Masa en Silencio
María, ¿te das cuenta de quién viene el sábado? Javier se apoyaba en el marco de la puerta de la cocina y me observaba como si otra vez hubiese hecho algo mal. Simplemente miraba, callado.
Yo justo estaba poniendo la masa sobre la encimera. Tenía las manos cubiertas de harina hasta los codos.
Sí, Javier. Tus compañeros de trabajo y sus esposas. Me lo has dicho tres veces ya.
Te he dicho que no son simples compañeros. Es Gómez con su mujer. Es socio en la empresa. Y también viene Carrera. ¿Sabes quién es Carrera?
Javier, estoy cocinando. Hablamos luego.
Entró en la cocina, a pesar de que normalmente huía de ella cuanto podía. La cocina le ponía nervioso, ese eterno trajín, los olores, los paños húmedos colgados.
No luego. Quiero que lo comprendas ahora. Son gente que veranea en la Costa Brava. Sus esposas visten de diseñador. Van a restaurantes donde ni hay carta en papel.
¿Y yo qué hago con eso? Le miré por fin.
Nada de tus empanadas. Encarga algo decente. Hay servicio a domicilio, la comida llega como en un buen restaurante, en cajas bonitas. Yo te doy el dinero.
Me quedé callada. Miré la masa, luego de nuevo a él.
Ya la he amasado.
María.
Javier, la masa ya está lista. Me he levantado a las seis. Iré al mercado a por carne. Todo quedará bien, tranquilo.
Movió la cabeza, como si hubiese dicho una chiquillada.
No entiendes a esta gente dijo al salir.
Me apoyé un momento en la ventana. Afuera era marzo, gris y húmedo. Una paloma se posaba aburrida en la barandilla, mirando a ninguna parte. Bajé la mirada a la masa y seguí amasando, una y otra vez.
***
Tengo cincuenta y dos años, y veintiocho los he vivido con Javier. Nos conocimos en Valladolid, cuando yo era contable en una empresa de reformas y él acababa de ser ascendido a jefe de departamento. Llevaba aún americanas anticuadas, hombros anchos. Recuerdo su torpeza con las mujeres, su manera de hurgarse en el puño de la camisa cuando estaba nervioso. Me enamoré justo de esa inseguridad. Era tan humano.
Después llegaron las mudanzas. Primero a Zaragoza, luego a Madrid. Yo me ocupaba de empaquetar todo, de llevarme al gato, de encontrar panaderías nuevas y centros de salud, de presentar mis respetos a los vecinos. Javier fue ascendiendo, y en cada peldaño algo cambiaba en él. No de golpe, sino poco a poco. Como esos acantilados que sólo notas distintos al mirarlos años después.
No tuvimos hijos. No se pudo. Médicos, diagnósticos, al final el tema se quedó en silencio. Yo lo sufrí callada y encontré una calma rara, ese remanso que no esperas. Mi energía maternal la volqué en la casa. En la cocina, en las macetas del balcón, en las flores del alféizar, en los hijos de las vecinas, a los que invitaba siempre que podía a merendar.
Las empanadas y los guisos eran mi lenguaje. Lo entendía aunque nunca lo dijera así. Cuando las palabras no bastaban, la masa sí. Y también cuando algo era motivo de alegría. Sentía la textura de la masa en las manos mejor que cualquier receta o termómetro. Sabía cuándo estaba lista por su calor, su elasticidad, cómo respondía bajo las palmas.
Javier comió mi comida durante veintiocho años. Siempre en silencio. Y ahora entiendo ese silencio. Yo creí que era conformidad.
***
Aquella noche de viernes me acosté pasada la medianoche. Hice empanada de ternera con cebolla al modo de mi abuela, la de corteza dorada y crujiente, la que perfuma toda la escalera. Hice croquetas de jamón, preparé un guiso de rabo de toro que debía reposar hasta el día siguiente. Ensalada de lombarda, zanahoria y granada. Asé codillo de cerdo con ajo y laurel.
Javier llegó a las once, vio todo listo y no dijo nada. Pasó directo al dormitorio.
Recogí la cocina, me quité el delantal y me senté un rato en la banqueta junto a la ventana. Bebí un té. Al día siguiente vendrían los invitados, se sentarían a la mesa y yo les serviría lo que mejor sé hacer. Eso me parece sencillo y claro.
Me acosté a la una y caí dormida enseguida.
