El lazo rojo

El lazo rojo

Clara está de pie junto a la vitrocerámica de su diminuta cocina y observa cómo el vapor asciende perezoso desde la cazuela de lentejas. No son las mejores lentejas de la tienda, sino las del supermercado envasadas a euro el paquete, pequeñas, algo terrosas. Remueve con la cuchara de madera, tapa la cazuela y se apoya de espaldas en la vieja nevera Balay, que responde con su zumbido monótono y familiar, como si aprobara silenciosamente cualquiera de sus movimientos.

Tras la ventana discurre la calle de los Artesanos. Bloques de pisos de cinco plantas, plátanos de sombra cuyas motas de polen se cuelan cada primavera por las rendijas, el quiosco de flores en la esquina. Clara lleva doce años viviendo en este barrio de las afueras de Valladolid y la calle ya se le ha pegado, como una callosidad en el talón, como saber que el cuarto peldaño del portal siempre cruje.

Arturo entra en la cocina sin anunciarse, como acostumbra. Es alto, fornido, viste una camisa gris perla que Clara no recuerda haberle visto antes. No es hasta unos segundos después que se fija en el perfume. Es un aroma ligero, floral, un fondo dulzón. No es suyo, ni de desodorante masculino, ni al cuero del asiento de su coche.

¿Qué, mi espartana? Arturo se asoma a la cazuela y pone cara de resignación. ¿Otra vez con pan y agua?

Lentejas responde Clara. Con cebolla.

Pues con cebolla ya es un lujo Le da una palmadita cariñosa en el hombro. Ánimo, queda poco. Ya verás, la Vistalegre no se moverá, aguanta.

Clara asiente. Ha aprendido a asentir de modo que parezca que está de acuerdo, cuando en realidad es puro cansancio. Le vuelve a dar vueltas la cabeza, tercer día seguido, no demasiado fuerte, como si la habitación se inclinase apenas un grado. Sabe que es cosa de la alimentación, pero calla.

¿Has cenado ya? le pregunta.

En la oficina había menú del día. Más que de sobra.

Llena un vaso de agua del grifo, lo toma de un trago, deja el vaso en el fregadero y se va al salón. Clara observa el vaso un instante, apaga el fuego y sirve la cena.

En tres años de apretarse el cinturón ha terminado haciéndose a costumbres nuevas: sustituir el requesón por yogur barato, zurcir ella misma el abrigo que lleva ya cinco temporadas, cortarse el pelo ante el pequeño espejo del baño, sin mirar demasiado, porque a veces queda pasable y a veces no tanto. Apenas recuerda la última vez que pisó una peluquería, probablemente fue en noviembre de hace dos años.

Tres años atrás, Arturo le enseñó fotografías. Una casa adosada en la urbanización Vistalegre, cuarenta minutos en cercanías de la ciudad. De ladrillo visto, con buhardilla y manzanos en el jardín, un pozo viejo, ahora de adorno, contraventanas verdes. Un banco bajo un arbusto de lila.

Mira dijo, dejándole el portátil en el regazo. Esto es lo nuestro.

Y ella miró. Sintió dentro algo cálido, no alegría, pero casi. Una posibilidad. Siempre había vivido en pisos, alquilados, muros ajenos. Y allí, en la pantalla, había manzanos.

Nos tocarán tres años de apretarnos, calculo Arturo era meticuloso. Si ahorramos esto cada mes, y tú puedes recortar un poco los gastos

¿Cuánto cuesta?

Él dijo la cifra. Clara guardó silencio.

Es mucho.

Es una casa, Clara. Nuestro hogar. Huerto, aire, paz. ¿Eso existen barato?

Ella aceptó. No al instante, pero aceptó. Abrieron una cuenta conjunta y Clara ingresaba religiosamente la mitad de su pensión y el extra de los encargos que sacaba. Trabajaba media jornada como contable en una gestoría de barrio. No era mucho, pero servía. Arturo aseguraba poner el triple de su sueldo.

Clara le creía.

Siempre ha sabido confiar; es, quizá, su único don natural. No porque sea ingenua, sino porque vivir así es más sencillo. Cuando no confías, toca comprobar cada cosa, y eso agota.

El primer invierno pasó casi en tono alegre. Comía sencillo, vestía discreto, y todo parecía un juego. Como de niña, cuando no hay para helado y te inventas una alternativa que resulta hasta más emocionante. Descubría recetas de cocina económica, se entusiasmaba si cazaba alguna oferta. Era divertido, casi.

El segundo año se hizo más cuesta arriba. El cuerpo daba señales: debilidad en las piernas, sueño que no se va después de dormir ocho horas. De viaje en autobús, a veces se sorprendía sin saber adónde iba, sólo mirando sin pensar. No fue al médico: no podía pagar la consulta privada, y esperar en la pública la agotaba aún más.

