Hijos malcriados

¡Cuánto me pesan ciertas conversaciones con mi madre! Hoy, por enésima vez, ha estallado el viejo debate:
¡Le has malcriado! ¡Siempre cedes, y ahora te ha tomado la medida! Lucía, así no se puede. Has convertido al chiquillo en un consentido. ¡Como hice yo contigo en su día! No hay otros culpables, ¡yo tampoco sirvo como ejemplo! Vosotros, hijos consentidos No me vengas a decir que eres adulta, sigues siendo una niña. No piensas antes de actuar ni sabes tomar decisiones correctas dijo mi madre, Carmen Jiménez, dando un portazo a la nevera y asustándose cuando el imán con la foto familiar cayó al suelo.

Era la foto del verano pasado en la Costa Brava, el primer año en que no la invitamos a compartir las vacaciones. Durante años había venido. Nos ayudaba con los niños, descansaba, hacía amistades en el hotel. Pero esta vez, no.

Sus argumentos para no venir me sonaron extraños:
Mamá, este año no llegamos. Nos vamos los cuatro solos. Más adelante, te compramos una estancia para que tú también descanses, elige donde quieras, ¿vale?
Pero, Lucía Y los niños, ¿quién los cuida?
Mamá, Mario ya tiene trece años. Y Clara estará conmigo. No podemos permitirnos el mismo hotel, así que haremos las cosas como antes, de alquiler, y ya.
¡Y para mí seguro que no hay sitio!
Estaba, cómo no, disgustadísima. Eso de irse sola a Benidorm, rodeada de pensionistas y bailes para los de su quinta, nunca fue lo suyo. Nada que ver con los resorts, los idiomas, el ambiente elegante al que se aferraba. Pero no, no era mi año.

Mamá, lo entiendes, ¿verdad? Las vacaciones son dinero más el vuelo, la comida todo suma.
¡Como si yo os arruinara! comenzaba de nuevo a indignarse.
Madre de Dios, mamá, ¿por qué tengo que explicártelo? No nos llega. El año pasado fue la reforma de tu piso, mis problemas de salud, las clases particulares de Mario. No hay más margen. ¿Qué esperas, que lo cancele todo? ¿O que los niños no conozcan el mar? Y he trabajado sin parar, lo sabes.

Sí, lo sé Y también que eres mala madre. Los niños siempre han estado conmigo y con Teresa, tu suegra. Sacar a Clara del cole, recoger a Mario, darles de cenar
Mamá, no exageres. Mario ya se organiza solo, solo llevas a Clara a danza, y ni cada día. Incluso podríamos dejarlo, pero insististe en que debía desarrollarse.
¿Encima soy yo la culpable? su voz se hizo temblorosa y llevó la mano al pecho. ¡Sois unos desagradecidos! Hago todo por vosotros y nada os sirve.

Por favor, mamá apoyé la frente contra el cristal de la ventana, conteniendo el llanto. Estoy tan agradecida No me lo restregues, ¿vale?

Esa vez tampoco quiso escucharme. Se fue del salón, ofendida, dejando olvidada la bolsa con el bañador nuevo. Siempre fue experta en crear ese ambiente, en mostrar sin gritos quién tiene la razón. Simplemente no cogía el teléfono, no respondía a mensajes; después, cuando por fin contestaba, suspiraba y preguntaba en un hilo de voz:
Lucía, ¿si el corazón de repente se detiene, qué significa eso?

Y ahí iba yo, dejándolo todo, corriendo a la casa del campo a las afueras de Madrid, donde se retiraba tras cada bronca para dar paz al alma. Regresaba agotada, dejando las llaves sobre la mesilla, y lloraba suave, sin entender qué le costaría tratarme de otra forma.
Mario se asomaba y, con ternura, me cubría con una manta:
Mamá, basta no vayas más. La abuela se le pasará y volverá sola.
Ojalá fuera tan fácil, hijo

Recuerdo a mamá así desde pequeña: delicada, culta, siempre con un libro o escuchando música, tan capaz con los idiomas y tan susceptible. En mis castigos jamás escuché un hija, salvo con tono frío y distante. En casa, solo era hija mía cuando estaba enfadada.

En general, su humor era inestable. Para Carmen Jiménez, la vida era un vaso siempre medio vacío, marcada por una única palabra: insatisfecha. Todo era insuficiente: compañeros, amigos, marido, familia, vecinos y la lista seguía.

A mí nunca me aplicaba ese calificativo, al menos de niña. Siempre fui la brillante; ya leía a los tres años, tocaba el piano a los cuatro y recitaba poemas al abuelo. Pero la primera grieta se produjo en sexto de primaria, cuando suspendí un dictado por primera vez.

No quiso escuchar explicaciones. Sola, me encerré a intentar quitar una mancha de mi falda en el baño mientras lloraba en silencio. Fue mi abuela la que se enteró de lo que pasaba, cuando debí haberlo hablado con mamá. Estas cosas se hablan solo con una madre, sentenció.

