Bromita
¡Lucía! ¡Lucía! ¡Déjame copiar!
El susurro de Valeria recorrió toda la clase, y Carmen Victoria levantó la cabeza del libro de notas que estaba rellenando.
¡Títova! ¡Pórtate ya! ¡Haz el examen tú sola!
Pero Carmen Victoria, ¡si es muy difícil! replicó Valeria, siempre lista para devolver las palabras.
¿Quién dijo que tenía que ser fácil? Y otra cosa, Valeria, que Lucía tiene otra opción. Así que ni lo intentes.
¿Cómo que otra opción? ¡Si se sienta en primera fila!
Pues sí, justamente por eso. Carmen Victoria sonrió, imitando el tono de Valeria. Le he dado un examen especial.
¡Eso no es justo! Valeria se hundió entre sus apuntes, pero enseguida empezó a buscar otras formas de salvarse.
Nadie en ese momento notó cómo Lucía se aferraba a su pupitre, intentando disimular el temblor de sus manos y sin levantar la vista del cuaderno.
Era de sobra conocido por el profesorado que Lucía era el salvavidas de la clase. ¡Qué cabeza tan privilegiada la suya! Por supuesto, todos se aprovechaban. Y pobre de ella si alguna vez se negaba. Las quejas se multiplicaban sin parar.
Lucía, sin embargo, nunca fue egoísta. Permitía que copiasen, claro, aunque siempre intentaba, siguiendo el consejo de su madre, hacerlo con cuidado para que los profesores no tuviesen motivos de sospecha.
Lucía, cariño, sé que eres muy buena persona. Pero debes cuidar también de tus intereses. Si quieres entrar en la universidad que sueñas, necesitas sacar buenas notas. No merece la pena arriesgar todo por quienes ni se esfuerzan en aprender.
Sabía en el fondo que su madre tenía razón. Pero qué difícil era ser empollona en una clase donde a casi nadie le importaba…
Lucía había llegado a ese colegio en Madrid después de que su madre decidiera mudarse, tras el divorcio de su padre. Las razones eran muchas, y la presencia del hermanito que había nacido en la nueva familia de su padre también pesó en la decisión.
A Lucía nadie le explicó nada. Los adultos resolvían sus asuntos, y ella se quedaba solita en su habitación, alumbrando hojas de papel con el negro de sus lápices, cubriéndolo todo minuciosamente sin dejar un resquicio de luz.
La abuela fue la primera en notar la oscuridad en sus dibujos.
¡Pero bueno! ¡Mirad lo que le habéis hecho a la niña!
La abuela, a pesar de ser la suegra de la madre, se había puesto absolutamente de su lado.
Es que sois iguales, chiquilla. Tu padre también fue siempre un calavera, pero volvía a casa. Y eso lo perdoné porque le quería. Pero no fue fácil. Regalé mi juventud a las lágrimas. Tú, al menos, agradece que tu marido se decantara tan a las claras. Así no tendrás la tentación de volver. Somos muy de perdonar en esta familia
No sé si podría perdonarle, abuela…
Ya, hija, ya… Pero ahora la que está entre la espada y la pared es Lucía. Pensad en la niña.
Es verdad somos nosotros quienes hemos caído, no ella.
Y la madre de Lucía, Romina, hizo lo inimaginable: sentó a su hija, entonces con seis años, y se lo explicó todo.
Mira, Lucía, papá y yo vamos a separarnos. Ya no viviremos juntos.
¿Por qué?
Porque a veces los mayores dejan de entenderse. Pero papá siempre será tu papá. ¡Eso no cambiará! Y tú vivirás conmigo, pero podrás verle los fines de semana… Vamos, cariño, no llores. No voy a irme de tu lado, cielo. Nunca.
No te vayas
Así, por fin, Romina comprendió el miedo que había anidado en el corazón de su hija. Le costó mucho tiempo disipar esa oscura nube, pero lo consiguió, poco a poco. Lucía vio a su padre. No tanto como le habría gustado, pero sí lo suficiente para entender que no la habían dejado a ella, sino a su madre. Y con el tiempo, el trato con su hermano y la nueva mujer de su padre, Irene, acabó siendo cordial. Irene nunca fue mala y quería a los niños, así que todo fluyó.
A pesar de ello, el dolor dejó su huella en Lucía. A menudo pensaba que quizá su padre se había ido porque ella no era como debía ser. Que a lo mejor él, a ella, no quiso educarla… ¿Y si era culpa suya?
Madre y abuela le repetían una y otra vez que la querían, pero aquella duda roía su corazón justo cuando más necesitaba apoyo y seguridad.
Era una duda persistente, una de esas que se esconden para aparecer en los momentos más inoportunos.
