El lazo rojo

El lazo rojo

Clara estaba de pie frente a la vitrocerámica, observando cómo el vapor empezaba a salir lentamente de la olla de arroz. Pero no era un arroz cualquiera, sino ese que viene en bolsas de un euro el kilo, pequeño y con un ligero sabor a cartón que nadie se molestaría en llamar delicatessen. Removió el arroz con una cuchara de palo, tapó la olla y se apoyó de espaldas en el frigorífico. El viejo Edesa zumbó como de costumbre, como si aprobara su destreza culinaria minimalista.

Fuera, la calle de los Artesanos se estiraba con sus hileras de bloques de pisos grises y sus chopos, que cada abril atascaban las ventanas de pelusilla y fastidio a partes iguales. Bajo el toldo del estanco de la esquina colgaba un geranio mustio que ya era más símbolo que planta. Clara llevaba viviendo allí doce años, y esa calle era parte de ella más que cualquier pendiente que nunca se pusiera, como ese saber automático de dónde cruje la cuarta baldosa del portal.

Antonio entró en la cocina sin avisar, como solía hacer. Tenía ese don, el de aparecer. Alto, con hombros de gimnasio barato, estrenando camisa gris perla que Clara no recordaba haber visto antes. Aunque tardó unos segundos en procesarlo; lo primero que captó fue el olor: floral, dulce, sofisticado. Nada que ver con su colonia ni con el ambientador barato de su coche.

¿Qué pasa, mi espartana? dijo Antonio, asomándose a la olla con un gesto de resignación tierna. ¿Otra vez a pan y agua?

Arroz, dijo Clara. Con cebolla.

Con cebolla, eso ya es lujo, eh. Le dio una palmada en el hombro. Paciencia. Que todo llega. Las Encinas no van a salir corriendo, ya lo verás.

Clara asintió, pero con ese asentimiento que en realidad dice: estoy cansada, pero qué más da. Últimamente la cabeza le zumbaba, tercer día ya, como si alguien hubiera girado un poquito la habitación. Lo achacaba a la dieta, claro. No hacía falta ser Sherlock Holmes para eso, pero tampoco iba a soltarle un monólogo.

¿Tú has comido hoy? preguntó.

En el curro, menú ejecutivo, lo de siempre.

Llenó un vaso de agua, lo bebió de pie, dejó el vaso en la pila y desapareció al salón. Clara miró el vaso y suspiró. Quitó el fuego y sirvió el arroz.

En tres años de apretarse el cinturón aprendió a convivir con cosas impensables: que el yogur griego solo se compra de oferta, que la cazadora de cinco inviernos la ha remendado en el codo más veces de lo recomendable, que ir a la peluquería es un lujo vintage. El flequillo se lo recortaba ella misma, frente al espejito del cuarto de baño con la destreza de una modelo de Picasso: a veces no salía tan mal, otras era un pequeño desastre.

Tres años atrás, Antonio le había enseñado unas fotos. Un chaleíto en el pueblo de Las Encinas, a media hora en Cercanías. Ladrillo visto, buhardilla, dos manzanos en el jardín y un pozo que hacía más bonito que útil. Persianas verdes, porche de madera, banco bajo la lilas.

Mira, dijo él, apoyándole el portátil en el regazo. Fíjate.

Y Clara miró. Sintió un calorcito en el pecho, no era alegría, pero casi. Posibilidad, quizá. Ella, curtida en pisos de ciudad con olor a fritanga ajena, mirar esas fotos era asomarse a un universo alternativo. Manzanos, por favor.

Nos hacen falta unos tres años de apretarnos bien, calculó Antonio con voz de reportaje de Callejeros. Si conseguimos apartar esto cada mes, y tú te ajustas un poco

¿Cuánto cuesta?

Él dijo la cantidad. Clara tragó saliva.

Es mucho.

Es nuestra casa, Clara. Con jardín, aire bueno, silencio. ¿Crees que eso es barato?

Lo pensó y aceptó. No al instante, pero lo hizo. Abrieron una cuenta conjunta. Clara enseñaba cada mes la mitad de su pensión y lo que podía sacar de trabajos extraños. Tenía un contrato miserable en una gestoría, pero todo sumaba. Antonio decía ingresar el triple cada mes.

Clara le creía. Tenía un máster en eso: en confiar. No por ingenuidad, sino porque la vida así cansa menos. Dudar cansa, comprobar agota.

El primer invierno casi fue fácil. Comía cosas sencillas, vestía cosas usadas, y aquello tenía algo de juego de niños. A veces, hasta divertido: recetas baratas, ofertas en el supermercado, pequeñas victorias: un pollo marcado a mitad de precio, por ejemplo.

