Placa reluciente
Carmen. Ven aquí.
Ni por favor. Ni cuando termines. Solo ven aquí, con el tono con que se llama a un perro.
Carmen apoyó la fregona contra la pared y entró en la cocina. Mateo estaba sentado a la mesa, mirando su móvil. A su lado, en su sitio favorito junto a la ventana, estaba doña Concha, su suegra. Tomaba té. La habitación olía a col hervida y a todas esas pastillas que la madre de Mateo tomaba a puñados desde la mañana hasta la noche.
Mi madre dice que no has limpiado bien la vitrocerámica otra vez dijo Mateo sin apartar la vista del móvil.
La friegué ayer.
Pues la friegué mal.
Concha depositó la taza en el platillo con un suave tintineo.
En mi casa la suciedad nunca tuvo cabida afirmó con esa voz que se reserva para evidencias universales. Veinte años llevando esta casa sola y jamás vi este desorden.
Carmen tenía cincuenta y tres años. Se quedó en la cocina, aún con los guantes de goma y las manos mojadas, escuchando como tantas otras veces.
Indícame en qué parte está sucia, dijo. La limpio de nuevo.
Precisamente, enséñale dónde intervino Mateo. ¿No lo ves tú sola? ¿Hace falta ponerte de rodillas para verlo?
Lo dijo en un tono bajo, casi tranquilo. Siempre utilizaba esa voz: sin gritar, pero con una cadencia que hacía que las palabras diesen directo en el alma.
Carmen miró la vitrocerámica. Relucía. La había limpiado la noche anterior, después de la cena, durante media hora restregando la grasa de los fuegos. Estaba perfectamente limpia.
Y entonces ocurrió algo.
No fue un estallido. Ni lágrimas. Simplemente miró la placa limpia, miró a Mateo con su móvil, luego a Concha con su té, y dentro de ella todo se quedó tan en silencio como justo antes de que algo se rompa para siempre.
Se quitó los guantes. Los dejó sobre la mesa.
Llevo veintiocho años oyendo esto dijo. Ya basta.
Mateo levantó la vista, sorprendido. Concha se quedó quieta con la taza a medias.
¿Cómo dices? preguntó Mateo.
Lo que has oído: ya basta.
Carmen salió de la cocina. Fue al dormitorio, abrió el armario y cogió una bolsa grande del supermercado. Echó dentro unas pocas cosas: documentos, dos jerseys, ropa interior de recambio, cargador. Ni siquiera temblaban las manos, lo que a ella misma le asombraba. Paz absoluta, quien por fin ha tomado la decisión que llevaba años flotando en el aire.
Se oían voces desde la cocina, primero apagadas, luego creciendo.
Mateo, ¿vas a dejarla ir así, sin más? ¡Haz algo!
Si quieres, ve tú.
Carmen se puso la chaqueta, cogió la bolsa, salió al pasillo. Se calzó. Abrió la puerta.
¡Carmen! gritó Concha desde la cocina. ¿Sabes lo que haces? ¿Adónde vas a ir? ¡No eres nada sin él! ¡Nada!
Carmen cerró la puerta. Despacio, sin portazos.
En la escalera olía a arena de gato de los vecinos del tercero y a pintura fresca del primero. Bajó y salió a la calle. Era octubre, frío, húmedo. Las hojas cubrían el asfalto como piel mojada. Carmen se quedó un momento frente al portal y sacó el móvil.
Silvia respondió al segundo tono.
Silvia dijo Carmen. Me he ido.
Silencio.
¿De dónde?
De casa de Mateo. Definitivamente. No tengo adónde ir.
Pasaron tres segundos de silencio y Silvia le dijo:
¿Recuerdas mi dirección? En veinte minutos llego. Espérame junto al portal, te paso el código.
***
Silvia vivía en un apartamento pequeño, un piso diminuto en la Calle Real, comprado con sus propios ahorros de siete años trabajando de recepcionista en hoteles. Había estanterías llenas de cosas, macetas por todos lados y una tablilla en la cocina plagada de imanes de ciudades distintas. Olía a café y algo dulce, a canela quizás.
