Yo también sentí que me ahogaba

Yo también me ahogaba

Javier lo dijo un domingo por la tarde, mientras Carmen ordenaba camisas recién planchadas en delicadas pilas. Él entró en el dormitorio, se sentó al borde de la cama, y lo soltó como quien menciona que se ha roto un grifo en el baño.

Carmen, me ahogo.

Ella no levantó la vista. Dejó una camisa en su sitio y recogió otra.

¿Por qué motivo?

Por todo esto. Por la rutina. Por tener cada día el mismo rostro, los mismos pasos: despertarse, comer, ir, volver, cenar, acostarse. Siempre lo mismo, dando vueltas como una noria.

Carmen alisó las mangas cuidadosamente, revisó el cuello. Tenía ya cincuenta y un años; Javier, cincuenta y tres. Veintiséis años viviendo en aquel piso de la calle Olmo, habían criado a su hijo Álvaro, que llevaba ya cinco años residiendo en Bilbao y llamaba sólo en festivos.

¿Y qué propones?, preguntó ella, sin inflexión.

Quiero marcharme.

Ahí Carmen sí se detuvo, aunque no porque sintiera miedo. Lo miró con la atención de quien escucha algo predecible, como el pronóstico de lluvia de cada noviembre.

¿A dónde vas a irte?

Alquilaré un piso. Quiero estar solo. Respira aire nuevo.

Bien, respondió Carmen, apilando la siguiente camisa.

Javier pareció esperar otra reacción. Se inclinó hacia ella.

¿No vas a decir nada?

¿Qué quieres que diga? Eres adulto, Javi. Si te quieres ir, vete.

¿No vas a armar una escena?

Carmen dobló la camisa, la puso sobre la pila, y por fin lo miró de frente.

No. Pero tengo una condición.

¿Cuál?

No me llames para cosas de la casa: dónde está esto, cómo funciona aquello, dónde dejé lo otro. Si te vas, te las apañas solo.

Guardó silencio Javier.

¿Nada más?

Nada más.

Javier se quedó inmóvil. Había ensayado lágrimas, reproches, que ella lo sujetara de la manga, que le hablara de los años juntos, de Álvaro, de que eso no se hace. Había preparado respuestas para todo. Pero ahí estaba ella, planchando camisas.

Bueno, dijo finalmente. Entonces recojo mis cosas.

Recógelas.

Él fue al vestidor. Estuvo allí largo rato, mirando baldas. Luego empezó a meter en una bolsa tejanos, camisetas, calcetines. Cogió la maquinilla, el cargador del móvil, un libro que llevaba medio año sin abrir. Salió al pasillo. Carmen ya estaba en la cocina, haciendo ruido con los cacharros.

Me voy, dijo Javier hacia la cocina.

Suerte, respondió ella, sin asomar.

Cerró la puerta tras de sí. En el rellano, esperó. Nada. Ningún paso tras la puerta, ningún movimiento. Silencio.

Pulsó el botón del ascensor.

***

Encontró piso en dos días, gracias a un conocido. Un estudio modesto en el barrio vecino, cuarto piso, ventanas al patio interior. El casero, un hombre mayor con bigote, lo enseñó deprisa, cobró dos meses de adelanto y se marchó. Había un sofá, una mesa, dos sillas, una nevera Polar antigua y una cocina de gas. En la ventana, unas cortinas color mostaza gastada pendían tristes.

Javier dejó su bolsa, se sentó en el sofá y miró alrededor.

El silencio era absoluto. Nadie pisando el suelo de al lado, nadie encendiendo la tele, nadie llamándolo a cenar. Se tumbó de espaldas, brazos bajo la cabeza, y pensó: esto es. Esto es la libertad.

Los dos primeros días fueron casi agradables. Se levantaba cuando quería, comía lo que le apetecíamás bien lo que compraba deprisa en la tienda del barrioiba en calcetines por la casa, sin rendir cuentas a nadie. Por las noches llamaba a su viejo amigo Diego; charlaban largo rato, Diego reía: ¡Muy bien, Javi, tenía que haber sido antes!

Al tercer día Javier vio que ya no tenía calcetines limpios.