Pero el segundo año… su cuerpo empezó a protestar: flojera en las piernas, estar cansada aunque durmiera bien. En el bus se sorprendía mirando por la ventanilla sin saber a dónde iba. No iba a la consulta, la sanidad pública tiene lista de espera para morirse y lo privado ni hablar.

Tengo que hacerme unas pruebas, le comentó una noche a Antonio.

¿Privadas?

Allí al menos no hay colas.

Clara, ¿tú sabes que 50 euros ahora mismo marcan la diferencia? ¿Por qué no vas a la de la seguridad social?

Allá que fue. Esperar, análisis. Hemoglobina justita, nada para asustar ni para felicitar. Más carne roja, hierro, vitaminas, sentenció la doctora.

Clara compró las vitaminas más baratas de la farmacia y el filete para el mes que viene.

A partir del tercer año dejó de pesarse. El espejo ya lo decía todo: la cara afilada, color poco saludable, el pelo pidiendo socorro. Encontró en un mercadillo de segunda mano un abrigo azul marino, casi nuevo, y lo llevó como si le debiera algo. La dependienta, una señora mayor de pelo cobrizo, la miró con media sonrisa.

Abrigo bueno. Para toda la vida.

Ya lo creo, contestó Clara.

Aquí todas entendemos, dijo la mujer, sin alegría, pero con complicidad.

Con ese abrigo andaba por la vida, como el tipo que lleva su bandera invisible.

Antonio sabía motivar como nadie. Siempre te hacía sentir que lo bueno venía a la vuelta de la esquina. Un poco más, decía él tanto, que esas palabras en la cabeza de Clara ya parecían el sonido suave del aire acondicionado: presentes, pero irrelevantes.

Eres una macha, le decía ante un arroz con cebolla. Eres mi espartana. Te admiro.

Clara sonreía. Sonrisa de verdad pero sin alegría, como quien sabe bailar en el momento exacto.

A veces llamaba a su hija. La muchacha estaba en Málaga, liada con sus cosas y sus hijos. Las llamadas eran de trámite.

¿Cómo vas, mamá?

Bien. Ahorrando para la casa.

¿Seguís ahorrando? Vaya

Ya casi estamos. Pronto.

Bueno, pues ánimo.

Y pasaban a los nietos, el tiempo, cosas de la vida. Clara colgaba y a la cocina otra vez.

Ese otoño, el de su tercer año apretado, los olores se volvieron intensos. Pensó después que el cuerpo, habiendo perdido tanto, afinó el sentido del olfato como un perro hambriento. Notaba aromas donde antes no había nada.

Aroma a colonia de mujer en la camisa de Antonio. Al principio pensó que era de la parada del bus, pero luego, otro día de noviembre, era de su chaqueta. Llegó tarde, con mejillas sonrosadas y risueño.

¿Cansado?

Una reunión interminable. Horrible. Bostezó y se fue al baño.

Clara colgó el abrigo, se quedó quieta un segundo, luego fue a calentar la cena.

Ella era de las de distraer la mente para no pensar. Un talento singular: redirigir pensamientos por otro cauce. No por cobardía, sino por miedo a actuar si lo afrontaba. No miedo a él, no a la bronca, sino a tener que hacer algo.

El saldo de la cuenta conjunta crecía, no deprisa, pero crecía. Antonio enseñaba el extracto cada mes, con cara ilusionada.

Mira, ya casi casi. Para primavera damos la primera señal.

¿Primer paso?

Negociar con los dueños. Tienen truco, hay que saber.

Clara hacía que asentía, pero esa parte era cosa de Antonio.

En diciembre, Antonio empezó a llegar más tarde de lo habitual. Cenas de empresa, argumentaba. Si no, te aísla el equipo. Clara entendía. Siempre entendía.

Hasta que un día de fiesta, madrugada, volvió a casa a la una con aspecto estúpidamente fresco. No cansado de copas, sino… descansado. Raro.

¿Te has puesto fino?

Cosas de la empresa, cariño. Ya verás en Las Encinas, cero cenas, solo pajaritos.

Le dio un beso en la sien y se fue a dormir. Clara dejó la televisión encendida, el Edesa zumbando y la ciudad nevada al otro lado del cristal.

En enero, apareció el ticket.

No lo buscó: preparando la chaqueta azul de Antonio para llevarla a la tintorería tropezó con él. Era de un restaurante, Ostras en Gran Vía. Fecha: 28 de diciembre. Precio: como su presupuesto completo de supermercados para un mes entero.

Clara miró la cifra, la consultó dos veces, luego dejó el ticket y miró por la ventana. Cruzaba la acera una señora paseando un perro peludo. El perro tiraba, ella no tenía prisa.

El ticket equivalía a toda la comida de un mes: ese arroz, esas lentejas, esos macarrones insulsos, ese té Aguado. Todo por lo que Clara picaba para ver cómo hacía durar hasta el siguiente ingreso.

