Grabación casera

Grabación doméstica

La vigilabebés reposaba sobre la cómoda, mirando no hacia la cuna de su hijo, sino directamente hacia la puerta del dormitorio. Lucía se dio cuenta justo en el momento en que, desde el receptor de la cocina, ese que chisporroteaba al lado de la ventana, se coló la risa de una mujer desconocida.

Tardó en levantar la cabeza. El té de manzanilla en su taza ya estaba frío y olía más a agua que a flores. La tetera lanzó un click final y el piso estaba tan en silencio, que cualquier ruido nuevo pegaba en los oídos como si fuese un trueno. El niño dormía ya hacía una hora. Hugo le había escrito a las ocho y media diciendo que tenía que quedarse un poco más en la oficina. El viernes se arrastraba despacio, tan denso como la miel templada, y Lucía no dejaba de repetirse la misma cosa: en casa todo parecía en su sitio, pero la tranquilidad no llegaba.

El chisporroteo subió de volumen.

Lucía giró hacia el alféizar, se acercó y tomó el receptor con ambas manos. El plástico estaba tibio y una luz verde parpadeaba con la previsibilidad de un metrónomo. Del altavoz llegó una respiración contenida, un roce inidentificable, y luego una voz de hombre. Hugo hablaba bajo, pero Lucía lo reconoció al instante. Quedó paralizada porque tenía claro que él no estaba ni en la habitación del niño ni en el pasillo, ni alrededor de su hijo.

Estaba lejos, fuera de casa.

Y a su lado, una mujer.

Bajó el volumen, como si por arte de magia así el significado pudiese cambiar. Pero no cambió. La mujer dijo algo, breve y con sorna, sus palabras irreconocibles, y Hugo le respondió ya con más claridad:

Espera. Ahora mismo, seguro que está en la cocina. Suele tomar el té a esta hora.

El pulgar de Lucía resbaló sobre los botones. Pulsó una vez más, ahora con precisión, y el volumen bajó, pero el sonido no se extinguió. El aparato seguía transmitiendo una vida ajena. Así lo sentía: no como un fallo, ni como una simple interferencia, sino como la presencia de alguien más en su piso, en su noche, en su costumbre de preparar el té cuando su hijo dormía.

Desvió la vista despacio hacia el pasillo. Desde la cocina se veía la puerta del dormitorio y, más allá, a través de la rendija, la penumbra de la habitación infantil. Lucía avanzó hasta allí descalza, sintiendo el frescor del suelo, y se detuvo frente a la cómoda.

La cámara realmente estaba girada.

No enfocaba la cuna, ni la ventana, ni el sillón donde a veces dormía con el niño en brazos, sino justo la puerta. En el objetivo entraban un trozo del pasillo y parte del dormitorio de matrimonio. Hugo instaló el aparato hacía ya doce días. Dijo que así estarían más tranquilos. Que el pequeño ya se despertaba a veces por la noche, y si Lucía estaba en la cocina o en la ducha, lo oiría mejor. Todo muy razonable entonces. Ahora, solo pensar cuántas noches él podría haber estado mirando no al niño, sino a ella, le secó la boca.

Volvió a sonar la voz de Hugo, esta vez más baja.

Te he dicho que no ahora.

Lucía regresó al alféizar, posó el receptor en su sitio y, de pronto, se acordó de la tablet. La vieja, la que compartían, dormía enterrada entre un libro de recetas y un paquete de toallitas infantiles en el aparador. Hugo había instalado allí la aplicación cuando trajo la caja de la vigilabebés. Muy útil tener acceso los dos, decía él, con ese aire tan suyo de hombre que hace cosas importantes para la familia. Entonces siempre hablaba así: la familia debe ser real. En una familia auténtica todo se comparte. No debe haber secretos.

Lucía sacó la tablet, la encendió y se sentó a la mesa.

