El reflejo de la fuerza

Diario de Marina Rodríguez

¿Pablo, qué haces? escuché mi propia voz, aguda, temblorosa, como si saliera de otra persona.

Él ni siquiera se giró de inmediato. Estaba apoyado en la barra de aquel bar del centro, con la mano sobre la cintura de esa mujer. Alta, con corte de pelo corto, chaqueta de cuero negra. Le susurraba algo al oído y él sonreía. Esa sonrisa que hacía años no veía en mi presencia.

¡Pablo! repetí, ahora más fuerte.

Entonces sí, se giró. Primero sorpresa, después ese gesto de fastidio, como si le interrumpiera en algo importante.

Marina, ¿de dónde sales tú?

¿Cómo de dónde? Tú mismo dijiste que viniera a las nueve. Fui a por tu pedido al sastre… Pensé que nos veríamos aquí…

La mujer se apartó, pero no parecía incómoda sino curiosa. Me escaneó de arriba abajo, con una mirada larga y fría. De pronto, sentí con una crudeza dolorosa mi abrigo de lana viejo, el bolso desgastado, las raíces de mi pelo, tantas veces aplazadas de teñir.

Vero, esta es… mi mujer Pablo lo dijo mascullando, como quien pide perdón. Marina, ahora no es el momento, de verdad.

¿No es el momento? ¿Y cuándo? ¡En casa apenas apareces, te vas antes del amanecer, el móvil sin contestar…!

Vero sonrió, no maliciosamente, sino como quien comprende demasiado. Era peor que el desprecio.

Pablo, quizá deberíais hablar dijo ella con voz suave. Os espero.

No, mejor quédate y le cogió la mano delante de mí, con una naturalidad rabiosa. Marina, pensé que lo tenías claro. Lo hablamos el jueves pasado. Vero y yo…

Estabas borracho. Creí que simplemente hablabas por hablar…

Estaba sobrio. Y dije lo que pensaba.

Recordé aquella noche: volvió tarde, yo calentando la cena. Dijo algo de estar harto, que la vida se le escapaba, que quería… Ya ni le escuchaba. Las quejas típicas, pensé; crisis de los cincuenta. A todos les da por ahí, había que aguantar.

Veintisiete años, Pablo. Veintisiete.

Por eso mismo suspiró. Por eso quiero cambiar lo que me queda.

Vero posó la mano en su hombro, firme, con pulsera de cuero y uñas cortas. Sentí un vuelco en el estómago. Mi mundo al revés.

Vete a casa, Marina me dijo él, sin energía. Mañana voy y hablamos.

No.

No esperaba pronunciarlo. Ni tampoco adelantarme, ni empujar esa Vero rudamente en el hombro.

¿Quién te crees? ¡Zorra!

Todo ocurrió rápido: Vero interceptó mi brazo, me giró y me pegó, suavemente, pero con una fuerza brutal, contra la barra. No me hacía daño, pero me inmovilizaba. Intenté zafarme y el brazo se me quedó dormido.

Suéltala dijo Pablo, en voz baja.

Vero soltó. Me aparté, frotando la muñeca dolorida. Todos mirando: el camarero, dos hombres sentados, una camarera. Todos a mí. La patética mujer en su abrigo raído, incapaz de plantarse ante su rival.

Perdona dijo Vero, sin emoción. Reflejo. No quería.

Me fui. Sin mirar atrás. Corriendo, casi atropellando a la gente. Las lágrimas presionaban pero no les di paso. No ante ellos. Salí a la Plaza Mayor llena de luces navideñas, el aire helado de diciembre sobre la cara. Ya sola en la calle romana, me apoyé en una esquina y lloré.

La nieve caía densa en Madrid. Los viandantes se apuraban envueltos en bufandas. Nadie miraba a una mujer llorando bajo las luces.

Tardé una eternidad en volver a casa. Metro, autobús, luego a pie por mi barrio de toda la vida. El piso oscuro, sin encender luz, el abrigo tirado. Me tumbé en la cama vestida.

Pablo no apareció ese día ni el siguiente. Me llamó a los tres días, seco. Que vendría el sábado por sus cosas, que el piso quedaba para mí, que ayudaría con dinero, como quien resuelve un trámite.

