Mira, te lo cuento como si estuviéramos tomando un café en Madrid, porque esto le podría pasar a cualquiera aquí, aunque a veces creas que esas cosas sólo pasan en las pelis o a otra gente. El caso es que Juan, después de toda una vida con Carmen, se plantó una tarde de domingo, justo cuando ella doblaba camisas en la habitación, y suelta tan tranquilo, como si hablara de una bombilla que se ha fundido:
Carmen, no puedo respirar.
Ella ni levantó la cabeza. Siguió doblando. ¿Y eso?, preguntó sin emoción.
No sé, de todo esto. La rutina… que todo es igual cada día. Me levanto, como, voy a trabajar, vuelvo, ceno y me acuesto. Y vuelta a empezar.
Carmen arregló el cuello de la camisa, despacio. Ella tenía cincuenta y uno, él, cincuenta y tres. Veintiséis años en el piso de toda la vida, allí por Chamberí, criando a su hijo Marcos, que hacía ya años que vivía en Barcelona y sólo llamaba para Navidad o el cumpleaños.
¿Qué propones?, dijo ella, tan serena.
Quiero irme. Pillar un piso para mí solo, estar tranquilo, respirar.
Vale, dijo Carmen, cogiendo la siguiente camisa.
Juan esperaba otra cosa: lágrimas, reproches, que le agarrase del brazo y le recordase los años juntos, las Navidades, el niño hasta se había ensayado respuestas. Pero ella, a lo suyo, planchando.
¿No dices nada?
¿Qué quieres que diga? Haz lo que quieras, eres mayorcito.
¿No vas a montar una escenita?
Ella al fin le miró, pero con calma:
No. Pero tengo una condición.
¿Cuál?
Si te vas, no me llames para preguntarme dónde están las cosas, cómo se pone la lavadora ni si la caldera hace raro. Te apañas solo.
Juan calló un momento.
¿Eso es todo?
Eso es todo.
Él ni sabía qué hacer. Se había preparado para una guerra y le dieron un buena suerte y puerta. Así que hizo la maleta: vaqueros, camisetas, un libro que llevaba medio año sin abrir, la maquinilla de afeitar, cargador del móvil… Carmen, mientras, ya estaba en la cocina, trasteando.
Me voy, gritó desde el pasillo.
Que te vaya bien, escuchó de fondo.
Cerró la puerta. Nada. Silencio total, ni pasos, ni carreras sólo el eco del portal. Esperó, bajó en el ascensor, y ahí empezó su vida nueva.
***
El piso lo encontró enseguida, por un amigo de su hermano. Un estudio pequeño en Argüelles, cuarto piso sin ascensor, ventanas al patio interior, cortinas de un amarillo tristón. El casero, un señor mayor con bigote, le explicó rápido cómo iba la caldera, recogió dos meses de alquiler por adelantado mil cuatrocientos euros, ni más ni menos y se largó. Había un sofá, mesa con dos sillas, una nevera viejuna y una cocina de gas antigua. Juan dejó la bolsa, se sentó en el sofá y miró alrededor.
El primer par de días estuvo casi bien. Despertarse cuando le apetecía, desayunar cualquier cosa, ir en calcetines por la casa sin que nadie le dijera nada aquello era libertad. Por las noches llamaba a un amigo, Dani, que le daba palmaditas virtuales: Muy bien, Juanito, era lo que necesitabas.
Pero ya al tercer día se quedó sin calcetines limpios. Miró la lavadora, pequeña, ahí encajada en el baño… ¿cómo narices funcionaba aquello? Buscó detergente, metió la ropa, seleccionó un programa al azar. Al abrir, todo rosa. ¡Había lavado los calcetines con la camiseta roja nueva! Los colgó en el radiador y secaron un día entero.
