Isabel jamás quiso casarse. Pero, cuando tenía diecinueve años, quedó embarazada de un compañero con el que llevaba saliendo tres años. No tuvo opción no quería que su hijo creciera sin padre.
Aunque él era algo mayor que Isabel, era francamente inmaduro, un eterno niño mimado. A pesar de todo, asumió la responsabilidad dijo que se casaría y que criaría al niño. Así empezaron los preparativos para la boda.
Isabel hubiese preferido una simple ceremonia, pequeña, pero sus familiares insistieron en organizar una gran celebración. No entendía por qué debía gastar una fortuna en otras personas, en vez de emplear ese dinero en todo lo necesario para el bebé. Pero nadie quiso escuchar su opinión. La elección del restaurante, del vestido de novia, e incluso de las invitaciones, recayó en su suegra y en su propia hermana. Ellas decidieron todo.
Cuando la enviaron a probarse el vestido, Isabel no quería ir. Imaginaba aquella prenda, repleta de volantes y pedrería, de lo más recargada. Ni su hermana ni la madre del futuro esposo eran conocidas por su buen gusto. Cuando su familia oyó su negativa, la llamaron desagradecida y se enfadaron. Pero a Isabel no le importaba; tenía sus propias preocupaciones: terminar el bachillerato, los exámenes, y prepararse para la llegada de su hijo.
Fue al registro civil vestida con un sencillo vestido blanco, elegante y apropiado. Y allí empezó la verdadera diversión.
Nadie entre los familiares sabía que Isabel había decidido mantener su apellido. El novio, Diego, lo sabía y no le importaba. Pero su suegra montó en cólera y empezó a gritar delante de todas las cámaras: ¿Cómo es posible que no quieras cambiarte el apellido?
Isabel sonrió y se apartó. Mañana le esperaba la continuación la boda en el pueblo de su marido, rodeada por todos los parientes de él. Era hora de preservar los nervios. El matrimonio solo duró unos años. Diego resultó ser un pésimo esposo y un peor padre. Cada fin de semana se pasaba horas delante del ordenador, sin prestar atención a la familia. Cuando Isabel perdió la paciencia, hizo las maletas y se marchó.
A su suegra no le gustó nada esa decisión. Pero nuestra protagonista por fin respiró aliviada al fin se sentía libre y feliz.







