Calcetines

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¡Ay, mi bomboncito! ¡Eres lo más lindo del mundo! ¡Por Dios, por qué los niños pequeños son tan deliciosos, eh? exclamaba Carmen Rodríguez mientras achuchaba orgullosa a su nieto frente a la cámara cual actriz que estrena nieto en el vecindario.

El medio año de Pablito se celebró por todo lo alto. Animadores, globos, un pastel enorme digno de la pastelería de la plaza mayor… Los abuelos tiraron la casa por la ventana. Sofía, la madre, no estaba muy convencida con tanto despliegue. A ver, claro que le hacía ilusión que sus padres quisieran sorprenderla a ella y al niño, pero como siempre, se cansaba rápido del ruido y las multitudes. Debe de ser hereditario, porque Pablito, al poco de empezar la fiesta, rompió a llorar con auténtico desgarro. Sofía lo cogió en brazos, se lo llevó a casa y, tras asegurar bien las ventanas, se hundió en el sillón, donde, al cabo de nada, el niño ya dormía.

Menudo trajín para mi alegría. Es que aún eres pequeño para fiestas de este calibre.

Carmen subió a la habitación de los peques, de paso recogió su regalo de la mesita del recibidor.

¿Está ya dormido?

Reventado. Mamá, te lo dije, ¡esto es demasiado jaleo para él!

¡Bah! Que se vaya acostumbrando. ¡Hija, podemos permitirnos celebrar a nuestro nieto como se merece! ¡Cuánto le hemos esperado! Mira lo que le he comprado, ¡una monada!

El ruido del papel de regalo despertó al niño, que empezó a menearse inquieto.

Mamá, ¿puedes esperar un poco, porfa? Sofía se levantó y se puso a caminar por la habitación, acunando al crío.

¡Venga ya! Yo, aquí, pensándolo todo con cariño y a ti ni te interesa… Carmen dejó la caja con fastidio sobre la mesita.

¡No digas eso, mamá! Seguro que el regalo es precioso. ¿Me puedes traer algo de beber? ¡Muero de sed!

Pues deja ahí al niño y baja tú.

Que se despierta.

Pues que se despierte, tampoco pasa nada. ¡Seguimos con la fiesta!

Mamá, si se despierta ahora, se va a poner a llorar y a gritar como un poseso, ¿te parece el planazo del día?

Sofía, a los niños hay que educarlos desde la cuna. Eso de que se pone a gritar ¡Un niño bien educado no grita!

Sofía contuvo un respingo, pero siguió a lo suyo, bailando un vals improvisado por la habitación. Movimientos suaves, armoniosos, alguna vez ella debió de aprender ese baile durante toda la vida. Los niños bien educados sólo hacen lo que agrada a los mayores. Las niñas bien tienen que ser perfectísimas. Espalda recta, barbilla arriba, ¡primera posición! Y ni rechistar.

Me voy con los invitados, y tú baja cuando le acuestes. Una anfitriona ausente es, francamente, poco elegante.

Mamá, hazme el favor y sustitúyeme, ¿sí?

Carmen se marchó y Sofía volvió al sillón, apretando al niño contra el pecho. Lo que había tenido que pasar para que este peque llegara al mundo

Sofía nació en una familia de bien. El abuelo catedrático, la abuela, cirujana de renombre en un hospital madrileño. El padre siguió la saga y se hizo médico también. Lo nunca entendido es cómo aquel hombre tan listo acabó convertido en plastilina a merced de Carmen. Que de ciencia, la señora, cero. Apenas terminó la universidad, guardó el título en un cajón y se lanzó a la caza del marido. O, mejor dicho, la abuela Doña Mercedes se encargó de buscarle marido a la hija. Lo bordó: presentación oficial en el aniversario de los padres de Carmen, flechazo y boda a lo grande. Luego piso nueva regalada, y llegada de Sofía dos años después. Y desde entonces, Sofía fue posesión exclusiva de la abuela Mercedes. Mandó en la niñera, elegía actividades (siempre adecuadas para señoritas): dos idiomas, ballet y profesora particular de piano.

¡En una niña todo debe ser perfecto!

Los fines de semana, Sofía los pasaba entre museos y teatros, siempre de la mano (o del látigo) de la abuela. Los padres, poco se veía. El padre, trabajando a todas horas, y la madre, sólo aparecía para un par de besos antes de largarse a una cena del Rotary. El esfuerzo de la abuela dio frutos: primero la escuela de danza, luego una plaza en un teatro famoso. Todo de película. Hasta que Sofía conoció a su futuro marido.

A Luis, en la familia, no le gustó a nadie. Bueno, excepto al padre.