Al cuarto día se lanzó a cocinar. Pechuga de pollo, patatas, cebollita, un intento a la española. Pero la sartén pegaba, cortó fatal las patatas, el pollo quedó duro y por dentro ni hecho. Comió la mitad, el resto al cubo, y se pidió una tortilla por Glovo. A la semana, sumó el gasto de comida a domicilio y casi era lo mismo que la compra del súper de todo el mes… Así que probó suerte con la pasta. Eso sí le salió decente, y al menos ese logro le reconfortó.
Pero vamos, que te das cuenta rápido: la vida solo era eso, un oleaje que no se detiene.
***
Y llega el décimo día y la ducha empieza a atascarse. El agua sin tragar por el desagüe. Recordó vagamente a Carmen diciendo alguna vez: Tengo que limpiar el sifón, que si no se atasca. Buscó bajo la bañera, torpe, tocó el tubo de plástico, y lo aflojó de mala manera. De repente, chorrazo de agua fría y sucia por todo el suelo. Intentó volver a apretar, pero le resbalaban las manos. En segundos, todo el baño empapado, la toalla por los suelos. Mancillado y calado hasta la cintura, corre a buscar el móvil para llamar a un fontanero, recuerda la promesa de Carmen, y acaba llamando a Dani.
El fontanero al día siguiente le cobró un dineral cincuenta pavos por quince minutos de faena y Juan pensó que Carmen hacía esas cosas ella sola. Ni idea cuándo ni cómo, pero lo hacía.
***
Empezó a rondarle la idea de llamar a alguien del pasado. Buscó a Marta, una ex del instituto, con la que nunca pasó nada serio. Le dijo de quedar, y Marta aceptó, curiosa pero distante. Fueron a un sitio del centro, pidieron un rioja y hablaron de la vida. Cuando Juan empezó a quejarse de la lavadora y la cocina del piso, Marta le miró con cara de pena, pero sin ningún brillo especial. El reencuentro no dio para más. Al despedirse, no se prometieron ni un futuro café.
Probó a ver a los amigos. Con Dani y Andrés compartió unas cañas un viernes, pero todos tenían algo que hacer, las familias tiran mucho. Al final de la noche, ya solo, pidió otra cerveza y miró el móvil de reojo, queriendo y sin querer llamar a Carmen.
***
Carmen, mientras tanto, rellena por semanas el espacio que Juan dejó. No era soledad al menos no soledad como pensaba sino un espacio raro, como cuando mueves los muebles y la habitación parece más grande, pero aún no sabes si así está mejor.
Le cuenta a su amiga Lucía lo de Juan:
Se ha ido. Se ha cogido un piso.
¿Pero tú cómo estás?
No sé, mejor de lo que habría pensado. No me da por llorar.
Lucía le lanza pullitas, recordándole que lleva años haciendo de criada sin sueldo, que ni recuerda cuándo fue la última vez que hizo algo para sí misma. Otra amiga la invita a yoga, y tras protestar, al final accede. El primer día es rígida como un palo y la profe le dice, Tranquila, todos empezamos así. Dos semanas después, ya se siente más flexible y disfruta de esas tardes en el gimnasio, el café con amigas, las charlas largas, el no tener que correr a casa porque Juan va a llegar.
Empieza a leer más, a salir sin mirar el reloj. Hasta recibe una llamada de Marcos, preguntando si se van a divorciar, y ella le dice que, de momento, simplemente… están bien así.
Una noche, al fregar la taza, se detiene y mira por la ventana. Recuerda los veintiséis años juntos, los veranos en Gandía, las primeras emociones, el niño pequeño con las rodillas raspadas y betadine. Todo eso ya no es presente, sino pasados, como las fotos en el álbum.
Respira. El nudo en el pecho se va. Seca la taza y va a yoga.
***
Surge, por casualidad, otro personaje: Antonio, que resulta ser el hijo de la vecina octogenaria del octavo, Doña Matilde. Carmen había ido a ayudarle a cambiar una bombilla en el portal la típica vecina que te para a hablar del precio del pan media hora y Antonio apareció un día que no le tocaba; él sí vive en Madrid, cuarenta y ocho, barba, ingeniero de obras públicas, ojos cansados.