Carmen estaba sentada en el sofá, sosteniendo una taza de té caliente. Silvia enfrente, con las piernas cruzadas, la miraba sin interrumpir.
Cuéntame, dijo Silvia.
No hay mucho que contar suspiró Carmen. Lo de siempre. Placa sucia. Cocido sin sal. Suelo mal fregado Y siempre esas miradas, como si yo fuera un electrodoméstico defectuoso.
Carmen, eso siempre ha sido así. ¿Y hoy? ¿Por qué hoy?
Carmen pensó.
Hoy he visto la placa limpia y de pronto he entendido Si no me iba ahora, no me iría nunca. Me moriría allí, simplemente. Sin levantarme un día más. Y dirían que era descuidada hasta para morirse.
Silvia asintió. No respondió. Solo llenó de nuevo la taza.
Por la noche, Carmen se tumbó en el sofá de Silvia, arropada con una manta cálida, y escuchó el silencio. El auténtico. No el del televisor de la habitación vecina, ni la tos de doña Concha tras la pared. Ninguna urgencia de saltar a hacer algo.
No pudo dormir hasta las tres. No de ansiedad, sino porque no sabía cómo era eso: tumbarse y no ser responsable de nada.
Acabó durmiéndose.
***
El móvil guardó silencio dos días. Al tercero, Mateo mandó un mensaje: ¿Cuándo vuelves? Ni perdona. Ni tenemos que hablar. Solo cuándo vuelves, como quien pregunta una fecha de regreso de viaje.
Carmen leyó el mensaje y guardó el teléfono en el bolsillo.
Bien hecho, dijo Silvia a su lado, que lo había visto todo. No respondas. Que lo piense él.
No tiene en qué pensar respondió Carmen. Cree que tarde o temprano volveré. Siempre lo ha creído. Que no me voy.
¿Y te vas a ir de verdad?
Carmen miró por la ventana. Fuera, un patio gris de octubre: coches mojados, árboles desnudos.
Me voy dijo. Aunque aún no sé a dónde.
Las primeras semanas fueron extrañas. Carmen no sabía qué hacer. Toda su vida había madrugado, a las siete, para hacer desayunos, limpiar, lavar, ir a la farmacia por las pastillas de Concha, comprar, guisar otra vez, limpiar de nuevo. De la mañana a la noche. Y siempre insuficiente, mal hecho.
Ahora amanecía y el día era completamente vacío. Nada que hacer. Eso era casi insoportable.
Silvia le dijo una mañana, mientras Silvia se preparaba para salir, necesito algo que hacer. Si no, me volveré loca.
Busca trabajo.
¿De qué? Llevo veintiocho años en casa.
Pero eres pintora.
Carmen soltó una risa breve, algo desesperada.
Lo fui. Apenas dos años en una editorial tras la Escuela de Bellas Artes. Luego me casé y Mateo dijo que no hacía falta, que él ganaba lo suficiente. Y su madre añadió que una mujer decente lleva la casa, no va de oficina en oficina.
Y tú accediste.
Sí. Tenía veinticinco años. Creí que así era el amor: que te cuiden.
Silvia calló un instante mientras se ponía el abrigo.
Carmen, en mi armario hay acuarelas de mi sobrina y algo de papel. Cógelo, prueba.
¿Para qué?
Tus manos recuerdan.
***
Encontró la caja de acuarelas en el fondo del armario, aún envueltas en papel de periódico. Era una caja de plástico infantil, con una ardilla en la tapa. Papel grueso, ya empezado. Carmen se sentó frente a la mesa de la cocina y miró largo rato la hoja en blanco.
Luego tomó el pincel.
Al principio no salía nada. El color se deslizaba mal, la mano temblaba, todo desproporcionado. Rompió tres hojas. Después se calmó. Empezó a pintar sin plan, sin intenciones. Sólo color. Solo forma.
Al cabo de una hora, había ante ella un pequeño papel: el patio otoñal desde la ventana de Silvia. Árboles mojados, cielo gris y una mancha rosada en el horizonte.
