Rebeldía tardía
¿Eres consciente de lo que estás haciendo? la voz de Amparo sonaba calmada, casi sin matices, y precisamente esa calma resultaba más inquietante que cualquier grito. ¿Eres consciente de lo que esto significa para todos nosotros?
Cayetana estaba de pie junto a la ventana, mirando la calle. Afuera caía una fina lluvia otoñal y los viandantes apresuraban el paso bajo los paraguas, ignorándose unos a otros.
Sé lo que significa para mí respondió por fin.
Para ti Amparo repitió esas palabras como quien las sopesa en la mano. Siempre para ti. ¿Y nosotros?
Sois adultos.
Mamá, tienes sesenta y un años.
Sé cuántos años tengo.
Amparo se dejó caer en el sofá. El sofá era antiguo, todavía de la casa anterior, de la vida anterior. Cayetana lo miró pensando en cuántas veces había querido tirarlo y nunca lo hacía. Por costumbre. Por pena. Por la sensación de que tirar el sofá sería como deshacerse de algo vivo.
¿Has pensado en lo que dirá la gente? preguntó su hija.
No contestó Cayetana. No lo he pensado.
Y era verdad.
***
Todo empezó en marzo, cuando Cayetana Romero de la Torre, antigua profesora de lengua y literatura españolas, ahora jubilada con un pequeño trabajo en el taller infantil de la biblioteca, fue a pasar el fin de semana a casa de su amiga en Ávila.
Su amiga, Tomasa Morales, llevaba allí ocho años. Se mudó tras enviudar, compró una casita en las afueras, puso un huerto y, según decía, por fin empezó a respirar. Cayetana la visitaba una vez al año, normalmente en verano, pero esta vez algo cambió. Algo dentro le susurró: ve ahora. No en verano. Ahora.
Marzo en Ávila era húmedo y silencioso. Quedaban manchas de nieve en las hondonadas y ya la tierra asomaba negra en los lomos. Las torres de las iglesias reflejaban un cielo pálido. Cayetana caminaba por una calle estrecha pensando que hacía mucho que no sentía este silencio. No vacío, sino silencio auténtico. La diferencia la entendió allí mismo.
Tomasa la recibió en botas de casa y una chaqueta de lana.
Por fin dijo. Ya tengo las croquetas listas.
Se sentaron en la cocina, tomaron té, y Tomasa contaba historias sobre sus vecinos, el huerto y que pensaba comprarse una cabra.
¿Una cabra? Cayetana levantó las cejas.
Claro. Así tengo leche y puedo intentar hacer queso. Leí que no es complicado.
Tomasa, no has visto una cabra de cerca en tu vida.
Por eso será más divertido conocerla sonrió Tomasa, rellenando su taza. ¿Y tú qué tal? Estás muy apagada. Perdona, pero es la verdad.
Cayetana miró sus manos, ya marcadas por las venas y el tiempo.
Estoy bien.
Eso no es una respuesta. ¿Ocurre algo?
Nada ocurre. Todo como siempre.
Ese como siempre es precisamente el problema respondió Tomasa. Cuando todo es siempre igual, algo es lo que falla.
Cayetana calló. Afuera la penumbra temprana se teñía de azul y en la esquina de la calle se encendía la primera farola.
Al día siguiente, Tomasa la llevó al mercado. No era un supermercado, sino un mercado de verdad, de los de toda la vida, donde las abuelas vendían repollo fermentado y calcetines de lana. Allí, junto a un puesto de setas secas, Cayetana vio a Ignacio.
No lo reconoció al instante. Hacía unos treinta y cinco años que no se cruzaban y había cambiado mucho. Pero algo en la postura, en cómo metía las manos en los bolsillos, se mantenía intacto. Se detuvo.
Él también.
¿Caye? dijo, dudando.
Nacho.
Eso fue todo lo que dijeron en ese primer minuto. Luego Tomasa se apartó, con mucha discreción, hacia los calcetines, y ellos se quedaron allí, rodeados del olor a setas y a tierra mojada.
¿Vives aquí? preguntó Cayetana.
Desde hace dos años. ¿Y tú?
De visita. He venido a ver a una amiga.
Ya veo.