Escuchaba y asentía, aunque él no podía verme. Luego colgué y me tumbé otra vez. Pasó una semana. Luego otra.

Mi amiga Lucía llamaba cada día.

Marina, basta ya. Sal de casa, anda. Demos una vuelta.

No quiero.

¿Comes algo?

Sí.

Mentía. No comía casi nada. Té con galletas, a veces sopa recalentada. El estómago me dolía sólo de pensar en comida.

Me pasaba horas en redes sociales. Encontré el perfil de Verónica. Fotos en el gimnasio, en la montaña, en moto. Mensajes cortos, seguros: Entreno, Fin de semana, Nuevo reto. En una, Vero en un ring. Comentarios: Eres la mejor, Imparable.

Leía y releía, buscando defectos, algo a lo que agarrarme. Nada.

Una noche, ya oscuro fuera, vi un post de Verónica sobre su trabajo. Descubrí que era entrenadora de defensa personal y artes marciales mixtas. Grupos sólo de mujeres. En una imagen, junto al cartel: Centro de Artes Marciales Senda. Grupo femenino. Nivel iniciación.

Me quedé mirando esa foto mucho rato. Dejé el móvil, me miré en el espejo: rostro apagado, el pelo sin brillo, ojeras profundas. Cincuenta y ocho años. Un cuerpo ausente, que sólo servía para cargar bolsas, fregar platos y planchar camisas.

¿Cuándo fue la última vez que pensé en mi cuerpo? No si me dolía la espalda. Pensar en él. Cómo se mueve, siente, vive.

No recordaba.

Vero no ganó porque fuera más joven ni más guapa. Ganó porque era fuerte. Físicamente fuerte. Paró mi brazo como se puede parar una mosca.

Reflejo, me dijo.

Un cuerpo entrenado. Que sabe protegerse. Que no teme.

Me levanté. Miré por la ventana: la plaza, los niños jugando, una madre gritando desde el portal. La vida seguía. La mía, no. Se había acabado esa noche en el bar, la Marina que esperaba a su marido, que soñaba con envejecer juntos, nietos y viajes de jubilada. Todo se deshizo en un instante.

¿Y ahora?

No lo sabía. Pero tampoco podía seguir tumbada para siempre.

A la mañana siguiente, me levanté temprano por primera vez en semanas. Preparé huevos, café. Encendí el ordenador.

Polideportivos para principiantes Madrid.

La lista era interminable: yoga, pilates, aquagym, baile. Todo muy suave. Yo quería otra cosa. Algo para aprender a no ser una víctima.

Busqué: Defensa personal mujeres Madrid.

A la hora tenía una lista de cinco gimnasios cerca de mi barrio, Aluche. Uno a veinte minutos andando. Se llamaba Energía.

Decía: Fitness, boxeo, entrenamiento funcional. Grupos para principiantes. Cualquier edad.

Cualquier edad. Bien.

Agarré el móvil. Miré el número. Marqué.

Energía, dígame voz femenina.

Buenos días. Me gustaría informarme de los horarios. Para principiantes.

Claro. ¿Le interesa fitness, boxeo, stretching?

Boxeo respondí sin saber por qué.

Perfecto. Hay grupo femenino martes y jueves a las siete. La entrenadora es Irene. Puede venir a probar, la primera clase es gratuita.

¿Hay sólo gente joven?

No, hay de todo. Algunas tienen cuarenta, cincuenta… No se preocupe, Irene misma tiene experiencia, no es una cría.

Gracias. Iré el jueves.

Colgué, me senté en el sofá. Las manos me temblaban. ¿De miedo o de nervios? No lo supe.

Pablo recogió sus cosas el sábado. Solo. Guardó sus trajes, libros, papeles en cajas. Yo miraba por la ventana. No me giré.

Te haré la transferencia dijo cerrando la última caja. Llama si necesitas algo.

No necesito nada.

Marina…

Vete de una vez.

Cerró la puerta sin un portazo. Recorrí sola el piso. Era más grande ahora. Más vacío. ¿Mejor? ¿Peor? No sabía.

