– ¡Cuando sea mayor, seré un hada!
– Ainhoa, ¿por qué quieres ser hada?
– ¡Porque yo quiero!
Ainhoa saltó de los brazos de su madre, Lucía, que acababa de felicitarla por su quinto cumpleaños, y estiró su vestido de tul con aire solemne.
– Mamá, ¡todas las hadas son guapas y listas! ¡Y pueden hacer de todo! ¡Yo también podré!
– Claro que sí, mi vida. Lucía intentó abrazar a su hija, pero Ainhoa se apartó con energía.
– ¿Y la tarta?
– ¡Enseguida! Ve a jugar con los niños y cuando esté lista te llamo, ¿vale?
– ¡Vale!
Viendo cómo los tirabuzones que con tanto esmero le había hecho esa mañana saltaban sobre los hombros de su hija mientras jugaba, Lucía sonrió:
– Me encanta lo decidida que es. ¡Y qué lista está! ¿Qué niña con cinco años sabe expresar así lo que quiere? ¡Es increíble! Podré con todo.
– Lo importante es no romperle esa fe asintió Marisa, su mejor amiga. Hay padres que, al oírles soñar, se empeñan en poner los pies en la tierra: que la vida es difícil, que hay que pelear Pero basta con confiar en ellos y conseguirán lo que se propongan, te lo aseguro. Cuando mi Carlota llegó por primera vez a la escuela de danza
– Sí, sí, tu Carlota es un sol. Chicas, ¿me echáis una mano? Es hora de cortar la tarta Lucía giró sobre sus tacones y se dirigió a la cocina.
En la casa, espaciosa y luminosa de las afueras de Madrid, los gritos infantiles resonaban por todas partes. El suelo estaba cubierto de confeti y globos reventados. Un ramo de tulipanes, pedido por la madre de Lucía, Teresa, y lanzado sin miramientos en una esquina, hizo que Lucía frunciera el ceño. Ahora Teresa vivía allí, aunque antes apenas se acercaba, prefiriendo cuidar a la niña en su piso del barrio de Chamberí.
– Aquí no me siento cómoda, hija. Temo romper algo o no estar a la altura. Demasiado lujoso para mí.
– Mamá, ¿pero qué cosas tienes? protestaba Lucía. Lujoso, sí, pero dentro de nuestras posibilidades. Iker trabaja a destajo, y yo también. Hemos luchado por esto, podemos darnos algún capricho.
– Pues yo, hija, sigo estando más tranquila en mi casa.
– Lo que digas, mamá. Lo importante ahora es que Ainhoa esté bien.
Teresa cuidó de su nieta desde el principio.
– No tengo tiempo, mamá Lucía se maquillaba a toda prisa para irse al trabajo. Si paro ahora, todo el esfuerzo de estos cinco años se irá al traste. Es así ahora: una carrera constante, y no solo por el dinero. Hay gente que depende de mi negocio. Pero ante todo, pienso en el futuro de Ainhoa.
– ¿Y no sería más valioso para ella que su madre estuviera cerca mientras es tan pequeñita?
– ¡No empieces, mamá! Sé lo que hago. ¿Quién, si no yo, va a cuidar de mi hija? ¿Quién le dará todo lo que necesita?
– ¿Y Iker?
– Mamá, ¿me tomas el pelo? Claro, como padre, sí, pero es un hombre. Hoy está aquí, mañana se marcha. ¿Qué pasaría en ese caso?
– ¿Por qué piensas así, hija? ¿Tiene otra?
– ¡No lo sé! Ni tiempo he tenido de pensar en ello. Igual sí, igual no. Durante el embarazo y después perdí el hilo de mi propia vida. Tengo que ponerme al día, y para eso te necesito. ¿Sí?
– Claro, hija. Teresa se inclinaba sobre la cuna mirando a su nieta. Es tan chiquitita Tú naciste más grandota.
– ¿Y qué? Pequeña se hace mayor.