Otro silencio. No tenso, sino diferente. Como si ambos supieran que nadie les apremiaba.
No has cambiado dijo él.
Mentira.
Bueno, casi nada.
Cayetana rió. No se esperaba reírse, y le gustó.
***
Ignacio Sánchez Lozano había sido compañero suyo en la facultad. No amigo íntimo, ni novio; sólo compañero, los cinco años de Magisterio en la misma clase. Después cada uno tomó su camino. Él se fue a otra ciudad, ella se quedó en Madrid, se casó y tuvo hijos. Por amigos comunes supo que Ignacio también se había casado y tenía una hija. Nada más.
Y ahora, de pronto, ante un puesto de setas, se miraban.
Quedaron en verse esa noche en una cafetería del centro. Tomasa lo acogió con total naturalidad.
Por supuesto que ve, mujer, yo tengo serie que ver. Y no me mires así, no pretendo enredar.
No pienso eso.
Claro que lo piensas rió Tomasa. Anda, ve.
La cafetería estaba casi vacía. Mesitas de madera, lámparas amarillas, fotos antiguas de Ávila en las paredes. Tomaron té y una tarta de manzana, y charlaron largo rato repasando conocidos, recordando la carrera y riéndose de tonterías que antes parecían trascendentales.
Después él dijo:
Mi mujer falleció hace tres años.
Lo siento contestó Cayetana.
Bueno… ya me acostumbré, o eso creo, aunque esa no es exactamente la palabra. Solo se vive distinto.
Sé de lo que hablas.
Pensó qué responder. Su marido, Fernando, la había dejado hacía nueve años por otra mujer. Sin demasiadas explicaciones: un día lo dijo y se fue. Ella buscó culpabilidades y repasó los años como si rezara el rosario. Luego se cansó de darle vueltas y decidió simplemente vivir: hijos, nietos, el taller de la biblioteca, Tomasa en Ávila, una vez al año.
A veces va bien, otras no tanto respondió por fin.
Él asintió, sin pedir más. Y eso también fue agradable.
***
Regresó a Madrid pensando que había sido solo un reencuentro simpático. Ex compañeros, nada más. Pasa tantas veces.
Pero una semana después él le escribió por WhatsApp. Consiguió su número a través de Tomasa. Escribió: «Hola, ¿qué tal el viaje?».
Ella respondió. Comenzaron a escribir. Primero esporádicamente, luego cada día. Cayetana nunca había sido de usar el móvil, ni de contestar al momento, por mucho que Amparo se quejara de su lentitud. Pero ahora era ella quien esperaba los mensajes de Ignacio.
Él escribía de forma sencilla. Hablaba de su vida de restaurador, de las iglesias de Ávila, de su gata. A veces mandaba fotos: la catedral nevada, una taza de café, la silueta de su gata en la ventana.
Amparo lo notó al cabo de un mes:
Mamá, te paso el día con el móvil en la mano.
Leo.
Siempre decías que la vista se fastidia por el móvil.
Me equivocaba, está visto.
Su hija la miró raro, pero no preguntó más.
En abril Ignacio propuso ir a Madrid.
Tengo que pasar por un taller de restauración, así que estaría allí. Si te parece, podríamos vernos.
«Si te parece». A Cayetana le hizo gracia lo prudente de la frase.
Por supuesto, ven respondió.
Quedaron en la Plaza Mayor. Soplaba un viento frío de abril, pero la luz ya era decididamente primaveral. Cayetana se puso el abrigo bueno, aquel gris que casi nunca usaba.
Él la esperaba mirando la plaza de espaldas a la estatua de Felipe III. Sus manos en los bolsillos, como en el mercado.
Hola saludó.
Hola.
Pasearon por los soportales. Hablaron de restauración, de niños en su taller, de un niño de ocho años que había escrito que los libros son como ventanas, pero al revés, porque uno mira hacia dentro.
Ignacio se detuvo.
Es una definición preciosa. ¿Ocho años dices?
Ocho. Es un crío con talento.
Se nota que se te dan bien los pequeños.
¿Por qué lo dices? No has visto el taller.
Por cómo hablas de ellos, como hablan quienes aman lo que hacen.
Ella lo miró y él miraba la plaza.
