El gatito de cristal
Tres hermanas junto a la ventana…
Mamá, eso es como tú y tus hermanas, ¿a que sí?
Susana suspiró.
Casi, cariño. ¿Y tú piensas dormir hoy? Yo todavía tengo que trabajar, y mañana en la fiesta vas a quedarte dormida sobre la tarta.
¡Uy! ¡Vale, ya duermo! Paula se arrebujó bajo el edredón, pero en seguida sacó de nuevo su naricilla. Pero, ¿habrá globos? ¿Vendrá Marisol? ¿Y?
Susana atrapó a su hija entre los brazos, la envolvió todavía más y la cubrió de besos ignorando sus protestas.
A dormir, pequeña. Mañana verás todo.
Le acercó su oso de peluche preferido antes de salir despacio y dejar la luz tenue del pasillo encendida. Paula aún tenía miedo a la oscuridad y Susana siempre procuraba que nunca estuviese todo apagado en casa.
Bajó a la cocina, cerró la puerta con sigilo y encendió el portátil. Había mucho trabajo pendiente, pero se permitió dos minutos de silencio para ordenar sus pensamientos. Mañana iba a ser un día complicado. No solo porque era el cumpleaños de Paula lo que en realidad le hacía ilusión, sino porque también venían los familiares, y entonces todo se enrevesaba.
Susana sacudió la cabeza, se sirvió una taza de té y, mientras el aroma la envolvía, abrió la carpeta de papeles. A veces pensaba que menos mal que hizo caso a su abuela y estudió Contabilidad, en lugar de seguir su deseo adolescente de ser oceanógrafa. Habría tenido más romanticismo en su vida, sí, pero menos certezas. Por un instante, cerró los ojos y se imaginó en la costa de Santander, con la brisa del Cantábrico, y sonrió. Pronto, muy pronto, se iría con Paula de vacaciones; siempre y cuando la vida no se empeñara en cambiarle los planes. Dio un sorbo y se puso a trabajar.
La historia de Susana había comenzado en una familia de Palencia, hija esperada de Mercedes y Alfonso Gallego. Las abuelas estaban exultantes, y los padres sentían que se les iba el aire cada vez que miraban a su preciosa niña.
Hay que buscarle un hermanito ya, para que tenga con quién jugar insistían las abuelas, y Mercedes siguió su consejo.
Con su hermana mediana, Carmen, apenas se llevó un año. De niñas eran inseparables, y donde una iba, la otra la seguía. Competían por todo, pero también compartían alegrías. Mercedes repetía: No hay personas más cercanas que vosotras, nunca lo olvidéis. Convenció al director del colegio para que estuvieran en la misma clase. Sentadas juntas el primer día de septiembre, sus zapatos nuevos se tocaban debajo de la mesa. Estoy aquí, no te preocupes, se decían con gestos y sonrisas. Era Susana quien más sufría, siempre tan responsable. Carmen podía dejar a medias cualquier ejercicio de lengua, para salir corriendo a contar golondrinas. Pero Susana no se levantaba del escritorio hasta haber terminado todo.
¿Susana, me dejas tu cuaderno de mates? Así lo copio y salimos al parque.
¡Hazlo tú! Si la profe Juana nos pone separadas, ya verás lo que pasa. ¿Quieres que te explique el problema?
Carmen resoplaba y fingía ofenderse, pero a los cinco minutos estaba convenciendo a su hermana para ir a patinar al parque Don Quijote.
Fue en sexto de primaria cuando llegó la sorpresa: nació la pequeña Lourdes. Mercedes ni lo había planeado y la noticia no la llenó precisamente de alegría.
¡Otra vez empezar de cero, Alfonso, ya no soy una niña! Me va a costar mucho.
Venga ya, mujer. Ahora tienes dos ayudantas. Y a lo mejor es un niño, imagina qué sorpresa.
La sorpresa no fue tal: Lourdes nació, llorona, exigente, distinta en todo a sus hermanas mayores, tanto que Mercedes al principio no sabía cómo gestionarlo. Pero en poco tiempo fue evidente: Lourdes se convirtió en el centro de la familia.