Miró la lavadora, pequeña, de tambor redondo, en el baño. Abrió la puerta, miró dentro, la volvió a cerrar. Rebuscó en el armario bajo el lavabo: encontró medio paquete, leía Para ropa blanca y de color. Puso a ojo el detergente en el cajetín, eligió un programa, pulsó el botón.

La máquina zumbó.

Una hora más tarde, sacó los calcetines empapados, ligeramente rosados. Tardó en entender por qué; recordó entonces que metió una camiseta roja nueva con la colada.

Colgó los calcetines en el radiador. Tardaron 24 horas en secarse.

Al cuarto día decidió cocinar algo decente. Compró pechuga de pollo, patatas, cebolla. En el mueble encontró una sartén con el teflón hecho jirones. Vertió aceite, chisporroteó ruidoso; puso la pechuga entera, se pegó. Peló la patata torpemente, perdió media por el camino. La cebolla le arrancó lágrimas.

El resultado fue un bulto marrón-amarillento, reseco por fuera y crudo por dentro.

Comió la mitad, el resto lo tiró y pidió cena a domicilio.

Una semana después calculó lo gastado en comida para llevar: casi tanto como gastaban él y Carmen en un mes. Decidió ponerse serio, compró víveres, coció arroz. Salió bien, y eso le devolvió algo de ánimo.

Pero en general la vida diaria avanzaba sobre él despacio, pero imparable, como una marea oscura.

***

El colapso llegó al décimo día.

Bañándose notó que el agua no bajaba. Miró al suelo, una charca turbia se extendía lentamente. Apagó el grifo, esperó; la charca persistía. Movió el pie sobre el desagüe. El agua quieta.

Recordó la palabra sifón. Carmen la usaba: Hay que limpiar el sifón, si no, se atasca el agua. Él asentía y se iba.

Javier se agachó, miró bajo la bañera. Tubos, codos, una unión plástica blanca. Toqueteó. Al girar, se soltó súbitamente, y de allí brotó, no fluyó sino brotó, un chorro frío y oscuro.

Saltó atrás, resbaló, se agarró a la toalla, empapada en el acto. Intentó atornillar el tapón, pero el agua no paraba: se extendía por el suelo, empapaba la alfombra en segundos.

Corrió al pasillo con pies mojados, buscó el móvil, rebuscó frenético cómo cerrar el agua en el piso. Recordó que el casero dijo algo del grifo bajo el fregadero de la cocina. Lo encontró, cerró. El agua cesó.

Volvió al baño. Parecía el delta de un río tras la crecida. Alfombra, toallas, suelo: todo empapado. Del sifón seguían cayendo gotas.

Javier se sentó en el pasillo, en calzoncillos mojados, mirando la pared.

El primer impulso fue Carmen. Ni siquiera pensamiento: reflejo. Llamaría a Carmen, diría qué hacer. Ya tenía el dedo sobre el móvil, buscaba su nombre, pero recordó su voz: No me llames para cosas domésticas.

Dejó el móvil.

Pero al final llamó. No a Carmen, sino a Diego.

Diego, ¿tú sabes arreglar un sifón?

¿El qué? Diego claramente ocupadoruido de fondo.

El sifón, bajo la bañera, tiene fuga.

Yo siempre llamo a un fontanero, toma el número de uno bueno.

El fontanero vino al día siguiente. Tocó, apretó, puso junta nueva en quince minutos. Cobró una cifra por la que Javier se quedó mudo unos segundos.

¿Es normal ese precio? preguntó.

Normal, el fontanero ni interés mostróy se fue.

Javier cerró la puerta tras él y pensó que Carmen jamás llamaba a fontanero por algo tan nimio. Ella lo resolvía, apretaba, iba a comprar juntas a la ferretería. Nunca supo cuándo o cómo, simplemente sucedía, como la lluvia en invierno.

***

Con el tiempo, a Javier se le ocurrió la idea de que había algo que podía intentarse.

Llamó a Lucía, antigua conocida de hace veinte años, con quien tuvo algo parecido a un romance antes de conocer a Carmen. Lucía llevaba siete años divorciada, lo sabía por amigos comunes. Se encontraban de vez en cuando entre sonrisas y saludos formales.

Lucía, soy Javi Moreno.

¿Javi? se sorprendió para bienCuánto tiempo.

Ahora vivo solo. Pensaba que podríamos quedar, cenar por ahí.

Silencio un instante.

¿Solo de quién?