Luego tomaron café y ella pensó que hacía mucho que no se sentía tan a gusto, así, sin prisas, sin deberes ni urgencias. Una sensación buena, casi olvidada.
Al irse, él dijo:
Me gustaría volver otra vez. Si te parece.
Me parece aceptó.
***
Amparo lo supo en mayo. No porque Cayetana se lo contara, sino porque la llamó a destiempo y Cayetana tardó mucho en devolver la llamada con voz distraída. A Amparo eso le bastó.
¿Dónde estabas?
Paseando.
¿Sola?
Pausa breve.
No.
Ahí empezó la conversación. Primero prudente, después tajante.
¿Quién es?
Un viejo compañero. Te conté que lo vi en Ávila.
Dijiste que te cruzaste con un conocido.
Eso mismo.
Mamá, que…
Sé qué edad tengo, Amparo.
Silencio.
¿Y esto qué es? ¿Solo paseos?
Por ahora sí. Solo paseos.
«Por ahora» repitió la hija.
Cayetana no se explicó más. Hay palabras que no llegan donde corresponde. Porque sólo sonarían demasiado trascendentes o ridículamente superficiales.
Su hijo, Javier, reaccionó diferente. Vivía en Barcelona, llamaba cada quince días. Cuando ella le contó, con calma, que había conocido a alguien, Javier solo preguntó:
¿Es buena gente?
Lo es.
Pues ya está.
Eso fue todo. Cayetana le dio vueltas: ¿qué era preferible, reacción de Amparo o de Javier? No supo decidirlo.
***
El verano pasó de un modo nuevo. Ignacio venía a Madrid, ella iba a Ávila. Mercados, museos, cafés. Un día le enseñó el taller de restauración: sala de altos ventanales, olor a barniz y madera vieja. Las tallas y cuadros alineados en las paredes, algunas aún cenicientas, otras ya luminosas.
¿No te da miedo tocar lo antiguo? preguntó ella.
No. Es un privilegio. Saber que esto estuvo antes de uno y quedará después.
¿Tú crees en algo?
Él lo pensó.
No sé cómo llamarlo. Siento simplemente que importa. Pero no porque me digan que importe.
Cayetana miró el cuadro que restauraba. El rostro ya claro y sereno.
Mi marido decía que lo del taller infantil era perder el tiempo. Que por lo que pagaban, ni merecía la pena.
¿Y tú qué creías?
Durante años pensé que tenía razón. Casi hasta la jubilación.
Él la miró sin decir palabra, y eso bastó.
Aquella tarde, mientras cenaban en la cocina de Ignacio, Cayetana sentía una calma poco habitual. No era ausencia de problemas: Amparo casi no la llamaba durante sus visitas a Ávila, imponiendo un silencio deliberado. Su nieta, Clara, de ocho años, un día preguntó por teléfono: «¿Abuela, cuándo vuelves?», y su voz tenía algo que la hizo sentir culpable. Esa punzada seguía ahí, pero menos aguda mientras estaba en esa cocina, con Ignacio.
¿Has pensado en mudarte? preguntó él.
Ella levantó la vista.
¿A dónde?
Aquí. O a donde sea. Mudarte, simplemente.
Hablaba con cuidado, fijándose en su taza.
¿Me estás proponiendo que?
No me refiero a nada concreto. Solo pregunto si lo has pensado, en general.
Cayetana calló.
No, nunca lo he pensado. Bueno, hace años sí. Pero lo veía imposible.
¿Por qué imposible?
Los hijos, los nietos, la casa, el trabajo, aunque sea pequeño. Todo está allí.
Los hijos son adultos.
Eso no lo cambia.
Él asintió.
Tienes razón. Solo quería saber.
Ella bebió su café y supo que esa pregunta ya no la abandonaría.
***
En agosto Amparo llegó a Madrid. No por fiesta ni motivo especial. Solo llegó, con una maleta y los labios apretados.
Tomaron té sentadas y Amparo miraba por la ventana.
¿Vas en serio?
¿Sobre qué?
Sobre él. Sobre todo esto.
No lo sé respondió sinceramente Cayetana.
Mamà ¿no te parece raro? ¿A nuestra edad?
¿A mi edad? ¿O a la tuya?