El jueves, al terminar de trabajar, rebusqué en el armario unos pantalones deportivos viejos, camiseta y mi cazadora. Cogí una botella de agua. Salí con media hora de sobra: no podía permitirme llegar tarde.

El gimnasio estaba en un semisótano, sin cartel luminoso. Dentro olía a sudor y goma. Una chica joven tomaba notas en una tablet.

Buenas tardes, ¿para boxeo?

Sí, soy Marina, llamé antes.

Perfecto. Vestuario por allí, Irene vendrá enseguida.

En el vestuario había tres mujeres. Dos jóvenes, una mayor. Todas en silencio. Me puse la camiseta, me sentí ridícula. ¿Qué hago aquí?

¿Es tu primera vez? preguntó la mayor, atándose las deportivas.

Sí.

No te preocupes. Irene es buena, lleva el ritmo justo. Poco a poco.

Asentí.

Dentro, unas diez. Mujeres de varias edades golpeando sacos, calentando en colchonetas.

La entrenadora apareció pronto: baja, fuerte, pelo muy corto, cicatriz en la ceja. Cincuenta y pico años, como mínimo.

¡Buenas! ¿Algún fichaje nuevo?

Levanté la mano.

¿Nombre?

Marina.

Irene. Empieza mirando, luego te unes, ¿vale? Vamos, chicas, calentamiento.

La primera media hora fue el infierno. El cuerpo no respondía. Los brazos pesaban, las piernas flojas. Cuando Irene me enseñó a golpear el saco fallé tres veces seguidas. Me ardía la cara de vergüenza.

No pasa nada me dijo, cercana. Es el primer día. Intenta otra vez.

Probé. El puño entró en el saco, flojo, pero entró.

Así está bien. Ahora otra.

Y di más golpes. Al principio lento, luego más seguido. El saco se balanceaba. Sudor en la nuca, respiración entrecortada.

Ya está, descansa.

Me senté. El corazón golpeaba en mis sienes. Todo temblaba. Por dentro, sentí algo olvidado: rabia, emoción.

Vida.

Llegué a casa molida. Músculos doloridos. En la ducha, miré mis manos. Nudillos rojos. Un moratón en la muñeca, recuerdo del bar.

Casi había desaparecido.

¿Vas a volver? preguntó Irene en el vestuario.

Sí contesté. Volveré.

Y volví. Martes y jueves. Dos meses.

El cuerpo cambiaba despacio. Desapareció el dolor matutino. Caminaba ligera. Subía al cuarto piso sin ahogarme. El abdomen recogido, los brazos más firmes.

Pero lo importante cambió por dentro.

Dejé de pensar en Pablo. O pensaba, pero sin pena, sin rabia. Solo un hombre que fue parte de mi vida y ya no está. Como el invierno se va o termina una película.

Lucía notó el cambio.

Has adelgazado me dijo en una cafetería. Y te veo… diferente.

Voy al polideportivo.

¿Tú? ¿En serio?

Sí.

Se rió, vaciló.

Perdona, es que nunca pensé… Siempre decías que el deporte no era lo tuyo.

Decía muchas cosas.

Pausa. Ella removía el café.

¿Te ha llamado Pablo?

No.

Dicen que vive con la otra… Verónica.

Ya lo sé.

¿Y no te duele?

Me lo pensé. ¿Ya me daba igual? No del todo, claro. Dolía. Pero no ahogaba. Era la molestia de un cardenal curándose.

Me duele un poco admití. Pero puedo vivir con ello.

La primavera llegó sin avisar. En una semana nevaba, y la siguiente, sol. Empecé a ir andando a los entrenos. Cuarenta minutos. Irene dio su visto bueno.

Andar es salud, cardio sin dañar rodillas.

Un entrenamiento de marzo, Irene vino después de clase.

Lo llevas bien. ¿Quieres probar combate?

¿Cómo?

Suave, con casco y protecciones. Solo para ver cómo reaccionas ante una persona real, no un saco.

Me asusté. Asentí.

La primera vez fue con Olga, la veterana, dos años entrenando. Golpeaba preciso, sin fuerza excesiva, pero firme.