Debería hacerme unas analíticas lo comentó a Arturo.

¿En la privada?

Al menos allí no hay cola.

Clara, ahora cada cien euros cuentan, cada mes. Mejor ve a la de tu centro.

Acudió. Esperó, le dieron cita para análisis. El hierro estaba en el mínimo de la normalidad. No grave, pero nada para celebrar. La doctora le recetó más carne roja, vitaminas.

Compró el multivitamínico más barato. La carne no encajaba en el presupuesto.

Al tercer año, dejó de pesarse. El espejo del baño era suficiente: el rostro más hendido, unos toques amarillos en las ojeras, el pelo opaco. Encontró en Humana, en la calle Labradores, un abrigo azul marino casi sin taras y empezó a llevarlo. La dependienta, una mujer que ya peina bastantes canas, se lo dijo:

Buen abrigo. Éste dura.

Ya lo sé respondió Clara.

Por aquí todas nos conocemos el paño dijo la mujer, y le sonrió con complicidad, sin alegría.

Clara agarró el abrigo, se vio un instante reflejada en el escaparate. Se quedó quieta un segundo, y luego volvió a andar.

Arturo seguía dándole ánimo. Se le daba bien. Sabía hacer que creyeras en el futuro, que sólo había que esperar un poco más para que todo funcionara. Repetía ya queda poco tantas veces que se convirtió en la música de fondo de Clara: la oyes, pero no le prestas atención.

Eres una campeona decía cuando veía que aguantaba la cena sencilla. Una espartana de verdad. Así se sale adelante.

Clara sonreía, pero no era una sonrisa alegre, sino casi de acto reflejo.

A veces llamaba a su hija. Ainhoa vivía en Tarragona, con marido y dos hijos, llamaba poco y rápido, iba siempre de una cosa a la otra. Clara no le contaba penurias. No sabía, ni quería.

¿Cómo estás, mamá?

Bien, seguimos ahorrando para la casa.

¿Aún seguís con eso?

Ya casi, hija. Falta poco.

Sois un par de campeones.

Y la conversación se desviaba a los nietos, al tiempo. Clara colgaba y volvía a la cocina.

Ese otoño, el tercero del ahorro, Clara descubrió que los olores se le habían hecho más intensos. Quizá era el cuerpo, privado de tantas cosas, desarrollando sentidos. Notaba el aroma de los perfumes en la camisa de Arturo desde principios de octubre. Una vez pensó que era su imaginación, o que alguien en el autobús tenía ese perfume.

En noviembre, regresó Arturo más tarde de lo normal, sonriente, rubicundo, alegando una reunión eterna. Cuando fue a colgarle la chaqueta, volvió ese olor: floral, dulce, cálido, sin nombre, pero claramente de mujer, y caro, que no era suyo.

¿Muy cansado?

Sí, tres horas de reunión Insufrible bostezó, se estiró y entró al baño.

Clara colgó el abrigo, se quedó parada. Luego fue a calentar la cena.

Siempre ha sido buena en no pensar en lo que no quiere pensar. Dirigir la mente a otro lado. No por cobardía, sino porque temía el vértigo que trae mirar lo que no queremos ver.

La cuenta conjunta seguía aumentando fielmente. Arturo le mostraba cada mes el extracto. Clara miraba las cifras y sentía aquel temblor de esperanza. Subían, no mucho, pero subían.

¿Ves? Arturo le enseñaba el móvil. Ya casi. Para primavera seguro que damos el primer paso.

¿El primer paso cuál es?

Negociar con los de Vistalegre. Hablar con los dueños, regatear. Ya sabes.

Clara asentía. No tenía ni idea de trámites, esa era su parte. Él hacía papeles, ella ahorraba.

En diciembre empezó a llegar más tarde. Fiestas de empresa, lo justificaba. Diciembre, todos salen a cenar, no se puede huir si no quieres quedar excluido. Clara lo entendía. Siempre entendía.

Una de esas noches, a mediados de mes, volvió casi a la una y tenía el aire relajado, no de alguien que lleva siete horas de sobremesa con colegas, sino de quien ha pasado un buen rato, ojos despejados, voz tranquila, mejillas rosadas pero no de fiesta ni de frío. O como quien ha tenido una buena noche.

¿Te has divertido?

Es lo que hay, Clara. Pero ya verás en Vistalegre, sin cenas ni oficinas.

Un beso en la sien y a la cama. Clara se quedó en la cocina, oyendo el zumbido de la vieja Balay, viendo el manto inerte de nieve disolviéndose tras el cristal.

En enero encontró el recibo.

Como todo lo decisivo, fue por casualidad. Iba a limpiar la americana nueva de Arturo la azul oscura de la Nochevieja, la cogió de la silla del dormitorio y fue a meter la mano en los bolsillos, rutina de siempre.