Ainhoa era delicada y enfermiza de pequeña. Teresa ya ni se alarmaba, sino que llamaba rutinariamente a su pediatra. Lucía, siempre ocupada, no podía atender a esos detalles:
– Pero mamá, que no llega a cuarenta. Dadle el jarabe y que descanse. En el trabajo no puedo hablar.
Ainhoa, abrazando con sus manitas ardientes el cuello de su abuela, solía refugiarse en su hombro.
– No pasa nada, chiquitina. Ahora te preparo un zumito y después leemos un cuento, ¿quieres?
– ¿De hadas?
– ¡De hadas o de lo que tú quieras!
– ¡Sí!
El libro ilustrado de hadas lo trajo su padre de Londres.
– Pero Iker, si está en inglés Teresa hojeaba las páginas.
– Mejor que mejor, mamá. Se acostumbra al idioma desde pequeñita. ¡Con lo que tú sabes! No podrás decir que es difícil una historia para niños.
– No, claro, pero tendré que empezar antes de lo que pensaba…
Las tardes con su nieta, sus alegrías y pequeñas penitas, llenaron la vida de Teresa, que por fin volvía a encontrar sentido a sus días.
Durante los diez últimos años, desde que Lucía terminó la universidad y se casó, Teresa la veía poco: nunca había tiempo. Cansada de ser rechazada ante cualquier sugerencia, Teresa dejó de insistir. Echaba de menos aquellos días cuando Lucía, de adolescente, se acurrucaba con las piernas cruzadas en el sofá de la cocina y le contaba sus historias mientras tomaba su infusión favorita. Ella era toda la vida de Teresa.
Había sido madre muy joven, apenas con diecinueve años, por una boda precipitada con un compañero de clase. Pronto quedó sola con la pequeña y luego, durante doce años, cuidando además a una madre enferma. Para mirarse al espejo, casi tenía que obligarse. Aunque nunca fue guapa, en sus rasgos severos había algo inconfundible. Eso que a ella apenas la resaltaba, en Lucía se había convertido en belleza. Teresa sonreía: ¡menuda hija tengo! Todo el esfuerzo debía servirle para algo. Así, la apuntó a danza, a música, le enseñó francés e inglés. Para cuando Lucía terminó el bachillerato, Teresa podía decir que tenía la hija más preparada posible. Solo le preocupaba una cosa: Lucía siempre ponía su voluntad por delante, sin ceder ante nadie, y sus deseos marcaban el rumbo de toda la familia.
– Mamá, necesito estos zapatos. ¿Entiendes? No puedo ir a la entrevista de cualquier manera. Es importante.
Teresa le daba el dinero reservado para el verano, convencida de que lo que importaba era que su hija estuviera donde quería estar.
La boda con Iker fue el colofón. Teresa lloraba discretamente en el banquete del restaurante más elegante de Salamanca, mirando a su guapísima hija del brazo de su yerno. Iker nunca le dio buena espina, pero se repetía que los tiempos cambian. Además, Lucía le dijo antes de la boda:
– Mira, mamá, esto no es solo por sentimientos. Tenemos un acuerdo y eso es importante: un matrimonio basado en la igualdad.
– ¿Y en qué consiste ese acuerdo?
– En que ambos somos socios desde el día de la boda. No aspiro a lo de antes; de mí solo esperan una cosa: que tenga un hijo, y entonces renegociamos.
– Hija
– Es lo justo, mamá. Los tiempos han cambiado, las reglas también.
– Solo quiero verte feliz
Tras eso, Lucía se sumergió en el negocio que Iker le montó y empezó a luchar con problemas de salud que dificultaban el ansiado hijo.
Cuando Ainhoa nació fue una sorpresa.
– ¿Cómo voy a creer en tanta ciencia moderna? Lucía doblaba una mantita azul convencida de que iba a ser niño. ¡Tres ecografías, mamá! ¡Tres! ¿Y esto parece un niño?
– Hija, ¿y una niña es malo?
– No, mamá, claro Es solo no lo esperaba. Por eso me enfada.
– Ya tendrás un niño, Lucía. Solo espera un poco.