***
Los invitados llegaron a las siete. Éramos siete: Gómez con su esposa Carmen, Carrera con su mujer Lucía y otro señor al que Javier presentó sólo por su nombredon Antoniosin apellidos ni cargo, pero con tal respeto que enseguida supe que era el más importante.
Carmen Gómez era una mujer delgada, de unos cuarenta y cinco, vestida de negro con un vestido que seguramente costaba más que mi pensión del mes. Entró, miró todo de arriba abajo: el piso, los muebles, las cortinas, a mí.
Lucía Carrera era más joven, rubia de bote con cejas finísimas, y su perfume se olía desde el recibidor. Sonreía con una amplitud forzada, como si hubiera encendido una luz al entrar.
Don Antonio era un hombre corpulento, de unos sesenta, con manos anchas y una mirada de atención constante. Fue el único en darme la mano y decir:
¿La anfitriona? Encantado.
Les hice pasar al salón, la mesa ya lista. Puse el mejor mantel, de lino bordado. Encendí unas velas. Coloqué la cubertería como me enseñaron en casa. El guiso de rabo de toro relucía en la fuente, las croquetas en una bandeja, la empanada cortada, dorada y crujiente sobre la tabla de madera.
Se sentaron. Javier descorchó una botella de vino traída por Gómez, uno italiano de nombre interminable. Sirvió copas.
Carmen miró el despliegue y soltó, en voz baja pero audible:
Vaya, guiso de rabo de toro. Hace siglos que no veo uno así.
Había algo en su comentario, algo como el olor a gas que percibes pero no te alarmas hasta que te falta el aire.
Servíos dije. Empanada, croquetas, el codillo está aquí.
¡Codillo! Lucía se miró con Carmen. Dios, no como un codillo desde que era casi adolescente. Es tan pesado…
Potente, será corrigió Carmen, y soltó una risa breve, la de quien mira al suelo para comprobar si ha pisado algo.
Los hombres se sirvieron. Gómez probó el guiso, asintió, pero no dijo nada. Carrera cortó empanada. Don Antonio se sirvió agua.
Javier, ¿tú cocinas alguna vez? preguntó Lucía, sonriendo.
No, María es la chef respondió él, en tono de quien cuenta algo simpático pero algo tolerado.
María, ¿vienes de familia pequeña? ¿De pueblo?
De Valladolid contesté.
Eso es asintió Carmen, como quien resuelve un jeroglífico fácil. Allí aún quedan estas cosas. Toda la comida casera, empanadas, guisos… Es la España profunda, sin ánimo de ofender. En ciudad hace tiempo que eso se perdió. Los nutricionistas dicen que la gelatina es horrorosa para las arterias.
Le aguanté la mirada.
Si se hace bien, es colágeno. Bueno para las articulaciones respondí serena.
Bueno, eso son teorías viejas zanjó Carmen. Hace años que no tomamos carne. Sólo pescado y superalimentos. Javier, ¿has pensado en probar? Tenemos una amiga nutricionista, espectacular.
Javier rió, cortés y en el aire, para quedar bien.
María es más bien tradicional dijo él.
Esa palabra, tradicional, se me quedó. Cayó en la mesa como una moneda que nadie recoge.
Después Lucía comentó que la masa era demasiado densa, y que a su edad cuidaba la figura. Luego Carmen habló de un restaurante de cocina molecular en el centro, con un chef formado en Barcelona. Después pasaron a hablar de dinero y pisos, y comprendí que yo era parte del decorado. La anfitriona que pone la mesa y sonríe.
Sonreí.
Serví más vino. Traía platos. Retiraba vacíos. Preguntaba si necesitaban algo más. Nadie me dio las gracias.
Cerca de las nueve, Carmen miró la empanada, casi intacta, y soltó:
Seré sincera, porque estamos en confianza. Todo esto es muy de provincias. No te lo tomes a mal, María. Pero cuando se junta determinado círculo, no pega. Es otro nivel.
La habitación se calló. Miré a mi marido.
Javier miraba el vino.
Bueno, cada uno con sus costumbres intervino don Antonio. En su voz hubo algo que hizo que Carmen no insistiera.
Pero Javier ya tenía la respuesta en los labios:
María, te pedí que encargaras algo normal. Ya ves. Otra vez a tu manera.
Me levanté, recogí platos y me fui a la cocina. Andaba despacio porque cargaba peso. Dejé la vajilla en el fregadero. Apoyé la frente en la ventana. Afuera era noche bajo la lluvia, la acera mojada a la luz de las farolas.
Oí las risas de nuevo. El tintineo de algún vaso.