El papel era blanco, pequeño, casi cuadrado.

Restaurante La Ostrería de Salamanca. Fecha: veintiocho de diciembre. Monto.

Clara se quedó mirando la cifra largo rato, repitiéndola mentalmente. Luego bajó la mirada a la acera. Una mujer pasaba delante con un perro inquieto.

La cantidad era, literalmente, el presupuesto mensual de alimentos de ambos. Todo, el que Clara estiraba en legumbres, pasta barata, infusiones del día en oferta, aceite de girasol en lugar de oliva. El que marcaba con precisión, gramo a gramo.

Guardó el recibo en el mismo bolsillo. Colgó la americana en el armario y volvió a la cocina.

La Balay rugía.

Llenó el vaso, lo bebió, lo dejó, volvió a tenerlo en la mano.

Arturo trabajaba hasta las nueve. Ella sólo necesitaba el ordenador en casa para sus gestiones. Hoy no había faena, estaba sola.

Pensaba en quién iría a la Ostrería en Navidad. Ella nunca la había pisado; sólo visto carteles: manteles blancos, lámparas de araña. Un restaurante así no era barato.

Ese día dijo que iban a ver a Íñigo, amigo suyo de la facultad pensó.

Volvió a casa a las diez, no olía vino, sino aquel deje floral y dulce.

Clara se negó a sacar conclusiones. Se mantuvo a distancia de sus pensamientos. Quizá había ido solo. O una comida de trabajo. Quizá.

Por la noche, mientras él cenaba y manejaba el móvil, le preguntó sin mirar:

¿Es caro La Ostrería de Salamanca?

Él levantó la mirada una décima de segundo.

Ni idea. Nunca he estado.

Ah. Vi un anuncio.

Siguió con el móvil. Clara tomó su té.

Febrero trajo frío y silencio. Clara seguía con el abrigo azul marino del Humana, mantenía las manos calientes con la taza, tiritaba en el bus. Las jaquecas se intensificaban. Volvió al ambulatorio; la doctora no tenía consejos nuevos: Aliméntate mejor, toma vitaminas.

Ya tomo respondió Clara.

¿Cuáles?

Ella las enumeró.

Esas son las de lo más básico. Si puedes…

No puedo, doctora.

No insistieron más.

En febrero, Arturo se mostraba especialmente jovial. Aparecían cinturones nuevos, zapatos que no eran los de siempre, botines marrones de piel pulida que no eran precisamente ganga.

¿Nuevos?

En rebajas. Los viejos estaban para tirar.

¿En rebajas? repitió Clara.

Obvio, no me compro marcas.

Asintió.

En marzo, vio un aviso en el móvil de Arturo. El móvil vibró solo, él estaba en la ducha, Clara hacía como que leía.

Nombre del concesionario: Motor León.

Mensaje: Su León Transit está listo. Lazo rojo como solicitó. Puede pasar a recogerlo.

Clara se quedó quieta.
Era un todoterreno, caro. El lazo rojo era típico de coches regalo. Lo visualizó esa noche, mientras escuchaba el respirar de Arturo. Regale un León Transit con lazo rojo. Tal cual su anuncio.

Pensó en las lentejas, en las vitaminas de euro y medio, en el abrigo de segunda mano, en que hacía dos años no iba a la peluquería. Pensó en la cuenta compartida.

Al día siguiente consultó el saldo. Medio minuto de música de espera, una voz, una cifra. El dinero era la mitad de lo que debería haber.

Dos años de economía, reducido a la mitad.

Sentada frente al mantel de flores, frotaba una mancha de café que ya era indefinible. Sólo una mancha más.

¡Clara! gritó Arturo desde el salón. ¿Pusiste el agua a calentar?

Voy.

Llenó el cazo.

A partir de ese día, no pudo evitar vigilarle. No le gustaba pensarse así, pero el jueves en que aseguró tener cena con clientes, salió a la calle media hora después que él, por pura inercia. Encontró su coche, la Ibiza, no en la oficina ni en el restaurante corporativo, sino frente al centro comercial Vega Plaza.

Entró. Lo vio en la planta alta, frente a la joyería, hablando con una rubia de moño impecable y abrigo camel. Estaban muy próximos, con la confianza de quien conoce bien el cuerpo del otro.

Clara no se acercó. Se quedó tras una columna, simulando mirar el móvil.

Arturo dijo algo, la mujer respondió con una risa. Luego el dependiente enseñó algo sobre un paño terciopelo; un colgante, quizá una pulsera. Arturo pagó con tarjeta, sin titubeos. Salieron juntos.

Clara permaneció quieta.

El centro estaba lleno de gente, olor a comida rápida, la radio sonando, niños correteando. Esperó un poco, luego salió.

