Los padres de mi marido no entran en razón: insisten en que vuelva con su exmujer. “¡No lo entendéis, al fin y al cabo tienen un hijo en común!”, se lamenta mi suegra.

Estoy casada con un hombre cuyos padres aún no asimilan que su hijo está divorciado desde hace más de cuatro años. Vamos, que lo llevan peor que si el Real Madrid hubiera perdido la final de Champions contra el Barça. No dejan de intentar volver a juntar a la antigua familia. Nosotros llevamos tres años casados y, aunque parezca mentira, somos felices a nuestra manera.

Mi suegra, Doña Aurelia (género dramático nivel abuela manchega), opina que su hijo actuó como un insensato y que debe recomponer su familia anterior por cualquier medio. Vamos, como si el matrimonio fuera como pegar un jarrón roto con Super Glue. Porque para ella su hijo sigue estando ahí.

Cuando conocí a Enrique, él ya estaba divorciado y supuestamente el divorcio fue amistoso. Su ex, Inés (que ahora está felizmente casada, por cierto), pues parece que le puso los cuernos con un tal Jacinto y ese probablemente fue el detonante. O eso, o simplemente que eran incompatibles, como el gazpacho y el Cola Cao.

A veces pienso que igual cometí un error casándome con Enrique. Mi madre, la buena de Carmen, no paraba de decir: ¡A casarse, que se enfría el arroz! Total, que la ex se quedó embarazada y Enrique, que ni estaba enamorado ni nada, se casó porque era lo correcto según la Santa Madre (y en pleno siglo XXI).

No tenía ningún miedo a la ex de mi marido. Al principio incluso lo observé con lupa, por si acaso. Pero enseguida me di cuenta: a Enrique le daba exactamente igual su exfamilia, y a Inés lo mismo le importaba Enrique. Si acaso hablaban del niño y punto pelota.

Los que no soportaban la situación eran mis suegros, Aurelia y el señor Ramón. Intentaban mil y una veces reunir a la antigua familia y no podían ver con buenos ojos mi relación con su hijo.

Una vez, mi suegra me soltó mientras fregaba unos platos: Sois jóvenes, tenéis la vida por delante ¿por qué te metes donde no te llaman? Resoplé. Le respondí que si Enrique estuviera felizmente casado, yo ni me habría acercado. Pero oiga, que el muchacho está soltero. Y cuando me iba a soltar otro discurso, apareció Enrique por la puerta y de pronto ella se volvió muda como una estatua en la Plaza Mayor.

Supuse en ese momento que con mi suegra nunca tendría una relación para escribir un libro de autoayuda. Pero qué le vamos a hacer, no me quitaba el sueño.

Nos casamos y a vivir juntos, como manda la tradición y la hipoteca en Madrid. Rara vez veíamos a mis suegros, salvo en eventos familiares a los que no puedes faltar sin inventarte una excusa digna de una telenovela. Allí, cómo no, tenía que soportar suspiros y lamentaciones sobre la antigua familia feliz que, según ella, éramos incapaces de igualar. Enrique intentaba callarla, pero era como intentar callar la Puerta del Sol en Nochevieja.

No teníamos prisa por tener hijos. Ni me veía de madre, ni Enrique sentía que le faltase nada teniendo ya un hijo, Gonzalito, con Inés. Por algún motivo, eso le bastaba a mi suegra para seguir la fantasía de que la ex familia podía reunirse algún día. Casi esperaba que apareciera Inés en la cena de Nochebuena con un turrón y la esperanza de reconciliación.

Inés, por su parte, era la calma personificada: venía a las reuniones, saludaba, comía, se iba y ni una palabra fuera de lugar. El nivel de indiferencia era tan palpable que podrías cortarlo con un cuchillo de untar.

La suegra, eso sí, intentaba como podía que Enrique se pusiera celoso de su ex, o enredarme a mí con historias de dónde estaba Enrique si llegaba tarde a casa. Llamadas, mensajitos al móvil: ¿Sabes dónde está tu marido? Porque igual se ha ido a casa de Inés o directamente insinuando que tenía que pasarse por su casa a dejarle algo olvidado. Parecía una serie cutre de sobremesa.

A mí, la verdad, los celos me dan urticaria pero lo de Aurelia empezaba a tocarme la moral. Desde fuera, cualquiera ve que Enrique e Inés no tienen nada pendiente más allá del hijo que comparten. Se llevan civilizadamente, hablan lo justo, Enrique pasa la pensión todos los meses en euros (bien declarados, no seamos como Bárcenas), va a ver al niño y asunto resuelto. Todo muy normalito. Cada uno con su vida, como dice la canción. Respeto mutuo y puertas separadas.

Pero Aurelia, ay Aurelia, sigue maquinando. ¿Cuándo se dará por vencida? ¿Dejará alguna vez de pensar que puede reunir a la antigua familia como si fuera la cabalgata de Reyes? Enrique confía en que se calme cuando yo, por fin, le dé un nieto. Pero yo, sinceramente, creo que si depende de eso, podemos esperar sentados o mejor tumbados, como en una siesta castiza, porque esto va para largo.

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En 1993 lo abandonó con cinco hijos – 32 años después, la verdad dejó a todos impactados