Su lugar
¡Mamá, pero…! ¿Qué estás haciendo? Susana casi rompía a llorar, viendo cómo su madre sacudía sus pocas pertenencias del armario sin miramientos. Su vestido rojo de lunares, su favorito, yacía en el suelo, llamando la atención de su hermano pequeño, Manolo, que ya se había lanzado con el cinturón a la boca. ¡No, Manolito! ¡Dámelo!
¡Ay, la niña, qué lástima le tiene a un trapo! Carmen lanzó los vaqueros de Susana junto al resto de la ropa y cerró el armario de golpe. ¡A la calle!
¿Pero adónde, mamá? ¿A estas horas? ¿Qué te pasa?
¡Pues lo que me da la gana! ¡Esta es mi casa! ¡Y tú aquí de más!
¿Cómo? ¿Acaso no es mi casa también?
No, hija mía Carmen recogió a Manolo en brazos, limpiándole la nariz con la falda del vestido de Susana. Aquí no tienes ya nada. ¡Y deja de ponerme de los nervios! Justo ahora que empezaba a recomponer mi vida, vienes tú a destrozármela otra vez. ¡Pues no, señorita!
Mamá, ¿qué te destrozo? ¡¿El qué?!
¿Quién insinúa ante Patricio, eh? ¿No eres tú?
¡Mamá! gritó Susana tan desesperada que Manolo se asustó y rompió a llorar. ¡Pero, por favor! ¿Te oyes a ti misma?
¡Y tanto que me oigo! ¡Ya basta! ¡Te quiero fuera en cinco minutos!
A una patada en la puerta, Carmen se fue, y Susana se quedó bloqueada en mitad de la habitación, sin terminar de comprender qué acababa de pasar. Parecía que la habían echado de casa. La cabeza no le respondía, los pensamientos se atropellaban, incapaces de dar un paso hacia adelante. Afuera, el llanto de Manolo la sacó de la parálisis. Era ella quien normalmente se ocupaba de tranquilizarlo, de entretenerlo para que se calmara. El nuevo marido de su madre no soportaba a los críos, ni lágrimas ni ruidos. Y Susana, criada junto a su padre y madre en el cariño y el abrigo de la familia, no comprendía en qué se había convertido Carmen. Ahora, cuando Manolo lloraba, ella lo entregaba enseguida a Susana y desaparecía con su marido.
¡Apáñatelas! Ya eres bastante mayor.
Mayor… Ayer aún era la hija mimada de papá y mamá, y hoy, según la madre, sólo era un trozo descolgado. Todo en los últimos años había ido tan deprisa que Susana no podía seguir el ritmo de los cambios.
Primero se fue su padre, víctima de un infarto en medio de una parada de autobús en Madrid. Qué injusticia, pensaba. Si siquiera una persona se hubiese parado, podría haberse salvado. Nadie lo acompañó más de una hora, bien vestido y distinguido, y todos seguían su camino como si no estuviese allí. Hasta que una mujer se acercó y ya era tarde.
Susana recordaba bien cómo reaccionó Carmen entonces: muda, petrificada. Ella lloraba, quería consolar a su madre, pero resultaba inútil. Carmen despidió al marido sin una sola lágrima, y se encerró en su cuarto, olvidándose de la hija que ahora quedaba sola en el mundo.
No tenían familia en España, y los amigos de los padres ya sólo aparecían de vez en cuando, para alguna ocasión especial. Susana recordaba la seguridad de sus padres: Nos bastamos los unos a los otros. Ella misma no soportaba mucho las visitas en la infancia. ¿Para qué? Con mis padres bastapensaba.
Todo aquello cambió al empezar el colegio. En su clase había más niñas que niños, y sentaron a Susana junto a una chiquilla inquieta y vivaz con dos trenzas morenas tan gruesas como el brazo, siempre adornadas con lazos enormes. La pequeña Juana conquistó a Susana, que detestaba sus propios rizos rubios y despeinados desde siempre.
Tardó dos días en atreverse a tocar las trenzas de Juana. Pero cuando la vio decir resuelta que iba a cortárselas, Susana, impresionada, las acarició y susurró:
¿Estás loca? ¡Es precioso!