Guardó el ticket en el bolsillo y colgó la americana. Luego, a la cocina.

Antonio estaba en el trabajo a esas horas. Clara teletrabajaba con suerte algún que otro expediente de gestoría. Ese día, nada.

Pensó en quién iría a Ostras en Gran Vía a finales de diciembre. Ella no. Sabía que sólo con mirar el escaparate le entraba la risa nerviosa: cristalería fina, manteles blancos. Carísimo, pensaba.

El veintiocho de diciembre, Antonio le dijo que cenaba con su amigo Dani, antiguos compañeros de universidad. Volvió sobre las diez, olía más a flores que a vino.

Decidió no sacar conclusiones. No era ese tipo de mujer. Quizá fue una comida de trabajo. Quizá comió solo. Quizá.

Pero al verle cenar esa noche, ella le miró distinto. No con rencor ni buscando pelea, sólo miró.

¿Qué tal el día?

Bien. Comí en el trabajo.

He hecho sopa.

Y comió, mirando el móvil, con paz.

Antonio dijo Clara.

¿Eh?

¿Es caro comer en Ostras en Gran Vía?

Él levantó apenas la vista. Solo un segundo.

Ni idea. Nunca he ido.

Ah, Clara asintió. Lo vi en un anuncio.

Él volvió al móvil.

Febrero fue frío y silencioso. Clara iba con su abrigo azul de mercadillo, calentando las manos en el café barato, y en el bus se sentía medio mareada. Volvió a la doctora: Nutrientes, niña. Más hierro. Mejor alimentación.

Las vitaminas ya las tomo.

¿Cuáles?

Contestó el nombre, la doctora no insistió. Son las más sencillas. Si puedes

No puedo.

En febrero, Antonió parecía rejuvenecido: cinturón nuevo, zapatos de cuero (de verdad, que eso en casa no pasa inadvertido). Botines marrón chocolate, bien cosidos y caros.

¿Esos son nuevos?

Tirados de precio. Los viejos estaban rotos.

Ajá.

En marzo vio en la pantalla del móvil de Antonio un aviso de un concesionario. Su Toledo Xcellence está listo. Lazo rojo, tal y como pidió. Le esperamos cuando quiera.

Clara cerró el libro. Lazo rojo. Como esos anuncios de coches con lazo gigante. La realidad le fue cayendo poco a poco.

Aquella noche, cuando Antonio dormía con ese respirar de hipopótamo feliz, Clara pensó en el arroz con cebolla. Pensó en las vitaminas de dos euros, en el abrigo de mercadillo, en la peluquería olvidada. Pensó en la cuenta conjunta.

A la mañana siguiente pidió el saldo por teléfono.

La cifra era la mitad de la que debería, después de tanto apretarse el cinturón.

Se sentó frente a la mesa de hule de flores, quitando otra vez una mancha de café imposible.

¡Clara! gritó Antonio. ¿Has puesto el té?

Ya, lo pongo.

Encendió el fuego. Ese día le costaba más sostenerse en pie.

Empezó a sospechar, primero sin quererlo. Una tarde, cuando Antonio se fue con socios, salió treinta minutos después. Por ver. Por dar una vuelta, repetía en su cabeza.

El coche de Antonio, el viejo, estaba en el Carrefour del Paseo del Prado, no en el trabajo. Esperó, entró. Le vio en la sección de joyería, hablando con una mujer de unos treinta y pico, rubia y con traje beige. Estaban cerca. Rieron. El dependiente sacó una pulsera o una cadena. Antonio pagó sin miramientos.

Clara los vio marchar juntos. Se quedó un buen rato tras una columna, rodeada de gente, de ruido, de olor a bocadillo.

Después, sentada en un banco húmedo en la calle, observó el tráfico y los charcos. No lloró. Por dentro notaba algo denso, un fondo de tierra mojada. No vacío, no dolor, solo peso y silencio.

En los días siguientes hizo la vida de siempre. Cocinar, trabajar, ver la tele. Antonio seguía igual de buen humor, reportando avances ficticios en el plan de la casa.

Ahora creo que nos la podrían financiar dijo un día. Parte al inicio, y el resto ya después.

Ajá. ¿Y cuánto tenemos ahora?

Debería estar bien. No sé el saldo exacto, tengo que mirar.

Míralo.

Después. Ahora veo el telediario.

Clara fue a la cocina y llamó a su hija.

¿Bien todo, mamá? Tienes voz extraña.

Todo bien, hija. Cansada.

¿Todavía con lo de ahorrar?

Sí.

¿Pero para qué ese chalet perdido? ¿Por qué no un piso?

Antonio quiere.

¿Y tú?

Pausa larga.

Yo también. Hay lilas y manzanos.

Ay, mamá

Pidió otra vez el saldo del concesionario, colgó. Entró online a la cuenta. Revisó: sus ingresos puntuales como un reloj suizo. Los de Antonio, menos frecuentes, a veces bastante más bajos.