Me llevé varios toques en el cuerpo y el hombro. Defendía regular, tensa de miedo. De pronto, algo encajó: vi que atacaba, puse el bloqueo. Contraataqué. ¡Toqué!

Olga sonrió.

¡Muy bien!

Tras el combate me temblaban las manos, pero no de miedo, de pura euforia. Había respondido. Mi cuerpo lo había logrado.

Ibas muy bien dijo Irene, a mi lado. El primer día es así.

Tuve miedo.

Todas. Pero no paraste.

La miré.

¿Y tú por qué entrenas? Boxeo, dar clase…

Historia larga. Resumido: mi marido me daba. Durante años. Aprendí a devolver el golpe, me fui, empecé en el gimnasio. No quiero que ninguna otra mujer espere tanto.

Guardé silencio.

¿Tú también tienes tu historia? preguntó.

Él no me pegaba. Solo se fue.

También duele.

Sí. Pero se pasa.

Irene asintió, me dio un golpecito en el hombro.

Pasa. Lento, pero sí.

En abril fui por primera vez en años a la peluquería. Me teñí, corté el pelo. Estrené cazadora, vaqueros, deportivas. Nada caro, pero propio.

Pablo hizo la transferencia ese mes, como siempre. No gasté nada. Lo aparté, sin saber por qué.

Un día, saliendo del gimnasio, entré al centro comercial para comprar agua. En el piso de arriba la vi.

Verónica, en la tienda de ropa deportiva. Sola. El mismo aire seguro. Yo me quedé tiesa, el miedo viejo subiendo como un instinto.

No me fui.

Di un paso. Luego otro.

Vero me vio y me reconoció enseguida. Su mirada se endureció.

¿Marina?

Hola.

Las dos, frente a frente. Vero fue la primera en apartar la mirada.

¿Qué tal? dijo bajito.

Bien.

Tú… paró. Has cambiado. Se te nota.

Entreno.

Asintió.

Está bien.

El silencio pesaba. Observé a esa mujer que fue mi enemiga. Ya no había odio. Ni envidia. Solo una figura cansada, ojerosa, con una arruga nueva en la boca.

¿Y Pablo? pregunté.

Ella sonrió amargamente.

Terminamos hace dos semanas.

¿En serio?

No funcionó. Quiso que yo fuese… hizo un gesto de indiferencia. Da igual. No iba.

Callé. Dentro, solo vacío.

Lo siento por aquella noche dijo Verónica de pronto. Por todo.

No hace falta.

Sí hace. Yo solo estaba bien con él, sin pensar. No quería herirte. Pero luego no fue tan bien como creía.

La observé. ¿Eres entrenadora, verdad?

Frunció el ceño. Sí, ¿cómo sabes?

Lo busqué. Después de aquello.

¿Por qué?

Quería entender quién eras. Y vi que no era por ti. Fui yo quien perdió. No en la pelea por Pablo. Perdí a mí misma hace mucho.

Ahora ella asintió. Eres sabia.

No, solo mayor.

Sonreímos, raro, aliviado.

Bueno, me voy dijo ella. Suerte, Marina.

Igual.

Nos separamos. Ella bajó por las escaleras. Yo caminé despacio hacia mi portal.

Fuera hacía calor, ya era mayo. Los árboles verdes, niños gritaban en el patio. Miré las ventanas de mi piso en el cuarto, la luz encendida.

Antes eso a Pablo le sacaba de quicio. ¡Otra vez dejas la luz encendida! Ahora, me daba igual. Mi luz, mis facturas, mi vida.

En el portal, el vecino don Ramón estaba con los gorriones.

Buenas tardes, doña Marina.

Buenas, Ramón.

¿Vuelve tarde?

Vengo del gimnasio.

¡Eso está bien! Yo, a su edad, ya solo veía la tele.

Sonreí.

Hay que moverse.

Subí andando los cuatro pisos sin ahogarme. Ducha larga, té en la cocina. La ciudad encendida desde la ventana del salón.

Pensé que mi vida se acabaría si Pablo se iba. No fue así. Sigo aquí.

Viví. Mi vida continuó. Diferente. Compleja. Sola. Pero mía.

El móvil vibró. Lucía.

¿Cómo vas? Hace que no nos vemos. ¿Mañana?