En la calle ocupó un banco y contempló los coches, los charcos, el humo del tráfico. No lloraba; sentía un peso compacto, insondable, como tierra húmeda bajo la nieve. Ni pena siquiera, sólo una certeza, sorda y densa.

Días siguientes simuló normalidad. Hacía la cena, mantenía la casa. Arturo no detectaba nada. O fingía.

Un jueves le siguió hasta un pequeño parque donde encontró a la mujer del abrigo camel. Charlaron, rieron, caminaban juntos. Se detuvieron, él sacó un pequeño paquete, ella lo abrió, se abrazaron y se besaron.

Clara los observó, miró sus propias manos enfundadas en guantes desgastados, piel rojiza por el frío.

Volvió a casa andando, miró el asfalto bajo la lluvia, los faroles encendiéndose, sin prisa.

Al llegar, sacó la vieja maleta del altillo, la llenó sólo con sus cosas, lo esencial: ropa, documentos, la cartilla, la pensión, los ahorros que había ido escondiendo de poco en poco. El abrigo azul del Humana colgado e impecable, pero escogió el chaquetón burdeos, más suyo, aunque antiguo.

Cogió papel y boli.

«Gracias por el recibo de la Ostrería y el lazo rojo. Espero que estuviera a tu gusto».

Nada más. Lo dejó sobre la mesa, junto a la mancha de café.

Cerró la puerta, el zumbido de la Balay era igual de impasible.

Bueno dijo Clara apenas audible. Hasta luego.

Dejó la llave bajo el felpudo. No por pacto, por despejar.

La calle de los Artesanos seguía su curso. Gente con bolsas, una señora paseando perro, el quiosco de flores encendido.

Clara no dudó al caminar. Sabía su destino.

A dos manzanas está el supermercado Delicias Selectas. Cada semana lo pasaba de largo; era caro, bonito, con escaparates luminosos y fruta reluciente. Lugar de gente que compra por placer, no por precio.

Entró.

Enseguida notó el olor a pan recién hecho y café, la música suave, la luz cálida.

Tomó un cesto, paseó por el pasillo.

Se detuvo en la pescadería: rodajas de bonito, atún rojo, pescados brillantes sobre hielo. Se decidió por un lomo de atún.

Buscó las ostras. Seis piezas en bandeja. Cogió una.

En la zona de quesos, eligió uno azul, en corteza cerúlea. Pan integral de semillas, costra crujiente, nada de barras baratas.

Del estante de cafés escogió uno recién tostado, paquete azul oscuro, etíope, aroma a arándanos y chocolate, prometía.

En la caja depositó cuidadosamente la compra y pagó con su tarjeta asociada a la cartilla.

Con la bolsa se fue hacia un hotel modesto en el centro.

En la habitación, abrió la compra, la dispuso en la mesita, pidió en recepción un cuchillo para ostras. Se lo trajeron.

¿Sabe usarlos? preguntó la recepcionista.

Sí, gracias.

Con torpeza pero firme, abrió cada ostra, degustó la sal del mar, mordió el atún, pan, queso. Preparó el café en la jarrita eléctrica de la habitación.

Comió despacio, sintiendo el sabor verdadero, no de supervivencia, sino de disfrute, recordando sus años jóvenes, cuando una ostra era una celebración y el queso azul, un capricho.

No pensó en Arturo, ni en la casa prometida, ni en el futuro. Solo en sí misma, recuperada, presente. Sentía que volvía a ser ella y no solo una resistente, no sólo una que soporta. Devolvía importancia a elegir lo sencillo, lo propio.

Apuró el café etíope, escuchó la ciudad amortiguada tras los cristales.

Hola murmuró, más a sí misma. Buenos días.

Y volvió a llenar la taza.

No sabía dónde dormiría la semana siguiente, ni si hablaría con Arturo again, ni cómo encontraría ese hogar con manzanos y lilos, verdadero, suyo. Si llamaría a su hija hoy o lo dejaría para mañana. Si dolería más al despertar.

No sabía nada de eso.

Pero esta noche, suya, era suficiente.

**

Se despertó antes del despertador, contemplando el techo blanco, con una mancha cerca del rodapié. Desconocida, pero no pesada. Se levantó, se lavó la cara, se peinó. El rostro, aún marcado y ojeroso, parecía otro.

Abandonó la contemplación, se puso el chaquetón, tomó la maleta. Pensó en llamar a Teresa. Antes, llamó a su hija: “Estoy bien, me quedo unos días fuera, hablamos mañana”. No dio explicaciones.

Bajó al hostal y pidió un desayuno: tortilla, tostadas, café. De verdad. Lo sostuvo en las manos como lo imprescindible.

