El abuelo ya no está

Ya no está el abuelo

Elena acababa de regresar de otro viaje de trabajo. No le había dado tiempo ni a quitarse la chaqueta ni a deshacer la maleta, cuando sonó el teléfono fijo en la entrada.

Al otro lado, la voz de su madre, Carmen Jiménez, sonaba inquieta. Aun así, yo no le presté demasiada atención; el cansancio tras varias horas en tren pesaba más que cualquier preocupación ajena.

¿Elena, hija, has llegado ya a casa?
Hola, mamá. Sí, acabo casi de entrar. ¿Por qué llamas? ¿Ha pasado algo?

Qué bien que estés en casa replicó, pero su voz titubeó.

Sentí enseguida que mi madre no llamaba solo para saludarme. Tiraba del hilo, alargaba el silencio, como si no supiera cómo empezar o temiera enfrentarse a alguno de esos temas delicados de los que tanto le gustaba hablar: Será otra ronda de cotilleos de todo el barrio, pensé. Sin embargo, aquella noche yo solo deseaba tumbarme en la cama y dormir. En el tren no había podido pegar ojo: en el compartimento de al lado un grupo de jóvenes no paró la jarana en toda la noche, tocando la guitarra y gritando canciones, incluso una cuyo estribillo mencionaba mi nombre:

Por los campos de Castilla,
un día se pasea,
una niña, Elena,
por la orilla del riachuelo

Si hubiera estado de mejor humor incluso me habría reído. Pero aquella noche solo deseé que se rompieran las cuerdas de la dichosa guitarra.

Mamá, dame un rato para descansar, me aseo un poco y luego hablamos. ¿Te parece?
Me temo que no va a poder ser suspiró ella.

¿No va a poder ser qué? Por primera vez me fijé en que su voz sonaba verdaderamente rara.

Que descanses. No vas a poder hacerlo.

¿Y eso por qué? Vengo de viaje, no espero a nadie y tampoco tengo planes. No estarás pensando aparecer aquí de improvisto, ¿verdad?

Elena, hija Ya no está el abuelo.

Sentí que algo se me helaba por dentro. Me senté pesadamente en el sofá apretando el teléfono entre las manos.

No era esto lo que pensaba escuchar.

Esta mañana me llamó la vecina, Teresa Morales. Entró en casa del abuelo para llevarle leche y encontró a don Francisco en el suelo, junto a la puerta, con la mano en el pecho y sin respirar. Seguramente toda la noche estuvo así Habrá que ir al pueblo, hija, hay que enterrar al abuelo. Teresa y los demás vecinos ayudarán con lo que puedan. ¿Me estás escuchando?

Yo estaba tan aturdido que solo pude responder con un casi inaudible sí.

Teresa ha avisado a la familia del abuelo, pero nadie quiere venir al entierro. Dijeron que si les hubiera dejado algo de herencia, igual se lo pensaban, pero para qué venir si no hay nada que sacar Y la casa, ya sabes, a nadie le interesa en estos tiempos volvió a hacer una pausa mi madre antes de añadir: A mí también me da mucha pereza volver a ese pueblo, y más aún después de que don Francisco me echara de su casa. Dijimos que no me vería más por allí, ni en el entierro ni nunca. Y así se lo prometí. Así que solo puedo contar contigo, Elena. ¿Podrás ir tú? ¿Acompañarás al abuelo hasta el final?

Las dos nos quedamos en silencio. Y miré hacia la mesita, donde reposaba la última carta que el abuelo me había enviado hacía más de un mes. No la pude leer porque justo en esa época estaba viajando por trabajo ya era la tercera vez en menos de medio año, y seguro no sería la última. En la empresa todos tienen excusas: quien está enfermo, quien tiene hijos pequeños, quien problemas en casa Y yo, que parezco no tener nada.

Elena, la voz de mi madre rompió el silencio. No quiero que los vecinos vayan diciendo por ahí que hemos olvidado al abuelo. Era de carácter difícil, sí, pero al fin y al cabo era persona. Además, tú te llevabas bien con él. ¿Entonces qué le digo a Teresa? ¿Irás?

Sí, mamá. Iré. Pero Me levanté y cogí la carta del abuelo. La miré un instante y la guardé de nuevo. Mamá, ¿cómo ha podido pasar esto? El abuelo estaba bien. En Navidad, cuando fui a verle, estaba animado y parecía sano.