La pantalla tardó en despertar. Sus dedos estaban helados, pese a que la cocina ardía con la calefacción de marzo y el asa de la taza se notaba caliente al tacto. El icono de la cámara parpadeó sobre el fondo azul. Debajo estaba la lista de fechas.

Archivo.

Observó esa palabra como si la viera por vez primera. Después, pulsó.

Había muchísimas grabaciones.

Ni una, ni dos. Seis días seguidos. Fragmentos cortos, trozos largos, noches oscuras, sombras diurnas, sonidos, movimientos, la habitación vacía, sus propios pasos en el pasillo. Lucía abrió el primer archivo al azar y se vio de espaldas. Suéter gris, el pelo recogido a medias, el biberón en la mano. Entró, arropó al niño, se inclinó sobre la cuna y salió. El vídeo duraba cuarenta segundos. Abrió el siguiente: era la cocina, grabada desde la puerta entreabierta. No entera, por zonas, pero suficiente para comprender: el aparato la vigilaba a ella.

Pasó más abajo.

En todos los vídeos estaba ella. No el niño. No el sueño tranquilo del pequeño. Ella.

Lucía pulsó una grabación del miércoles a las nueve y veintidós de la noche. La voz de Hugo sonó en el salón. No cerca, sino lejana, como desde otra habitación.

¿Ves? Te lo dije. A esta hora está con el té y el móvil en la mano.

La mujer rió.

¿Espías a tu mujer con la vigilabebés?

No exageres. Solo quiero saber cómo va su vida.

La cocina se quedó tan silenciosa que podía oírse el leve crujir de la sábana en la habitación infantil. Lucía pausó. Su pulgar había perdido el calor, como si la pantalla hubiera absorbido toda la vida de su mano. Estaba sentada, quieta, mirando el mismo punto donde el año pasado la baldosa debajo de la mesa se fisuró porque Hugo dejó caer una cacerola y luego protestó media hora por el mal día.

Puso la grabación de nuevo.

¿De verdad te importa tanto? preguntó la mujer.

Me importa lo que pase en mi casa.

¿En tu casa, o en su cabeza?

Hugo soltó una risa seca.

Es lo mismo.

Lucía apagó el sonido.

Tardó un minuto entero en levantarse. En ese minuto, no lloró, no se agarró la cabeza ni tiró la tablet, aunque parecía que tanto el aire como la quietud de la casa, incluso la maldita lucecita verde, le estaban exigiendo justo un gesto así. Pero solo se puso de pie, abrió el grifo de la cocina y metió las manos bajo el agua fría. El chorro corría entre sus dedos, por las muñecas y las palmas. Lucía observaba cómo las gotas saltaban contra el acero inoxidable, pensando que si no mantenía ocupadas las manos, terminaría por destrozar el borde del fregadero hasta quedarse sin uñas.

Hugo llegó casi a las once.

En ese rato, Lucía había repasado cinco grabaciones más, oído el nombre de Lidia y descubierto mucho de sí misma que preferiría no saber. Resultaba que Hugo sabía exactamente qué día ella llamaba a su madre para quejarse del cansancio. Sabía que llevaba dos meses sin dormir la siesta ni siquiera cuando el niño caía rendido. Sabía cuántas veces por la noche comprobaba la ventana de la habitación infantil y cuánto se quedaba después en la cocina cuando la casa se dormía. Antes pensaba que Hugo le leía el estado de ánimo. Ahora todo parecía más vulgar y sucio.

Cuando la llave giró en la cerradura, Lucía ya había guardado la tablet y lavado la taza.

¿No duermes? preguntó Hugo desde el pasillo.

Te esperaba.

Entró en la cocina, alto, con la camisa azul oscuro y las mangas arremangadas, móvil en una mano y bolsas del súper en la otra. Sus sienes mostraban ya algunas canas que, en otras noches, a Lucía le parecían hasta enternecedoras, como si la edad lo hiciera más fiable. Ahora, solo veía el teléfono. El mismo aparato desde el que él escuchaba sus días y se los relataba a otra mujer.