Pero los intentos no daban frutos. De clínica en clínica, gastó una fortuna sin resultados.
– Lo he probado todo, mamá. No sé qué más hacer.
– Pues céntrate en la hija que tienes.
– ¡Mamá!
– ¿Qué? Mira a Ainhoa: cuatro años, casi cinco, preciosa. ¿Y quién dice que un padre quiera solo un hijo varón? Deberías revisar ese acuerdo
Lucía se quedó pensativa. No le faltaba razón.
– En ese caso, Ainhoa debe estar en casa.
– Lucía
– No lo discutas. Pasa demasiado tiempo con la abuela.
– Pero me quiere.
– Nadie dice que no Lucía hojeaba el cuaderno de dibujos de la niña. Dibuja bien, igual hay que apuntarla a pintura.
– Lleva un año con una profesora Teresa casi rompía a llorar.
– Mamá, basta de dramas. Seguirás con ella. No quiero niñeras, con abuela basta. Tendréis chófer. Incluso podrías venirte a vivir aquí, si quieres. Hay sitio.
– No, eso no, hija. Prefiero seguir igual. Quiero poder seguir viéndola tanto como ahora.
La vida les dio un giro: la primera fiebre importante de Ainhoa provocó que Teresa terminara viviendo con ellas.
– Mamá, aquí tienes de todo y puedes cuidarla tranquila estando juntas.
Desde su habitación, Teresa prefería no fijarse en el vaivén del matrimonio. Veía cómo su hija y su yerno cada vez estaban más distantes, pero guardaba silencio, dedicando su atención a esa nieta desbordante de vida.
– ¡Abuela, aquí hay más sitio que en tu casa! exclamaba Ainhoa, girando sobre sí misma en el salón. ¿Ahora sí puedo tener un perro?
– No sé, pequeña. Eso tienes que preguntárselo a tus padres.
– ¿Por qué? ¿No es tu casa también?
– No, cariño. Esta es la casa de tu mamá y tu papá. Yo soy dueña en la mía. Allí puedo decidir, aquí no.
– ¿Ni prohibir cosas?
– Depende. Tirar la leche, sí. Tener perro, no.
– Ya veo…
Ainhoa se quedó pensativa en el suelo y Teresa se puso en guardia: esa dignidad ya la había visto en Lucía cuando algo se proponía.
– ¡Lo hablaré con papá! decidió Ainhoa levantándose.
Esa misma tarde fue al despacho de Iker:
– ¿Tú me quieres, papá?
Iker se quedó desconcertado. No veía mucho a su hija, más allá de un hola, campeona. Cuando Teresa le recordaba pasar más tiempo con ella, él siempre asentía distraído y lo olvidaba al instante. El planteamiento de Ainhoa le pilló por sorpresa.
– Claro, todos los padres quieren a sus hijos.
– A mí no me vale con todos. Quiero que tú me quieras a mí.
– ¿Qué quieres? ¿Un juguete nuevo?
– ¡No! Ainhoa frunció el ceño. Quiero un perro.
– ¿De peluche?
Las cejas de la niña subieron a lo alto de la frente:
– ¡No, uno de verdad!
Iker cerró los ojos, se quitó las gafas y suspiró.
– ¿Grande?
– Da igual, solo que sea bueno.
– Cuando elijas uno, dímelo. Tendrás perro.
Lucía no estaba de acuerdo y discutieron, sin saber que Ainhoa los escuchaba tras la puerta.
Teresa, preocupada, puso a dormir a la niña, aunque Ainhoa no pensaba dormir.
– No es un juguete, Iker. Es una responsabilidad. Alguien tendrá que cuidarlo.
– Está tu madre, la asistenta Se paga. Donde hay un niño cabe un perro. Saldrán a pasear juntos.
– ¿Y el veterinario, las vacunas, todo lo demás?
– Hay cientos de clínicas. Si no, inventamos una. Y coged uno de la perrera, evitaréis las exposiciones. Lucía, no puedo pasar tiempo con ella, pero este capricho se lo puedo cumplir.