Hija Yo qué sé. Ya tenía su edad. Hoy en día los hombres no suelen llegar ni a la jubilación, y tu abuelo ya pasaba los ochenta. Bastante nos ha durado. Que la tierra le sea leve

Me quedé en shock. Yo quería mucho a mi abuelo, quizás era la única que aún le visitaba y le escribía. Los demás familiares los hermanos y primos ya habían cortado hace tiempo. Mi madre nunca se llevó bien con él Don Francisco nunca le perdonó que por su culpa, decía él su único hijo (mi padre) muriera trabajando de manera agotadora.

En realidad mi madre fue quien insistió a mi padre en dejar su antiguo empleo y empezar a irse de obra en obra por toda España para poder ahorrar, comprar piso, arreglar la casa y disfrutar de otra vida. Mi padre, que era maestro, aguantó años yendo de aquí para allá, trayendo regalos, trayendo dinero Y un día no volvió. El corazón no le resistió.

Lo recuerdo bien, porque el abuelo, en el entierro, lloró como nunca vi llorar a nadie.

Después de aquello, el abuelo cortó toda relación con mi madre, y juró que no volvería a verla en su casa. Solo conmigo seguía manteniendo el contacto.

De pequeña yo iba mucho allí, sobre todo en verano. Después, cuando empecé a trabajar, seguimos escribiéndonos cartas. Don Francisco nunca se adaptó a las tecnologías: ni móvil, ni ordenador, ni nada. Por eso los familiares decían que se le iba la cabeza ¿quién escribe cartas en pleno siglo XXI?.

Las vecinas también comentaban:

Está perdiendo la cabeza decían las ancianas en el banco. Se le fue la mujer, después el hijo No es para menos.

En el último mes, los del pueblo pensaron aún más que algo no iba bien. El abuelo se puso a hablar solo, pero no era consigo mismo ni con los del pueblo. Hablaba con un gato. Uno que nadie había visto jamás.

Después de terminar la llamada con mi madre, dejé el teléfono y me quedé mirando al vacío, hasta que no pude aguantar y rompí a llorar.

Quería haber ido ese verano al pueblo a verle, pero no pude. Entre viaje y viaje de trabajo, nunca encontraba el momento; mi jefe, además, se creía que yo era de hierro:

Mira, Elena Jiménez, estás en tu derecho, pero si no te gusta, ahí tienes la puerta. Encuentra otra empresa que pague igual.

Y claro, el sueldo en euros era bueno. Así que tragabas.

Al final, suponía que esto acabaría y volvería a mi rutina en Madrid.

Pero algo dentro de mí se sentía maltratado, no solo física sino también emocionalmente. Al menos esta vez, por obligación, volvería al pueblo.

*****

El funeral fue como suelen serlo en los pueblos de Castilla: tras un breve silencio y los últimos rezos, los hombres bajaron el ataúd, recubierto con tela burdeos, al fondo de la tumba. Solo faltaba cubrirlo con un poco de tierra y las flores frescas. ¿De verdad esto es el final?, pensaba. El abuelo estuvo aquí y ya no está.

Aún quedaba el almuerzo de rigor, con vino tinto y platos sencillos, mucha charla sobre el difunto, buenos recuerdos para que siga viviendo entre los que le quisimos.

Cuando se acabó la comida y el vino se agotó, los vecinos me dieron el pésame y se marcharon.

Me quedé solo, con la soledad y la pena dando vueltas en la cabeza.

No llegué a tiempo Nunca llego a tiempo, suspiré.

Para distraerme, me puse a limpiar la casa: a ventilar habitaciones, fregar el suelo de madera, quitar polvo y telas de araña, guardar restos de comida en la nevera.

El ambiente del viejo caserón era sencillo y acogedor, a la manera de los viejos pueblos castellanos. Miré por la ventana y ya atardecía. Salí al porche a respirar el aire fragante del campo.

Después de un rato, recorrí el huerto. Allí, las parras y los frutales seguían floreciendo el abuelo nunca dejaba la tierra vacía, aunque este año ni siquiera plantó nada. Quizá ya presagiaba su final.

Me senté bajo un manzano y llamé a mi madre para decirle que todo había salido bien.