He comprado yogures para él dijo Hugo, dejando la bolsa sobre la mesa. Y requesón para ti, que se había acabado.

Hablaba como siempre. Incluso demasiado como siempre. Ese era el detalle más pesado. El hombre que dos horas antes había discutido con otra mujer a qué hora tomaba el té su esposa, ahora sacaba el pan y preparaba la cena como cualquier otro viernes.

Gracias respondió Lucía.

Él la miró más fijamente.

Estás muy pálida. ¿Te duele la cabeza?

No.

Entonces, ¿qué te pasa?

Se secó las manos ya limpias, dobló el paño y volvió a desdoblarlo.

Simplemente estoy cansada.

Hugo asintió. No sospechó nada. O prefirió fingir que no. Con él, siempre era imposible distinguir. Siempre era capaz de dar mil explicaciones si lo pillaban en algo mínimo, y de callarse justo cuando más le convenía. Lucía recordó cómo, hacía un año, él la convenció para tener una sola tarjeta para los gastos familiares. Más práctico. Todo más a la vista. La familia debe ser real. Entonces nunca se le ocurrió que la honestidad de Hugo dependía de que solo la vida ajena fuera transparente.

Aquella noche Lucía no durmió.

El niño lloriqueó dos veces en sueños, tosió una, y Lucía fue a verlo antes de que hiciera falta. Hugo respiraba con su pitido habitual, echado de espaldas, los brazos abiertos como quien nunca tiene una razón para perder el sueño. Lucía repasaba mentalmente mes tras mes: sus preguntas raras, su precisión, su neutralidad: hoy has hablado mucho con tu madre, ¿no? Así, como al pasar: ¿no has comido nada hoy a mediodía? Casi con ternura: ¿estás cansada? Nadie podía saber tanto sin escuchar. O sin espiar.

Al alba, Lucía tenía claro: hablar con él así, de primeras, era un error.

Demasiados años con un hombre que lo primero que hace es saturar el aire de palabras. Él empezaría a explicar, a liar las cosas, a convertirla en una esposa paranoica, a darle vueltas hasta que fuese Lucía la del problema. Ya oía sus respuestas futuras: Lo has entendido mal. Esto no iba por ti. Lidia es solo una compañera. Me preocupaba el niño. Estás en un estado que lo ves todo negro. A eso sí que era bueno: enredar un hecho para que la culpa acabe no en el hecho, sino en cómo uno reacciona.

El sábado, Hugo se comportó con extraña suavidad.

Demasiada suavidad. Se levantó primero a atender al niño, lo cambió, preparó la papilla y fregó el plato, cuando normalmente lo dejaba apilado hasta la tarde. Lucía lo observaba jugar en la alfombra, lanzar el calcetín al aire, recoger la cuchara del suelo, y pensaba en lo fácil que es que una persona sea, a la vez, padre atento y observador ajeno en su propia casa.

¿Por qué estás tan callada? le preguntó Hugo en la cocina a solas.

¿Y cuándo hago ruido yo?

A veces sí. Hoy nada.

Lucía abrió la nevera, sacó el yogur para el niño, cerró.

Dormí mal.

¿Por el niño?

No. Por nada.

Él se acercó, puso una mano en su hombro. Antes eso la calmaba. Ahora, el frío le recorrió la espalda y solo apretó la mandíbula para no temblar.

Lucía, venga. Todo está bien.

Y eso era casi lo más insoportable. No la mentira, sino lo rutinaria que era. Como si la mentira se pusiese las zapatillas de estar por casa y se sirviera un té sin molestar.

Lucía no se giró.

Claro.

Es que ni siquiera me miras.

Sí te miro.

Que no, Lucía. No me miras.

