La anciana se giró hacia Roberto y le dijo unas palabras que le pusieron los pelos de punta: “Hoy será un día bonito y soleado. Tendremos tiempo de sobra para hacer algo”.

Esteban viajaba en tren una tranquila tarde de miércoles, el vagón silencioso y apenas ocupado. Una anciana subió en la estación de Atocha y se sentó a su lado, claramente rumbo a su huerta de las afueras, igual que Esteban y varios de los pasajeros. El recuerdo de Lucía, su difunta esposa, llenaba su mente de nostalgia: solían ir juntos al terreno, pero desde que la enfermedad se la llevó, él había evitado ese lugar, atormentado por la soledad y la melancolía.

Cuando el tren se detuvo en la estación de Alcalá, la anciana miró a Esteban y le habló con una voz que le estremeció el alma: Hoy será un día luminoso y cálido. Tendremos tiempo suficiente para hacer algo bonito. Las mismas palabras que Lucía le decía cada primavera. Sorprendido, asintió levemente y comenzó a charlar con la señora sobre la mala cosecha de ese año, el invierno duro que todos habían padecido, y las esperanzas puestas en la próxima temporada.

Al llegar a la parada de autobús, Esteban se percató de que nunca antes había visto a esa mujer. Caminaron juntos durante un rato, compartiendo recuerdos, pero pronto cada uno tomó su camino. Ya en su terreno, Esteban contempló el campo abandonado, cubierto de hierbas y maleza por su larga ausencia. Sin embargo, la conversación en el tren le había animado; sintió nuevas ganas de explorar y cuidar el lugar.

Con renovado ímpetu, comenzó a desbrozar y limpiar los bancales, arrancando las malas hierbas. El placer de ver la tierra fértil le hizo decidir no vender el terreno, al menos por un tiempo. Se permitió una pausa en el banco de piedra, saboreando bocadillos de jamón y una taza de té. Las flores preferidas de Lucía bailaban al viento cerca, y las manzanas frescas bajo el manzano nuevo le recordaron momentos alegres.

El ánimo de Esteban mejoró notablemente, y decidió volver con más frecuencia. Recogiendo setas en el bosque cercano sentía cómo se desprendía de las cargas de su corazón. Era otro hombre; el trabajo daba sentido y alegría a su vida.

De regreso, encontró de nuevo a la anciana. Compartieron manzanas y se reían hablando de las labores y de los sueños por cumplir en sus huertas. Ella le aseguró que aún quedaba mucha vida por delante, animándole a encontrar en su trabajo una fuente de felicidad y propósito. Cuando Esteban descendió en su parada, sonrió a la puesta de sol madrileña, reconociendo que la tristeza ya no le apretaba el pecho.

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La anciana se giró hacia Roberto y le dijo unas palabras que le pusieron los pelos de punta: “Hoy será un día bonito y soleado. Tendremos tiempo de sobra para hacer algo”.
¡Ya no cocino para todos!