A la de la familia. Papá sigue vivo…
Papá vive con otra mujer hace nueve años, Amparo.
Eso no borra que estuvisteis casados treinta años.
Claro que borra replicó Cayetana. Lo cambia todo.
Amparo apartó su taza.
¿Piensas en Clara? ¿En cómo lo entenderá?
Clara tiene ocho años.
Justamente. Lo entiende todo.
Clara entenderá lo que le expliquemos.
¿Y qué le vamos a explicar?
Cayetana la observó: era tan parecida al padre de joven, esa boca recta, las cejas oscuras. De niña le enternecía. Ahora era distinto.
Le explicamos que su abuela ha conocido a un buen hombre. Basta con eso.
¿Y después?
Después, veremos.
Siempre dices «veremos» cuando no quieres hablar.
No. Digo veremos porque es la verdad, porque no sé lo que vendrá.
Amparo calló mucho rato. Al fin susurró, casi sin reproche:
Me da miedo que te arrepientas.
Puedo arrepentirme incluso de lo que no haga.
Su hija se giró.
Eso es filosofía. Y la filosofía no me consuela.
A mí tampoco me consuela a veces. Pero he aprendido a convivir con ello.
Amparo se marchó en el tren de la tarde. Se abrazaron fuerte, y Cayetana notó que había algo cálido y tenso a la vez, como si ambas se sujetasen para no romper nada.
***
Llegó septiembre, frío y brusco. Hacía seis años que Cayetana se había jubilado, pero el taller infantil mantenía vivo cierto ritmo. Los niños iban martes y viernes, leían, hacían dibujos y juegos teatrales. Era un cuarto pequeño, con estanterías bajas y cojines viejos en el suelo.
La directora de la biblioteca, Teresa Barquín, de sesenta y cinco años, se había dado cuenta de lo de Ignacio sin que Cayetana lo mencionara; simplemente notaba el cambio: Cayetana estaba más centrada en sí misma; no en sentido negativo, sino como quien, por fin, piensa en lo suyo.
Te pasa algo le dijo Teresa un día, directo, sin tono de preguntar.
Sí, me pasa.
¿Bueno?
No lo sé aún.
Pues mejor así. Lo importante es que pase algo. Si no, somos como ríos que fluyen sin saber adónde.
Cayetana rió.
En septiembre Ignacio le propuso ir juntos unos días a Salamanca, donde había una exposición de manuscritos antiguos. Aceptó. Cogieron cada uno una habitación en un viejo hostal, visitaron museos, pasearon por la ciudad. Una noche, cenando junto al Tormes, Ignacio habló:
Quiero que sepas una cosa.
¿Qué?
No tengo prisa. No te presiono. Si alguna vez lo sientes, no es por mí.
Ella lo miró.
Lo sé.
Quiero que lo entiendas, no como fórmula de cortesía, sino como verdad. Tengo sesenta y tres años, ya no espero nada concreto ni me voy a decepcionar por lo que no pase. Me basta tu existencia. Así, sin más.
Ella no respondió enseguida. Afuera, el Tormes y las luces de la otra orilla.
Cuesta aceptar eso dijo finalmente.
¿Por qué?
Estoy acostumbrada a que detrás de las palabras haya una condición. O una expectativa.
Aquí no la hay.
Lo sé. Solo que me cuesta.
Él asintió. Terminaron el vino y pasearon junto al río. Cayetana subió el cuello de su abrigo. Él iba a su lado, sin tocarla, simplemente cerca. Y era lo correcto.
***
Octubre trajo el diálogo que Cayetana temía y esperaba. Llamó a Amparo y, sin dejarle responder, dijo:
Quiero que sepas que Ignacio me ha propuesto mudarme a Ávila. Vivir juntos. Lo estoy considerando.
Silencio largo.
Lo dices en serio.
Sí.
Sólo lo conoces desde hace siete meses.
Ocho.
¡Madre! ¡Ocho meses! ¿Te das cuenta?
Me doy cuenta. Ocho meses.
¡Eso no es nada! ¡No sabes nada de él!
Lo suficiente.
¿El qué? ¿Que te cae bien? ¿Que se está cómodo? ¡La gente cambia! ¡Todo cambia!
Amparo.
¿Qué?
Tu padre también cambió. Estuvimos treinta años casados.