Levantó la vista, por si servía de algo. Hugo ya lucía esa sonrisa que durante los primeros años de matrimonio creía templada. Ahora era simple control. La mirada de quien cree que la conversación se sujeta, como un picaporte, para no dejar a nadie fuera.

¿Te estás montando una película? preguntó él.

No.

Menos mal.

Y se fue al cuarto del niño, sin notar cómo los dedos de Lucía se clavaban en la mesa.

El día fue largo. Lucía vivía en él como quien sabe que bajo el suelo hay un hueco, pero aun así debe hacer el camino, fregar platos, poner calcetines, abrir ventanas, cocinar sopa. Cada objeto de la casa adquirió significado nuevo. La tablet en el aparador ya no era un simple trasto viejo. La vigilabebés ya no era solo para el niño. El móvil de Hugo tampoco era solo un móvil.

Más tarde, cuando él salió a comprar pañales, volvió a abrir el archivo.

La pantalla le devolvió ese azul frío. El aroma de la sopa y el polvo húmedo del alféizar llenaban la cocina. Lucía repasaba archivo tras archivo, sin buscar la traición, aunque la sospecha seguía acampando, sino la frontera exacta de la extrañeza. ¿Cuándo cambió todo tanto? ¿En qué día, en qué minuto?

La respuesta llegó en el archivo del jueves.

Allí la conversación entre Hugo y Lidia era distinta, sin bromas, casi sin máscaras.

¿Crees que sospecha? preguntó Lidia.

Por ahora, no.

¿Y si empieza a investigar?

Que investigue. Tengo todo archivado.

¿Así, tal cual?

Así, tal cual.

Pausa larga. Lucía sintió que la mandíbula se le comprimía.

Te estás pasando dijo Lidia.

Pienso en el futuro.

¿También sobre el niño?

¿Y cómo no iba a hacerlo?

Lucía pulsó pausa. Se sentó erguida. Desde la habitación del niño no llegaba ningún ruido; fuera, alguien daba un portazo de coche y arriba unos adolescentes reían. El mundo seguía su sábado anodino y ella tenía en la tablet una versión alternativa de su familia. Una versión en la que su marido guardaba cosas de antemano. ¿Para qué? ¿Para justificarse? ¿Para el día en que haga falta demostrar que ella, cansada, callada, desvelada, tarda demasiado en salir de la cocina?

El aire le faltaba. No mucho, pero justo lo necesario como para que cada bocanada se quedase encajada bajo las costillas.

Puso la grabación de nuevo.

¿Tú te escuchas, Hugo? preguntó Lidia.

Hago lo que creo correcto.

Esto ya no es preocuparse.

¿Entonces qué es?

Control.

Él soltó una risa corta.

Qué palabra más intensa.

Pero certera.

Lucía cerró el archivo.

Aquí se habia movido todo. Hasta ese momento casi podía reducirse a una infidelidad, a otra voz, a la vulgaridad de quien confía en no ser pillado. Pero el tema ya era el control, la organización, el método. No era debilidad casual, ni un mal día, ni un paso torpe. Todo estaba planeado, estructurado, casi como una política.

Por la tarde, Hugo volvió con el mismo rostro tranquilo.

Trajo compras, se sentó en el suelo con el niño, le leyó un cuento sobre tractores y, entre página y página, preguntó:

¿Hoy has llamado a tu madre?

La pregunta sonó descuidada, hasta perezosa. Pero Lucía la sintió como una corriente por la espalda.

No.

Qué raro. Los sábados sueles llamarla.

Hoy se me ha pasado.

Ya…

Pasó de página, con el crujido del papel colándose entre ellos. Palabras cotidianas. Ruidos de siempre. Y en medio, una aguja: la certeza de quien lleva la cuenta de las costumbres ajenas.