Bien hecho, hija. Al final, persona era, con sus defectos y sus cosas.
Mamá, era buen hombre. Solo cargaba demasiadas penas. No le guardes rencor.
Ya ves, Elena, no se lo guardo. Que descanse. ¿Cuándo piensas volver? ¿Hoy o mañana? ¿No te da cosa estar allí sola?
Me quedo unos días. Pedí días libres en el trabajo y quiero descansar un poco en el pueblo. Y el novenario es pronto, así que ¿Por qué no vienes tú?
¿A ese rincón de mundo? ¿Y con la huerta ahora a tope? Imposible, hija. El típico escaqueo de mi madre cuando no quiere hablar. Uy, empieza mi serie favorita, luego hablamos, ¿vale? Llámame si necesitas algo.

Reí para mis adentros.

En casa preparé una infusión con hojas secas de hierbabuena y melisa del abuelo. Luego, antes de dormir, abrí su última carta. Ya la había leído, pero me dejaba extraño. El abuelo no hablaba de sí mismo ni de la familia, solo de un gato. Un tal Sombra. Yo nunca le conocí animales, jamás le gustaron los bichos.

Decidí releer la carta con calma.

¿Te lo puedes creer, nieta? Resulta que Sombra así le llamo le encanta la leche, aunque dicen que no es buena para los gatos grandes. Ayer se bebió casi todo el tarro y tendré que pedirle a Teresa que traiga más. Seguro que se extraña, pero yo le pago su dinero y así todos contentos. El problema es que el pobre sigue sin dejarse ver, apenas un destello negro corriendo en el patio. Ojalá estés pronto por aquí, a ver si juntas conseguimos atraparlo. Me parece que algún humano le ha hecho daño y por eso se esconde

No era ni una pizca de lo que solía contar. En el caserón, tampoco vi ningún rastro de gato después de varios días.

Ni huellas, ni maullidos, nada. Aunque, hoy, sí sentí eso que él decía del mirar en la nuca Un escalofrío repentino, el impulso de mirar atrás. No vi a nadie.

Mañana le preguntaré a Teresa sobre Sombra

*****

Me desperté al alba.

La luz se colaba temblorosa por la ventana, los gorriones trinaban por los tejados y los gallos esperaban con su canto el día. Era el típico despertar rural.

Abrí la ventana de par en par y cerré los ojos, dejando que el campo me llenara los pulmones. Recordé mis veranos de niño, cuando el abuelo y yo fabricábamos cajas nido para los pájaros juntos. Y recordé que debía ir a ver a Teresa.

¿Un gato, dices? se extrañó Teresa.
Sí Sombra. El abuelo solo hablaba de él en su última carta.

¡Ah, claro! se golpeó la frente ella. Hace un mes empezó a hablarle en voz alta un gato. Yo lo oí una vez desde mi huerta: intentaba convencerle de que se dejara ver, pero yo no vi a ningún animal. Los días siguientes igual: él hablando solo, contando historias, siempre llamándolo Sombra. Lo oyeron más vecinos, no solo yo. Pero, hija, ese gato jamás apareció. Ni lo vi yo ni nadie del pueblo. Cuando le pregunté, el abuelo se reía: Cuando lo atrape, te lo presento. Yo creo que Bueno, que se le fue un poco la cabeza. Si hubiera sido un gato de verdad, alguien lo habría visto, ¿no?

Puede musité . Pero no me cuadra. El abuelo estaba bien de cabeza. Quizá haya algo que no sabemos. ¿Han desaparecido gatos negros por aquí?

Qué va, si ni siquiera tenemos gatos negros en el pueblo.

Al volver a casa, me puse a ordenar y limpiar el patio, todo el rato pensando en esa historia tan rara de Sombra: ni rastro de él, pero la sensación de ser vigilado volvía.

Sin que yo lo supiera, desde un escondite, unos ojos negros me observaban. Sombra llevaba varios días inspeccionando mi rutina. De entre toda la gente que vino al entierro, a mí era a quien más se acercaba. Había en mí algo familiar.

Quizá yo me pareciera al abuelo, pensó el gato. O quizá era el recuerdo de los días en que don Francisco el único que le habló y alimentó sin esperar nada le bajaba leche y le contaba historias bajo el manzano.