Miró el dibujo, pensó: esto lo hice yo.
No un cocido. No una placa limpia. Esto.
Por la tarde, Silvia volvió, vio la acuarela y se detuvo.
¿Lo has hecho tú?
Sí.
Está muy bien, Carmen. De verdad.
Está torcido todo.
Pero está vivo dijo Silvia. He visto mil patios, pero éste parece real. Se siente.
Carmen no respondió. Pero no tiró el dibujo.
***
En el piso de Mateo Solís, entretanto, sucedían cosas que él no esperaba.
Los tres primeros días aguardó el regreso de Carmen. Lo daba por hecho: ¿a dónde iba a ir? No sabe hacer nada. No tiene dinero, ni trabajo, ni techo. Volverá. Seguro.
No volvió.
Al cuarto día, halló la nevera vacía. Totalmente. Sólo un cartón de leche. La cerró y salió a trabajar con el estómago vacío.
Por la tarde su madre le miraba desde la cocina con esa expresión de quien lleva años callando pero ahora habla.
¿Has cenado?
No.
Yo tampoco. ¿Trajiste algo del súper?
No me dio tiempo.
O sea, ni comes ni traes. Perfecto. Con setenta y ocho años no pensé vivir para ver mi casa sin pan.
Ve tú al súper, mamá.
El silencio fue largo.
Yo dijo ella, muy despacio tengo setenta y ocho. Las rodillas mal, la tensión mal Salgo con bastón. ¿Ahora me pides que vaya yo?
No tuve tiempo, estaba trabajando.
¿Y Carmen no trabajaba? Las jornadas de Carmen sí que eran faena, y tú la echaste.
Mateo levantó la mirada.
¿Yo la eché? Se fue ella sola.
¡Porque tú la llevaste a ello! la voz de su madre ganó agudos. Te lo dije: hay que cuidar el trato. Pero tú siempre lo sabes todo.
¡Y tú le dabas la lata todos los días! Placa sucia, cocido malo, suelo mal fregado.
Hacía observaciones. Es mi deber en mi casa.
¡En mi casa, mamá! Es mi piso.
Se quedaron mirándose. Por primera vez en años. Sin Carmen entremedias, ya no estaba la esponja que absorbía los golpes y les evitaba el choque directo.
Mateo se levantó, se puso la chaqueta y salió. Dando un portazo.
Concha se sentó sola en la cocina. Afuera ya era noche cerrada. Se levantó, encendió la luz, abrió la nevera. Miró la leche. Cerró.
Se sentó de nuevo.
El silencio era distinto al de antes, cuando Carmen vivía allí.
***
Noviembre trajo el frío y la primera escarcha. Carmen ya llevaba tres semanas con Silvia y, poco a poco, revivía como quien es liberado tras años a oscuras. Primero te encandila. Después te acostumbras.
Pintaba todos los días. Se compró acuarelas decentes. Silvia encontró por internet un anuncio: alquilaban un pequeño estudio en la calle Ribera, justo al lado del parque. Una salita de veinte metros, gran ventana al norte, suelo de madera. Barato porque no estaba reformado, paredes desconchadas.
Carmen fue a mirar. Supo enseguida que ese era su sitio.
¿Te lo quedas? preguntó la casera, una anciana con gorro de lana.
Sí.
El dinero escaseaba. Vendió los pendientes de oro que le regalaron sus padres al casarse. Le dolió, por el recuerdo. Pero después pensó: ¿recuerdo de qué?
El estudio se volvió su refugio. Iba al amanecer, abría la ventana, entraba un aire cortante, olor a nieve y humedad de río. Olía a óleo, lino, madera. Desplegaba sus pinceles, papel o lienzo y se ponía a trabajar. Horas y horas. A veces se olvidaba de comer.
Pintaba de todo: paisajes, patios de ciudad, bodegones con lo que pillaba más a mano: una taza, una manzana, un zapato viejo. Le salía cada día mejor. Las manos, en efecto, no habían olvidado; necesitaban tiempo tras veintiocho años mudas.