De mi mujer.

¿Os habéis separado?

Bueno… en proceso.

Ya veo, dijo, y su tono se suavizó con cierta cautelaQuedamos, ¿por qué no?

Se citaron en un bar del centro. Lucía llegó impecable, pelo corto, aire seguro. Él reparó en lo bien que estaba. Tomaron vino, hablaron de conocidos comunes. Ella preguntó:

¿A qué te dedicas?

Sigo en construcción. Jefe de suministros.

¿Y dónde vives ahora?

Alquilé en la calle Arganda.

¿Está bien?

Iba a decir sí, pero dijo:

Bueno. La lavadora apenas centrifuga. Y la placa va rara.

Lucía lo miraba con una expresión que al principio Javier no descifró. Luego sí: compasión. No la romántica, sino la que se da a quien las cosas no le salen.

Ya veo, repitió.

La conversación languideció. Hablaron de hijos. Él sobre Álvaro, ella de su hija casada. Tomaron otra copa, Lucía se disculpó por tener que madrugar. Se despidieron en la puerta.

Cada uno se fue a su casa. En la nevera, Javier vio sólo vacío, el súper cerrando, se apañó con un sobre de sopa instantánea y agua caliente.

No volvieron a llamarse.

***

Por esas fechas, intentó salir con los amigos. Llamó a Diego, que dijo: viernes hasta las ocho, que tengo tutoría en el cole. Llamó a Andrés, éste contestó: vale, pero luego te llevo en coche que no bebo, el sábado quedo con los suegros.

Se reunieron los tres en un bar pequeño cerca del metro, dos cañas, hablaron del Madrid, del trabajo. Diego preguntó:

¿Y qué, Javi, la vida de emancipado?

Normal, dijo Javier.

¿Carmen no te llama?

No.

Diego y Andrés se miraron de reojo.

¿Nada de nada? insistió Andrés.

Nada.

Nuevo cruce de miradas. Diego giró la jarra entre las manos.

Pues es raro. La mía llamaría tres veces al día.

Carmen no llama, repitió él.

Eso sólo puede ser buena señal o muy mala, suspiró Andrés.

¿Por?

Porque igual está mejor sin ti, Javi.

Bebió Javier su cerveza. No quería pensar en ello. Bueno, sí lo pensaba, cada día, pero no quería admitirlo.

A las ocho menos cuarto Diego se puso la chaqueta y se fueron. Cada uno a su mujer, a colegios, a visitas familiares.

Javier se quedó solo, pidió otra caña y se fue a casa cuando cerraban.

***

Carmen, mientras tanto, sentía en los primeros días una confusión inesperada. No era vacíomás bien una extraña sensación de espacio sobrante. Como si hubieran movido los muebles y uno no sabe si está mejor o peor.

Llamó a su amiga Pilar al segundo día.

Se ha ido, dijo Carmen.

¿Cómo que se ha ido? ¿Dónde?

Alquiló piso. Dice que se ahogaba.

Pilar guardó silencio, suspiró.

¿Y tú, Carmen?

Bien, la verdad. Yo misma me sorprendo.

¿Lloras?

No. Raro, ¿verdad?

¿Seguro que luego no llega el bajón?

Quién sabe.

Más tarde llamó Ana, su amiga de consulta desde hace veinticinco años. Ana era menos diplomática:

¡Bendita seas! ¡Cuánto tiempo llevo diciéndolo!

¿Decir qué?

Que vivías como chacha, sin sueldo.

Ay Ana, no es eso…

¿Y cuándo hiciste tú algo sólo para ti?

Carmen pensó. Tardó en contestar.

El año pasado me corté el pelo.

Claro.

Ana pronto la invitó a yoga. Primero Carmen dijo no, luego sí. Se apuntó en un gimnasio del barrio, rescató un chándal guardado al fondo del armario, comprobó que no era muy flexible.

No pasa nada, dijo la profesora, joven, coleta alta. Todas empezamos igual.

En dos semanas ya le salía mejor. Iba tres días semanales. Muchas veces, después, ella y Ana se tomaban algo en una cafetería. Carmen se dio cuenta de cuánto tiempo hacía que no estaba así, charlando sin mirar el reloj, sin pensar Javier llegará a cenar.