En la mesa de al lado, una anciana leía un libro, ensimismada, bebiendo de su taza. Clara pensó que las mujeres que leen solas no están solas, sino ocupadas en sí mismas.

Desayunó despacio.

Mensaje a Teresa: “¿Puedo ir hoy? Te cuento todo”.

Por supuesto, te espero con té, respondió ella.

Clara colgó, terminó el café, salió.

El aire de marzo empezaba a cambiar, no era completamente primavera, ni quedaba ya invierno. En la acera vio una urraca que la miraba, sabia y distante.

¿Y tú qué opinas? susurró Clara.

El ave saltó a otra rama, a sus asuntos.

Clara sonrió discretamente.

Subió al autobús, buscó una ventanilla. Al mirar al exterior, pensó en cuánto tiempo llevaba sin ver la ciudad, absorbida en cuenta, cifras, planes, ahora ajenos. Pero el mundo seguía.

Se detuvo el bus en un semáforo. En el coche vecino, una mujer de unos cincuenta cantaba, despreocupada.

Clara observó, reconcilió silencios, y cuando el bus reanudó la marcha, recostada, admitió que el teléfono podía no sonar y que Arturo ahora era asunto suyo y sólo suyo.

Tenía lo suyo.

Iba a casa de Teresa, donde habría té y charla larga. Luego vendría otro día, y más sin certezas. No habría felicidad servida. Vendría la incomodidad, el miedo, el cansancio, las preguntas sin respuesta.

Pero también lo otro.

El café que huele a arándanos.

La ostra salina.

El espejo que puede mirar sin extrañeza.

No es mucho, pero tampoco nada.

Y quizás, pensó, los manzanos existen de verdad. Igual que los lilas y las casas con banco y porche. No es algo que te den; es lo que tú misma logras encontrar, cuando vuelves.

Quizá, aún no.

Por ahora, es solo esto: autobús, ventana, marzo que no es aún primavera. El principio de algo.

Y eso, para Clara, basta.