Silencio.
Eso no es justo susurró Amparo.
No quiero ser injusta. Solo quiero ser honesta contigo. Y conmigo misma.
Luego Javier llamó esa misma noche, seguro tras hablar con su hermana.
¿De verdad te quieres ir?
Lo estoy pensando.
¿Él es buena gente? ¿Tiene casa y todo?
Sí, es buena persona. Responsable. La casa es pequeña pero bonita.
¿Vas a alquilar tu piso, entonces?
Sí.
¿Y si quieres volver?
Javier.
Que sí, que sólo lo pregunto
Si algo no va bien, regresaré. Pero quiero intentarlo sin pensar en el por si acaso.
Pausa.
Vale dijo Javier. Pero llama a menudo.
Lo haré.
Se quedó mucho rato junto a la ventana. Afuera llovía, una llovizna escasa; la farola se mecía con el viento. Cayetana pensó que por primera vez, a sus sesenta y un años, iba a tomar una decisión sólo suya. No porque alguien se fuera o por las circunstancias, sino porque ella lo deseaba.
Era extraño. Casi desconocido.
Abrió el chat y escribió a Ignacio: «Sigo pensándolo. Dame tiempo».
Él contestó a los pocos minutos: «Tómate todo el que necesites».
***
Tomasa llamaba cada semana y prefería mantenerse neutral. No decía vete ni espera. Solo preguntaba por el día a día y le contaba sobre su cabra, que finalmente había comprado.
¿Cómo se llama? preguntó Cayetana.
Eulalia.
¿En serio?
Sí, buen nombre. Es tan digna, que así me pareció.
Tomasa, eres imprevisible.
¿Eso es bueno o malo?
Bueno. Sin duda, bueno.
Oye, Cayetana Si tuvieras treinta años, ¿te costaría tanto decidir?
¿Qué tendrá que ver la edad?
Quizá nada. O todo. Pienso que con la edad tardamos más en decidir. A veces es sabiduría, otras solo miedo disfrazado de prudencia.
Hablas como Teresa.
¿Eso es bueno?
Es un hecho.
Colgó y pensó que Tomasa tenía razón. El miedo disfrazado de prudencia. Antes temía decidir, por miedo a equivocarse. Luego temía no decidir, porque aplazar es también decidir.
Ese miedo, pensó, no es por Ignacio. Es por mí.
Por haber sido toda la vida esposa, madre, profesora. Cuando esa parte deja de ocupar el primer puesto, queda la duda de quién eres en realidad.
El taller de la biblioteca. Eso lo eligió ella. Lo primero para sí misma en muchos años.
Y ahora, esto.
***
A finales de octubre pasó lo inesperado: la llamó su ex suegra, Carmen, madre de Fernando. Tenía ochenta y dos años, vivía sola en Madrid, y Cayetana la visitaba por cariño y costumbre.
Me ha contado Amparodijo Carmen, directa.
¿Qué le ha contado?
De tu amigo, de esa mudanza posible.
Silencio.
¿Y usted qué piensa?
Que te lo has merecido dijo la anciana. Mi hijo nunca te valoró. Lo vi entonces, pero lo digo ahora, sin tapujos.
Carmen
No me interrumpas. Ya a mi edad puedo ser franca. Vete si quieres. Los nietos están bien cuidados. Amparo está enfadada porque teme perderte. Pero esa no es tu tarea: estar donde no te ven.
Sí me ven.
Te ven como abuela, como madre, como apoyo. ¿Como persona?
No contestó.
Eso, resumió Carmen. Vete. Y llámame. Me alegraré.
Cayetana se quedó junto a la ventana mirando el patio. Las ramas desnudas de los árboles temblaban. Ya era paisaje de invierno.
Pensó en cómo la veían los demás: Amparo, como madre siempre presente; Javier, como quien busca estabilidad; Teresa, como compañera competente; Carmen, sorprendentemente, como persona.
¿Y Ignacio? ¿Qué veía él?
No estaba segura, pero intuía que la veía a ella. No su papel. Simplemente a ella, tal como era.
***
Noviembre trajo la primera nevada y la inesperada conversación con Clara. Su nieta llamó sola, algo que rara vez hacía.