Por las noches, leía. Antes, los libros quedaban en la mesilla, avanzaba veinte páginas y caía rendida. Ahora, leía hora y media, sin prisa.

Un día llamó Álvaro.

Mamá, dice papá que vive solo.

Sí, es así.

¿Y vosotros?

Diferentes, Álvaro. Pero, sinceramente, yo estoy bien.

Guardó silencio Álvaro.

¿Vais a divorciaros?

Aún no lo sé. No lo he pensado.

¿Estás triste?

Sorprendida. Pero no triste.

Álvaro no contestó rápido. Siempre había digerido lento las cosas, desde pequeño.

Bueno. Llama si necesitas algo.

Y tú, hijo, no llames sólo en fiestas.

***

Hubo un momento en que Carmen se detuvo en la cocina, simplemente mirando por la ventana durante cinco minutos.

Estaba fregando su taza habitual, y de repente pensó: veintiséis años. Es mucho. Más de media vida consciente. Hubo de todo, y bueno también. El primer piso juntos, la pintura, las heridas en las manos. Álvaro, de pequeño, con las rodillas llenas de mercromina. El viaje a la playa hace quince años, cuando rieron tres días sin recordar luego el motivo, pero el sonido de la risa seguía claro.

Todo eso ya no volvería, quedaría en el pasado, como fotos en un álbum.

Esperó a que la nostalgia se disipara. Pasóno enseguida, tres o cuatro minutos después.

Después, Carmen dejó la taza en el escurridor y se fue a prepararse para yoga.

***

Luis apareció por casualidad.

Fue por su vecina, doña Rosario, octogenaria con memoria excelente y afición por largas charlas en el portal. Le pidió a Carmen que cambiase la bombilla del pasillo, porque su hijo sólo venía la próxima semana y estaba oscuro. Carmen se la cambió y se quedó a tomar un té. Entonces apareció el hijo de Rosario, pero no el esperado, sino el otro, el inesperado.

Luis tenía cuarenta y ocho, barba cuidadísima, buen abrigo, ojos cansados de mucho trabajar.

Mamá, ¿otra vez haciendo que los demás trabajen por ti? dijo al ver a Carmen con la bombilla.

Carmen se ofreció, respondió doña Rosario con dignidad.

Luis la miró.

Gracias. Hubiera venido, pero ni imaginé a mamá en la penumbra.

Nada, respondió Carmen.

Charlaron un rato en el umbral: él también trabajaba en el sector construcción. Ella mencionó que era contable. Se despidieron, cada uno a lo suyo.

Tres días después llamó a la puerta. Había traído víveres para su madre y de paso, dijo, quiso dar unas pastas a Carmen en agradecimiento.

No hacía falta, protestó ella, pero aceptó la caja.

¿Le importa si paso un momento? preguntóQuería preguntar por Javier, me cuenta mi madre que fue jefe de suministros, tengo una duda con un proveedor.

Carmen dudó un instante.

Ahora vive aparte. Pero puedo darle su número.

Entiendo, dijo Luis, y fue imposible saber si se sorprendióNo le molesto más.

Se fue. Una semana más tarde la llamó de nuevo: ya resolvió el asunto con el proveedor, pero ¿querría Carmen tomar un café de vecinos? Carmen lo pensó, y dijo sí.

Fueron a la cafetería de la esquina. Hablaron de trabajo, de la madre de Luis, del barrio cambiante. Era agradable, escuchaba sin interrumpir, a veces reía antes de rematar sus frases.

¿Muchos años casada? preguntó, como quien no tiene prisa.

Veintiséis, dijo Carmen, o estuve veintiséis. Ahora no sé.

Pasa, respondió él, sin más.

Carmen lo agradeció.

Quedaron otra vez, y otra más. Luis no tenía prisa, ni ofrecía ni exigía; sólo llamaba de vez en cuando para preguntar cómo estaba. Carmen agradecía esa falta de compromiso: tras veintiséis años de obligaciones, lo sentía como una ventana abierta en un cuarto sofocante.

***

Javier, en tanto, comenzó a percibir cosas de sí que antes nunca. No sabía esperar. Antes, nada requería espera. Todo aparecía: comida hecha, ropa limpia, averías resueltas. Ahora debía esperar: a que se seque la ropa, a que hierva el agua, a que venga el fontanero. A que pase el resfriado que pilló en la segunda semana, solo, con fiebre, sudando en la cama sucia y tragando medicinas con agua tibia del grifo.