Hoy entreno. ¿Pasado?

Perfecto.

Guardé el teléfono. Giro al portal, subí a casa.

Así siguió el tiempo.

Un día, tras una sesión matutina, Irene me llamó aparte.

Marina, necesito ayuda en los grupos de la mañana. No como entrenadora, pero sí como apoyo: corregir técnica, animar a las nuevas. No es mucho dinero, pero cuenta. ¿Te animas?

Me asaltaron las dudas. ¿Yo? ¿Ayudar? Si acabo de empezar…

No sé si estoy preparada…

Lo estás Irene estaba segura. Recorriste todo el camino desde cero. Sabes los miedos de las nuevas. Eso hace más que ser campeona.

Me lo pienso.

No tardes, empezamos en dos semanas.

Lo pensé. Acepté. El lunes siguiente, Irene me explicó todo.

La primera clase la formaron cinco mujeres. Dos jóvenes, una de mediana edad, dos mayores. Una, en especial, se veía muy insegura, acurrucada en la esquina.

Me acerqué mientras Irene hablaba al grupo.

Hola, soy Marina, ayudo a la entrenadora.

Soy Teresa susurró, sin mirarme.

¿Primera vez?

Sí. Mi hija casi me obliga. Dice que debo moverme, que si no me hundo…

Entiendo… iba a decir mi hija también, pero no, nunca tuve. Pero sí entendía. Al principio cuesta mucho.

Me da miedo no poder. O quedar en ridículo.

La miré y vi a la Marina de hace meses. Asustada, perdida, rota.

Nadie se reirá. Aquí todas empezamos así. Y lo logramos. Tú también podrás.

Teresa levantó la mirada, con algo parecido a esperanza.

¿De verdad?

De verdad.

Al terminar la clase, vino a agradecerme.

Es que usted parece tan fuerte…

Reí.

Empecé hace solo unos meses. Tan asustada como tú.

¿En serio?

Sí.

¿Por qué vino?

Me lo pensé. ¿Por qué? Porque me quedé vacía. Decidí recuperar quién era.

Me perdí. Y tuve que reencontrarme.

¿Y lo ha conseguido?

Miré la plaza soleada, la gente corriendo.

Sigo en ello. Poco a poco.

Yo también quiero.

No lo dejes.

Esa noche, en casa, rebusqué fotos antiguas. El álbum de boda. Caras jóvenes, vestido blanco, sonrisas. Pablo me cogía la mano; yo lo miraba enamorada.

Veintisiete años atrás.

Las dejé sobre la mesa. Miré largo rato. Sin nostalgia, ni dolor. Eso quedó atrás.

Ahora era yo. Marina Rodríguez, madrileña. Cincuenta y nueve, sola, cansada, y fuerte.

El móvil sonó. Pablo. Todos estos meses, solo transferencias.

¿Sí?

Hola, Marina. ¿Cómo vas?

Bien. ¿Todo bien?

Sí… Solo quería hablar, hace tiempo que no… Quizá deberíamos vernos.

¿Para qué?

No sé, hablar. Igual nos apresuramos con el divorcio…

Esta vez sentí extraño distanciamiento. Como una canción conocida, fondo ambiental.

No quiero, Pablo.

¿Por qué? Creo que fue un error. Con Vero no funcionó. Pensé mucho en ti. Quizá podríamos intentarlo.

Antes, estas palabras me habrían hecho llorar. O alegrarme. Ahora, nada. Solo cansancio.

No, Pablo. No quiero volver a eso.

¿A qué? ¡Si éramos felices!

No sé si yo lo era. Existía. Sostenía tu vida, la tuya.

Marina, eso no es justo…

Quizá no. Pero es mi verdad.

¿Me odias?

No. Pero tampoco te amo ya. Formabas parte de mi vida. Y esa etapa terminó.

¿Todo?

Todo.

Colgué. Guardé el álbum en el altillo del armario.

En junio fui sola a la casa del pueblo, en la Sierra. La de los padres de Pablo, que sigue siendo mía tras el divorcio. No iba desde hacía años, todo eran recuerdos pesados.

Esta vez fui.