Mercedes notó la diferencia entre criar hijas jóvenes y esta maternidad tardía. Antes deseaba un minuto de paz; ahora, toda su energía era para la niña, relegando a las dos mayores y perdiendo de vista los pequeños problemas que brotaron entre las hermanas.
Ese gato negro fue Julián. Vivía en el bloque de al lado. A Carmen y Lourdes les era indiferente, pero para Susana cambió todo al cumplir los dieciséis. Regresaba de natación cuando Julián la interceptó en el portal.
Susana, te estaba esperando. Quería decirte algo balbuceaba bajo su mirada; temblaba una confesión atorada.
Susana lo miró y, esbozando una media sonrisa, contestó:
No puedo, mi madre me espera. A las seis aquí abajo.
Julián se iluminó.
¡Me gustas!
Eso ya lo tenía claro rió Susana con una risa clara que se esfumó junto a los laureles del parque.
¿A quién contarle aquel temblor extraño, esa cita donde las manos sobran y el primer beso parece tan temible como deseado? Claro, se lo contó a Carmen, aunque no al principio. Carmen notó algo y no paró hasta sonsacárselo.
Más adelante, ni Carmen supo explicarse cómo de pronto el interés por Julián la asaltó. Nunca la había atraído, pero ahora luchar por su atención le parecía primordial.
Susana, ingenua, no lo percibió a tiempo. Cuando vio a Carmen y Julián besándose en la plazuela, siguió de largo, subió a casa y cerró la puerta a cal y canto, ni los gritos de Lourdes la alteraron.
¡Susana, qué comportamiento es este, deja entrar a tu hermana! Mercedes golpeó la puerta con enojo.
Siempre había sido la dócil, pero ahora miró por la ventana y no halló palabras para el dolor. Mercedes entendió entonces, por primera vez, lo que es asomarse al abismo por la pena de un hijo.
Mamá, duele. ¿Por qué? ¿Por qué lo ha hecho Carmen?
Después, Susana le pidió ayuda.
Ayúdame a hacer la maleta. Me voy a casa de la abuela. No puedo quedarme aquí.
Carmen volvió con las mejillas aún rojas por el frío, se quedó pasmada al ver a su hermana con la maleta.
¿A dónde vas?
Sin responder, Susana salió. Mercedes, secándose lágrimas, le arreó una bofetada a Carmen.
¡Cómo has podido!
Carmen se quedó el resto del día mirando la puerta mientras la casa temblaba con el portazo de Mercedes y el llanto de Lourdes.
Pero en la familia Gallego nadie sabía guardar rencor mucho tiempo. A la semana, Mercedes empezó a hablar con Carmen. A Susana le costó dos años dirigirle palabra de nuevo a su hermana. Quizá nunca lo hubiera hecho, pero Mercedes cayó enferma y sus hijas se reconciliaron.
Perdóname musitó Carmen, sin atreverse a mirar a su hermana, mano temblorosa entre las suyas.
Charlaban en el parque de la Residencia, esperando noticias de la operación.
Agua pasada… respondió Susana, aunque Carmen entendió que el perdón era posible, pero el olvido, no.
Algún tiempo después, Susana se mudó a otra ciudad, Salamanca, a cuidar de su abuela paterna, quien le dejó un gran piso en herencia.
Sé dueña de tus decisiones, niña. Ni la gente más cercana mantiene siempre sus promesas cuando se trata de sus propios intereses.
Susana sonrió para sí. Lo tenía más claro que nadie, pero nunca desveló a la abuela el dolor ni la causa de su marcha.
Cuando se casó fue con Enrique, sin grandes festejos ni muchos testigos. No invitó a nadie, ni siquiera a Carmen. La vida con él era sencilla y feliz, salvo por la ausencia de hijos, que no llegaban. Los médicos no encontraban motivos. La esperanza se convirtió en costumbre.
Ya vendrá el niño, Susana, cuando menos lo esperemos decía Enrique, optimista.
Pasaron los años y llegaron a plantearse la adopción, pero el destino les tenía reservada otra sorpresa.
El contacto con la familia se mantenía solo a través de cartas y felicitaciones, alguna visita de cortesía. A Enrique no lo aceptaron del todo y Susana, tajante, fue siempre firme.
Lo he elegido yo, mamá. Respétalo.