¡Por favor! ¡Un disparate absoluto! exclamaba la abuela Mercedes, muy melodramáticamente. Hija, piénsatelo, ¿qué haces con ese chico? Si ni sabe hablar

Con usted delante, abuela, es que cualquiera se queda sin palabras contestó Sofía, sentada en el sillón con las piernas encogidas, cosa que en otras circunstancias hubiera sido motivo para un discurso.

¿Pero qué me estás queriendo decir?

Abuela, que encontrar a alguien capaz de estar a su nivel es, rara vez, posible.

Y encima, Sofía, ¿dices que le quieres? Ya sabemos que el arte se alimenta del amor, ¿pero y tú cómo vas a vivir con él?

Mucho tiempo. Y, con suerte, feliz.

Sofía defendió lo suyo con uñas y dientes, a pesar de los reproches y las súplicas. Mirando a Luis a los ojos, le dijo sí firme y se acabó la discusión. Para Luis, Sofía era una especie de diosa en zapatillas que se le había aparecido y de la que no quería separarse. Dulce, delicada, fuerte e insegura a la vez. Y a él, lo único que se le ocurría prometer la primera noche fue:

No tengo mucho que ofrecer, pero haré lo imposible para que seas feliz. Lo que tengo claro es que te quiero.

A Sofía, con eso le bastó y le sobró. Por fin, alguien la aceptaba tal cual era, sin exigirle ser adecuada. Nada de expectativas imposibles.

Pero el camino no fue fácil. Luis carecía de padrinos, herencias y contactos. Su padre falleció cuando él era niño y su madre, Julia, fue maestra toda su vida, luego subdirectora en el colegio. Los hijos la adoraban y Luis también. Julia siempre encontró la palabra justa. Le ayudó a entrar en la Complutense, él se graduó con nota, montó su empresa y tras mucho curro, triunfó. Hasta la abuela Mercedes, que tardó en dar su brazo a torcer, acabó reconociendo su valía, y la tregua se consolidó con el nacimiento del bisnieto.

Sofía quería un hijo con desesperación. Sí, eso de que genios no paren hijos, pero a ella eso se la traía al pairo. Quería ser feliz a la española, vamos. La naturaleza tenía otras ideas Años de pruebas, dos operaciones y nada. Sofía lloraba por las noches, escondía las lágrimas de su marido y se planteaba si Luis no merecería ser padre. Al contarle que estaba dispuesta a darle la libertad, él se rio. Se rio tan sinceramente, que no le quedó más remedio que perdonarle.

¿Pero qué tontería es esa, Sofía? ¿O crees que te querría menos sin hijos? Tú eres mi vida entera. ¡Eso tendrías que entenderlo ya, por Dios!

Sofía lloró de rabia y alivio mientras le abrazaba.

Saber que nunca sería madre era fácil; aceptarlo, mucho más duro. Ni las amigas ni la madre ayudaban con sus comentarios (todas mis amigas ya son abuelas, ¿me vas a dejar la última del bingo, Carmen?), ni las invitaciones a cumpleaños infantiles Pasó el tiempo y el dolor se fue aplacando. Abrió su academia de ballet.

O hago algo útil o me vuelvo loca.

Luis no lo entendía muy bien, pero ahí apareció la suegra: Julia.

Luis, ¿te das cuenta de lo que está pasando? Dale todo tu apoyo, aunque montase un club de taichí para gatos. Déjala intentarlo.

Dicho y hecho: alquiló el local, montaron la sala, y Sofía revivió.

Tanto, que ni se dio cuenta de los primeros síntomas. Julia se olió el asunto antes que nadie.

Te pregunto y si no quieres me callo, ¿vale? ¿Estás esperando un hijo?

Sofía por poco le lanza la taza de café. ¡Qué manía con el tema, por favor! pensó. Pero en eso empieza el mareo y, de repente, casi se desmaya. Julia le pide agua, le da una cajita

Mejor lo comprobamos, hija, antes de seguir con la novela dijo.

Los camareros alucinaron ese día con ambas mujeres bailando y riendo entre lágrimas abrazadas. En el local todo el mundo sonreía al verlas.

Pablito nació más sano que una pera aunque sí que le costó a los médicos medio máster de neonatología.

¿Fuiste bailarina, no? le preguntó la pediatra a Sofía.

Eso era…

Pues menudo chiquillo te ha salido.

¿Sorprendida?

Un poco. Suele haber más líos, pero este chico es de matrícula. ¡Bien hecho, Sofía!

Desde entonces, despertó con la sensación de una felicidad tan desbordante que le empezaba a asustar.

No temblorices, mujer. Divide la felicidad, que ya somos dos le decía Luis, mirando embobado al bebé vestido con lazos y encajes del bautizo, elección de, por supuesto, Carmen.

La salida del hospital fue apoteósica. Luis se opuso, pero Carmen ganó la batalla. Fotógrafos, clamores, familias y un festín en casa nada más llegar.