A su manera, Sombra extrañaba mucho a don Francisco, pero su miedo a los humanos no se había extinguido: de pequeño le trataron fatal, le apedrearon y maltrataron Por eso nunca se dejó ver. Se sentía seguro en las sombras.

Solo que ahora algo le empujaba a querer mostrarse.

El día del novenario, entre la gente, me giré y de refilón vi su silueta cruzar el patio.

¡Tú eres Sombra! grité con ilusión. Así que era cierto

Intenté acercarme, pero el gato salió corriendo y no volvió a aparecer en toda la tarde.

¿Por qué huyes? dije medio en broma, mirando por los arbustos. Mañana ya marcho de vuelta, y me habría encantado conocerte

En ese preciso instante Teresa, la vecina, llegaba con un táper de empanadillas para la carretera. Me vio hablando al aire y, sin verme el gato, solo pensó: Esto es contagioso. Primero don Francisco, ahora la nieta ¡vaya familia con fantasmas!.

Por la tarde el cielo se fue cubriendo de nubes azul oscuro, de esas que anuncian vendaval. Se hizo un silencio tenso, solo roto por el cacareo inquieto de las gallinas y algún trueno retumbando a lo lejos.

Se avecina tormenta murmuré, mirando al cielo.

Y fue como una señal. El aire se volvió frío, el viento sopló violento y las primeras gotas me obligaron a correr dentro.

Llamé varias veces al gato para que se refugiara en casa, pero no apareció. Sombra, acurrucado en su escondrijo, se estremecía con cada trueno: temía la tormenta incluso más que a las personas.

*****

La lluvia azotó toda la noche, la tormenta se cebaba contra el pueblo. Yo no lograba dormir.

De pronto, un relámpago iluminó la habitación, y en la ventana dos ojos resplandecieron.

¡Ay, madre! grité sobresaltado, saltando de la cama.

Lo que fuera, mojado y oscuro, entró planchando por la ventana, corrió por la habitación y se ocultó bajo la cama. Lo supe de inmediato: era Sombra.

Me costó trabajo sacarle, pero al final logré envolverle con una toalla y subirlo a la cama. Allí nos quedamos abrazados toda la noche, mientras fuera la tormenta seguía luchando contra el silencio del campo, pero ya no asustaba tanto.

*****

Al día siguiente, el sol entraba reluciente por la ventana. Sombra trataba de abrir la hoja con la pata, ansioso por salir fuera.

¿A dónde vas, amigo? le pregunté sonriendo.

Él se giró y me lanzó una mirada como pidiendo perdón.

Miau pidió, y arañó el cristal.

Nada de irte sin desayunar le dije. Y después, decides. Puedes quedarte aquí en la casa o venirte conmigo a la ciudad. Creo que al abuelo le gustaría que te llevara conmigo, y a mí también. Pero la decisión es tuya.

Le puse de comer, y luego le abrí la puerta.

Cuando salí con la maleta, el gato ya me esperaba en el porche. Se restregó contra mis piernas y maulló. Había decidido: se venía conmigo a Madrid.

Muy bien, Sombra sonreí, feliz de que se hubiera quedado.

Cuando llevé las llaves del caserón a Teresa, ella se quedó pasmada al verme con el gato en brazos.

¿Es ese?
El mismísimo Sombra le dije. Así que no había fantasmas. Solo que Sombra tenía miedo, a los humanos y a las tormentas. Pero ya no.

¡Virgen santa! Al final era cierto. Tranquila, que yo cuidaré la casa hasta que vengas. ¿Vais a volver de vez en cuando?
Seguro que sí. No sé cuándo, pero vendremos.

Me regaló unas empanadillas para el camino y me deseó buen viaje.

Ya en el autocar, mientras Sombra se acomodaba en mis piernas, miré por la ventanilla hacia el cielo. Quizá fue el reflejo de una nube, pero juraría que vi la cara sonriente del abuelo mirándonos y hasta Sombra levantó la cabeza hacia la luz.

El autobús arrancó y la figura se fue desdibujando. No sé si fue verdad o solo imaginación, pero daba igual.

Lo importante era que ni el abuelo ni su recuerdo desaparecían. Seguiría en nuestros corazones, donde quiera que estuviese. Y yo supe que, aunque no llegué a tiempo para despedirme, sí logré cumplir su último deseo: que su nieta y su amigo Sombra se cuidasen el uno al otro.

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