Mamá, no os la entregaré jamás…

MAMÁ, NO TE LA VOY A DAR…

Sí, sí, has oído bien, precisamente Leonor. La abuela era una manchega de pura cepa, y mi abuelo le debe la vida. Si no fuese por ella, quién sabe qué habría sido de él o en qué persona se habría transformado.

Así que, lleno de curiosidad, le pedí que me contara más.

En los años previos a la guerra, vivía en un pequeño pueblo cerca de Cuenca una gran y unida familia manchega. Los jóvenes esposos, Jaime y Leonor, criaban a tres hijas encantadoras: la pequeña Amparo, que tenía seis años; la traviesa Carmela, de cinco; y la risueña Pilar, de cuatro. Justo al lado vivían sus vecinos, Mercedes y Paco Rodríguez, cuyo hijo, Daniel, venía siempre descalzo a jugar con sus amigas. Por aquel entonces, Dani tendría unos tres años, aunque los vecinos le llamaban a su manera, Daniquín.

En aquellos tiempos, sobre todo en los pueblos, nadie hacía distinción alguna entre propios y ajenos con los niños. Todos eran parte de la familia, y cada madre se desvivía en agasajar al hijo del vecino: un dulce aquí, una caricia allá.

Era un febrero helador. Paco se aventuraba al cementerio sin preocuparse de si iba bien abrigado. Pilló una neumonía muy grave, y la recibió incluso con cierto alivio, ya que sin Mercedes, la vida había perdido su sentido. Una noche, Paco se fue tras su mujer, dejando a Daniquín huérfano del todo.

A Daniel yo no se lo voy a dar a nadie dijo Leonor con firmeza. Es el hijo de nuestros queridos vecinos, y, por ello, nuestro hijo también. Le cuidaremos como a propio, donde caben tres, cabe uno más.

La familia Núñez no era rica, pero el cariño y las atenciones de Jaime y Leonor alcanzaban para todos.

Poco después, con el estallido de la Guerra Civil, el padre partió al frente. Durante un tiempo llegaban cartas y noticias suyas, y la familia celebraba cada vez que sabían que el papá seguía vivo y luchando. Todos soñaban con el final de la guerra y el regreso victorioso de los suyos.

Daniel, tras perder a su segundo padre, no se separaba ni un instante de su madre adoptiva; observaba su rostro, atento a la más leve expresión. Su corazoncito sufría por aquella mujer, que de la noche a la mañana parecía haber envejecido una década, y cuyos ojos no dejaban de llorar. Por las noches, se abrazaba fuerte a la madre y, pegado a ella, escuchaba el llanto contenido que sacudía su pequeño cuerpo, mientras aquellas manos curtidas seguían acariciándole el pelo y susurrando con ternura:

Saldremos adelante, hijo mío, todo irá bien

En mayo del 39, una nueva desgracia llegó al hogar: al amanecer, la Guardia Civil expulsó a varias familias manchegas, expropiándoles lo poco que tenían. Les esperaba el exilio y la incertidumbre.

A Daniel, castellanomanchego de nacimiento, no le permitieron marcharse con los Núñez. Aquella despedida resultó tan desgarradora que hasta la propia guardia apartó la mirada, concediendo a la madre un último momento con su hijo. El niño, agotado de tanto llorar, fue arrancado de los brazos de Leonor a la fuerza.

Daniquín, espérame, hijo; volveremos, recuerda que siempre te querré sollozaba Leonor, mientras a sus faldas se abrazaban Carmela y Pilar, aterradas de miedo.

El regreso no fue inmediato. Tuvieron que rehacer sus vidas pasando hambre y penurias primero en Valencia, luego en Madrid. Todo el dolor de aquella mujer joven bastaría para escribir un libro entero, pero con ayuda de Dios y la buena voluntad de los vecinos, la familia salió adelante. Leonor empezó a trabajar en una fábrica textil, y, tras un tiempo, sus hijas retomaron el colegio. Cogían aceitunas en otoño, y en primavera vendimiaban.