– No es un capricho, es quererlo todo de inmediato.
– ¿Y eso es malo? Si puede tenerlo
Lucía calló. Ainhoa entendió que tendría perro, y no le interesaban más discusiones.
El pequeño bichón llegó a casa en un par de días. Dos meses después, una semana después del cumpleaños de Ainhoa, regresaron con Teresa a su piso. Lucía, desmejorada, apenas tomaba su café de la mañana antes de salir y no hablaba con nadie.
– Abuela, ¿qué le pasa?
– No puedo decírtelo aún, cariño. Mamá te lo explicará cuando pueda Teresa acariciaba a la niña y al cachorro.
– ¿Por qué volvemos a vivir contigo? ¿Es solo por dos días?
– No, mi vida. Esta vez será por bastante más.
Teresa tampoco lo entendía del todo. Cuando Lucía apareció con la maleta y le pidió que hiciera la de la niña, Teresa temió lo peor.
– Hazlo, por favor, mamá. Nos vamos. No tengo tiempo.
Por la noche, ofreciendo su mejor infusión a su hija, tanteó la conversación:
– No preguntes, mamá. Nos divorciamos.
Teresa levantó la vista, angustiada. Ainhoa veía dibujos y no oía nada.
– Tiene otra. Y un hijo…
Lucía, escondiendo la cara entre las rodillas, soltó una carcajada y Teresa no supo si consolarla o no.
– Creí que llorabas
– ¡Ah, mamá! No he sabido hacerlo mejor.
Nunca supo Teresa los motivos de Iker. Lo cierto es que el divorcio fue rápido y sin dramas. Medio año después, Lucía se mudó a un piso en el mismo barrio y la vida siguió por una senda un poco más estrecha, pero más previsible.
Ainhoa crecía con cabeza y un carácter fuerte. Todo lo que quería debía ser lo primero en casa, sin discusión. Lucía, ya resignada, cedía ante todos sus deseos.
– No está bien, Lucía.
– ¿Y qué quieres? Sale lista y espabilada. Sabe conseguir lo suyo. Eso es lo importante hoy.
– Me da miedo, Lucía. Me da miedo que no conozca el no.
– Yo prefiero enseñarle que puede alcanzar lo que quiera. No quiero ser una madre monstruo. Mejor amiga que carcelera, ¿no?
Teresa suspiraba.
– ¿Y si un día no puede? ¿Y si no lo consigue?
– Eso no pasará. Sabe lo que quiere y cómo lograrlo. No te preocupes.
Teresa dejaba correr la disputa. Lucía estaba convencida, y Ainhoa sabía que su madre la apoyaría siempre. Al fin y al cabo, la abuela. ¿No la quería igual? Eso bastaba.
Lucía apenas prestaba atención a su hija, sumida en su trabajo. Solo la sacaba de compras:
– Tienes que ir siempre bien arreglada, y compensar algún defecto. ¡Un buen vestido y maquillaje hacen milagros! Aprende.
En esto, Ainhoa sí hacía caso a su madre. Desde joven, se apropió del armario materno.
– Esto, esto, y esto. Nada más. Lo demás es para más mayores decía Lucía, apartando prendas.
En el instituto, las chicas envidiaban el neceser de Ainhoa.
– Tienes que cuidar la piel. Nada de potingues raros Lucía tiraba cualquier cosmético barato que alguien le regalara a Ainhoa. Lo barato sale caro. Hay que valorarse, niña.
Teresa lo veía todo y apenas podía suavizar algo el carácter de su nieta. Tras el instituto, Ainhoa entró en la universidad, en la misma facultad de Derecho que su madre y su abuela. Al empezar la vida universitaria, apenas pasaba por casa y Teresa se convertía en testigo mudo.
– ¿Qué te casas? ¿Con quién? los platos se resbalaron de sus manos.
– Albano… Bueno, Alba, para todos. ¡Mi Alba!
– ¿Y quién es?
– Un profesor. No mío, tranquila. Solo está en la uni.