El jardín salvaje, la casa oliendo a cerrado. Abrí ventanas, limpié, tiré trastos, corté hierba. Dos días sin parar, manos hechas polvo. Pero un dolor bueno, limpio.

La segunda noche, al ponerse el sol tras los pinares, me senté en el porche con un té. Nada. Paz. Soledad. Pero no asustaba.

Vaya, Marina dijo el vecino, don Isidoro, por encima de la valla.

Hola.

Hacía tiempo. ¿Estás sola?

Sí.

¿Y Pablo?

Nos separamos.

Negó con la cabeza.

Los jóvenes, siempre tan de romper… En mis tiempos, aguantábamos.

A veces mejor no aguantar.

No sé… Yo llevo quince años tras la muerte de mi esposa. No me acostumbro, pero se sobrevive. Con sus ventajas: haces lo que quieres, cuando quieres. Eso también es felicidad.

Me quedé pensativa. Quizás.

Seguro. Si necesitas algo, llama.

Gracias.

Se fue. Aquella noche dormí sin sueños. Primera vez en mucho.

Me levantó el canto de los mirlos. Desayuné fuera, hice ejercicios. Paseé por el bosque; tantas sendas de mi infancia. Recolecté fresas. Volví ligera.

Estos seis meses, el viaje: del abismo a la aceptación; de la dependencia a la libertad. No soy otra persona. Solo he recordado quién era antes.

La joven Marina quería estudiar, viajar, trabajar. Conoció a Pablo, se casó, no pudo tener hijos, y tras eso, toda la vida se resumió en ser buena esposa.

Eso fue mi vida. Hasta perderme.

¿Y ahora qué? me pregunté en una pradera.

No había respuesta, salvo el murmullo del viento.

Revisé el WhatsApp. Un mensaje antiguo de Lucía: Marina, no digas tonterías. Eres una mujer maravillosa. Eso es importante.

Entonces lo creí. Ahora sé que no bastaba ser buena esposa. Hay que ser buena con una misma.

Un whatsapp de Irene: ¿Cómo va el descanso? Teresa pregunta por ti. Te echa de menos. ¿Cuándo vuelves?

Reí y respondí: El lunes ya estoy por allí. Con ganas.

A las dos semanas, volviendo del súper, me topé otra vez con Verónica, en la cola de la caja.

Pagó, me miró sorprendida.

Otra vez cruzamos caminos.

Salimos juntas.

¿Cómo sigues?preguntó.

Bien, ¿y tú?

Igual, trabajo, entreno… La vida sigue.

Pablo me llamó hace un mes. Quería volver.

Ella frunció el ceño.

¿De verdad? ¿Le dijiste que no?

Sí.

Hiciste bien. Es buen tipo, pero muy dependiente. Siempre necesita un apoyo. Antes tú, luego yo, ahora buscará a otra.

No es mi problema ya.

No.

Pausa.

Marina, eres muy valiente. Muchas mujeres en tu lugar no habrían salido adelante.

Gracias.

En serio. Yo te vi aquella noche, estabas destruida. Ahora eres otra.

Te odié entonces.

Lo sé.

Hoy no. Hoy casi me alegro.

¿Por qué?

Rompiste mi ilusión. Sin ti, seguiría fingiendo ser feliz. Hubiese malgastado mi vida medio dormida.

Vero sonrió, triste.

De nada, aunque fue sin querer.

Ya. Cada una su camino.

Nos despedimos. Caminé a casa por la Avenida de América, entre terrazas, música de fondo.

La vida seguía. Mi vida.

El otoño llegó silencioso. Las hojas doradas, días cortos. Mis clases en Energía aumentaron; Teresa se hizo fuerte. Me lo agradecía cada vez.

Me has salvado me decía.

No. Te has salvado sola. Yo sólo estuve al lado.

En octubre, Irene me animó a hacer el curso de monitora.

Lo haces genial. Inspiras confianza. ¿Por qué no lo oficializas?

Me costó. Era dinero, tiempo. Lo hice. Tres meses: teoría, práctica, exámenes. Y lo logré.

En enero, un año después de aquella noche en el bar, recibí mi título de instructora básica de boxeo.

Irene me abrazó.

Estoy orgullosa de ti.