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El lazo rojo
Vete y no regreses nunca: —Vete, ¿me oyes? —susurraba Miguel, llorando—. ¡Vete y no vuelvas jamás! Nunca. Con las manos temblorosas, el chico soltó la pesada cadena de hierro, arrastró a Berta hacia la verja, abrió de par en par la cancela y trató de empujarla a la carretera. Pero ella no entendía nada. ¿De verdad la estaban echando? ¿Por qué? Si no había hecho nada malo… —Vete, te lo ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra—. No puedes quedarte aquí. En cualquier momento volverá él y… Justo en ese instante, la puerta de la casa se abrió de golpe y, tambaleándose y con un hacha en la mano, salió al porche un Vasili borracho. ***** Si la gente pudiera imaginar aunque fuera por un momento lo dura que puede ser la vida de los perros que, sin culpa ninguna, acaban en la calle, seguro que cambiarían su actitud hacia ellos. Al menos, los mirarían con compasión y ternura, no con indignación y desprecio, como tantas veces ocurre. Pero, ¿cómo van a saber las personas qué pruebas deben superar nuestros amigos de cuatro patas y por qué caminos les lleva la vida? ¿Cómo podrían saberlo?… Los perros no pueden contarnos nada. Ni siquiera pueden quejarse de su destino. Todo su dolor lo guardan para sí mismos. Pero yo, quizá, os cuente una historia. Una historia de amor, traición y lealtad… Y la mía empieza con Berta, a quien nadie quiso ni desde pequeña. Qué tenía ella de malo para su primer dueño, es un misterio. Algo tendría. ¿Quizá nacer? Su amo no encontró nada mejor que subir a la cachorra, con solo dos meses, al coche y llevarla hasta la aldea más cercana… para dejarla en la cuneta. Sí, simplemente dejarla. Ni siquiera se dignó a dejarla en el mismo pueblo, donde alguien podría haberla recogido. En vez de eso, la abandonó al lado de la carretera y se marchó tranquilo a casa. Por esa carretera pasaban coches a gran velocidad, autobuses, camiones, todo tipo de vehículos. Un paso en falso, y la pequeña podría haber acabado bajo las ruedas. Quizá eso era lo que esperaba su dueño. Y aun si no era atropellada, sin agua ni comida no habría aguantado mucho tiempo. Habría muerto. Era tan pequeña… Pero aquel día tuvo suerte. En ese mismo día, la cría sin nombre se cruzó con Miguel. Y por eso, vivió. Resulta que, ese día, el padre de Miguel le regaló una bicicleta por su cumpleaños. Miguel cumplía catorce, y salió enseguida a “estrenarla”. —No salgas del pueblo —gritó Antonia cuando su hijo montó en su flamante “caballo de hierro” y salió a la calle, pedaleando con emoción—. ¿Me oyes, hijo? —Sí, mamá… —respondió Miguel con alegría—. Todo irá bieeeeen… Pero, al final, Miguel salió del pueblo. Porque allí las calles no se arreglaban desde hacía años —un bache tras otro. No era fácil ni andar, mucho menos ir en bici, y por la noche uno podía romperse una pierna. Desde la aldea hasta la carretera que iba al pueblo, hacía apenas un mes habían asfaltado y Miguel quería sentir el viento al rodar por ella. Además, normalmente había poco tráfico. Es fin de semana— todo el mundo descansando en casa. Así que, justo cuando Miguel casi llegaba a la carretera y pensaba dar la vuelta, vio en la cuneta a una cachorrilla que corría de un lado a otro, como loca. Se lanzaba a los coches y, en el último momento, saltaba para no ser atropellada. Daba miedo verla. “¿Qué le pasa? ¿Qué hace ahí?” pensó Miguel, bajándose de la bici. Dejó la bicicleta en la hierba y se acercó decidido a la pequeña. ***** —¡Mamá, papá, mirad lo que he encontrado! —dijo Miguel, sonriendo al entrar en casa—. La han tirado en el arcén. ¿Podemos quedárnosla? Es buenísima. —¿Miguel, has salido del pueblo? —se indignó Antonia—. ¡Te lo advertí! —Mamá, solo fui hasta la carretera, nada más —bajó la mirada Miguel, avergonzado—. Y, como ves, no fue en vano. Si no la recojo, quizá habría muerto. —¿Y tú? —suspiró Antonia—. ¿No has pensado en ti, hijo? También podrías haber sido atropellado. Los niños solos en la carretera, ni en bicicleta ni a pie. —Mamá, ya no lo haré más, de verdad. ¿Podemos quedárnosla? Juro que la cuidaré. Siempre he querido una perra… Y hoy es mi cumpleaños. —Tu cumpleaños, ya… —negó con la cabeza Antonia—. Bastante poco castigo es que no me escuches. Miguel abrazó a la cachorra, temiendo que sus padres se la quitaran. —Toni, no regañes más al muchacho —intervino el padre, de buen humor—. Son sus catorce. Ya es un hombretón. Recuerda nuestras travesuras a su edad. Además, la perra es buena. No es un saco de huesos, es de raza. Protegerá la casa. Quédesela, hijo, no me opongo. —Si tu padre no se opone, yo tampoco —sonrió Antonia. —¡Yuju! ¡Gracias! ¡Sois los mejores padres del mundo! Miguel estaba del todo feliz. Ese mismo día la llamó Berta. Al principio pensó que era macho, pero pronto se dio cuenta de que era “niña”. Y muy buena niña: amable, cariñosa. Entre Berta y Miguel nació pronto una gran amistad. Y, desde ese momento, se olvidó de la bici nueva y pasó todos sus días con su amiga peluda. Y parecía que nada malo podría pasar, que todo acababa