Y comer a solas: veintiséis años con alguien enfrente, primero Álvaro, después sólo Carmen. Hablar o callar, pero un silencio vivo, de persona cercana. Allí, el silencio pesaba, no era un callar sino ausencia.

Comenzó a poner la tele mientras comía. Ayudaba.

En la tercera semana llamó a Álvaro.

Hola, hijo.

Hola, papá. ¿Cómo estás?

Bien. Vivendo en Arganda.

Mamá me lo contó.

¿Y cómo está ella?

Silencio ligero.

Bien. Dice que está bien. Va a yoga, ve amigas.

Javier digirió eso.

¿No me echa de menos?

Papá, le respondió Álvaro con cautela¿Me llamas para saber si mamá te extraña?

No, sólo pregunto.

Está bien, papá. Tú también. Eso es lo importante.

Javier colgó, y se quedó en el sofá con algo indescifrable. Ni rabia ni pena. Algo parecido a entrar en una habitación y no saber qué buscabas.

***

Al vigésimo tercer día, en el ascensor, coincidió con la vecina del primero, una mujer de treinta y pico, a quien había visto alguna vez. Se presentó sin rodeos: se llamaba Rocío.

¿Eres el nuevo inquilino?

Temporal, dijo él.

¿Te has separado?

Javier se sintió expuesto.

Bueno, sí.

Suele pasar, respondió ligera. ¿De cuál piso vienes? ¿El de Miguel, que cantaba flamenco de madrugada?

No, del cuarto. Donde están las cortinas mostaza.

Ah, ese es de Don Rogelio. Sólo alquila a hombres solos. Dice que las familias dan problema.

Salieron del ascensor. Rocío trabajaba en una clínica veterinaria, tenía un gato y macetas en la ventana.

Un día la ayudó a cargar bolsas del súper. Ella lo invitó a un té. Todo limpio y cálido; olía a canela. Charlaban un rato, ella inteligente, observadora. Pero Javier solo pensaba: aquí todo reluce y yo tengo pilas de platos sucios desde hace dos días.

Volvieron a coincidir y charlar otras veces, nunca pasó nada, ni podía pasar. Él era una idea incompleta, algo comenzado y dejado a mitad de frase.

Un día le preguntó Rocío:

¿Te quedarás mucho?

No sé contestó Javier.

Tienes aire de quien aún no decidió el camino.

Eso parece.

Nos pasa a muchos. Estuve así dos años tras divorciarme. Luego pensé: ¿Para qué perdí dos años?

Javier lo guardó en la memoria.

***

Al trigésimo primer día, fue al mercado y compró flores. No por encargo, ni por motivo; simplemente vio crisantemos blancos y recordó que a Carmen le gustabanno las rosas, porque decía que exigen demasiado.

Cogió el ramo, pagó con euros, fue a la calle Olmo.

En el metro, con el ramo en las manos, sintió miradas: unos curiosos, otros indiferentes. Pensaba en qué diría. Imaginaba a Carmen abriendo la puerta, sorprendida, quizá feliz. Veintiséis años después, él.

Llegó, pulsó el timbre. Nuevo: antes era otro.

Tras la puerta, pasos. Voces. Una de mujerla de ellaluego una de hombre.

Se quedó petrificado.

La puerta se entreabrió, había cadena: cadena nueva. Vio el rostro de Carmen. Miró las flores. Su cara era serena.

Javi.

Carmen, he venido.

Ya veo.

Quería…alzando apenas el ramo.

Ella lo miró sin rabia, sin lágrimas, sin mezcla de sentimientos, sólo firmeza.

Javi, no pienso abrir.

¿Por qué? balbuceó.

He cambiado las cerraduras.

Ya veo. ¿Por qué?

Vio un hombre tras ella, una sombra masculina.

¿Quién es?

No es asunto tuyo, respondió, sin brusquedad.

Carmen, espera. He comprendido muchas cosas.

¿Qué has comprendido?

Abrió la boca, no salió nada, volvió a intentarlo.

Que contigo estaba bien. Que no sabía valorarlo. Que todo esto fue un error.

Ella aguantó la mirada por la ranura.