Hija, con lo brillante que eres, tu carrera, lo lejos que podrías haber llegado…
Susana jamás pudo hacerle entender que ese hombre era lo mejor de su vida. Nadie la había cuidado ni entendido así. Da igual el cargo de contable jefe, da igual que Enrique fuera conductor: eran tal para cual. Cuando Susana enfermaba, Enrique la mimaba como nadie, cocinaba, fregaba, o planchaba si hacía falta.
Qué suerte tienes con Enrique suspiraba Carmen, agotada detrás de sus dos hijos, mientras el marido sólo señalaba tareas pendientes.
Susana apenas contestaba: intuía que Carmen era feliz a su modo. No podía decirse lo mismo de Lourdes.
Lourdes creció bellísima, tanto que opacaba a sus hermanas. Orgullosa, Mercedes lo repetía ante todo el mundo. Lourdes odiaba las reuniones familiares. Aguantaba diez minutos y se iba al salir de casa, fingiendo no escuchar sus protestas.
Al terminar bachillerato, Lourdes lo tenía claro:
¡Seré modelo! anunció sin pestañear, dejando pasmados a sus padres.
Sin contar con el esfuerzo necesario, pronto se cansó de castings y viajes en tren. En cuanto apareció el primer empresario con solvencia, Lourdes se mudó al piso que él le pagó. Sabía perfectamente que tenía familia, pero todo le resultaba indiferente. Desoyó cualquier intento de Mercedes de reconducirla.
No os metáis en mi vida si aún queréis verme, haré lo que me dé la gana.
Quería mucho, pero le quedó poco. Embarazada, intentó retenerlo, pero la historia terminó. Discutió, fue a ver a la esposa, pero aquella mujer, seria pero altiva, la fulminó con una sola frase:
Hija, de esas ha tenido y tendrá varias. Pero yo soy su esposa. No va a dejarme.
¿Tan segura estás? Lourdes no lo comprendía, esa seguridad fría…, hasta el día que la esposa añadió:
Tú sabrás. Tenéis hijos, yo tengo los suyos, tú tienes el tuyo. Haz lo que quieras, pero no esperes gran cosa.
Y la puerta se cerró, literal y figuradamente. Lourdes, desbordada, lo perdió todo en un accidente de coche tras una fiesta. Las fiestas, los excesos… y una vida segada antes de tiempo.
Mercedes, derrotada por el duelo, dejó de cuidar de Paula, la niña. Alfonso hizo lo que pudo, pero enseguida llamó a Susana.
Ella ni lo dudó: pidió excedencia, arregló todos los papeles y se llevó a la niña a Salamanca. Enrique, por su parte, vendió su piso y terminó las obras de la casa nueva a toda prisa.
¡Es justo como quería! Susana recorría su nuevo hogar, ilusionada. Por fin la vida les recompensaba.
Paula llenó la casa de alegría y risas. Nueve años así pasaron como un suspiro.
Durante ese tiempo apenas vieron a su familia, solo en fiestas puntuales. Mercedes, consumida por su pérdida, fue volviéndose insoportable.
Tú te has quedado con ella. Ya veremos cómo lo haces. Mejor te habrías quedado cerca de tu madre…
Susana intentaba no responder, le pesaba el dolor de Mercedes. Sabía que con ella o con Carmen, el golpe habría sido menos duro. Lourdes siempre fue distinta.
Ya mayor, Mercedes ablandaba mirando a Paula, tan parecida a su madre.
¡Qué guapa está! No la reprimas, déjala ser feliz.
Susana, prudente, con la mano acariciaba la de Enrique pidiéndole silencio cuando la tensión subía.
No hace falta… le decía, y la tormenta se esfumaba.
¿Por qué, Susana? ¿No sería mejor aclarar de una vez?
No lo sé, Enrique. La compadezco. Todo ese rencor no viene del bienestar.
Pero, ¿por qué lo soportas tú sola? la abrazaba él.
Porque ya solo le quedo yo, y porque la otra opción sería que lo sufriese Paula. Pero sé que a ella no le hará daño, no le contará la verdad.
Y así fue. Mercedes no habló, sabía que sería cruel para su nieta. Entendía que Paula era feliz, aunque le costara aceptar que Susana era quien ocupaba el lugar de madre.