tan bien, ¿verdad? La perra escapó de una muerte segura, Miguel por fin tenía el perro soñado (en secreto, pues creía que su padre nunca aceptaría, era un hombre estricto y poco amigo de perros). Sus padres también estaban felices porque su hijo era feliz. ¿Colorín colorado? Por desgracia, no. Lo malo llegó. Seis meses más tarde. Todo empezó cuando Basilio, el padre de Miguel, perdió su trabajo y, desesperado, se echó a la bebida. Bebía sin control. Todo el dinero ahorrado con Antonia terminó en botellas. Ninguna súplica conseguía parar a Basilio. Al contrario, le irritaba más. Y empezó a irritarle su mujer. Basilio se volvió un hombre distinto. O, más bien, fue el alcohol el que lo volvió así. Brusco, cruel, resentido con todo el mundo… Incluso, de vez en cuando, levantaba la mano contra su esposa. Por cualquier motivo. O hasta sin él. Faltaba comida para picar, el techo tenía goteras, el tabaco y la bebida subían de precio… todo era culpa de Antonia. Era inútil explicarle que el culpable era él. —¿Yo? ¿Yo culpable? —gritaba Basilio a su mujer. Y sí, él tenía toda la culpa. Nadie le obligó a beber. Podía buscar otro trabajo. Quizá no en el pueblo, donde era tractorista, pero en la ciudad. Conductor, cargador: había mil opciones. El hijo pronto tendría que ir a la universidad, y para eso se necesita dinero. Pero Basilio no quería trabajar en la ciudad. Y, tras el cierre de la empresa del pueblo, trabajo decente no había. —¡Toni! ¡Toni, dónde has metido la botella! —gritaba Basilio nada más levantarse, con resaca. Antonia hacía todo lo posible por pararlo, pero nada bueno sacaba de eso. Solo con llevarle la contraria, había discusión. Y, si le escondía la botella, rara vez no había golpes. Basilio se convertía en una bestia. Antonia prohibía a Miguel intervenir, para que a él no le tocara. Su padre tenía la mano muy dura. Mejor no probar suerte. En esos momentos, Miguel se iba con Berta, la acariciaba y miraba hacia la casa donde discutían sus padres. Berta le lamía las mejillas, siempre húmedas y saladas. Le consolaba como podía, y también miraba hacia la casa. Un día le tocó incluso a Miguel. Antonia había ido a comprar, él jugaba en el patio con Berta. Basilio vio la escena, llamó a su hijo, lo agarró fuerte del brazo y le pegó varias bofetadas. Miguel aguantó como pudo, pero terminó gritando de dolor. Intentó soltarse, pero su padre lo tenía como en un torno. Entonces Berta, la tranquila Berta, comenzó a ladrar a Basilio furiosa como nunca, haciendo que el padre dudara un segundo. Eso le dio a Miguel la oportunidad de liberarse. Pero después… …después, tras gritar: “¡Te voy a matar!”, el padre entró tambaleante en la casa. Miguel supo que volvería. Y, seguro, armado. No lo dejaría pasar. —Vete, ¿me oyes? —susurraba Miguel, llorando—. ¡Vete y no vuelvas jamás! Con manos temblorosas soltó la cadena de hierro, llevó a Berta a la verja, abrió la cancela y quiso empujarla a la carretera. Pero ella no entendía nada. —Vete, te lo ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra—. No puedes quedarte aquí. En cualquier momento volverá él y… En ese momento, la puerta de casa se abrió de golpe y en el porche apareció Basilio borracho, blandiendo un hacha. —¡Miguel! —tronó su voz—. ¿Por qué has soltado la perra? ¿Quién te lo ha pedido? —Papá, por favor… —dijo Miguel, retrocediendo instintivamente. En aquel momento tenía tanto miedo, que habría huido con la perra, pero… No podía dejar sola a su madre con aquel monstruo. —¿¡Que no?! —rugió Basilio—. A la perra la doy de comer y beber y me ladra… Ahora me encargaré de ella, y luego ya verás tú… Basilio bajó al patio tambaleándose. —¡Tráela aquí! —¡Vasili, no, por favor…! ¡Es solo una perra! La vas a matar… —gritó Antonia, que acababa de volver de la compra. —Ni “Vasili” ni nada. ¡Esa chucha va a aprender quién manda aquí! Miguel, ¡tráela de una vez! No se podía esperar más. Miguel giró, miró a Berta a los ojos, la besó en el hocico húmedo y, empujándola, gritó: —¡Vete! ¡VETE YA! Perdónanos, Berta. No quería que todo acabara así. —¡Maldito mocoso! —bramó Basilio al darse cuenta de que Miguel quería soltar a la perra. Y Berta, mirándolo una última vez, echó a correr hacia el bosque, el único sitio donde podía esconderse. “¡No regreses nunca, Berta, o te matará!” le gritó Miguel. Lo que pasó luego, Berta ya no lo vio. Solo deseó que a su humano y a Antonia no les pasara nada. ***** Desde entonces han pasado… …no, no un mes, ni un año. Siete años desde entonces. Siete largos años esperando un milagro. Esperanzada y convencida de que algún día se reencontraría con Miguel. Pero la esperanza se iba apagando con cada año, pues hacía tiempo que Miguel y Antonia ya no vivían allí. Regresó a la aldea solo seis meses después de huir al bosque. Pero cuando empujó la verja, y esta se abrió chirriando, solo encontró casa quemada y soledad. Ni Miguel, ni Antonia, ni Basilio (a quien tampoco echaba de menos). Visitó el lugar tres o cuatro veces, pero nunca encontró a nadie. Sin embargo, sentía que a ellos nada malo les había sucedido. Seguramente