Teresa se enteró por Lucía de que Albano era casado.
– ¿Y tú estás tan tranquila?
– ¿Por qué debería preocuparme, mamá? Me importa Ainhoa, mi hija, y ella quiere a ese hombre.
– ¡Hija, eso no se hace! Teresa apoyó las manos en la mesa, tratando de contenerse. No puede destruirse una familia así.
– ¡No es cordero, mamá! Si está con mi hija, es porque quiere.
La boda fue fría: los padres de Albano ni fueron, ni quisieron conocer a la familia. Iker enviaba un apartamento nuevo desde lejos. Lucía lo amuebló toda sin consultar con su hija, que no hizo caso:
– ¡Mira el vestido, mamá! Se llama Hada.
– Es una señal, ¿no recuerdas tu sueño de niña?
– ¡Sí, mamá! Ahora lo tengo todo, ¡voy a ser feliz!
– Todo susurró Lucía.
Teresa apenas aguantó en el juzgado, pidió un taxi y se marchó:
– No quiero arruinaros el día. No me encuentro bien.
Besó a Ainhoa y se fue. Mientras subía al coche, la vio con Albano, a punto de soltar una paloma. A Teresa le dio un escalofrío: Ainhoa, en ese momento, le pareció la propia paloma: blanca, asustada y deseosa de escapar de esos dedos que la apretaban.
– ¿Qué puedo hacer, Dios mío? Solo dame fuerza.
Ainhoa se separó de su marido antes de un año, casi después de tener a su hija. La nueva pareja de Albano era amiga suya de la universidad. Ainhoa, embarazada, fue a por unos papeles y los vio juntos en un aula vacía. Salió ruidosamente, cerrando la puerta.
– ¿Qué ha pasado, cariño? preguntaron.
– Solo unos bichos Ainhoa se encogió de hombros.
Tras arreglar el papeleo, llamó a su padre.
– Ya huyes al primer susto Lucía la miraba crítica. ¿No piensas luchar?
– ¿Para qué, mamá? contestó Ainhoa mientras recogía cosas de su hija. ¿Para qué?
– Porque es lo tuyo. Porque es lo correcto.
– ¿Correcto? ¿Y qué es eso, mamá? Tal vez correcto sería aceptar que hay cosas que no dependen solo de nuestros deseos.
– ¿De qué hablas?
– Que quizás, la que estaba antes que yo también quería tener un padre para su hijo, tener amor Pero vine yo con mi varita mágica a quitárselo todo. Ahora me lo quitan a mí Eso es lo correcto, mamá.
– ¡No digas tonterías! Pero la hija ya era adulta, demasiado.
Teresa recogía la ropa, secándose las lágrimas mientras vigilaba a su bisnieta:
– Tranquila, chiquitina, tu madre es fuerte. Saldremos adelante.
Lucía no fue con ellas. Teresa, dejándole las llaves, solo dijo:
– Cuida de ti misma, hija.
Años después, en una tarde templada en el Retiro, una mujer joven caminaba con una niña que corría, salía al paso, le cogía la mano. Era la viva imagen de su madre.
– ¡Mira lo que he hecho hoy en el cole! la niña rebuscó en la mochila y sacó una varita con una estrella de papel de aluminio. ¡Uy, se ha chafado!
– ¿Qué es, Vega?
– Una varita mágica, como el hada de los cuentos. Solo que un poco aplastada.
– ¿Y qué? Ainhoa enderezó la estrella. ¿Ves? ¡Funciona!
– ¿Por qué sabes que funciona? ¿Qué has pedido?
– Que estemos siempre bien y todos sanos.
– Pues no funciona Vega bajó la cabeza. La abuela está en el hospital.
– No, cariño, ya está en casa. Cuando lleguemos te estará esperando.
– ¿De verdad? Vega saltó de alegría.
– Sí, además puedes enseñarle la varita. Seguro que también tiene deseos. Ella es una auténtica hada.
– ¿De verdad?
– ¡Por supuesto! La mejor del mundo.