Javi, dijo suaveHas entendido que estabas bien. Pero no el por qué. Crees que lo que te falta soy yo. Lo que te faltan son tus camisas planchadas.

Eso es injusto, replicó él.

Puede. Pero es la verdad.

Carmen: veintiséis años.

Ya lo sé. Fueron años buenos también. Pero no quiero otros veintiséis.

¿No me das un segundo intento?

Lo pensó. Lento. Luego, finalmente:

¿Sabes qué es curioso? Yo también he empezado a respirar. Resulta que yo también me ahogaba. Sólo que nunca lo dije.

Javier, con los crisantemos en la mano.

Carmen…

Vete, Javi. Llama a Álvaro y charla con él. No sobre mí, simplemente charlad.

Cerró la puerta. Suave, sin portazo. El clic del cerrojo.

Javier esperó. El ramo colgaba cerca del suelo. Las flores frescas, ignorantes de todo.

Silencio en el rellano. De otra puerta, sonido de televisor.

Javier se fue al ascensor.

***

Pulsó el botón: llegó rápido. El espejo del ascensor le devolvía un hombre: con flores, chaqueta buena, algo más arrugado, la cara de quien termina algo. O empieza. O ambas a la vez.

Salió afuera. Era de noche, farolas encendidas, pocos paseantes. Fue hacia el metro, aún con el ramo.

De pronto, se detuvo.

Junto a un banco, una anciana daba de comer a las palomas. Javier dejó los crisantemos junto al banco.

Tómelas, si quiere, le dijo.

La anciana lo miró, a las flores, y volvió a las palomas.

Las flores son buenas. ¿No las quisieron?

No, no las quisieron.

Eso pasa, y siguió lanzando migas.

Javier continuó. La calle era la de siempre, los edificios quietos, la vida seguía su curso. En algún sitio de Madrid, Carmen cerraba la puerta y regresaba a su vida, que parecía sentarle bien.

En algún lugar, Álvaro conducía a casa, pendiente de una llamada trivial.

En algún piso con cortinas mostaza, esperaba la pila sin fregar.

Javier sacó el móvil.

***

Ya en el metro, miró largo rato el cristal negro de la ventanilla; sólo su rostro difuso, borroso.

Cosa extraña, pensaba sin hilar bien el pensamiento. Simplemente extraño.

El tren avanzaba. Las estaciones cambiaban, la gente entraba, salía: jóvenes, mayores, cansados, alegres, con bolsas, con libros, pegados a sus teléfonos. Nadie pensaba en él, ni en sus crisantemos, ni en sus veintiséis años, ni en la puerta cerrada.

Bajó en su parada. Subió a la calle.

El aire era frío, con ese olor a nieve anticipada que aún no se decide a caer, pero ya ronda en el ambiente.

Javier se detuvo; alzó la vista al cielo.

Era negro, normal, como siempre.

Echó a andar a casa.

***

Aquella noche, sobre las dos, sin sueño, observaba el techo. El piso igual de siempre, las cortinas mustias bloqueando la luz de la farola, la nevera vibrando de vez en cuando. Todo igual tras treinta días.

Y de pronto recordó algo.

Ocho años atrás, tal vez diez, él y Carmen fueron al pueblo de sus padres. Una noche, en la galería, tomaban té, el huerto oscuro al fondo, nadie hablaba. Buena clase de silencio, de esos vivos, sin necesidad de decir nada.

Pensó entonces: esto, esto está bien.

No lo dijo nunca.

Lo pensó y lo olvidó.

Ahora, tumbado en el sofá alquilado, intentó traer de vuelta aquella sensación. No pudo.

Fuera, comenzaba algo como la nieve: tímida, fina. La primera del año.

Dentro, silencio.

***

A la mañana, se levantó, puso el hervidor y pensó que tenía que comprar tazas decentes. Las del piso tenían un borde saltado, difíciles de usar.

Pensó también en llamar a Álvaro.

Luego recordó el trabajo: el trimestre cerraba pronto, le tocaba ponerse al día.

Y recordó lo de Carmen: ella también empezó a respirar. Resulta que también ella se ahogaba.

Nunca lo supo. O sí, pero no lo pensó importante. Ella siempre estuvo, hacía lo que tocaba hacer, él jamás preguntó si quería, si le valía, si le gustaba. Formaba parte de la rutina, la misma rutina que él creyó cárcelsin pensar que, para ella, esa celda también existía, y que planchar camisas era sólo una de sus rejas.