Durante la cena, él habló poco; Lucía, aún menos. El niño cabeceaba, golpeaba la mesa con la cuchara, dejaba caer miguitas de pan, y solo él vivía el presente, ajeno al subtexto y los secretos. Cuando Hugo lo llevó a lavarle la cara, Lucía abrió la tablet y encontró el archivo más reciente.

Estaba grabado hacía poco.

La noche del sábado al domingo. Probablemente Hugo encendió la app tras acostarla. Al principio, solo el pasillo vacío. Luego pasos, susurros, el ronquido de un coche, y la voz de Lidia, ahora más cerca.

¿Aún crees que todo esto no es exagerado?

Lo creo.

¿Incluso si al final os separáis?

Lucía se inmovilizó. La palabra sonó tan natural, como si hablaran del tiempo.

Si pasa dijo Hugo, podré demostrar que el niño estará mejor conmigo.

Lidia no respondió.

Él prosiguió:

Tú lo has oído: ella no duerme, salta enseguida, se pasa la noche en la cocina, olvida hasta comer. Todo está grabado.

Hugo…

¿Qué, Lidia? Tengo que pensar en el niño.

Hablas como si ya tuvieses todo decidido.

No decido nada. Solo me preparo para lo que pueda pasar.

Lucía no necesito escuchar más. Dejó la tablet sobre la mesa y se tapó la boca con la mano, para no dejar salir ningún sonido, aunque no hubiese nadie cerca. Esa era la auténtica herida. No una conversación casual, ni una aventura sin peso. Él había recolectado su vida por fragmentos. No para entenderla: para tener pruebas. Para su versión de la historia. Para el día en que pudiera abrir la carpeta y decir: mirad, todo esto lo he vigilado por algo.

El reloj de la pared sonaba como si marcaran martillazos. O así le parecía.

Lucía aguardó al alba. Nunca lloró. No deambuló por la casa. No escribió a su madre aunque el móvil le temblaba entre los dedos. Solo se quedó mirando la pantalla, apagada y negra, sintiendo una firmeza densa. No alivio. No calor. Solo rectitud, como una estantería donde se van apilando tarros. Un hecho. Luego otro. Luego el siguiente. Hasta que hasta la verdad pese.

Por la mañana, el niño reclamó el universo a gritos: papilla, taza, pelota, ventana, mamá, papá. Hugo lo cogió en brazos y hasta rió cuando el pequeño tiró de su cuello. Lucía miraba la escena y recordaba otra voz de Hugo: seca, calculadora, convencida de pensar en el futuro.

A las diez, el niño volvió a dormirse.

Fue entonces cuando supo que no iba a esperar más.

La cocina se llenaba de un sol blanquecino. Sobre la mesa, dos tazas, una intacta. Hugo leía las noticias en el móvil. Lucía entró, colocó la vigilabebés en el centro y la tablet al lado.

Él levantó la vista.

¿Esto ahora por qué?

Vamos a hablar.

¿Ahora?

Ahora.

En su voz no había súplica ni dulzura doméstica. Hugo lo notó. Dejó el móvil boca abajo.

¿Qué pasa?

Lucía se sentó enfrente. Recorrió el borde áspero de la silla con las palmas, como si ahí pudiera aferrarse mejor que a cualquier argumento.

Quiero una sola respuesta. Sin discursos.

Hugo sonrió, pero su rostro ya era de alerta.

Prueba.

Tocó la pantalla.

¿Por qué pusiste la cámara mirando hacia mí y no hacia el niño?

No contestó al momento. Ese silencio fue la primera respuesta real. No indignación, ni sorpresa, ni réplica airada. Solo una pausa que pesaba demasiado para un inocente.

¿De qué hablas? dijo al fin.

Lucía pulsó reproducir.

Del altavoz emergió el susurro ya conocido, el chisporroteo, una risa ajena. Luego la voz de Hugo, la suya, serena, segura, separada del hombre que ahora se sentaba a su mesa.

Solo quiero saber cómo va su vida.