Desde ahí nació la amistad con Juana, a la que en clase llamaban Juanita la Lista. Era la cuarta de los González, una familia numerosa de un caserón a las afueras de Valladolid, caótico pero cálido, repleto de parientes, niños y mayores. Susana se perdió intentando aclarar la genealogía de Juana. Lo único fijo era que allí siempre había sitio a la mesa, que la madre, Rosario, insistía en llenarle el plato a quien entrase en casa. Los hermanos y hermanas formaban una banda solidaria y alegre; el mayor ayudaba con los deberes; la mayor le enseñaba a hacer empanadas y flanes; hasta las niñas pequeñas sabían amasar pan y hornear rosquillas mejores que en la pastelería, mientras Susana apenas podía acercarse a la cocina si no era para fregar. Su madre repetía: Ya tendrás tiempo.
Poco a poco, Susana aprendió que la familia y los amigos podían ser una bendición. Durante años, las fiestas en casa de los González le resultaban exuberantes, siempre con regalos, dulces o detalles para todos, no importa la excusa. Hasta para el santo de una tía abuela.
¿Por qué? ¡Si hoy no es tu cumpleaños! preguntaba Susana sin entenderlo, y Juana, sin sorprenderse, respondía:
¿Y qué? ¿Hace falta motivo para hacerle un detalle a quien uno quiere? ¡Espera a Navidad! Y las dos reían.
A Carmen no le caía bien Juana, y si hubiera visto aquella casa caótica, le habría prohibido poner un pie allí. Pero, por suerte, Carmen trabajaba mucho y a Susana le bastaba con pasar corriendo por casa, zamparse el potaje en la cocina y, sin dejar tiempo a preguntas, escapar a donde era bienvenida y esperada. Allí, Susana sentía una paz extraña. Por fin tenía un refugio.
Cuando murió el padre de Susana, fue la familia González la que se movilizó. Los hermanos mayores de Juana aparecieron con un sobre de euros, se encargaron de las gestiones necesarias y apoyaron a Susana y Carmen, que casi ni salió de la habitación. Además, Juana se pasaba horas consolando (o llorando con) Susana mientras amasaban rosquillas hasta llenar la despensa y la de la vecina.
Después, Carmen pareció vivir al margen de todo. Hasta que, al cabo de unos meses, reapareció en su vida un hombre, Patricio. Y a partir de ahí, la relación con la madre fue distanciándose a pasos agigantados. Ni siquiera el nacimiento de Manolo consiguió acercarlas.
Juana, por su parte, pronto fue comprometida por sus padres con un joven de buena familia. Cuando Susana se enteró, casi no pudo articular palabra.
¿Pero estás loca? ¿Casarte tan joven? ¿Y la carrera, Juani? ¡Soñabas con ser médica!
Seguiré estudiando. Papá ya lo ha arreglado todo con mi futuro marido contestó Juana. Cuando Susana la increpó por casarse con alguien que apenas conoces, Juana respondió con naturalidad:
Así es como lo hacemos nosotros. Los padres escogen, pensando siempre en lo mejor. ¿Qué van a desear sino mi felicidad?
En el fondo, Susana no podía entenderlo pero envidiaba esa fe en la protección familiar.
El nuevo marido de Carmen, Patricio, no tardó en empezar a mirarla de otra forma. Al principio Susana no quería contárselo ni a Juana, pero algún día tuvo que soltarlo. Tenía miedo de volver a casa, se refugiaba en el hospital, donde empezó a trabajar antes incluso de terminar la carrera de enfermería. Cada vez dormía menos, agotada tras interminables noches arrullando al pequeño Manolo mientras Carmen se desentendía de todo para salir con Patricio.
Finalmente, tras un encontronazo brutal, Carmen la echó de casa sin contemplaciones. El detonante fue una vecina que, al ver a Susana, comentó: Qué guapa está tu hija, Carmen. Ya debe tener pretendientes, ¿no? Tan aplicada, siempre de acá para allá. Hay que dejarla hacer su vida. Algo ardió en Carmen esa vez. Y ahora Susana llenaba una bolsa entre lágrimas, preguntándose dónde le iba a acoger la noche madrileña.
Pensó en llamar a Juana, pero su amiga estaba embarazada, estudiando y lejos. Tampoco quería preocuparla.
Salió. La noche había caído. Se abrigó como pudo. Octubre venía frío. Caminó hasta la parada del autobús, puso la bolsa en el banco y se hundió las manos en los bolsillos, sintiéndose desprotegida, sola entre extraños y una perra mestiza que husmeaba cerca.
Cuando vio detenerse el coche junto a la acera, dio un paso atrás, asustada.
¿Susana?
¡Álvaro! exclamó sofocada, al reconocer al hermano mayor de Juana, el que antes le ayudaba con álgebra.
¿Pero qué haces aquí a estas horas, con todo eso?