Susana cerró el portátil y se estiró. ¡Ya era medianoche! Apuró el té y miró por la ventana. Qué pena que Enrique estuviese de viaje justo ahora, pero mañana ya regresaría. Aunque se perdiera la primera parte de la fiesta, al menos por la tarde estaría. ¿Qué regalo traería para Paula? No se lo había dicho, solo reía y decía: Ya lo veréis.
Susana sonrió, feliz por tenerlo a su lado, y se fue a la cama.
¡Mamá, feliz cumpleaños para mí! Paula saltó sobre la cama y cubrió de besos a Susana. Y también para ti: ¡te felicito por tenerme!
Gracias, hija. ¡Feliz cumpleaños! Que tengas salud y alegría.
Paula se le pegó, la abrazó y murmuró en su cuello.
¿Ya soy mayor?
¡Diez años! Nada menos. Pero para mí, sigues siendo mi niña pequeña.
¡Por mí, encantada! A las pequeñas las quiere todo el mundo.
¿A ti? ¿Quién no te quiere aquí?
Susana la hizo cosquillas; Paula gritaba y se retorcía de risa.
¡Ya! Momento de los regalos. Sacó una caja pequeña del cajón y se la pasó.
Toma, pero con cuidado.
Paula abrió la cajita y sus ojos se iluminaron.
Mamá… es el mismo…
Ese mismo.
La figura de gatito de cristal que Alfonso le regaló a Susana de niña. Paula supo lo importante que era.
¿Para la hija mayor, dijo el abuelo?
Exactamente.
Gracias, mamá. ¡Quería tanto tenerlo! acariciaba sus orejitas de cristal. Pero, mamá, yo soy hija única…
Susana sonrió y Paula buscó respuesta en sus ojos.
¿De verdad? susurró. Cuando Susana asintió, Paula saltó, el gatito firmemente en la mano, y gritó feliz. ¡Voy a ser la hermana mayor! ¿Sabes si…?
Aún no lo sé, cariño.
Susana veía dar vueltas a Paula y sentía unas ganas de llorar dulces. Llevaban tanto tiempo esperando este milagro.
Paula se detuvo en seco y dijo:
¡Es el mejor regalo que podías darme!
Susana se levantó, sacó una caja grande del armario.
Y esto también es para ti.
El vestido hizo que Paula girase como un trompo delante del espejo.
Mamá, ¿a qué hora viene todo el mundo?
Susana miró el reloj y exclamó:
¡Nos hemos dormido! Hay que darse prisa.
Llegaron a tiempo y, para la hora de comer, Paula saludaba feliz a los invitados desde el salón, haciendo reír a su madre una y otra vez.
¿Qué tal todo? preguntó Mercedes, sentándose a su lado.
Todo bien, mamá. Paula acabó el curso con sobresalientes, igual en la academia de música. Es una alegría.
Pues no dejes que se apague esa alegría, Susana. Valora lo que la vida te ha regalado.
Susana suspiró. Era cada vez más difícil hablar con Mercedes. Pero entonces llegó Carmen desde la cocina y cambiaron de tema. Carmen hablaba de sus hijos, y Susana iba respondiendo, escuchando de fondo. Al menos, los niños todos iban bien: Marisol, la mayor de Carmen, había sacado matrícula como Paula, y Víctor era ya campeón de boxeo en el distrito.
Un grito de Paula sorprendió a todos y Susana fue corriendo al cuarto infantil. Allí encontró a su hija, llorando desconsolada y con el vestido manchado. Susana la abrazó.
¡Carmen, el botiquín! ¡Corred! Está encima del frigorífico.
Todos se agitaron por la casa, mientras Marisol, en silencio, observaba a Paula desde la esquina.
¿Paula, qué pasa, mi vida?
¡No es verdad! ¡Ella miente! ¡Miente!
¿Quién miente? Susana no entendía nada mientras vendaba a su hija.
Las heridas no eran profundas. Estando ya a solas, en el dormitorio, Paula callaba con los ojos clavados en el regazo de su madre.
Acariciando la cabeza de su hija con ternura, Susana esperó a que quisiera contarle lo ocurrido, y entonces, entre sollozos, Paula alzó los ojos tan grises como los de Susana…