Hugo se tensó tanto que la silla crujió. Fue a coger la tablet, pero Lucía se adelantó y puso la mano encima.

No toques.

Retiró la suya.

¿De dónde has sacado eso?

Del archivo. El que tú mismo configuraste.

La cara de Hugo tardó en cambiar. Al principio, intentaba quedarse en la vieja costumbre: la de disfrazar los hechos, girarlos a voluntad. Pero la grabación seguía. Lidia preguntaba por investigar. Él contestaba que tenía todo guardado. Ella hablaba de control. Él lo tachaba de palabra grandilocuente. Y cada frase, en esa cocina tan suya, le robaba a Hugo un fragmento de autoridad.

Apágalo ordenó él.

No.

Lucía, apágalo.

No.

Se pasó la mano por la cara. Se levantó. Se volvió a sentar.

No entiendes el contexto.

Explícalo. Rápido.

Me preocupaba el niño.

Lucía avanzó el archivo hasta la frase de manos más estables.

Después de eso, Hugo cerró los ojos.

Por poco tiempo. Un segundo. Bastó.

Otra vez. Responde: ¿por qué me vigilabas?

No te vigilaba.

¿Y esto qué es?

Controlaba la situación en casa.

¿Con otra mujer?

Un tic rígido en la mejilla.

Lidia aquí no pinta nada.

No cuela.

Lo mezclas todo.

No. Lo separo. El lío con Lidia es una cosa, la cámara otra, las conversaciones del niño otra distinta. Y en todas mientes.

Hugo se levantó, fue hasta la ventana pero no la abrió. En el reflejo del cristal su cara parecía todavía más vacía.

Ahora tienes la cabeza hecha un lío y…

Acaba la frase.

Se volvió.

No se puede hablar contigo así.

¿Con ella es fácil?

No tiene nada que ver.

Tanto sí, que hablabas de mí con ella. Mi té, mi sueño, mis llamadas, mi agotamiento. Hasta el niño que ya planeabas justificarle a alguien.

También es mi hijo.

¿Por eso recolectabas pruebas y no ayuda?

Ahí, por fin, la máscara perfecta se agrietó. No por la grabación ni el nombre de Lidia, sino por la palabra pruebas. Porque era exacta: sin gritos, sin adorno, imposible camuflarla de preocupación.

No sabes lo duro que es llevar todo solo dijo él, apagado.

Lucía lo miró firme.

¿Solo?

Desvió la mirada.

Yo trabajo. Mantengo la casa. Llego y te veo desbordada.

¿Y por eso pusiste una cámara orientada hacia mí?

No dramatices.

¿Aún ahora vas a hacerlo?

Quería entender lo que pasaba.

Querías controlar.

Hugo rio forzado.

Qué bien te salen los discursos. ¿Te ayudó tu madre?

Lucía negó despacio.

Nadie. Me ayudaste tú mismo. Lo tienes todo grabado.

El silencio volvió a la cocina. Se oía cómo el niño en la habitación rodaba y suspiraba dormido. Ese pequeño sonido encogió el mundo de Lucía hasta una línea recta. El niño dormía. La casa seguía en pie. El té se enfriaba. Y dentro de eso cotidiano, se decidía lo que hace tres días nunca habría sido posible.

Hoy te vas dijo en voz baja.

Hugo la miró.

¿Qué?

Hoy.

Estás loca.

No.

Esta casa es mía también.

Sí. Pero hoy te marchas tú.

¿Y eso?

Porque no voy a quedarme bajo el mismo techo con una persona que ha escuchado mi vida y la ha analizado con su Lidia, cuestionando quién maneja mejor a nuestro hijo.

Él golpeó la mesa. No muy fuerte, pero la taza tembló.

Deja de decir tonterías.

Lucía ni parpadeó.

Lo has dicho tú todo. Yo ya no tengo nada que añadir.

¿Y qué vas a hacer después? ¿Llamar a tu madre?