Susana, arrastrada por la comprensión en la mirada de Álvaro, le contó al fin todo: lo de Patricio, las tensiones, la bronca, que su madre la había echado. Él la invitó a subir al coche, tranquilamente.
Condujeron en silencio bajo el manto de la ciudad. Susana se dejó envolver por el calor del coche, sintiendo por fin cierta paz.
De pronto, advirtió que tomaban otra dirección.
¿No vamos al hospital?
¿Planeas dormir allí todas las noches? Yo te llevo a un sitio mejor.
El coche entró en una urbanización tranquila del barrio de Salamanca. Un portón forjado se abrió ante ellos. Álvaro la condujo hasta un portal, y subieron al tercer piso.
Abrió una señora impresionante, grandota, sobre todo por el vestido holgado y la vo z grave. Era Rosario, la abuela de Juana y de Álvaro.
¡Hombre, Álvarito! ¿Y no podías avisar antes? Ah, esta niña la conozco. ¡La amiga de mi Juana! Anda, bonita, no te quedes en la puerta. Aquí no eres forastera. Entra, hija.
Rosario era todo hospitalidad. Sin tiempo a reaccionar, Susana estaba sentada en una cocina luminosa con una taza de café bien amargo entre las manos, escuchando mientras Rosario le contaba retazos de su vida:
Llámame Chelo dijo. Yo también fui una chica sola, criada por mis padres en un pueblo segoviano. Lo perdí todo, querida, aquello era mi sitio, mi familia. Te contaré una cosa: no hay dolor más hondo que no tener dónde volver. Porque todos hemos sentido alguna vez que ya no tenemos sitio.
Y Chelo le hablaba de adultez, de coraje, de cómo había tenido que sacar adelante a sus hermanos cuando lo perdió todo, de las muchas manos que en el camino la ayudaron. Y cómo hay que, cuando te ayuden, devolver esa fuerza a quien la necesita. Ahora mi fuerza te toca a ti”, sentenció, y Susana sintió, poco a poco, que bajo ese techo quizá podría descansar, aunque fuese tan sólo un rato.
Y la promesa de Chelo se cumplió. En dos años, Susana no sólo aprendió a manejar una casa cocinar paellas mejores que Juana, coser, cuidar, hacer frente a todo tipo de males cotidianos sino a ser fuerte en el silencio. Juana, de visita con su bebé, no dejaba de elogiar sus guisos y la bromeaba, Te ha moldeado Chelo.
Todavía no he terminado, replicaba la abuela, y Susana, mirando al suelo, comprendía lo mucho que debía a ese encuentro fortuito.
No era el único reto. A los pocos años, Carmen enfermó gravemente. Susana, ya enfermera en el hospital, la cuidó en lo posible, luchando contra el rencor, pensando sobre todo en cómo, tras la muerte de su madre, podría hacerse cargo de su hermano. Manolo, muy pequeño, acabaría en un centro de acogida mientras Susana no lograra un hogar para ambos: la madre la había desheredado y sacado del padrón de la vivienda. Por mucho que trabajara y a pesar de algún turno extra, no llegaba para alquilar.
En esos meses, Juana la animaba sin descanso: Vuelve con tu madre, arréglalo, aunque no quieras. Luego ya no podrás, créeme. Me dejó, Juana, se olvidó de nosotros, ¿qué culpa tengo yo ahora?. Piénsalo por Manolo, insistía la amiga.
Y Susana se armó de valor. Volvió al hospital, buscó a Carmen, y en las últimas semanas se quedó con ella, pidió perdón por el pasado y procuró dejar a un lado el dolor. Solo así logró traer a Manolo consigo cuando Carmen falleció, tranquila, de su dolor, habiéndose reconciliado al fin.
Susana nunca olvidó la última imagen de su madre, ni tampoco aquella escena lejana de cuando era niña y Carmen la alimentaba con cerezas relucientes, dulces como besosuna memoria tan luminosa que el resentimiento perdió fuerza. Al final, lo único que pudo decir, era lo que de verdad contaba:
Te perdono, mamá
Y comprendió, como le había dicho Chelo, que la ofensa había que soltarla, airearla del pecho, porque sólo así podría abrir las manos a algo nuevo. No era justo ni fácil, pero sí necesario.
Una tarde, cuando al fin pudo recoger a Manolo en el centro de menores, el niño la miró muy serio, preguntando:
¿Puedo quedarme contigo para siempre?
Sí, cielo. Ahora sí estamos en casa. Este es nuestro lugar.
Y entonces, mientras Manolo la abrazaba con todas sus fuerzas, Susana supo que finalmente, sí, todo estaba en su sitio.