Un día de diciembre Silvia la llamó al estudio:
Carmen, en el hotel quieren hacer una exposición de artistas locales. Pequeña, en el vestíbulo. Les he hablado de ti. ¿Podrías dejarles unos cuadros?
Silvia, yo ya no soy artista. Apenas he vuelto a empezar.
Eres artista. Y yo he visto lo que haces.
Solo son intentos de aficionada.
Carmen Silvia se puso firme, como ante una niña terca. Hace treinta años que te dices solo esto, nada más que aquello. Basta. ¿Vas a traer cuadros?
Carmen dudó.
Vale dijo. Llevaré algunos.
***
Allí conoció a Santiago.
Él asistió a la inauguración por casualidad, porque se hospedaba por trabajo y bajó al vestíbulo justo entonces. Alto, camisa de cuadros, sienes plateadas, ojos de un gris tranquilo. Estuvo mirando largo rato un cuadro de Carmen: el parque nevado, banco y huellas en la nieve que se acercan y se pierden.
Carmen se acercó para ajustar el marco y lo oyó murmurar a sí mismo:
Así es: se viene, se sienta uno, se marcha…
¿Dice usted por las huellas? preguntó.
Se volvió, sin inmutarse por haber sido descubierto hablando solo a una pintura.
Sí. Miro y pienso: vinieron dos. Se sentaron. Se fueron en direcciones opuestas. Quizás discutieron, quizás se entendieron.
Yo pensaba que era una sola persona dijo Carmen. Que se sentó, volvió en zigzag a casa.
Solo no se va uno así, todo serpenteante replicó grave. ¿Ve? Doble rastro.
Carmen miró el cuadro con nuevos ojos.
Puede ser, concedió.
Hablaron unos veinte minutos. Él venía por asuntos, tenía un hermano a quien ayudar a reformar el piso. Trabajaba de manitas: carpintería, electricidad, fontanería. Era viudo, dos hijos ya adultos. Hablaba poco, escuchaba mucho, eso fue lo que Carmen notó. No interrumpía. Ni miraba el móvil. Te miraba realmente.
Tan desacostumbrada estaba a eso, que no sabía cómo comportarse.
Al ir a irse preguntó:
¿Tiene usted tarjeta?
No, no me he hecho.
¿Entonces me puede dar su teléfono?
Se lo dio. Luego dudó si hizo bien, tal vez solo buscaba comprar el cuadro.
A los tres días él escribió: Buenas tardes, soy Santiago; hablamos de las huellas en la nieve. Me gustaría comprar ese cuadro si sigue en venta.
No lo había vendido. Vino, lo recogió, lo envolvió con cuidado en su propio papel. Pidió ver otros cuadros suyos.
Fueron al estudio. Él miró todo atento y en silencio. Compró dos paisajes pequeños.
Pinta usted muy bien comentó.
Estuve mucho tiempo sin hacerlo confesó Carmen.
¿Por qué?
Ella encogió los hombros. No explicó. No ese día.
La vida.
Él asintió y no preguntó más.
***
Mateo llamó en enero. Carmen llevaba varios meses viviendo a medias entre casa de Silvia y el estudio. Oficialmente seguían casados, aún no había tramitado los papeles.
La llamada llegó una tarde mientras ella pintaba: un bodegón invernal grande, ramas de pino en un jarrón de cristal, piñas, una vela.
Carmen dijo él.
Sí.
Bueno ¿cómo estás?
Bien.
Silencio.
Mi madre está enferma anunció él.
Lo siento.
¿Podrías venir? Aunque solo una vez a la semana, para ayudar un poco.
Carmen dejó el pincel.
Mateo dijo. Me he ido. Vivo aparte. No voy a volver a limpiar ni ayudar.
Aún eres mi esposa.
De momento, sí. Pero eso es temporal.
Carmen, no seas así Mejor vuelve. Hablamos.
Nunca hemos hablado, Mateo. Veintiocho años. Habla tú, habla tu madre. Yo hago.
Exageras.
Puede. Pero no volveré.