¿Mamá, ya estás liando a la gente? rió al ver a Carmen con la bombilla.
Tuvieron buena charla, hablaron de la construcción, de lo caro que está todo, del clima. Antonio le agradeció el favor trayéndole una caja de bombones. Días después, volvió a llamarla, le pidió consejo sobre unos proveedores, acabaron tomando un café en una plaza cercana.
Antonio era pausado, educado, no preguntaba demasiado. Salieron un par de veces más, sin prisas, sólo para charlar, sin la presión de tenemos que. Carmen valoró esa ligereza, esa falta de urgencia que nunca había tenido.
***
Y Juan, por su parte, empezó a descubrir cosas nuevas de sí mismo. Que no sabe esperar, por ejemplo. Todo había funcionado antes porque alguien llenaba la nevera, arreglaba las cosas, lavaba, planchaba… Ahora, tenía que aprender a esperar a que se secara la ropa, a cocinar, a curarse una gripe solo, sin nadie que le acercase un vaso de agua caliente en la cama.
A la tercera semana llamó a su hijo.
¿Cómo estás, papá?
Bien, viviendo aquí… ¿Y tu madre?
Está bien. Dice que hace yoga, queda mucho con las amigas…
Se hizo el silencio. Juan se sintió extraño, como quien entra a una habitación y se olvida por qué vino.
***
Un día, en el ascensor, coincidió con una vecina nueva, Lucía treinta y cinco, veterinaria, con un gato y macetas en la ventana que le preguntó si era nuevo en el edificio.
Hablaron de todo y de nada, Juan le ayudó con la compra, entró un rato, charlaron tomando té y él notó que pensaba en el fregadero de su casa, donde tenía platos por lavar. Lucía, en algún momento, clavó la frase: Lo importante es que no te quedes colgado mucho tiempo en ese limbo. Yo tardé dos años en levantar cabeza tras mi divorcio, y luego me pregunté: ¿Para qué?.
Eso se le quedó grabado.
***
Un mes después, Juan se fue al Rastro y, sin saber por qué, acabó comprando un gran ramo de crisantemos blancos, los favoritos de Carmen. No rosas, porque Carmen siempre decía que las rosas le parecían un regalo obligatorio, no un regalo de verdad.
Cogió el metro a Chamberí, rama de flores en mano, con mil pensamientos revoloteando: seguro que se sorprende, tal vez hasta se alegra… Al llegar, pulsa el nuevo timbre no estaba antes, se da cuenta y espera.
Se oyen pasos al otro lado, voces, y finalmente se abre la puerta con la cadenita del quicio. Sale solo la cara de Carmen, seria pero tranquila, mira las flores.
Juan.
Carmen, he venido…
Ya, te veo.
Te he traído…
Ella ni una lágrima: No te voy a abrir.
¿Por qué?
Porque cambié la cerradura.
Lo veo. Pero, ¿por qué?
Al fondo se intuye una voz de hombre, una sombra… ¿Quién es?, pregunta Juan.
Eso no es cosa tuya responde Carmen, neutra, sin rabia.
Carmen, espera… he entendido muchas cosas.
¿Qué has entendido, Juan?
Él se queda sin palabras. Entonces ella le dice: Has entendido que estabas bien conmigo. Pero no has entendido por qué. Tú piensas que echas de menos a Carmen, pero en realidad echas de menos que te planchen las camisas.
No es justo, Carmen.
Puede ser, pero es verdad.
Carmen, han sido veintiséis años…
Lo sé. No están mal, han sido buenos realmente… pero no quiero otros veintiséis igual.
¿No me das una segunda oportunidad?
Carmen le mira largo rato, y finalmente: ¿Sabes? Yo también estoy respirando. Resulta que también me ahogaba. Pero nunca lo dije.