Al principio apenas se notaba. Pobrecilla, si hasta le temblaban las rodillas cuando, en primero de primaria, la llamaron para recitar un poema.
Había pasado toda la semana ensayándolo con su madre. Frente al espejo, con entonación. En la guardería le daban los papeles más difíciles porque sabían que no fallaba. Pero aquel día, allí de pie, micrófono en mano, al buscar entre el público la mirada de los suyos, lo olvidó todo y las lágrimas se derramaron.
La jefa de estudios le recogió el micro, la acarició y le susurró:
¿Me lo cuentas después?
Lucía asintió, sin apenas voz.
Por suerte, la profesora Carmen Victoria no se olvidó. Esa tarde le pidió a Lucía, al salir, que le recitara el poema.
Y cómo lo recitó: recta, seria, la manita de su madre apretada. Los adultos aplaudieron.
¡Muy bien hecho! Sabía que lo lograrías.
Pero en la asamblea no me salió
¿Y qué importa cuándo? ¡Lo has hecho, y delante de muchos! ¡Eso es lo valioso! respondió Carmen Victoria, con ese tono cálido y firme que Lucía no olvidaría jamás.
Guardó ese momento en su memoria. Cuando años después, Carmen Victoria pasó a ser su tutora, pensó: Esta es de las personas que cuidan. Que entienden.
Y tenía razón. Carmen Victoria velaba por ella.
Muy sensible tu hija, Romina. Muy buena, y muy lista; pero es frágil. Deberías mirar algún instituto con programa de matemáticas. Aquí no se le puede sacar partido a su talento. En esta escuela, la mayoría está a otro ritmo. Lucía se esfuerza demasiado por pasar desapercibida y eso no le ayuda, le pesa como un abrigo mojado sobre los hombros…
Romina asentía, pero no podía hacer nada de momento. El colegio bueno quedaba al otro extremo de Madrid, y allí nadie podía llevarla. Su padre esperaba otro hijo. La abuela estaba enferma. Romina misma trabajaba en dos empleos para intentar alquilar un piso de más habitaciones.
Lucía, aguanta un poquito. Cuando las cosas mejoren, hablamos del cambio de cole suspiraba, recogiéndola en el sofá, donde refugiadas veían algún programa juntas.
No te preocupes, mamá, puedo esperar…
¿Qué tal en clase?
Pues… bien siempre intentaba sonar positiva, aunque en realidad aquello no era verdad.
¡Pues si no vas bien, no vas nada! bromeaba Romina, creyendo animarla, hasta que con cosquillas conseguía sacarle la verdad a risas.
En clase no la ofendían abiertamente. Pero muchas veces oía por detrás:
¡Otra vez Lucía haciéndose la lista! ¿Has visto lo que soltó en Historia? Así no hay manera de que nos pongan notas decentes
Nadie lo decía a la cara. Hasta que llegó el día.
¡Lucía! ¡Diez minutos! No llego a nada susurró Valeria, impaciente.
Lucía le acercó el borrador disimuladamente, sin que Carmen Victoria viera nada.
Diego, su compañero de pupitre desde primaria, puso para ella su libreta abierta, donde se veían las preguntas del examen de Valeria.
Gracias susurró Lucía, señalando con el dedo el error. Así de bien se entendían. Bastaba un gesto y Diego corregía su hoja.
Siguieron en silencio hasta que sonó la campana.
Y entonces, llegó el desastre.
¿¡Tú eres tonta o qué!? ¡Así, inmóvil! ¡Fin de trimestre, no tengo hecho nada y tú ni me ayudas! Valeria aporreaba el pupitre de Lucía, los nervios a flor de piel.
No tienes razón, Valeria respondió Lucía, firme. Por dentro, hervía.
¿Por qué tenía que deberle siempre algo a alguien?
Su abuela, en su casa del barrio de Latina, tenía una frase para eso. Siempre evitaba los insultos más duros, los cambiaba por su famoso: ¿Qué demonios?
¡Una señorita, Lucía! ¡Ni estibadora ni nada! ¡A comportarse!
Pero, abuela, tú también sueltas tacos
Pero yo ya estoy de saldo, niña. A mi edad, puede que se aguante una palabrota, pero una jovencita nunca. ¡A ti no te pega! Un poquito de misterio, que es lo que les gusta a los chicos No se casa uno con una colega.
¿Y eso?
Porque a los hombres les gusta algo especial en las mujeres, un poquito de encanto; no la vulgaridad de andar gritando improperios. Créeme.
Lucía sabía que tenía razón, por eso aunque le provocaba, nunca saltaba.
¡Val, déjala en paz! Diego cerraba a toda prisa el libro de física en su mochila.