Gastos inexplicables, regulares, algunos grandes.

Sacó el cuaderno de gastos domésticos. Escribió, sumó, restó.

La imagen final era nítida, aunque costara armarla: tres años ajustándose, arroz triste, ropa remendada, sin médico, auto-cortes de pelo. Y de fondo, el dinero evaporándose del banco, despacito, pero constante. Y la rubia del Carrefour. Y el lazo rojo del concesionario. Y el ticket de ostras.

Cerró el portátil. Entró al salón.

¿Tienes hambre?

No, es tarde ya.

Vale.

Se tumbó. En la oscuridad pensó, no en Antonio, sino en ella. ¿Cuándo fue la última vez que pensó realmente en sí misma como alguien que merece, que necesita algo bueno, no medicinas ni un abrigo decente, sino placer?

Café bueno. Lo amaba, el verdadero, fuerte y arábica. Llevaba más de un año tomando soluble de oferta. Queso azul, ese de untar sobre pan con uvas. Ostras. Las probó una sola vez, joven, en la playa de San Sebastián.

Dio la vuelta. No decidió esa noche: la resolución coció a fuego lento y templado, hasta que una mañana, al levantarse, ya la tenía, clara y serena.

Los días siguientes los vivió igual, con una calma nueva. Hasta que una tarde lo siguió hasta verlo darle un regalo a la rubia en el parque y besarla con complicidad. Volvió a casa en un autobús mugriento, observando la ciudad: charcos, ramas desnudas, farolas encendiéndose a deshora.

Preparó la maleta con tranquilidad, solo lo suyo. Documentos, ropa necesaria, la Cartilla del Santander donde tenía sus pocos ahorros personales. El abrigo azul colgado, pero sacó de fondo un chaquetón granate guardado años, que le quedaba algo ajustado pero le sentaba de otra manera.

Dejó una nota: Gracias por el ticket de las ostras y el lazo rojo. Espero que lo hayas disfrutado.

La puso junto al clásico manchón de café, y se largó. Dejó la llave bajo el felpudo.

Calle de los Artesanos. Vida yendo y viniendo. El perro, el kiosko, la gente.

Clara caminó hasta el Mercado Gourmet, el super ese caro que siempre había evitado por vergüenza. Olía a buen café, a hogaza auténtica. Luz suave.

Cogió una cesta y fue directa. Atún rojo fresco. Ostras, media docena. Queso azul auténtico. Pan de semillas bien crujiente. Café de Etiopía: toques de arándanos y cacao, prometía la etiqueta.

Pagó con su tarjeta. Salió, sin saber bien adónde ir, llamar a su hija no le apetecía, a su amiga Isabel tampoco. Tomó un taxi hasta una pensión sencilla. Allí se preparó la cena con todo lo comprado. Abrió las ostras como pudo, cortó pan, atún fresco, un poco de queso, café poderoso en la pequeña italianilla. Comió despacio, saboreando. Pensó en sí misma, y no en Antonio, no en la casa de Encinas, no en la cuenta conjunta, no en la rubia.

Pensó que, a lo mejor, era eso: ella. No la espartana, la que aguanta, sino la que sabe distinguir la ostra buena del arroz de oferta. Que puede cenar sola en una pensión y saber que está viva de verdad.

Después, simplemente estuvo allí.

Al día siguiente, Clara se despertó pronto, vio el techo blanco ajeno, y se sintió ligera, aunque era un techo desconocido. Se arregló, bajó al café y desayunó huevos fritos, tostadas y café bueno, de verdad. Sostuvo el vaso con ambas manos, dándose calor.

Una señora leía tranquila su novela en la mesa de al lado. No parecía sola, sino enfrascada en sí misma, que es otra cosa.

Clara texteó a Isabel: ¿Te puedo visitar hoy? Te cuento todo.

Isabel contestó al instante: Claro. Te espero. Pongo el agua.

Clara terminó el café, se levantó y fue a la parada de autobús, chaquetón granate al viento.

El aire olía a entretiempo. Las cosas parecen seguir tan difíciles como siempre, pero quizá, sólo quizá, ahora iba a encontrar otros sabores. Café con arándanos, ostras con cáscara y… un reflejo nuevo en el espejo.

Eso, de momento, era suficiente.

***

El trayecto en autobús fue distinto. Sentada junto a la ventana, observó la ciudad marchita, con sus coches y sus gentes. Tres años sin mirar de verdad. Ahora, tocaba recuperar el tiempo.

La vida, después de todo, seguía. Y quién sabe, tal vez, dentro de un tiempo, manzanos de verdad. Por ahora, solo café, pan, y en el aire ese aroma entre invierno y primavera. Clara, simplemente aquí.

Y eso, para empezar, ya era mucho.

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