Cómo Inés se convirtió en madre gracias a la bondad de su corazón…
Fue hace muchos años, en aquellos días en los que la vida aún arrastraba un aire de calma en el Madrid antiguo. Aquel atardecer de otoño, Inés subió las escaleras del portal de su edificio y, al llegar frente a la puerta de su piso, descubrió una caja de cartón. La miró con extrañeza y, al inclinarse, vio en su interior a un perro y un gato acurrucados, temblando y mirándola con ojos asustados.
¿Pero qué es esto? ¿Y quiénes sois vosotros? preguntó Inés suavemente, como si los animalillos pudieran responderle.
Justo entonces, la puerta contigua se abrió y apareció doña Rita, la vecina mayor.
Ay, Inesita, buenas tardes musitó la señora. ¡Qué cosas! Lucía, la del segundo, falleció al fin, y su sobrina no se ha ocupado de los animales, ni parece que vaya a hacerlo.
Ofreció el perro y el gato a todos explicó, pero nadie quiso hacerse cargo. Yo tengo a mi propio gato, y no tolera otros, y hay quien tiene alergia… ¿Y vosotros, Inés, no os animáis? No tenéis niños, sois jóvenes y os va bien en el trabajo…
Pues nunca pensamos en tener mascota, y menos dos de golpe… respondió Inés, confusa.
No conviene separarlos, hija. Llevan toda la vida juntos. Incluso dormían siempre acurrucados uno junto al otro… Lucía paseaba al perro, y el gato era tan listo que bajaba solo al patio. No dan apenas trabajo…
¿Y si nadie les acoge? preguntó Inés, pensativa.
Dicen que los llevarán a sacrificar. Ya prepararon la caja y todo… El piso casi está vendido, y los nuevos propietarios no quieren saber nada explicó doña Rita con tristeza.
En ese momento, entró por el portal don Carlos, el vecino del primero, quien miró a Inés y señaló la caja.
No os gustaría quedároslos? Son tranquilos, comen poco y ya están mayores… No les queda mucho tiempo, y a nadie interesan… Lucía los quería como hijos.
Inés dudó un momento, pero al imaginar el triste destino de los animales, asintió:
De acuerdo, no puedo permitir que los sacrifiquen. Pero apenas los conozco… No llevamos más que dos años viviendo aquí.
Don Carlos sonrió y, aliviado, entró la caja en el recibidor de Inés. Dejó también un billete de veinte euros y una correa:
El perro se llama Teo y el gato se llama Aniceto. Muchísimas gracias de verdad… Al menos, para la primera compra de pienso…
Inés cerró la puerta, se quitó el abrigo y, sentada en el suelo, habló con sus inesperados huéspedes:
Vamos a ver, chicos… Cuando llegue Jacobo, se va a quedar de piedra. Pero es bueno, seguro que entiende que teníamos que hacernos cargo… dijo, acariciando el lomo de Teo. No os preocupéis, no consentiré que os ocurra nada malo. ¡A sacrificaros! ¡Qué cruelty!
El gato, como comprendiendo, salió cauteloso de la caja y comenzó a explorar el piso. El perro, por su parte, se quedó aún un tiempo quieto, hundido en la incertidumbre, observando a la joven y a su compañero felino.
Inés fue a la cocina y abrió la nevera. No tenía comida especial para animales, así que coció arroz y le añadió trocitos de pollo, pensando que a ambos les vendría bien una cena caliente.
Para alegría de Inés, Aniceto, tras curiosear el salón, fue a la cocina y se interesó enseguida por el cuenco de arroz. Inés llamó a Teo, quien al ver a su compañero comer con ganas, se acercó y miró a su nueva dueña con ojos dulces.
Poco después, llegó Jacobo, el marido de Inés. Se sorprendió mucho al ver la escena, y aunque pensaron en buscar para los dos la familia ideal con casa grande y patio, no pudieron decidirse. Y es que ambos estaban muy unidos a la pareja.
Inés y Jacobo llevaban cuatro años casados y vivían en el piso hacía solo dos. Se querían, vivían en paz y solo la ausencia de hijos nublaba su dicha.