Me quité el delantal. Lo colgué. Luego lo doblé y dejé sobre la silla.
Volví al salón.
Perdonad. Me ha dado un dolor de cabeza. Servíos, todo está en la mesa.
Nadie hizo especial caso.
***
Recogí la comida a la una, ya los invitados se habían ido. Javier se metió en la cama sin decirme nada, cerrando la puerta.
Fui embalando la empanada en una bandeja grande. Las croquetas, al tupper. El guiso, bien envuelto. Aparté el codillo con mimo.
Todo eso lo bajé a la calle sobre la una y media. El portal da a una obra donde levantan otro bloque, y, aún de madrugada, había luz en las casetas de los obreros.
Allí, tres hombres tomaban té en vasos de plástico. Uno fumaba. Los otros calentaban las manos en las tazas.
Buenas noches dije. Siento la hora. He traído algo de comer, si les apetece.
Se quedaron boquiabiertos.
¿Qué has traído? preguntó el fumador.
Empanada de carne. Croquetas. Codillo. Y guiso, aunque eso debería estar frío.
Se miraron entre sí.
No me digas dijo uno, levantándose. Deja, te ayudamos.
Cogieron las bandejas. Los vi abrir la empanada, probarla… vi en su cara algo que me dejó sin respiración de alegría.
Esto es casero dijo, masticando. De verdad, casero.
Así las hacía mi madre añadió otro, tomando una croqueta. Igual, igual.
¿Eres del bloque? preguntó el tercero. ¿Qué celebras?
Vinieron invitados respondí. No comieron nada.
Ellos se lo pierden. Pedazo de comida.
Ya lo sé dije.
Me quedé tres minutos más mirando cómo comían. De verdad, comían a gusto, sin formalismos. Uno repitió enseguida.
Gracias dijo uno.
A vosotros contesté, y subí de nuevo a casa.
***
Esa noche no dormí. Me tumbé en el sofá del salón, mirando al techo. En el dormitorio se escuchaba sólo el silencio; Javier dormía plácido, supuse.
Pensaba que veintiocho años son muchos. Casi una vida adulta entera. Pensaba en cómo dijo: “Otra vez a tu manera”. No: “está mal” o “no estoy de acuerdo”. “A tu manera”, casi como si tener tu “manera” fuese ya un defecto.
Pensé en los obreros, comiendo en silencio, agradecidos. Diciendo “buena comida” como quien dice la simple verdad, aunque sea fuera de sitio.
Pensé en que en esa casa ya no había lugar para mí. No para mí como “persona”, que sí, sino para mí “como yo”, con mis empanadas, mi abuela, mi mercado a las seis, mi lenguaje de cocina.
Ese sitio ahora lo ocupaban otras cosas.
A las cuatro tomé una decisión. Silenciosa, sin dramatismos, como quien por fin pide cita al médico tras posponerlo: ya toca.
***
Escribí una nota en una hoja de libreta. Siempre he tenido buena letra, clara, grande, me esfuerzo en que se entienda.
“Javier. Me voy. No por enfado, sino porque lo he comprendido. Gracias por los años. Las llaves están en la mesa. María”.
Las dejé allí. Ambas. La de la puerta y la del buzón.
Metí sólo lo justo en una bolsa: documentos, algo de ropa, el móvil y el cargador, lo que tenía en el monedero. No llevé comida, nada. Me pareció simbólico: me iba sin mi comida. Como si dejara atrás una parte de mí y quisiera ver qué pasa al andar ligera.
Serían las cinco de la mañana. Amanecía despacio. Ya no llovía y el asfalto brillaba. Llamé a un taxi y pedí ir a casa de mi amiga Celia, al otro lado de Madrid.
Celia abrió la puerta en bata, recién levantada y despeinada; no preguntó nada. Se hizo a un lado para dejarme pasar y sólo dijo:
¿Pongo agua para el té?
Ponla.
Nos sentamos en su cocina. Casi no hablamos. De vez en cuando Celia me miraba, esperando, pero no insistía. Era de esas amigas que saben callar contigo.
¿Te has ido? preguntó finalmente.
Sí.
¿Para siempre?
Pensé.
Para siempre.
Celia asintió. Echó más té.
***
Las primeras semanas fueron raras. Javier llamaba. Primero breve: “¿Dónde estás? Vuelve”. Luego más largo: “¿Podemos hablar?”. Después: “¿Te das cuenta de lo que haces?”. Y luego, nada.
Viví con Celia. Dormíamos separadas por una pared, desayunábamos y a veces veíamos una serie. No me daba consejos. Eso le estoy especialmente agradecida.