Gracias. Por todo.

Te lo has ganado sola.

Aquella tarde, sentada en mi cocina, leía mi nombre en el carnet: Marina Rodríguez Sánchez. Entrenadora.

Un año antes, solo era, en mi cabeza, una mujer abandonada. Ahora, ayudaba a otras mujeres a encontrarse.

Lucía no tardó en llamarme.

¿En casa? ¡Celebremos!

¿El qué?

¡Eres monitora, Marina! Irene me lo dijo. Orgullosa no, lo siguiente.

Apareció con una tarta y cava. En la cocina, brindamos.

A veces no te reconozco me dijo. Has encontrado algo, ¿verdad?

A mí misma.

¿Y olvidas a Pablo?

No es olvido. Es dejar ir. No es lo mismo.

¿Le echas de menos?

Pensé. A veces echaba de menos al Pablo joven, a la vida compartida. Pero era una tristeza dulce, tranquila.

A veces. Pero no quiero volver atrás.

Brindemos dijo Lucía. Por la nueva tú.

Por la nueva vida.

Bebimos. Miré desde la ventana al frío Madrid y sus luces.

Allí, en algún rincón, Pablo haría su vida. Vero, la suya.

Y aquí, yo. Marina, casi sesenta. Sola. Libre. Fuerte.

Y eso era suficiente.

Una mañana de febrero, tras la clase, me senté con el café en el parque. Vi gente correr, pasear perros, niños en bicicleta.

Una señora anciana se sentó a mi lado.

¿Puedo?

Claro.

Respiró hondo.

Estoy cansada. Vivo lejos.

Descanse.

Eso hago. Mi hija trabaja y cuido de la nieta. Difícil, pero qué remedio. Su marido se fue hace poco.

Sé cómo es.

¿También?

Sí, hace un año.

La anciana sonrió.

Los hombres… Todos cortados igual. Mi hija llora y dice que su vida acabó. “No llores, mujer, que la vida sigue”, le repito. Pero no me oye.

La miré.

¿Y usted? ¿Cómo lo consiguió?

El mío no se fue; se murió. Tenía cuarenta. Creí que el mundo se hundía. Pero crié hijos, trabajé, ahora cuido de los nietos. La vida sigue, hija, siempre sigue mientras estés viva.

Es verdad.

No es sabiduría, es experiencia se levantó. Que le vaya bien, muchacha.

Igualmente.

Se marchó. Me quedé un rato. Tiré el café. Caminé a casa.

Sonó el móvil. Irene.

Marina, ¿vas de camino?

Sí.

Perfecto. Mira, ha llamado una mujer. Quiere apuntarse pero le da miedo. Tiene cincuenta y cinco, cree que es tarde. Le dije que hablaras con ella. ¿Puedes?

Me paré. Miré el cielo radiante.

Por supuesto. Dame su número.

Eres la mejor.

No, solo entiendo lo que siente.

Me envió el número. Llamé.

¿Sí? respondió una voz insegura.

Hola, soy Marina, de “Energía”. Llamó preguntando por clases.

Sí, yo… Quería probar, pero nunca hice ejercicio y tengo ya…

¿Qué edad tiene?

Cincuenta y cinco.

Yo empecé con cincuenta y nueve. Hace justo un año.

Silencio.

¿De verdad?

De verdad. Lo mejor que hice en mi vida. No por adelgazar, sino por encontrarme.

¿Encontrarse?

Sí. La mujer que fui y que había perdido. Venga, anímese. Si no le gusta, lo deja. Pero pruebe.

Me da miedo.

Nos dio a todas. También a mí. Y no me arrepiento.

Un silencio largo.

Vale. Voy el jueves.

La espero.

Colgué. Sonreía. Caminé a casa.

Preparé la comida. Leí hasta el anochecer.

Al acostarme, me miré en el espejo del recibidor. Cara cansada, arrugas, canas. Pero otra luz.

Esa era yo.

Hace año pensaba que mi vida había acabado. Pero no: cambió. Es otra. Difícil, sí. Y mía.

No es el final.

Es el principio.

Marina, le susurré a mi reflejo, lo has conseguido.

Mi reflejo sonreía.

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