña que te tiene manía? ¿Vas a correr con ella?
No te preocupes, mamá. Esta vez no va a conseguir dejarme en ridículo. Se va a enterar de lo que valgo.
¡Eso es! Nuestra Ángela es una campeona, ya verás apuntó el padre.
Y eh ¿os puedo pedir algo? Veréis, esta mañana me encontré un perro
¡No! respondieron al unísono los padres. En casa, perros, no. Ya lo hemos hablado.
Eso me lo esperaba, pensó Ángela, marchándose más triste.
*****
Durante el mes siguiente, Ángela se esforzó a diario. La madre le enseñó cómo calentar bien, el padre técnicas de respiración para no agotarse antes de tiempo.
Y allí estaba el perro, fiel como nadie, esperándola cada día a la puerta y saliendo a correr con ella.
Bueno, a veces corría más rápido, obligando a Ángela a superarse y no dejarse adelantar.
Cuando les contó esto a sus padres, estos se miraron de forma significativa.
A mí me da que ese perro te está entrenando de verdad.
Al día siguiente, el padre compró un collar para el perro, y la madre empezó a enviarle comida con Ángela: unas lonchas de jamón, unas croquetas
Ángela se ilusionó pensando que quizá cambiarían de opinión y le dejarían quedarse con Luna, como decidió llamarla. Pero no, la negativa seguía en pie.
Aun así, agradecía el detalle. Clara, por su parte, seguía con las pullas de siempre:
Pues prepárate para hacer el ridículo delante de toda Sevilla. Mejor que renuncies ahora
No lo haré. Y voy a llegar la primera replicó Ángela con una seguridad prestada.
Clara soltó una risa forzada:
¿LA PRIMERA? Pero si ni siquiera terminarás la carrera. ¡Eres una fracasada!
El gran día llegó.
El estadio estaba lleno, y entre el público no solo había padres. Faltaban 15 minutos y Ángela se afanaba en los estiramientos.
No pienses en nada negativo le aconsejaba su madre. Si no ganas, no pasa nada.
Voy a ganar, mamá sonrió Ángela, convencida.
¡Así me gusta! apoyó su padre. ¡A por ello!
Lástima que no pueda haber traído a Luna, pensó Ángela, mirando alrededor con la esperanza de ver a la perra, pero nada.
¡Preparados! gritó el juez. ¡Listos ya!
Y salieron todos a correr.
Clara pegó un tirón y Ángela, algo despistada, empezó casi la quinta.
Sabía que Clara estaría sonriendo con esa superioridad suya, pero Ángela pensó: Se ríe mejor quien ríe el último.
Enseguida adelantó a dos chicas y un chico, alcanzó la segunda posición y empezó a acortar la distancia con Clara.
Clara, nerviosa, miraba atrás varias veces y aceleraba.
Pero Ángela se recordó los trucos aprendidos con Luna: no intentar el adelantamiento prematuro, guardar fuerzas, esperar el momento final.
Cuando quedaba poco para la meta, aceleró, emparejándose con Clara, que la miró incrédula, y luego la rebasó con determinación.
Ya visualizaba el podio y la ovación de sus compañeros, el orgullo de sus padres hasta que sintió un golpe en el costado y todo se tambaleó.
De repente estaba en el suelo, la rodilla sangrando, Clara alejándose, el padre haciendo muecas de espanto. Y supo que había perdido.
Su plan de superar a Clara y cruzar primera se esfumó. Dudo que acabe ni segunda…
¡Levántate! ¡No te rindas! le gritaba su madre.
Ángela intentó levantarse, hizo un gesto de dolor y apenas pudo dar un paso. ¿Cómo iba a correr así?
Y entonces, algo mojado y cálido le tocó la mano. Miró y ahí estaba Luna.
¿Tú? ¿Cómo?
No le importaba. Lo importante era que estaba allí.
Gracias por venir, pero ya es tarde Lo he perdido todo
Luna le ladró, como diciendo no fastidies, se pegó a su lado y adelantó una patita.
Ángela se apoyó en la perra y, paso a paso, fueron avanzando hacia la meta.
Y en el estadio sucedió algo insólito. Nadie miró a Clara cuando llegó la primera saltando. Todo el público se centró en Ángela y Luna, avanzando despacio pero firmes.
Puede que no llegaran primeras, pero de que llegaban, llegaban.
Ningún otro niño quiso adelantarlas, pese a que podrían haberlo hecho. Al contrario, redujeron el paso y siguieron detrás, acompañando a una niña que, pese a todo, había vuelto a levantarse, y a su fiel perra, que había venido a ayudarla.
Eres mi mejor amiga, Luna. Gracias por todo, pensó Ángela, feliz.
Llegaron juntas a la meta. El estadio prorrumpió en aplausos y gritos de ¡Bien hecho! ¡Bien hecho!.
Los padres abrazaron fuerte a Ángela y el padre, incluso, le estrechó la pata a Luna.
Has sido increíble, Ángela, dijo su madre. Estoy muy orgullosa.
Para mí, has ganado tú la carrera añadió el padre, fulminando con la mirada a Clara, que estaba sola, medalla y diploma en mano. ¿Quieres que vaya yo ahora y le diga lo que pienso?
No hace falta, papá. Ella ha conseguido lo que quería y yo yo tengo lo importante: a Luna.
Y le dio un beso a su perra.
Bueno, ¡vámonos a casa! Hoy toca celebración con tarta.
Esperad, que sólo me despido de Luna pidió Ángela.
No hace falta, sonrieron los padres. Venimos todos juntos. Luna, también.
¿En serio? Ángela no daba crédito.
Muy en serio corroboró su madre. Una amiga así no la encuentras ni a la de tres.
En ese instante, Ángela supo que esa era la mayor victoria de su vida. Por encima de medallas y diplomas.