A la tercera semana me puse con los papeles. Siempre se me dio bien, cosas de contabilidad. No me complicó el divorcio. La vivienda la habíamos comprado juntos, Javier me ofreció pagarme la parte en efectivo. Acepté. No quería pleitos.
El dinero entró en la cuenta y lo miré pensando: son veintiocho años. ¿Está bien? ¿Está mal? No lo sé. Sé que me dará para un tiempo.
Al mes comencé a buscar trabajo. Sentía que necesitaba respirar antes de seguir. Caminaba durante horas por Madrid, entraba en cafeterías, bebía café, miraba la vida pasar. A mis cincuenta y dos años, era la primera vez en mucho tiempo que me sentía verdaderamente yo, sin tener claro qué significaba eso.
Un día entré en una pequeña cafetería de barrio, en una zona con árboles y casas bajas. Se llamaba simplemente El Paso. Sin diseño, mesas de madera, la carta escrita a tiza, un televisor pequeño en un rincón, sin volumen. Pero olía bien. A pan recién hecho y café.
Pedí un té y una empanadilla de cereza. Era industrial, comprada fuera, no como las de casa. Se notaba.
La señora del mostrador, unos sesenta años, cara redonda y cansada, bata azul claro, se acercó.
¿Está rica la empanadilla?
Un poco seca le dije, sincera.
Suspiró.
Ya, el panadero se fue este mes. Compramos en la panadería de al lado, pero todo es industrial. Se nota.
Guardé silencio.
¿Y buscan panadera?
Me miró.
¿Tú sabes?
Sé contesté.
***
Se llamaba Inés y abrió aquel café hace ocho años, al jubilarse. No aguantaba estar en casa. El café era su vida, a veces daba pérdidas, pero la mantenía viva. Inés era de decisiones rápidas, de las que se fían del instinto.
Ven mañana temprano me dijo. Haz alguna prueba.
A las siete volví. Me puse su delantal, inspeccioné la cocina pequeña pero ordenada.
Hice empanadillas de patata y cebolla. Bollos de canela. Dejé masa de levadura para tarta de manzana.
Inés llegó a las ocho, observó en la puerta.
¿De dónde sales tú? me dijo.
De la vida respondí.
Los primeros clientes probaron las empanadillas a las ocho y media. Una mujer compró dos y volvió por la tercera. Un obrero vino con el casco y se fue con una bolsa de bollos. Un universitario no podía elegir entre manzana y patata, así que cogió las dos.
Inés, tras el mostrador, sumaba en silencio.
A mediodía hablamos del trabajo. Yo acepté el turno de siete a tres, menos los domingos. El sueldo era modesto, pero Inés añadió un si va bien, lo revisamos.
Y fue bien.
***
A los tres meses El Paso era famoso en todos los barrios cercanos. No por publicidadno se hacía, sino porque se corría la voz: Venden empanadillas como las de la abuela.
Organicé el menú por días. Los lunes, empanadas de bonito; los martes, hornazo; el miércoles, pan de masa madre que tenía cola desde las ocho. Jueves: crepes con nata y mermelada, que gustaban a las señoras que venían a hablar. Viernes: gran empanada de carne, todo vendido antes del mediodía.
El sábado, mi único día libre, iba al mercado. Porque sí, porque lo disfrutaba. Escogía manzanas a conciencia, charlaba con las abuelas que vendían queso, siempre le compraba mantequilla a la misma mujer.
Ahora vivía sola. Alquilé un estudio cerca del café. Era modesto, con ventana a un patio tranquilo, muebles viejos pero sólidos. Colgué cortinas de lino en la cocina. Planté geranios en el alféizar. Era acogedor.
Celia venía un par de veces al mes. Tomábamos té y ella decía:
Se te ve mejor. Se te nota.
Duermo bien decía yo.
Eso se nota.
Por las noches, tras la jornada, a veces leía. O veía cine. A veces sólo me sentaba en la ventana y escuchaba el viento entre los árboles del patio. Me resultaba valioso, ese estar sin tener que hacer nada para nadie.
***
A Genaro le vi por primera vez en octubre. Apareció un miércoles, el día del pan, y ya no quedaba.
¿Llego tarde? preguntó Inés, tras el mostrador.
Tarde admitió él. ¿Habrá el próximo miércoles?
Sólo los miércoles. Pero mañana hay empanadas.
Eligió café y empanadilla de repollo. Se sentó junto al ventanal y leía un libro ajado.