El hervidor silbó.

Sirvió agua en una taza rota, preparó té y se sentó.

Afuera, la nieve caía de verdad: blanca, ordenada, cubriendo el alféizar.

Javier cogió el móvil, buscó el nombre: Álvaro.

Luego lo guardó.

Luego volvió a sacar el móvil.

Álvaro, soy papá. Llamo sólo porque sí. ¿Estás ocupado?

No, dijo Álvaro, sorprendidoHola, papá.

¿Qué tal?

Bien, trabajando. ¿Tenéis nieve ahí?

Acaba de empezar.

Aquí también.

Guardaron silencio breve. Silencio bueno, vivo.

Papá, preguntó Álvaro¿Tú cómo estás?

Javier miró por la ventana. La nieve caía, blanca, dominante, y todo seguía siendo incierto.

Averiguándolo aún, dijo.

Vale, cualquier cosa me llamas.

Te llamo, sí. Y llama tú, no sólo en festivos.

Hecho, sonrió Álvaro.

Colgaron. Javier bebió el té. El té estaba bastante bien.

Por la ventana, caía nieve.

***

Por esa misma hora, en otra parte de Madrid, Carmen también miraba por la ventana. Café en mano, en paz, en silencio. Luis se había marchadono se quedaba a dormir; ambos sabían que era pronto, que no había prisa.

Pensaba en Javier. Sin pena ni alegría, sólo pensaba, como se piensa en quien compartió media vida. Lo veía en la puerta con flores, grande, algo perdido, aire de quien la vida ha enseñado pero no termina de aprender.

No sentía rabia. Esa época pasó. Al principio, tras su marcha, la rabia sí existíasorda, antigua, nada visible. Rabia porque él nunca preguntó cómo estaba. Porque él se ahogaba de rutina, pero la rutina la hacía ella. Porque él se aburría, y ella ni tiempo tenía para plantearse si se aburría.

Luego la rabia se fue. Quedó algo más calmado, más firme.

Tomó el móvil y escribió a Pilar: ¿Vamos mañana a yoga? Pilar contestó al instante: Esperaba tu mensaje. Por supuesto.

Carmen sonrió y dejó la taza.

Por su ventana también nevaba.

***

Esa noche, Javier llamó al casero para prolongar el alquiler dos meses.

Perfecto, dijo el dueñoPero el pago por adelantado.

Luego fue a la ferretería, compró tazas nuevas, sin desconchones. Dos. Luego, pensándolo, compró una tercera.

Después, a la tienda de alimentos; pollo, cebolla, zanahoria, patata. Consultó una receta de sopa en el móvil: cuatro pasos, el último decía salar al gusto.

Javier miró la olla: ¿qué significa al gusto? Probó, echó sal, probó otra vez. La sopa quedó algo salada, pero pasable.

Servida en plato sin muescas, con cuchara nueva.

Silencio total.

La sopa supo bien.

***

La vida siguió, como siempre sigue: sin avisos, sin explicaciones. Carmen iba a yoga y a veces se veía con Luis, quien era buena persona y no la apuraba a nada. Javier seguía en la calle Arganda, cocinaba sopa, llamaba a Álvaro, veía a Diego y Andrés, que ahora venían sin mujeres y se quedaban algo más.

Nunca iniciaron los papeles de divorcio. No por decisión consciente, sino por pura fatiga de intentarlo siquiera.

Un día Carmen se topó con Javier en el supermercado, en la calle Olmo, el de toda la vida. Él miraba los kefaíres con tal seriedad que parecía buscar un secreto vital.

Ella llegó por detrás.

Javi.

Él se giró. Se miraron. Había adelgazado un poco, más atento en la mirada.

Hola, Carmen.

Hola. Te veo bien.

Y tú.

Vacilaron.

¿Coges kéfir?, ella.

Sí. Estoy escogiendo.

Ese está bueno, y señaló uno.

Gracias.

Él lo metió en la cesta. Ella fue por lo suyo. Él a otro pasillo.

Pagaron casi a la vez. Salieron juntos.

Bueno, dijo élHasta luego.

Hasta luego, dijo ella.

Carmen se fue a la derecha. Javier, a la izquierda.

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