Lo siguiente es apagar esa cámara. Y tú a hacer la maleta.

No tienes derecho a decidir sola.

Ya lo estoy haciendo.

Hugo la sostuvo la mirada mucho rato. Demasiado. Y Lucía vio una cosa extraña: ni rabia, ni dolor, ni remordimiento. Sino frustración. Le habían desmontado el plan. No había podido jugar la carta final. Eso fue lo último que necesitaba ver.

Él bajó la mirada primero.

Está bien resolló. Tranquilízate, hablamos bien esta tarde.

No. Ahora.

No pienso irme sin mi hijo.

Te vas solo.

No sigas dándome órdenes.

Haz la maleta, Hugo.

Quiso replicar, pero desde la habitación del niño llegó un quejido somnoliento. Lucía se puso de pie enseguida. Hugo también, por puro hábito, pero ella alzó la mano, frenándolo.

No hace falta. Yo voy.

Entró donde el niño, lo tomó en brazos, lo apretó bien, aspiró el olor familiar de crema, de piel limpia, de sueño. El pequeño enterró la nariz en su cuello y fue suficiente para que Lucía no se derrumbase. Estaba allí meciéndolo, mirando la luz verde de la vigilabebés aún encendida sobre la mesa. ¿Cuántas veces la habría mirado él así? ¿Cuántos ratos escuchando el latido de casa, ese sonido que debería ser solo de los tres?

Al mediodía, Hugo tenía su bolsa hecha.

No toda la vida, solo unos camisas, el cargador, la maquinilla, los documentos. Antes de salir, intentó adueñarse de la situación una vez más con palabras.

Estás rompiendo una familia por una conversación.

Lucía lo miró con el niño en brazos.

Por una conversación insistió, como si el eco le diese autoridad. Ni intentas entender nada.

Ya lo he entendido todo.

No, Lucía.

Basta.

¿Y qué dirás a la gente?

La verdad.

Él sonrió torcido.

¿La verdad? ¿Que tu marido instaló una vigilabebés?

Exacto.

¿Y?

Que la cámara no miraba al niño.

Hugo apretó el asa de la bolsa.

Te vas a arrepentir.

Quizá. Pero de lo que me niego es de arrepentirme de haberlo descubierto.

No dijo más.

La puerta se cerró sin estruendo. Sin portazo. Solo el clic del pasador, el ascensor, alguien tosiendo en el portal. Y de golpe, la casa volvió a parecer una casa. Pero dentro, todo estaba ya distinto. Como cuando cambias los muebles pero dejas las mismas paredes. Las mismas tazas, la misma mesa. Pero el sentido de las cosas, otro.

Por la tarde, Lucía casi no hizo nada.

Dio de comer al niño, le puso calcetines grises de rayas, guardó parte de su ropa en una bolsa, llamó a su madre y dijo solamente: Hugo estará fuera por un tiempo. Su madre calló un segundo y luego preguntó si irían a cenar. Lucía contestó que quizá por la noche. No explicó más. Explicaciones vendrían después. Primero viene el silencio, ese en el que solo puedes recorrer el piso y acordarte de apagar la tetera.

Por la tarde, entró en la habitación del niño.

La estancia seguía casi igual. Un body azul con cohetes en el tendedero, la manta gris en la mecedora, la vigilabebés sobre la cómoda. Carcasa negra, objetivo pequeño, luz verde. Lucía se acercó y la miró durante largo rato, como si fuera más mirada ajena que plástico.

Tomó el aparato.

Ya no le temblaban los dedos. Eso le sorprendió más que nada. Tras dos días de frío, insomnio y trabajo interior, parece que las manos simplemente se habían cansado de temblar. Lucía giró la cámara, buscó el cable y lo desenchufó.

La luz verde desapareció en el instante.

Y en la habitación se hizo ese silencio que solo existe donde, por fin, nadie escucha a nadie.

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