se habían marchado. ¿Dónde, cuándo? Eso ya no lo sabía. Pero comprendía que no volverían jamás. No les quedaba casa. Ni a ella le quedaba tampoco familia ni hogar… Así vagó durante un año de pueblo en pueblo, sin quedarse en ningún sitio. Hasta que la recogió un anciano. La encontró, casualmente, en la carretera, cerca de la misma aldea de antes. Pura casualidad… —¿Te has perdido? —bromeó el hombre de pelo canoso y larga barba—. ¿Te vienes a vivir conmigo? Y Berta fue. Porque no tenía otra opción. Y el viejo, aunque también le gustaba el vino (como luego descubriría), era muy bueno con ella. Siempre tenía para ella caldo, arroz, huesos. No le faltaba nada. Además, se la llevaba al trabajo. Era guarda de noche. Bueno, también enterrador. En el cementerio. Al principio, rondar entre tumbas le daba miedo, pero se fue acostumbrando. También cogió cariño a don Nicolás Figueroa, que resultó ser buena persona. Aunque muy solo y muy desgraciado. Como ella. Cuando bebía, no se volvía una bestia, al contrario, suspiraba hondo y le contaba sus penas. Que su mujer le abandonó, que su hija ni le reconoce porque él no ha triunfado. Berta se tendía a sus pies, atento el hocico, mirando y escuchando, porque a veces las personas solo quieren que las escuchen. Y, mientras él callaba, ella recordaba días felices: a Antonia, a Miguel. De Basilio prefería no acordarse. Y así fue que, dando vuelta por el cementerio, un día Berta se topó con su tumba. Al principio no lo creyó: años enterrado y el olor seguía allí— ese olor a odio por la vida, a alcohol. —¿Qué te pasa? —preguntó don Nicolás al ver a la perra parada delante de la tumba—. A ver, ¿quién yace aquí? ¡Vaya, Basilio…! Debe de ser el que se asfixió en su propia casa. Berta miró al anciano sorprendida. —Sí, lo conocían en el pueblo. La mujer y el hijo, gracias a Dios, se fueron al pueblo grande, y este se quedó bebiendo hasta que se murió. Una muerte tonta. Aunque decían que maltrataba a la familia. Así que, si es verdad, justo castigo. Pero, en fin… De los muertos, bien o nada. Vamos, déjemoslo descansar. Casi cinco años vivió Berta con el guardián del cementerio. Hasta que él también falleció y Berta volvió a estar sola. ¿Dónde ir? Ya no era una perrita. Nadie querría adoptarla. Así que decidió quedarse en el cementerio. De vez en cuando encontraba algo para comer. Allí… Sí, Berta tomó su decisión. Aunque aquel sitio era para humanos, allí esperaría la muerte. Otro dueño (el viejo no era dueño, sino compañero de desgracia) no quería. Y así, con la primera nevada del año, ocurrió lo que nunca imaginó. Un día, mientras recorría el cementerio, escuchó voces. Rara vez iba gente en fin de semana, y no digamos dos personas: un hombre y una mujer. Estaban junto a la tumba de Basilio. Eso le intrigó, así que se acercó. —Ya te dije, Oksana, que era mala idea visitar a mi padre —decía Miguel—. ¿Para qué? Ni lo quiero conocer después de lo que hizo, y quieres que lo perdone… ¿Por qué? ¿Por mandar a mi madre a la tumba antes de tiempo? —Debes hacerlo, Miguel… Perdonar y dejarlo ir con Dios. Así te librarás de las pesadillas. Yo estoy segura de que en cuanto le perdones, todo mejorará. Al fin y al cabo, por muy tirano y borracho que fuera, era tu padre. Y si se te aparece tanto en sueños, es que no descansa. —¿Y tú cómo lo sabes? —Me lo dijo mi abuela. Perdónalo, y todo será más fácil, para él y para ti. —Bueno… tal vez tienes razón. Miguel miró la tumba, frunció el ceño y, después, más relajado, dijo: —Te perdono, padre. Por mí, por mamá, por Berta… Solo siento que, por tu culpa, mi mejor amiga tuvo que irse de casa. Espero que ella esté bien. Mientras tanto, Berta, sin creérselo, estaba tras Miguel. ¡Era su Miguel! Sí, ahora era un hombre, pero ella lo reconoció al instante. ¿La reconocería él? Miguel, como sintiendo una mirada, se giró de golpe y se quedó helado. —¿Qué sucede, Miguel? —preguntó Oksana, inquieta—. Casi parece que hayas visto un fantasma. —No un fantasma, un perro… —murmuró él. —¿Y? Hay muchos perros en los cementerios. ¿Te ha dado miedo? —Creo… Creo que la conozco… Espera, es… Miguel avanzó unos pasos hacia ella, dudando, pero a cada paso lo veía más claro. Berta meneó la cola. Se acercó también, y, en un instante, corrieron el uno hacia el otro. Oksana no tuvo tiempo de reaccionar: Miguel, de rodillas, abrazaba a su perra, a quien no veía desde hacía siete años, mientras Berta, con sus patas en los hombros, lo llenaba de lametones. Se cumplió el mayor sueño canino de Berta: reencontrarse con su amigo, por fin, tras siete largos años de espera. ***** Miguel, por supuesto, se llevó a Berta con él. Y enseguida se hizo amiga de su humana. Vivieron juntos. Primero tres, luego cuatro (porque un día Berta rescató a un gatito de la calle, y todos estuvieron de acuerdo en adoptarlo), y después cinco. Llegó, por fin, el hijo humano: Nikita. Y, algún tiempo después, Miguel restauró la casa del pueblo, donde toda la familia iba a pasar las vacaciones. Y, pese a todo lo que tuvieron que sufrir Miguel y Berta, al fin, fueron felices.