Sofía, dolorida, sólo soñaba con una ducha y tranquilidad.

Mamá, ¿para qué todo esto?

¡Hay que hacer las cosas bien! ¡Es una fiesta! ¡Que me hayas hecho abuela ya es para tirar cohetes! ¡Que soy joven, pero abuela!

Sofía asumió que protestar era inútil. Al llegar a casa, aún más invitados esperaban.

Hija, ¡si son los de confianza!

Sofía intercambió miradas con Julia, que capitalizó la situación:

¿Os importa si rapto diez minutos a la mamá y su retoño? Necesitamos confidencias.

Arriba, entre sábanas, Julia organizó todo: duchita, comida, sofá y, de paso, ayudó con el bebé.

Relájate, que abajo no te van a echar de menos. Ya has cumplido el rito del saludo con creces.

Sofía aflojó el aire y, sin saber cómo, solo quería dormir. Mirando de reojo a Julia que se movía sigilosa por la habitación, pensó que igual echaba raíces ahí mismo.

¿Te duermes? dijo Julia, tapándola con una manta a cuadros de toda la vida. Pues duerme, que yo vigilo al peque.

A Pablito Sofía ya se quedaba frita y ni llegó a ver la sonrisa tibia de su suegra.

Carmen, que subió poco después, se escandalizó.

¿Pero esto qué es?

Se llama ser madre primeriza y estar molida. Como la molas, necesita paz o el crío se quedará sin leche.

¡Pues yo a Sofía ni 48 horas la di el pecho y saliste estupenda! fanfarroneó Carmen, rumbo a la habitación, pero Julia la paró en seco.

¿Y si celebramos nuestro carnet de abuelas en privado? Tanto que la esperábamos Tú, ¿prefieres que nos llame abuela o mejor Carmen?

Luis, cerrando la puerta, respiró. Su relación con la suegra siempre fue de diplomacia extrema. Carmen disfrutaba de todos los beneficios pero su opinión sobre el yerno, ignorada olímpicamente. El suegro, en cambio, apreció su faceta profesional y sobre la matriarca prefería no opinar.

Cambiarla es inútil; peor sería tener un volcán en casa.

Después de hora y media, a Sofía la despertó el jaleo de abajo y el crío pidiendo comida. Entre biberón y baño, se zampó un cocido madrileño inventado por Julia mientras ésta le enseñaba a cuidar a un bebé.

En el hospital explican algo, pero, vamos, es como enseñar a conducir con un Scalextric. ¡Me da un miedo horrible!

¡Come y déjate de miedos! Mira, los niños son mucho más duros de lo que creemos, y tú eres la que mejor sabe qué necesita el tuyo. Nadie lo sabrá nunca mejor que tú. Acostúmbrate a fiarte de tu instinto.

El tiempo le dio la razón. Sofía enseguida cogió el ritmo. No sin agobios, pero el miedo ya no la paralizaba.

Los primeros seis meses volaron. Julia venía dos veces por semana, pero acababa limpiando o cocinando. Al principio a Sofía le pinchaba el orgullo, pero su suegra la convencía:

Hija, esto pasa volando. Disfruta de cada risa y de cada tontería. Yo aún tengo fuelle para barrerle al crío y hacerte una tortilla.

Carmen, en cambio, visitaba con menos frecuencia pero cada vez era un espectáculo.

¡Sofía, mira qué carrito he encontrado! ¡Ni la Casa Real!

Mamá, la nuestra está perfecta…

No, mujer, ¡ni comparación! Prepara al chiquillo que estamos de paseo y testeo.

A la abuela le costó meses llamar a su nieto por el nombre.

¿Pero dónde habéis sacado esto de Pablo? ¡Había mil nombres mejores! Un niño con ese nombre en el cole le van a hacer memes

Mamá, tampoco es tan raro. Es hasta de reyes…

Pues a mí no me gusta. Así de simple. Podíais haberme consultado.

Mamá Lo decidió su madre. ¡Y punto final!

Carmen resoplaba, se llevaba al crío de paseo y se recreaba en los halagos de las vecinas. ¡Qué nieto más mono! ¡Y la madre, qué maravilla!. Y ya le gustaba que la confundieran con la mamá verdadera Hasta que la villa entera captó el asunto y, dolida, Carmen abandonó las exhibiciones. Ahora venía a casa a tomarse el café, besaba al niño y salía con prisa.

¡Seré la abuela-fiesta! decía mientras colocaba un regalo chillón en la estantería de la habitación del niño.

La familia, por fin, halló su equilibrio.

La última fiesta de medio año montada por Carmen casi termina en tragedia.

Sofía, al despertar y ver que el niño también quería juerga, por fin abrió la caja de su madre: una maravillosa sonajera de plata.

¡Mira, Pablito, qué chulo!

El niño agitaba el juguete, mostrando sus primeros dientes con una sonrisa luminosa.