Abuela, ¿te mudas?
Cayetana se sentó.
¿Has oído hablar a los mayores?
Un poco. Oí a mamá charlando con tío Javier. ¿Te mudas?
No lo sé todavía, Clara.
Si te mudas, ¿vas a venir de visita?
Por supuesto, siempre.
¿Me lo prometes?
Te lo prometo.
Pausa.
¿Es bonito donde vas?
Muy bonito. Iglesias blancas, nieve, río.
¿Como aquí?
Diferente, más pequeño.
Ya veo. Abuela
¿Sí?
Mamá dice que te puedes poner mala y no nos enteremos.
Se le encogió el pecho a Cayetana, más de lo previsto.
Dile a mamá que estoy bien y seguiré estándolo.
Lo sabe, pero le da miedo.
Yo también tengo miedo a veces.
¿De qué?
Lo pensó.
De muchas cosas. Pero es normal, todos tenemos miedo.
Tú dices que los valientes también tienen miedo, pero actúan.
Lo dije, sí. ¿Te acuerdas de todo?
Me acuerdo de todo afirmó, con orgullo. Bueno, me voy antes de que mamá me regañe.
Clara.
¿Sí?
Te quiero.
Yo también te quiero. Adiós.
***
A mediados de noviembre Cayetana fue a Ávila, no solo de fin de semana: se quedó una semana. Se llevó equipaje, avisó a Teresa, pidió a una amiga cuidar de la correspondencia.
Ignacio la recogió en la estación y charlaba sobre una cúpula que estaba restaurando, pero ella iba pensando en aquel viaje de marzo, a casa de Tomasa. Como si un círculo se hubiera cerrado.
Pasaron la semana juntos en la casa de Ignacio, pequeña, con suelos de madera y marcos de ventanas que crujían con el viento. Ella cocinó, él fregó. Por las mañanas café en la cocina; afuera, la nieve caía lento.
Una noche Cayetana preguntó:
¿No tienes miedo de que se haga incómodo?
¿A qué te refieres?
A convivir. Llevas años viviendo solo.
Él reflexionó.
Me sentí incómodo cuando vivía de una forma que no era la mía. Esto es distinto.
¿A qué te refieres?
Trabajé muchos años en la construcción. Por necesidad, familia. Luego, de mayor, cambié a restauración. Todos decían que era una locura.
¿Y tú?
Yo lo intenté sonrió. Mi mujer me apoyó siempre. Era alguien que te daba paz.
¿La echas de menos?
Sí dijo con sencillez. Pero eso no me impide… seguir. ¿Lo entiendes?
Sí, lo entiendo.
¿A ti también te pasa?
De otro modo, pero creo que sí lo entiendo.
Se quedaron en silencio. El silencio estaba bien.
***
El jueves, al quinto día, llamó Amparo.
Cayetana salió al porche. La nieve ya había parado, el cielo limpio, aparecían algunas estrellas.
¿Estás ahí?
Sí.
¿Cuánto te quedas?
Hasta el domingo.
Silencio.
Mamá, te pregunto solo una cosa, de verdad.
Pregunta.
¿Haces esto para demostrar algo? ¿A ti misma? ¿A nosotros?
Mira las estrellas.
No. No es eso.
¿Entonces por qué?
Solo por vivir. De otra manera.
¿Es que vivías mal antes?
No mal. Pero no como quisiera.
¿Y qué te faltaba?
Se lo pensó. Porque tenía de todo: casa, hijos, trabajo que amaba, amigas. Pero sentía, tiempo atrás, que vivía un poco en los márgenes de su propia vida, como quien cumple con un plan perfecto, pero a quien la vida le pasa un poco de lado.
Me faltaba a mí misma dijo al fin.
¿A ti misma? ¿Qué significa eso?
Eso, exactamente.
Largo silencio.
¿Serás feliz? preguntó Amparo, sin ironía.
No lo sé contestó Cayetana. Pero quiero intentarlo.
Vale dijo su hija. Pues vale.
No era aceptación plena, pero tampoco guerra.
***
El domingo, cuando ya estaba lista para regresar, Ignacio preguntó:
¿Lo has decidido?
Casi.
¿Eso es bueno o malo?
Significa que me falta muy poco.