Colgó. No le temblaban las manos. Incluso le sorprendió.
Luego pensó: de puertas hacia fuera la historia debe de parecer sencilla, la esposa que abandonó al marido. Cosa de tantas. Pero por dentro no era sencillo. Era como aprender a andar de nuevo. Cada día.
***
Reaprender cómo relacionarse con el dinero fue lento. Los cuadros se vendían poco y a poco precio. Alguna felicitación artesanal, algún paisaje pequeño para regalo. Con la ayuda de Silvia, subió sus trabajos a internet, pronto hubo quien los siguió y de vez en cuando encargaba algo.
Daba justo para vivir: el estudio, comer, ropa modesta. Sin lujos, pero suficiente.
No esperaba que esa sensación de suficiente fuera tan rica. Pero lo era.
Santiago iba cada dos o tres semanas: por trabajo con su hermano. Siempre pasaba por allí. Tomaban café en la cafetería junto al parque o paseaban por calles nevadas y charlaban. Hablaba de su trabajo, de los hijos uno ya casado, esperando un bebé. Carmen del arte, de sus ganas de probar óleos.
Él nunca apretaba, jamás imponía. Un día Carmen notó que esperaba sus visitas con ansia. Cuando no estaba, el estudio era un poco más callado.
Silvia dijo un día. Santiago No sé.
¿El qué?
Es tan bueno. Me asusta.
¿Por qué ha de asustar lo bueno?
Siempre pienso que luego aparecerá lo malo.
Silvia la miró en silencio, largo.
Carmen, a lo mejor no todos esconden lo malo.
Ella le dio vueltas varios días.
Al final escribió primero a Santiago: ¿Te apetece venir el sábado? He empezado una obra grande y me gustaría enseñártela.
Él fue el sábado. Miró el cuadro. Dijo que le gustaba. Después fueron a la cafetería y allí propuso:
Carmen, ¿te gustaría hacer una excursión este finde? Hay un monasterio antiguo a una hora de aquí. En invierno dicen que es precioso.
Ella dijo que sí quería.
***
Lo que sucedía en el piso de la Calle Mayor, donde seguían Mateo y su madre, Carmen lo supo por retazos. A veces llamaba la vecina, doña Pilar, una mujer mayor del cuarto, con la que Carmen solía conversar en la escalera.
Carmen, ¿cómo vas? Porque ahí están fatal. Todo el día gritos. Doña Concha machaca a Mateo porque no te retuvo. Él le responde. Ayer chillaban que casi llamo a la policía.
Carmen escuchaba y sentía sólo una lejanísima tristeza, nada de rencor ni triunfo. Solo: así son las cosas.
Sin ella, su malestar no era por echarla de menos. Era porque nadie hacía de pararrayos. Toda la vida disparando juntos hacia un lado, y ahora sólo quedaban el uno frente al otro.
En febrero, Pilar avisó: se llevaron a Concha en ambulancia. Tensión, corazón. Mateo solo en la sala de espera.
Carmen se hizo un té y pensó: quizá debería llamar. Al fin y al cabo, veintiocho años. Pero luego decidió que no. Harta de lo que se debe. Que, por una vez, resuelva él.
***
En marzo, con los primeros deshielos, Carmen cruzaba el mercado un sábado, bolsa de lona en mano, eligiendo algo para desayunar. Se detuvo frente al puesto de verduras tempranas, pensando que quería pintar ese mercado de primavera, todo color y ruido.
Entonces vio a Mateo.
Iba por el mercado con una bolsa, mirando el móvil, sin verla. Parecía mayor, pensó Carmen. O quizá era ella que nunca lo había mirado desde fuera. Hombros caídos. Chaqueta arrugada. Cara gris.
Se detuvo, esperando sentir algo. ¿Miedo? ¿Rabia? ¿Impetu de huir sin que la viera?
Nada de eso.
Mateo alzó la cabeza, la vio. Se detuvo.
Se miraron a través de tres puestos.
Carmen dijo él.
La voz de siempre, pero con algo nuevo: desconcierto.
Mateo respondió.