¡Amigos de qué! resoplaba Valeria, golpeando otra vez. Vas de lista, y él también copia.
¡Mentira! gritó Lucía, hasta que perdió los nervios. ¡Diego hace su examen solo, solo le ayudo si veo un fallo! ¡Y a ti también te ayudé! ¿Qué problema tienes?
Agarró su mochila, se apartó de un empujón y salió disparada antes de que las lágrimas ganaran.
Valeria no fue tras ella pero musitó en voz baja, solo para sí:
Ya veremos, Lucía. Ya veremos Qué poca modestia
Pasaron días. Valeria dejó de hablarle. El resto de la clase calló, esperando su jugada.
Valeria tenía imaginación para la venganza. Sabía cómo hacer daño sin mancharse las manos.
Lucía no podía imaginarse lo que planeaba.
Una tarde, tras volver de educación física, Lucía encontró un papel en su mochila:
Lucía, me gustas mucho. Diego.
La letra era indistinguible de la de Diego. Ni se le ocurrió sospechar nada.
¿Cómo iba a saber que días antes, Valeria engañó a las de la clase paralela para conseguir aquella nota, imitando el trazo de Diego?
Ahora te vas a enterar pensó Valeria, cuando metió el papel en la bolsa de Lucía.
Lucía, ¿qué es eso? ¡Chicas, mirad esto! ¡Diego está pilladísimo por Lucía! Valeria bailaba en el vestuario, ondeando la nota.
Valeria, devuélvela.
¡Uy, sí, pobrecita! Mejor aún, ¡vamos a decírselo a Diego!
Mientras, las chicas entretenían a Lucía en la cancha.
Valeria salió al pasillo y aporreó la puerta del vestuario masculino.
A Lucía le faltó el aire.
A nadie más, aparte de su diario y a su madre, había confesado que Diego le gustaba.
¿Es malo, mamá?
¿Por qué iba a serlo?
Soy joven
¡Jamás es demasiado pronto para el amor, Lucía!
¿Eso es amor?
No, cariño, pero es enamoramiento. Es esa emoción previa a querer de verdad. Imagínalo así: estás ante una puerta. La abres un poco y miras dentro. Hay alegría, hay dolor, hay miedo El amor no es fácil, Lucía. Pero no hay nada más hermoso en la vida. Lo buscamos porque quizá tememos estar solos y necesitamos sentirnos de alguien. Pero dar el paso cuesta mucho
¿Entonces es bueno?
Es precioso, si se vive con sensatez. Sólo no sufras por adelantado.
¿Me lo prometes, mamá?
Te lo prometo.
Ahora, tras la broma de Valeria, todo quedaba al descubierto.
Los chicos salieron al pasillo, algunos riendo al ver la escena, con Valeria como maestra de ceremonias, Lucía pálida en un rincón.
¿Qué pasa aquí?
Carmen Victoria apareció de la nada y la clase se calló.
¡Carmencita! ¡Tenemos noticia! Valeria besó la nota teatralmente. ¡Tili-tili, Diego y Lucía, novios!
¿Qué tontería es esa? preguntó con dureza la profesora. ¿Es tuya esa nota, Diego?
El murmullo fue ahogado.
Sí, la escribí yo.
Diego, sin amedrentarse, tomó la nota y se la devolvió a Lucía suavemente.
Las cartas personales, Valeria, no se leen en alto.
¡Mentira! gritó Valeria, viendo frustrarse su ataque.
Pero la humillación no llegó, la burla se ahogó. Lucía siguió erguida, ya sin miedo.
En ese instante algo cambió por dentro. El miedo se esfumó, Lucía sintió una ligereza insólita. Casi, si cerraba los ojos, creía que podía volar del orgullo y la confianza recién estrenados.
Valeria, esa broma no tiene gracia. Carmen Victoria cortó el momento. Venga, recoged. Empieza ya la siguiente clase y Galia quiere corregir los ensayos. Anda, Diego, ve preparado.
La clase se disipó entre murmullos, ya nadie reía de Valeria, y Lucía guardó la nota, doblándola con esmero.
Años después, pegaría ese papel en su diario. Y el día de su boda, se lo entregó a Diego.
Toma, amor.
¿Esto qué es, Lucía?
Nuestro principio.
¿Confías tanto en mí, como para dejarme leerlo todo?
Si tú no lo sabes No hay secretos.
¿Y lo de la puerta?
Yo la crucé, Diego.
Sus ojos relucían, las voces de los invitados se apagaban, sólo ellos en la pista de baile.
Ya no estoy enamorada, Diego
¿Cómo?
Es que te quiero, Diego. Eso lo cambia todo.
Ahora lo entiendo… ¡Bésame!
¡Ay qué dulce, Diego, qué dulce!…