No lo comprendí. Ese fue el principio de una duda que germinaría durante años: que mamá no era perfecta y que el sacrificio materno tenía límites.

Los desencantos llegaron uno tras otro. Empezaron los silencios, el pañuelo anudado en la cabeza por migrañas, la mueca que alertaba de discusiones Jamás alzaba la voz. Se sentaba como una reina en su sillón, se presionaba las sienes y, con frialdad, sentenciaba:
Lucía, me estás destrozando
¿Cómo? Eso debía averiguarlo yo misma. Bastaba con querer estudiar Medicina para ofenderla:
¡No entiendes nada! Ser cirujano no es vida para una mujer, Lucía
Pero la abuela dice que es noble salvar vidas replicaba aún.
Tu padre murió por esta profesión. Hay que pensar en los que tienes al lado, no solo en tus ambiciones.

Acabé la carrera igualmente. Medio año sin hablarnos, apenas sí o no en la cocina. Luego llegó Olegario, mi marido, a quien tampoco soportaba.
¿No encontraste a nadie de tu nivel? ¡Ni sabe quién es Machado ni ha escuchado a Verdi! decía en mi boda, entre lágrimas de rigor.
Por fortuna, allí conoció a su segundo marido, don Felipe Galán: voz profunda, elegante, de familia con casa en la sierra y buen francés.

Con él, mamá floreció. Cambió, incluso se volvió más dulce, especialmente al nacer Mario y luego Clara.
Lucía, ¡qué nietos tan maravillosos! Mario es todo un señor, como el abuelo, y Clara tiene mis ojos decía, satisfecha.

Mi matrimonio, contra sus pronósticos, resultó fuerte. Olegario, paciente y trabajador como pocos, logró convivir con ella sin dramas. Pero cuando nacieron los niños, su control constante empezó a pesar.
Mario, otra vez esa música infernal y la misma escena: entra sin llamar y pone cara de tragedia.
Ya no bastaba el pañuelo. Los desprecios no surtían el efecto deseado. Si Olegario mediaba, ella contraatacaba:
¡La abuela soy yo, no tu madre!
Debatimos sobre si Mario debía aprender música; mi madre, inflexible, amenazó con desaparecer, no abría la puerta ni cogía el móvil. Esta vez me agoté.
No quiere contacto, pues ya está, basta solté, y el chico se asomó, curioso por mi tono poco habitual.
Mam, ¿ya puedo mirar la guitarra?
Claro, ¿qué modelo quieres?
¿En serio?
Más te vale decidir, vamos a por ella, y que diga la abuela lo que quiera. Los hijos consentidos

Fuimos los tres y Clara ayudó a elegir la guitarra eléctrica roja. Pronto, la habitación de Mario fue estudio, y rodaron un video de Clara cantando y él tocando. Se viralizó en Instagram en un par de días.

Empecé a sentirme, por fin, acertada. Mis hijos eran creativos, alegres, y compartían conmigo sus sueños mientras yo, al llegar a casa, los abrazaba forte después de tanto esfuerzo en el hospital.

Mientras, mamá esperaba. Preparaba comidas ricas y aguardaba a que yo la llamase para arreglar las cosas. Pero pasaron las semanas y no fui.

Primero, pensó en el escándalo que armaría. Luego, que esta vez serían necesarias disculpas. Después, que quizás nunca ocurrieran. Por primera vez, alguien le echaba un pulso: no todo dependía de sus deseos. A cualquier otra persona la habría borrado de su vida, pero yo era su hija.

Meses después, y con el otoño ya llegando, Carmen entendió que no vendría más. Duele. Reflexionaba ante la ventana viendo a los nietos de los vecinos jugar bajo la lluvia, rumiando que podría pasarse la vida así, cuidando su propio ego, hasta que cuando necesitara flores blancas ya no sirvieran para nada.

Con un respingo, dejó la taza y cogió el coche. En el chalet donde vivimos, bajó despacio. Dudaba de cómo afrontar la reconciliación. Vacilaba en el umbral mientras se oía el estruendo de la batería y la guitarra en el piso de arriba. Me vio, bailando en la cocina, y a Clara repartiendo vasos.

¡Mamá, mira! dijo Clara. Deja el filete, que te necesitamos para servir.
Dile a tu abuela que si quiere ver la guitarra de Mario, suba ahora. Es roja y chulísima dije señalándola.

Carmen entró, dejó el abrigo en el perchero y asintió en silencio. Le temblaban los ojos.
Gracias
Vamos, anda, que lo más difícil ya lo has hecho le animó Mario.

Subió, vio la guitarra, y algo no todo cambió. Por dentro sentí que no seremos una familia perfecta: discutiremos mil veces más; yo suspiraré escuchando sus opiniones sentenciosas y ella pensará en qué momento me perdió. Pero ahora los dos sabemos que quien quiere ser escuchado, primero debe aprender a escuchar. Y a veces, eso es suficiente. Basta con que sigamos juntos. ¿No es eso ya algo valioso?

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