Se aproximó. La frutera fingió repasar las manzanas.
¿Cómo te va?
Bien.
Estás más delgada.
Puede.
Mi madre está en el hospital. El corazón.
Me dijeron. Lo siento.
Calló. Cambió la bolsa de mano.
¿De verdad no vas a volver?
Carmen le miró. Tranquila. Ni odio ni lástima. Solo le miró.
No, Mateo. No vuelvo.
Tenemos que vivir de alguna manera
Tienes que vivir tú. Yo ya vivo.
No halló qué responder. Carmen cogió sus tomates, pagó y siguió andando.
El corazón le latía normal. Ésa era la victoria: no que se fuera, ni que no regresara, sino estar allí, frente a él, sin miedo. Sin encogerse. Sin pensar hay que ser educada, no conviene contestar mal, quizá tiene razón. Solo hablar con un desconocido. Casi desconocido.
En el siguiente puesto compró verdura, luego pan. Se encaminó a su casa: el estudio, que ya llamaba así.
***
Tramitó el divorcio en abril. Lo hizo todo sola, sin abogado. Mateo no puso objeciones. Se vieron una vez, firmaron y adiós.
Ella no tenía piso propio. Mateo se quedó el suyo. No reclamó bienes, ni quiso juicios largos. Silvia decía que era un error, que podía exigir una parte. Carmen negaba con la cabeza.
No quiero esa casa, Silvia. Solo quiero seguir.
Te vendría bien el dinero.
Llegará. Otro dinero. El mío.
Al verano Carmen y Santiago ya se veían a menudo. A veces ella iba a su ciudad; a veces él a la de Carmen. Él tenía una casita en las afueras, con jardín, groselleros y un manzano viejo. La primera vez que Carmen fue en mayo, miró largo rato el manzano en flor.
Bonito dijo.
Lo plantó mi mujer contestó Santiago, sin pesar. Ocho años ya sin ella. Pero el manzano sigue brotando.
Se quedaron, aún, abrazados por la ausencia.
Santiago dijo Carmen, ¿no tienes miedo? De volver a lo de antes.
¿A estar cerca de alguien?
Eso.
Calló.
Sí tengo. Pero me gustas. Y creo que el miedo no es excusa.
Carmen se rió. Sorpresa de sí.
Sabia respuesta.
Solo intento atornillar recto, sin rodeos.
***
En otoño, justo un año después de aquel día de octubre en que Carmen salió con su bolsa por el portal de la Calle Mayor, ella y Santiago estaban en su cocina, tarde, con una lámpara encendida. Él ajustaba el cajón que no cerraba, ella esbozaba en su cuaderno.
Ambiente cálido. Tranquilidad. Aroma a madera y a café reciente.
Carmen dijo Santiago sin levantar la cabeza del cajón, ¿te mudarás?
¿A dónde?
Aquí. Conmigo.
Carmen se lo pensó. Él esperó sin pedir prisa, trasteando con el destornillador.
Tengo el estudio allí dijo Carmen.
Aquí hay una habitación con ventana grande al este. Sale el sol de mañana, ¿te lo he contado?
Sí.
¿Entonces?
Carmen miró su boceto: la cocina, el hombre con destornillador, la mujer con taza. Ventana, jardín.
Tengo que pensarlo.
Piensa.
¿No me apuras?
No.
¿Por qué?
Él ajustó el cajón. Esta vez cerró bien.
Tengo todo el tiempo, dijo. Presionar a los adultos es de tontos.
Carmen miró otra vez el dibujo.
Vale.
¿Vale, vas a pensarlo, o vale, te mudas?
Vale, me mudo.
Él asintió. Se sentó con su té. Compartieron el silencio, y era de los buenos.
***
Pasó otro medio año.
Carmen vivía con Santiago, pero conservaba el estudio de la Calle Ribera. Iba tres días por semana. La habitación luminosa de su nueva casa era su segundo refugio: por las mañanas hacía bocetos mientras él trabajaba.
Ahora vendía algún cuadro más. No era famoso, no iba a abrir galerías, pero ya había gente, su gente, que le encargaba exactamente a ella. Era modesto pero era propio.