Daniel tampoco olvidó un solo día a su madre ni a sus hermanas adoptivas, aun cuando fue enviado de inmediato a un hospicio estatal. Volvió años después a su pueblo natal, ya adolescente y hecho un hombre. Tuvo que instalarse solo en la vieja casa familiar, completamente vacía, pero poco a poco aprendió el oficio de albañil. Levantó muchas casas en la comarca y, con el tiempo, conoció a su esposa, Inés, una buena muchacha a la que conoció en el mismo hospicio. Inés sabía de sobra cuánto había sufrido su maridoella misma había perdido a sus padres durante la guerra.

En los momentos más duros, ella, como antes hiciera Leonor, le acariciaba la cabeza y murmuraba:

Saldrás adelante, cariño, todo irá bien. Tu madre volverá con nosotros, ya lo verás.

Los años pasaron. Las hijas de Leonor se casaron y dieron nietos a la abuela, todos ellos esperados con inmenso cariño. A finales de los años 80, muchas familias empezaron a regresar a sus tierras natales. El corazón de Leonor palpitaba de esperanza por volver, siempre soñando con reencontrar a su hijo.

Los primeros meses tras el regreso se fueron en adaptarse, pero todos sabíamos que a mi madre le hacía muchísima ilusión volver a Cuenca, al pueblo y a la casa donde lo había dejado todo. Tenía la necesidad de saber qué había sido de Daniquín, su niño adorado.

Por fin, un día, la hija mayor, Amparo, junto a su esposo Luis, le pidieron a un vecino que tenía un viejo Seat 124 que les llevara al pueblo, para regalar a su madre el reencuentro con su pasado. Leonor apenas durmió la noche anterior por la emoción y el miedo a lo desconocido.

Cuanto menos faltaba para llegar, más inquieta se notaba la abuela. Amparo, abrazándola con ternura, trataba de calmarla.

Ya se divisaban los campos y los parajes conocidos de Cuenca. El coche giró por una calleja estrecha y apareció la casa. Pero Leonor no la reconoció. En lugar de la humilde casita blanca de su memoria, había una vivienda grande y bien cuidada, con un bonito portón de hierro.

¿Nos dejarán pasar los nuevos dueños? preguntó, mirando a su yerno. Sólo quiero respirar el aire del patio, preguntarles si saben algo de Daniel.

No te preocupes, mamá, no creo que haya problema respondió Luis.

Avanzando con dificultad, apoyada en sus hijas, Leonor llegó hasta la puerta. Amparo pulsó el timbre, y desde el fondo del patio se escuchó el bullicio de un perro.

Daniel Rodríguez, dejando a un lado sus gafas y el ABC, salió al patio y se acercó al portón. Al abrir, miró a las visitas y se le heló la sangre. ¡Era su madre! Claro que había envejecidotambién él era ya mayorpero esas facciones jamás podrían olvidarse.

¡Daniquín, hijo! se oyó el grito de la anciana por toda la calle. ¡Gracias a Dios, vives, mi niño!

Daniel, con los hombros sacudidos por el llanto, se arrodilló, abrazando las rodillas de la anciana.

Lloraron todos: Amparo, Luis, el conductor vecino, Inés, que acudió al oír los gritos y enseguida comprendió lo que pasaba.

Bienvenidos a casa, queridos fue Inés la primera en recomponerse y los invitó con hospitalidad.

Mami, mira, ella es otra hija tuya, Inés dijo Daniel, presentando a su esposa.

Encantada, hija, la abrazó y besó Leonor.

La abuela vivió con nosotros más de una década recuerda con cariño mi hermana Martina. Todos la queríamos mucho, y Daniel la adoraba como a nadie en el mundo. Por las noches hablaban sin parar, recordando tiempos pasados. La abuela me enseñó a coser, a bordar, a preparar migas manchegas y gazpachos. Pero sobre todo, me enseñó a amar. A través de los años y las distancias, contra todo.

La echamos mucho de menos. Pero gracias a ella, ahora tenemos una familia tan grande y unida, y aunque mis queridas tías Amparo, Carmela y Pilar ya no están, quedan sus hijos y nietos.

Y aunque cada cual tenga sus ocupaciones, en el cumpleaños de la abuela siempre nos reunimos, y la casa familiar vuelve a llenarse de alegría y bullicio, huele a pisto, pimientos al horno y bizcochos, y recordamos, todos juntos y con amor, lo bondadosa y entrañable que era.

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