Él asintió.
Tienes miedo a equivocarte.
Sí.
¿Puedo decirte algo?
Dilo.
Hay errores de los que aprendes, porque los cometes y ya está. Y otros de no intentarlo nunca, y esos, para mí, pesan más.
Ella lo miró.
¿Es que lees mis pensamientos?
Él rió. Tenía una bonita risa.
No, sale solo.
Volvió a Madrid muy tarde, a la rutina callada del piso, el mismo olor, la luz de la ventana de enfrente. Deshizo la maleta, puso el agua para el té, se sentó.
En la mesa estaba el libro que estaba leyendo. Abrió donde había dejado la marca y encontró una frase nueva: la soledad de las personas no es condena, sino solo un hecho, con el que uno puede convivir de muchas formas.
Cerró el libro.
Escribió a Ignacio: «En enero iré. Por tiempo. Veremos».
Él respondió: «Te espero».
***
Diciembre transcurrió entre movimientos y una calma rara. El taller, las visitas a Carmen, la rutina de siempre. Pero algo, dentro, había cambiado.
Amparo llamó a principios de mes.
¿Aún no te echas atrás?
No.
¿Vas a alquilar el piso?
Sí, ya busco gestor.
Entiendo. Mamá, ¿puedo preguntar una cosa?
Claro.
¿No temes que el cambio sea solo por lo novedoso? Que luego…
Amparo.
¿Sí?
Tengo sesenta y un años, no dieciocho. Si algo sé, es distinguir la novedad pasajera.
No te protege de las ilusiones.
Las reduce.
¿Y si él no es como parece?
Siempre hay y si. ¿Acaso tú sabías como sería tu marido cuando os casasteis?
Yo tenía veintisiete años.
¿Y eso qué más da?
Silencio.
Vale, mamá.
¿Me ayudas a organizar cosas para la mudanza?
Larga pausa.
Te ayudo, claro.
***
Cayetana pasó la Nochevieja en casa de Amparo, con Clara y el yerno Rodrigo. Javier viajó desde Barcelona con esposa e hijos. Mesa llena, gritos de niños, charlas cruzadas de mayores.
Clara se acomodó con Cayetana murmurando confidencias sobre cada plato.
Esta ensalada la hizo mamá sola. La otra, dice que también, pero es del súper.
No debes chivarte de estas cosas.
No chivo, solo lo cuento.
Cuando los niños cabeceaban y los mayores acababan con las copas, Amparo lo soltó:
Mamá se va a Ávila, en enero.
Sonó neutral, solo informativo.
Rodrigo asintió. Javier la miró.
¿Durante cuánto? preguntó.
Veremos dijo Cayetana.
Él sonrió levemente.
Clara medio abrió los ojos.
¿Abuela, te vas? medio dormida.
Sí, Clara.
Dijiste que vendrías.
Lo prometí.
Bien cerró los ojos.
Cayetana la miró. Aquello era la vida. Una niña dormida, hijos con copa, el viejo sofá nunca sustitudo, y un hombre que, en otra ciudad, había escrito te espero.
***
El quince de enero, Cayetana llamó a Teresa Barquín.
Teresa, dejo el taller.
Silencio.
¿Cuándo?
En febrero. Así tienes tiempo de buscar a alguien.
¿Te mudas?
Sí.
¿A dónde, si puede saberse?
A Ávila.
Ah. Pausa. ¿Con él?
Con él. Y conmigo.
Esa es la mejor forma de decirlo. Se te echará de menos. Pero lo acepto.
Gracias.
Suerte, de la de verdad.
En la despedida, los niños le hicieron una gran postal: cada uno pintó algo. El niño de la metáfora de la ventana dibujó una, con cortinas y la frase: Para mirar hacia dentro.
Cayetana la guardó en su bolso.
***
El veintitrés de enero llegó a Ávila. Ignacio la ayudó con la maleta. La pusieron en la habitación que él había preparado para ella. En la ventana, un tiesto con geranio.
¿De dónde? preguntó.
Lo compré. Decidí que hacía falta una flor.
Buena decisión.
Fue hasta la ventana. El jardín, todo blanco y quieto, una verja, huertos ajenos, tejados al fondo.
¿Qué te parece? preguntó él.
