De que Oleg iba a venir, ya lo sabía todo el pueblo desde hacía tiempo. Las chicas se preparaban, se hacían peinados. Pero Ana, huérfana, ¿para qué iba a molestarse con esos trucos de muchacha? Así, tal como era. Y justo así fue como él se enamoró de ella al instante.

En el pequeño pueblo de Valdeolivas todos sabían desde hacía tiempo que Álvaro llegaría. Las chicas lo esperaban con nervios, se preparaban, se hacían peinados elaborados, cada una intentando llamar la atención. Pero Lucía, huérfana desde niña, ¿para qué iba a molestarse con esos artificios? Era como era. Y fue precisamente eso lo que hechizó a Álvaro desde el primer momento.

Pronto la envidia recorrió el pueblo. Lucía había conquistado a ese joven tan codiciado. Cuando Álvaro, aquel estudiante de Madrid, alto, apuesto y de porte distinguido, cruzó por primera vez la plaza, todas suspiraron por él. Además, era educado, estudió en el extranjero, y venía de una familia adinerada, con padres que no escatimaban en pesetas.

El abuelo Matías, antiguo alcalde del pueblo, tenía fama por haber sacado adelante a todos sus hijos hombres de provecho, como decía. Ahora esperaba con ansias la llegada de nietos, presumiendo de los logros de sus descendientes en toda tertulia.

Que Álvaro venía, lo tenía claro hasta el último vecino. Las muchachas se arreglaban con esmero, pero Lucía seguía igual de sencilla, vestida sin pretensiones. Y aun así, fue a ella a quien escogió Álvaro.

Las otras chicas intentaron de mil maneras conseguir la atención de Álvaro, pero todo fue en vano. Tras unas semanas de verano en el pueblo, él se marchó de nuevo a la ciudad y se la llevó consigo. El abuelo Matías, con ojos bondadosos, le dio una última advertencia:

Mira, hijo, esta niña no ha tenido una vida fácil, no le hagas daño.

Álvaro lo prometió.

En Madrid, la vida era muy distinta. Lucía soñaba con que Álvaro siguiera siendo atento y cariñoso. Al principio, sí, durante los preparativos de la boda, compartían la ilusión y las tareas. Pero después de la luna de miel, como si fuera otro hombre: distante, le molestaba casi su presencia. Su suegra, doña Mercedes, apenas le dirigía la palabra, y cada frase era un recordatorio de que Lucía no estaba a la altura de su hijo.

El caldo jamás con el gusto justo, las camisas mal planchadas, el suelo mal fregado. Lucía sufría, pero en aquel piso de la calle Alcalá no había escapatoria. Ni siquiera logró encontrar trabajo, y Álvaro no se lo permitía:

¿Para qué vas a trabajar tú, con esa educación tuya? Bastante hago yo le decía él.

Y ella aguantaba. Cuando quedó embarazada, él se llenó de alegría; parecía que todo mejoraba. La suegra dejó de quejarse y empezó a regañar a su hijo, exigiéndole más cariño hacia su esposa. Pero la desgracia golpeó; Lucía perdió al bebé, y todo volvió a torcerse.

No vales para nada, hija, ni inteligencia ni salud, sólo la cara bonita y ya ves suspiraba la suegra, mientras Álvaro sonreía desde el otro lado de la mesa, como si no escuchara.

El segundo embarazo no trajo felicidad. Ya no había ilusión, sólo impaciencia porque la figura de Lucía cambiaba. La suegra regañaba a su hijo, pero el amor ya no existía. Compartían paredes, no vida: dormían en habitaciones separadas, Álvaro volvió a sus noches fuera, regresaba sólo cuando Lucía dormía.

Lucía lloraba cada noche, sola, sin padres, sin consuelo. Quería que su hija tuviese otra suerte y se esforzaba por mantener su familia, tragando la tristeza.

Cuando llegó el momento de dar a luz, no hubo nadie para acompañarla. Álvaro llevaba una semana sin aparecer. Llamó ella misma a una ambulancia. Tras el parto, ni siquiera avisó a nadie porque ya no sabía a dónde volver.

Pero frente al hospital, la esperaba un coche decorado con globos. Lucía se ilusionó por primera vez en meses. Corrió, pero Álvaro no estaba. Sí estaban la suegra y el abuelo Matías, elegantes, con un ramo.

Gracias, nieta, por este regalo. No hay en el mundo nadie como mi bisnieta el abuelo reía, arrugado pero orgulloso. La suegra, reservada, clavaba los ojos en la pequeña y no podía apartarse de su cuna.

En casa, la mesa estaba puesta y Mercedes había horneado una empanada, de las que más le gustaban a Lucía.

Nunca pensé que Álvaro haría algo así. Un sinvergüenza, eso es lo que es. Deja tirada a una mujer con su hija. No importa, hija, saldremos adelante tú y yo y el abuelo. A él le voy a quitar el piso, que se busque la vida. Aquí ya no cabe, igual y hasta trae otra mujer…

¿Y el nombre para la niña? preguntó el abuelo, ¿y si la llamamos Leonor, como tu madre?

Lucía rompió a llorar por primera vez. La suegra le acarició el pelo:

Tranquila, muchacha, vas a volver a ser feliz. Mira lo bien que te sienta la maternidad. Él nunca lo supo ver.

Me vuelvo al pueblo. Allí viviremos mejor.

Bien dicho apoyó el abuelo, juntos criaremos a la niña.

***

Dos años después de volver a Valdeolivas, Lucía fue pretendida por Tomás, un joven sencillo del pueblo. No era el tipo de hombre en el que Lucía se habría fijado años atrás. Pero ahora sabía que lo más importante era que la quisieran y la cuidasen.

Cásate conmigo, Lucía. ¿Dónde vas a encontrar otro como yo? Soy bueno, y lo sabes desde que éramos niños. ¿Y si Álvaro vuelve?

Lucía lo interrumpió.

No va a volver. Y, además, ya no le quiero.

¡Eso está muy bien! intervino el abuelo. ¡Habrá que preparar la boda!

***

Al banquete acudió doña Mercedes.

¿Y cómo la tratas? le espetó a Tomás con tono severo. Hoy Lucía vino andando del trabajo, la casa no está como es debido, y a la niña la llevas con las medias sin planchar.

¿Y usted quién es? replicó, herido, Tomás.

La suegra.

La exsuegra, corrigió Tomás.

Bueno, ya está bien de discutir rió Lucía. Una suegra nunca deja de ser suegra.

Solo me preocupo se excusó Mercedes. No quiero que me dejéis sin ver a mi nieta.

Puede venir siempre que quiera aseguró Tomás. Pero la familia la organizamos Lucía y yo, sin ayuda de nadie más.

Lucía miró a Tomás con admiración y pensó, orgullosa: Este sí que no permitirá que nadie nos haga daño. Y sonrió por primera vez en mucho tiempo.

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De que Oleg iba a venir, ya lo sabía todo el pueblo desde hacía tiempo. Las chicas se preparaban, se hacían peinados. Pero Ana, huérfana, ¿para qué iba a molestarse con esos trucos de muchacha? Así, tal como era. Y justo así fue como él se enamoró de ella al instante.
La trampa de los celos