El miércoles siguiente llegó a las ocho y media y se llevó dos barras. Yo sacaba la bandeja en ese momento.
Ahora a tiempo dije.
Se rio. Tenía rostro cansado, con arrugas gentiles en los ojos, como quien ha pensado mucho o ha pasado mucho tiempo en la calle.
Voy a venir el martes por la noche y acampar en la puerta bromeó.
Inés no te dejará, cierra a las ocho.
Pues dormiré en el banco.
Y así fuimos hablando. A través del pan y de la risa, lo que une de verdad.
Genaro tiene cincuenta y ocho, ingeniero en una empresa de proyectos, divorciado hace siete años, dos hijos ya mayores, cada uno en su vida. Era pausado, sin prisas.
Empezamos a charlar. Primero en el mostrador; luego él se quedaba a tomar un café. Un día salimos a pasear por la calle.
Me preguntaba por el trabajo. No por educación, de veras atento. Yo le hablaba de la masa, cómo cogerle el punto, por qué el pan de masa madre dura más. Él escuchaba, sin interrumpir.
Un día le dije:
¿Sabes? Alguien me dijo que todo esto era antiguo, atrasado. Empanadas, guisos, comida de casa.
Genaro calló.
Depende de qué llames atrasado. Para mí, fingir sí es anticuado. Eso sí.
Le miré de lado.
Bien dicho.
Lo intento respondió.
***
Las vidas de las mujeres no siguen línea recta. Eso lo sé bien. La felicidad no llega entera ni de pronto, se junta a sorbitos, como el agua que llena el pozo tras la lluvia: nadie lo nota, pero cuando miras, ya hay agua.
Con Genaro empezamos en marzo. Sin prisas. Una tarde preguntó si iría al cine. Dije que sí. Cenamos a la salida en una tasca discreta. Él pidió sopa y pan.
¿El pan es bueno? pregunté.
Mordió, pensó.
No es como el tuyo.
Lo dijo sin adulación. Como hecho.
Sonreí y callé. Pero lo recordé.
El café ya funcionaba mejor. Inés amplió el menú, puso platos calientes al mediodía, contrató a otra ayudante. Me habló de ampliar, sacar mesas al exterior en verano.
Pensé en mi propio café. Pequeño. En una calle tranquila. Con olor a pan desde la mañana. Es un sueño, difuso aún, pero ahí está.
Ya no tengo prisa. Ya aprendí eso.
***
Javier apareció a finales de abril.
Lo vi desde la ventana del café. Estaba parado en la acera, mirando el cartel. Al principio no le reconocí. O no esperaba verle. El corazón me dio un latido de más y siguió.
Entró.
Inés estaba en la trastienda. Había varios clientes. Yo estaba tras el mostrador.
Hola dijo.
Había envejecido. O era más claro cómo era antes. Arrugas, mirada algo perdida, como quien camina por una ciudad nueva y duda de dónde meterse.
Hola contesté.
Me enteré por Celia que trabajas aquí.
Eso hago.
Observaba el local. Tablas de madera, pizarra con el menú, el expositor de bollos. En su expresión bailó algo que no supe nombrar. ¿Lastima? ¿Asombro?
¿Quieres un café? pregunté.
Vale.
Le serví el café. Lo miró, lo aguantó caliente. Bebió callado.
He oído que el negocio va bien.
Sí.
Te recomienda todo el mundo. Dicen que aquí la mejor bollería del barrio.
Me alegro.
Javier dejó la taza.
Paso un mal momento. Gómez y yo nos separamos, la empresa reestructura, todo está complicado.
Le miré. No sentí alegría ni pena. Sólo atención, como cuando te cruzas con alguien cansado en el metro y piensas, bueno, qué mala racha.
Siento que estés en apuros.
Quiero que vuelvas.
El café se hizo más silencioso. O lo sentí así.
Podemos empezar de nuevo. Tengo planes, quizá mudarnos, otro aire.
Javier.
Espera. Hablo en serio. Sé que lo hice mal. Lo he pensado mucho.
Me alegra que lo pienses.
Entonces me escuchas.
Me apoyé en el mostrador.
Sí, te oigo. Dime, ¿recuerdas cuando aquel sábado salí a la cocina y delante de todos dijiste: Otra vez a tu manera?
Calló.
Sí.
No dijiste ella tiene razón ni la comida es buena. Dijiste otra vez a tu manera. Qué peso, esas tres palabras.
Bajó la mirada.