Pero si tú eras muy de tenerlo todo limpio, y siempre decías que nada de animales… decía Jacobo, aún confuso.
Pensaba que tendríamos pronto a un niño… respondió Inés, emocionada. Pero no podía escuchar siquiera que iban a sacrificarles… Perdóname. Lágrimas brillaban en sus ojos.
No pasa nada, cariño, también me gustan los animales. Nos ocuparemos contestó Jacobo, abrazándola. Mañana en el trabajo comentaré, quizá alguien pueda quedarse con alguno.
A partir de entonces, todo cambió en casa. Teo y Aniceto se adaptaron rápido: la vivienda era idéntica y hasta compartían el mismo patio community.
Muy bien, campeones, parecéis de la familia de toda la vida les decía Inés.
Ella salía a pasear con Teo tres veces al día, mientras que Aniceto entraba y salía discretamente por la ventana.
Doña Rita, feliz, ayudaba con sobras de sopa para Teo y arroz para el minino, y por las tardes los veía jugar.
Las veladas eran más alegres: Inés y Jacobo reían viendo cómo el gato cazaba pelotas y el perro dormía plácido en su nueva cama. Siempre se acurrucaban juntos, confirmando que jamás debían separarse.
Pasados los meses, Inés y Jacobo desistieron de buscar nuevo hogar para ellos: se habían encariñado demasiado.
Los domingos, la madre de Inés venía a visitarla desde Lavapiés. También acabó encariñándose con Teo y Aniceto, aunque primero le sorprendió el regalo de su hija.
Yo me llevaría el gato, pero vivo en un tercero y está acostumbrado a salir… decía su madre.
No, mejor ven tú cuando tengamos que irnos de viaje o de vacaciones. Así nos ayudas, les cuidas y riegas las plantas respondía Inés, sonriendo.
Llegó el verano y la familia se fue a Gandía, dejando a los animales y a la madre de Inés a cargo. Inés llamaba cada día, inquieta por sus peludos amigos.
Todo bien, comen y duermen juntos, Teo sale al parque y el gato va y vuelve. ¡Disfrutad! le tranquilizaba su madre.
A la vuelta, Inés se sorprendió de la bienvenida: Teo daba saltos de alegría y Aniceto se restregaba ronroneando en las piernas de Jacobo.
Vaya, que sí nos han tomado cariño nuestros compañeros… reía Jacobo, mientras Inés acariciaba a Teo y les servía la cena.
Ahora se levantaba aún más temprano para sacar a Teo y atender a los dos amigos.
Al poco tiempo, Inés, emocionada, le anunció a Jacobo que por fin estaban esperando un niño: la noticia más alegre en su vida.
La madre de Inés comentaba, convencida:
No fue casualidad que llegaran Teo y Aniceto. Era una prueba del cielo, hija, de tu bondad. Y mira, el destino te ha recompensado. Hay que prepararse para ser madre.
Puede que tengas razón. No creo mucho en los signos, pero la preparación ha sido perfecta: limpiando, cuidando, dando cariño… Como niños, son.
Si quieres, me los puedo llevar cuando nazca el bebé propuso su madre.
No, mamá. Nos apañaremos. Tú vendrás a pasear con el carrito mientras el pequeño duerme, y me ayudarás en casa.
Se abrazaron, felices.
El embarazo de Inés fue tranquilo y a su tiempo llegó el hijo tan esperado. Jacobo rebosaba felicidad, igual que Inés y toda la familia.
Teo por su edad y carácter tranquilo no daba guerra, y Aniceto disfrutaba del solecito en la terraza o subido al viejo limonero.
Acabaron formando una familia completa, y las vecinas decían por todo el barrio por boca de doña Rita que Inés se hizo madre gracias a la bondad de su alma.
Decía siempre que la vida le había presentado una señal, y que el destino recompensa siempre la generosidad… ¿Vosotros qué opináis? ¿Acaso no tenía razón doña Rita?