¿Y qué le ha tocado de la otra abuela, Sofía? abriendo una bolsa amontonada junto a la cuna.

Un conjunto blanco tejido a mano era tan mullido y dulce que Sofía no pudo evitar apretarlo contra la cara.

¡Y calcetines! ¡Qué bonitos! ¡Menudo arte tiene tu abuela, chico!

Carmen, entrando en ese momento, exclamó:

¡Pero bueno, qué cosa más mona! ¿De algún diseñador de la tele?

No, lo ha tejido Julia.

Carmen revisó la prenda con cierta cara de poco convencida.

¿Y no podía haber comprado otra cosa mejor? ¡Es el primer aniversario! Esto es de tener poca vista, hija. ¡Para estos casos hay que gastarse un poquito más!

¡Mamá!

¿Qué, mamá? ¿Acaso no tengo razón?

Sofía no sabía dónde meterse, viendo a Julia en la puerta, escuchando el discurso. Julia dejó un vaso de zumo y se marchó discretamente. Cuando Sofía bajó, Julia ya se había ido.

Luis, ¡qué mal rato! Me siento fatal.

Pero si tú no has hecho nada… ¿por qué te culpas?

Porque no he parado a mi madre a tiempo, ¡no está bien!

Tranquila, mamá lo habrá entendido perfectamente.

Sofía quiso reconciliarse, pero Julia siempre pasaba página:

Déjalo estar, hija. No vale la pena mortificarse. No estoy en absoluto ofendida.

Aun así, a Sofía le quedó un sabor amargo. Algo se había roto, y buscaba la manera de arreglarlo.

El susto vino cuando, estando sola con el niño dormido en el piso de arriba, el dolor la dobló. Llamó a Luis móvil apagado, al padre en quirófano, y finalmente a Carmen, quien la despachó rauda que estaba en otra llamada. Sofía, cada vez peor, llamó a emergencias y después a Julia.

¿Sofía? Se oyó al otro lado.

Por favor El salón giraba, sabía que iba a perder el sentido Pablo

Julia nunca había corrido tanto en su vida. En zapatillas y bolsito, salió a la calle y paró un taxi al grito.

¡Pero señora! ¿Quiere que la atropellen?

¡Por favor, mi nuera está malísima! ¡Vuele!

Suba, suba.

Julia se agarró al bolso mientras el taxi corría por las avenidas.

No se preocupe, llevo treinta años de chófer sin un rasguño. Llegamos seguro.

La ambulancia llegó en el mismo minuto que el taxi.

¡Por aquí, por aquí! Julia abrió la puerta como si fuese la jefa de médicos.

Sofía recobró el sentido minutos después.

Nos la llevamos.

¿A dónde? ¿Por qué?

Tranquila, hija. ¡Tengo a Pablo! Luis está ya en camino.

La operación salió perfecta y dos semanas después Sofía pudo volver a casa, pese a la insistencia del padre en que descansara a fondo.

No es poca broma esto, Sofía, ni para medias tintas. Pablito te necesita fuerte.

Nada más llegar, abrazó a su bebé y luego llamó a su madre.

¡Mamá!

¿Cómo estás, hija?

Regulín Necesito que vengas a casa un tiempo. No puedo coger peso y necesito ayuda.

Claro, hija, pero Tengo un viaje. Me voy en dos días, vuelo sin reembolso. Lamentaría perderlo, lo llevo esperando meses…

Sofía suspiró y colgó. Pues tocará apañarse. Dio de comer al niño y se tumbó. ¿Cuándo se pasará el dolor? Los médicos y el padre aseguraron que ya iba siendo hora, pero los puntos no terminaban de callarse.

Despertó oyendo pasos en la habitación.

¡Ay, no quería despertarte! Julia se acercó, el niño en brazos, sonriendo. ¿Tienes hambre? Te he preparado tu sopa favorita. Hay compota y bizcocho recién hecho. En un segundo dejo al bebé con Luis y te traigo todo. Si no te importa, me quedo en casa un par de semanas, hasta que estés al cien por cien.

Sofía rompió a llorar.

Anda, niña, anda ya. Nada de llantos. El médico ha dicho que alegría, sólo alegría, así que concéntrate en eso. Mira lo que vamos a enseñarte.

Julia dejó al peque en el suelo, comprobó que se sostenía y, con una puntilla de ballet, le soltó suavemente las manos. Sofía se secó las lágrimas al ver cómo Pablo daba dos pasos hacia ella y la alcanzaba. Cogió al niño, levantó la vista hacia su suegra y sonrió.

¿Ves? ¿Alegría, sí o sí? rió Julia. Ven, que te traigo la sopa. Tienes que reponerte porque en cuanto este muchacho eche a andar de verdad, vas a necesitar más fuerzas que la selección española.

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