Estaba nervioso. Gente importante, yo quería que todo saliera…
Gente importante repetí. Me acuerdo. Pero aquellos obreros que esa noche cenaron empanada en su mono, también eran importantes. Sólo que tú no los conoces.
Me miró.
A veces no te entiendo.
Lo sé dije, sin rencor. Esa es la respuesta.
En la barra sonó la cafetera. Entraron dos clientes más. Me volví con naturalidad.
Un momento les dije, luego de nuevo a Javier. Tengo que seguir trabajando.
María.
Javier, no estoy enfadada. Pero no vuelvo. No porque guarde rencor. Es que aquí tengo mi sitio. ¿Lo comprendes? Por primera vez en mucho tiempo tengo mi sitio.
Me miró unos segundos. Asintió despacio, como quien acepta lo que no puede cambiar.
Está bien dijo.
Cogió la chaqueta y se fue hasta la puerta. Allí paró.
De verdad se te ve bien dijo, sin segundas.
Gracias.
Cerró la puerta.
***
Atendí a los dos clientes. Uno llevó pan y hornazo. Otro preguntó por la sopa. Le expliqué el horario.
Fui a la cocina y, de pie junto a los fogones, bebí un vaso de agua. Miré el reloj: las once menos cuarto. Tocaba amasar la masa para el día siguiente.
Pesé la harina. Añadí la madre, guardada en mi bote, viva y perfectamente cuidada, como algo imprescindible.
Las manos sabían solas.
***
Esa tarde, Genaro vino al café a eso de las tres, al cierre de mi turno. Hacía eso a veces, sin avisar.
¿Qué tal ha ido?
Un día distinto.
¿Me lo contarás?
Salimos fuera. Era un día luminoso, de primavera, las sombras largas de los árboles en la acera. Caminamos despacio.
Ha venido mi exmarido.
Genaro no se paró.
¿Y?
Quería que volviese.
¿Le dijiste que no?
Le dije que no.
Caminó un poco en silencio.
¿Te costó?
Lo pensé.
No tanto como esperaba. Me dio pena, un poco. Parecía alguien que llega tras un viaje largo y lo encuentra vacío.
Eligió ese viaje.
Sí. Pero verlo, aún así, da pena.
Genaro asintió. Fue un gesto bueno, de los que significan: Te escucho y entiendo lo que sientes.
Sabes me dijo, hace tiempo quería decirte algo, pero no hallaba el momento.
Dímelo.
No conozco a nadie que sepa hacer lo que hacen tus manos. Y no hablo sólo del pan. Es otra cosa, ¿me entiendes?
Le miré de reojo.
Creo que sí.
Eso es. Quería que lo supieras.
Seguimos andando. Por las aceras, junto a los columpios donde gritaban niños, bancos con abuelos y florecillas en los alcorques. El cielo azul pálido y abierto.
Genaro dije al rato.
Dime.
He entendido este año que siempre esperaba que alguien valorase lo que hacía. Que me dicesen: Bien hecho, perfecto. Y, cuando dejé de esperarlo, respiré.
El primero que debe hacerlo es uno mismo.
Eso. Pero yo tardé en pillarlo.
Nunca es tarde dijo. Hay quien no lo pilla jamás.
Sonreí para mí misma.
***
En verano, El Paso funcionaba a tope. Las mesas al aire libre siempre llenas. Inés negociaba con el local de al lado para ampliar. Me ofreció una participación. Tomé tiempo y, enseguida, dije que sí.
Es una sabiduría de mujeres, no de revistas ni artículos, sino propia, interior: no temas hacer bien lo que sabes hacer. No lo ocultes. No pidas perdón. Encuentra el sitio donde hace falta y quédate.
Y me quedé.
***
Una noche de junio, con las ventanas abiertas al calor, me senté en mi cocina y escribí algo en el cuaderno. No un diario, sólo pensamientos, alguna receta mezclada con cosas personales. Siempre escribí así.
Fuera, el viento balanceaba el geranio. La masa madre reposaba en el frigo, lista para la mañana.
Escribí: Lo más curioso de la vida es que lo mejor empieza cuando crees que ya pasó todo.
Lo taché.
Escribí: La empanada sale bien cuando no te apuras.
Sonreí. Cerré el cuaderno.
***
Celia llamó el domingo por la mañana.
¿Cómo sigues?
Bien. Duermo hasta las ocho.
Madre mía, ¡hasta las ocho! Me alegro por ti.
Ven. Tengo empanada en el horno.
¿De qué?
De manzana y canela.
Voy dijo Celia, y colgó.






