Te cuento, mamá nos confesó un secreto: ¡se había comprado un piso!
El piso estaba bastante cerca del centro de la ciudad. Nos pidió que no reveláramos la dirección a nadie, para evitar visitas inesperadas especialmente de los padres de mi esposa, que eran unos bebedores empedernidos.
Al principio, no sabía si estar enfadado o contento. Nadie me preguntó qué prefería. Como si fuéramos ladrones, hicimos la mudanza a escondidas, a primera hora de la mañana, trasladando nuestras cosas al nuevo hogar. Yo tenía que buscar trabajo cerca, mientras mi esposa se adaptaba a las nuevas circunstancias. Los dos estábamos algo nerviosos. ¿Y si sus padres nos encontraban y empezaban otra vez con las visitas?
Me conseguí un puesto de ascensorista. Justo al día siguiente, mi compañero y yo tuvimos que rescatar a una mujer que se quedó atrapada en la cabina del ascensor, entre dos plantas.
Abrimos la puerta y la sacamos. Ella nos agradeció muchísimo, estaba muerta de miedo. Intenté tranquilizarla con palabras amables, y noté enseguida que era distinta. No quería dejar de verla.
Desde ese momento, creí en el flechazo. Decidí acompañarla hasta su casa, la llevé casi en brazos porque seguía temblando del susto. Tenía los ojos brillantes de lágrimas y el cuerpo inseguro. Me daban ganas de abrazarla y decirle cosas bonitas y tranquilas. Entró en su piso y cerró la puerta detrás.
Esa noche, mientras acostaba a mi hija y mi mujer se metía en el baño, recordé lo que había pasado y sentí una mezcla de tristeza y emoción. No podía quitarme a esa chica de la cabeza. No lo podía evitar: era guapa, dulce y tan vulnerable…
Al día siguiente, tras acabar la jornada, fui otra vez a su puerta. Le conté a la vecina que era familiar lejana de su ciudad natal. En diez minutos supe que su marido era un borracho y un vago total. Además tenían dos hijos.
Eso me alegró bastante. Porque así podía regresar a casa, con mi mujer y mi hija, sin sentirme mal. No quiero complicaciones ajenas ni hijos de otros, quiero vivir mi propia vida y cuidar de mi familia.
Sentí un alivio enorme.