De Mateo sabía cosas sueltas: doña Pilar llamaba a veces. Concha casi no salía de la habitación después de salir del hospital. Mateo contrató una asistenta por horas, iba a la oficina y regresaba solo. Así vivía.
Carmen oía esas historias y medía el pasado: ese hombre había cubierto todo su cielo, su humor era el clima doméstico, sus palabras las leyes de la casa. Una celda invisible cuya puerta una misma sostiene. Ahora el cielo era otro.
Un martes de diciembre llegó pronto al estudio, puso la tetera. Afuera caía nieve suave.
Sonó el móvil. Silvia.
Carmen, ¿cómo estás?
Bien, trabajando.
Te cuento. Hay una galería en el centro que busca artistas para la exposición de primavera. Pequeña, pero de verdad. La dueña vio tus cuadros en internet, quiere hablar contigo. Apunta el número.
Carmen tomó nota.
No sé si esperan algo serio. Yo no tengo reputación, ningún premio, nada.
Pintaste nada cinco años. Empezaste de nuevo. Tienes ya ciento cincuenta trabajos. Eso sí es serio.
Bueno…
Llama, solo llama. Habla.
Vale.
Colgó. Miró el número apuntado. Miró la ventana: nieve, todo blanco, como una hoja virgen.
Se sirvió té, se puso a pintar. Ya llamará más tarde. Ahora había que atrapar esa nieve, mientras era así.
***
Por la tarde, Santiago fue a recogerla al estudio. Tocó, entró, la vio frente al lienzo.
¿Lista?
Cinco minutos.
Él se sentó al taburete, pacientemente. La observaba pintar. En su mirada no había prisa. Solo aprecio sereno. De esos con los que solo algunos miran lo que aman.
Cuando por fin Carmen recogió pinceles y cerró las acuarelas:
Listo, dijo.
Ha quedado bien señaló él al cuadro.
No estoy segura. La nieve es difícil, parece blanca, pero es azul, gris, rosa todo menos blanco.
Curioso replicó él, concentrado. Nunca lo habría imaginado.
Sí. Crees que es simple, pero miras y no ves.
Salieron a la calle. Noche fría, silencio, el aire claro, pura vida.
Santiago dijo mientras andaban, me han llamado por una expo en una galería del centro.
¿Y qué?
Dudo: ¿voy o no voy?
¿Quieres?
Ella dudó.
Sí, pero me da miedo.
¿Miedo a qué?
A que digan que no es suficiente, que no soy verdadera artista. Que esto es de aficionada.
Santiago metió las manos en los bolsillos, sin mirar atrás.
Carmen, lo peor ya quedó atrás. Viviste en un sitio donde te dijeron que no eras nada, veinte y tantos años. Saliste solo con una bolsa. Eso sí era duro. ¿Una galería? Si dicen que no, pues nada.
Ella se detuvo.
Qué claro lo dices sonrió ella.
Procuro no dar rodeos.
Ella sonrió. Él, también, iluminado de lado bajo una farola.
Venga, que hace frío dijo él.
Siguieron andando. Bajo el calzado el hielo crujía, las farolas se reflejaban sobre los charcos helados. Adelante lucían las ventanas del hogar.
Santiago dijo Carmen.
Sí.
Gracias.
¿Por qué?
Por nunca decirme tienes que ni debes.
Guardó silencio.
Los adultos ya saben lo que deben hacer dijo. A veces basta recordar. Nada más.
Entraron en la casa. Olía a madera y a manzanas de otoño del sótano.
Carmen se quitó los zapatos. Fue a la cocina, encendió la luz.
Todo era familiar: mesa de madera, dos sillas, ventana al jardín. Su cuaderno de bocetos descansaba en el alféizar, donde lo dejó esa mañana.
Lo abrió y observó el dibujo de ayer: la cocina, el hombre con el destornillador, la mujer con la taza. Ventana. Jardín detrás.
Solo quedaba pintar la nieve.
Cogió el lápiz.