La puerta se cierra despacio, la cerradura suena flojo. Juan se queda con los crisantemos. Los baja, los apoya en un banco del parque. Una señora mayor le mira:
Bonitas flores. ¿No las aceptaron?
No.
Pasa. La señora vuelve a los gorriones.
Juan vuelve andando hacia el metro.
***
En el vagón se mira en el reflejo de la ventana. Un tipo con flores, buena chaqueta, pero un poco más flojo de lo habitual. Piensa que acaba algo, o quizá no, quizá empieza… vete tú a saber.
Sale a la calle, la noche huele a frío, casi como a la primera nevada, aunque aquí en Madrid no llega aún. Levanta la cabeza, el cielo está igual de oscuro y corriente de siempre.
Va a casa.
***
Ya en la cama, mira el techo y recuerda un verano en Asturias, en la casa de los padres de Carmen. Silencio en la terraza, un té caliente, el bosque de fondo, los dos callados. Buen silencio, de ese que se comparte sólo con quienes te importan.
Pensó: estoy bien aquí.
Pero nunca lo dijo.
Se quedó dormido intentando recordar cuándo fue la última vez que pensó así.
En la calle, esa noche, cae algo parecido a nieve, apenas un intento.
***
Por la mañana, se dice que tiene que comprarse unas tazas decentes, que las del piso son horribles. Piensa en llamar a Marcos. Luego en el curro, que tiene que ponerse las pilas con el cierre del trimestre. Luego recuerda las palabras de Carmen, eso de respirar, y se queda un rato dándole vueltas.
Pone el agua a hervir, echa el café y se sienta con la taza nueva. Fuera, la nieve ahora sí cuaja en el alféizar. Juan marca el número de su hijo, luego cuelga, luego vuelve a marcar.
Marcos, soy papá. Que te llamo sin motivo, sólo por saber cómo estás. ¿Tienes tiempo?
Claro, papá. ¿Y tú?
Aquí estoy, aclarándome.
Vale, tú llama cuando quieras dice Marcos, y cuelgan tras un rato agradable.
Juan se termina el café, mira la calle nevada y respira.
***
Mientras, en otro punto de Madrid, Carmen mira por la ventana con un café en la mano. Antonio ya se ha ido, nunca se queda a dormir, aún no toca. Piensa en Juan, no con dolor ni nostalgia, sólo como en alguien que fue parte importante, pero ya no ocupa todo el espacio.
El enfado de los primeros días se ha ido. Al principio, se dio cuenta de que llevaba años estando calladamente enfadada: por no preguntarle nunca cómo estaba, por que la rutina la hacía ella, por que él se aburría pero ella nunca tenía tiempo ni de planteárselo.
Ahora sólo le queda tranquilidad.
Le escribe a Lucía: ¿Yoga mañana? Lucía contesta rápido: Claro, te estaba esperando.
Carmen sonríe, deja la taza. Aparece la nieve por la ventana.
***
Juan llama para renovar el alquiler dos meses más, paga por Bizum. Va a comprar tazas nuevas, coge tres por si acaso. Compra comida, sigue el paso a paso de una receta sencilla. Demasiada sal, pero tampoco está tan mal.
Se sienta a cenar y saborea el silencio. Un silencio diferente.
***
La vida sigue, Carmen hace yoga, a veces café con Antonio, todo sin prisas. Juan cocina, llama a Marcos alguna vez, sale a tomar algo con Dani o Andrés, charlan un poco más, pero todo va cambiando.
No han firmado el divorcio. Ni se sienten obligados ni con fuerzas, algún día será.
Un día se cruzan en el supermercado de siempre. Juan lee una etiqueta de kéfir tan concentrado como si fuera el BOE. Carmen se le acerca:
Juan.
Carmen, estás bien.
Se saludan, hablan de poco, y cada uno sigue su camino: ella a la derecha, él a la izquierda.
Y cada uno, ahora sí, respira por su cuenta.