Pregúntame en un mes.
Eso haré.
Ella se volvió.
Nacho.
Dime.
Gracias por esperar.
Él tardó en responder.
Gracias por venir.
***
Pasaron tres meses. Cayetana se fue acostumbrando despacio. Ávila era pequeña, lo cual era bueno y también difícil: todos se conocían, miraban a la recién llegada con curiosidad.
Tomasa le presentó a varias vecinas. Una, Encarnación, le propuso ayudar en un club de lectura en el centro cultural: grupo de diez, leían y debatían.
No sé si valdré.
Vente y ves decía Encarnación. Si te gusta, te quedas. Si no, no pasa nada.
Cayetana fue. Y le gustó.
Con Amparo hablaba una vez por semana. A veces más. Su hija, poco a poco, no solo preguntaba «cómo estás», sino también «cómo va el club», «qué lees». Era un acostumbrarse lento, de esos que tarda la vista en nuevo entorno.
Clara le mandó una carta. Escrita a mano, con dos iglesias y un río dibujados y decía: «Abuela, pronto iré por vacaciones. Mamá dice que en Semana Santa». Al final: «¿Eulalia es tu cabra? Tomasa me lo contó».
Cayetana respondió también por carta.
***
Era una tarde de abril cuando Amparo fue a visitarla. Sola, sin Clara. Solo para pasar un día.
Entró, miró todo: el suelo de madera, el geranio en el alféizar, la mesa bajo la ventana. Ignacio sirvió té y se fue discretamente al taller.
Se quedaron solas.
Esto está bien dijo Amparo. No en tono de sentencia, más como quien se sorprende.
Sí.
Pequeño, claro.
Pero tranquilo.
¿No echas de menos Madrid?
Muchísimo: a vosotros, a Teresa, al Paseo del Prado.
Y aun así
Y aun así.
Amparo giró la taza entre las manos.
¿Él es buena persona? lo preguntó como nunca antes, sin tensión.
Sí.
¿Eres feliz?
Cayetana se lo pensó.
No sé si feliz es la palabra. Pero estoy bien. De verdad bien.
Amparo asintió.
Vale.
¿Y ese vale qué significa?
Que acepto. Levantó la mirada, los mismos ojos oscuros de su padre. Todavía te echo de menos. Me asusta. Supongo que será siempre así.
Lo sé.
Pero intento entenderlo.
Con eso basta.
Tomaron té mientras Amparo hablaba de Clara, su trabajo, que Rodrigo quiere cambiar de coche. Una charla cualquiera, sin dobles sentidos.
Al irse, Cayetana la acompañó. El aire olía a tierra húmeda, los árboles asomaban el primer verde.
Mamá dijo Amparo en la verja.
Sí.
No lo comprendo del todo. Quizá nunca.
Lo sé.
Pero quiero que sepas una cosa.
¿Cuál?
Amparo dudó, al fin la miró con los mismos ojos de siempre:
Has estado siempre cerca, siempre. Me acostumbré a ello, a llamarte y saber que estabas. Ahora es otra distancia, tengo que aprender.
Lo aprenderás.
¿Tú crees?
Cayetana la miró. Ese rostro que había visto desde su primer día de madre, desde la maternidad, desde aquel miedo y aquella ternura primeros.
Lo creo le aseguró. Tú eres fuerte.
No como tú.
Igual.
Amparo sonrió apenas. Se abrazaron muy fuerte y, al despedirse, la hija apretó su bolso.
Te llamo al llegar.
Te espero.
La vio alejarse por la calle, espalda recta, paso decidido. En eso también salía al padre.
Unos metros más allá, Amparo se volvió:
Mamá, ¡el geranio ya está en flor! Lo vi.
En flor, sí.
Eso está bien dijo Amparo.
Y siguió andando.
***
Cayetana regresó a casa. Ignacio ya en la cocina, calentando sopa. Se quedó frente a la ventana: Amparo ya se había perdido de vista. Por la calle avanzaba despacio una anciana, con la bolsa de la compra.
El geranio rebosaba flores rosas.
¿Todo bien? preguntó Ignacio, sin darse la vuelta.
Bien respondió.
Pensó un momento.
Amparo es buena chica. Solo tiene miedo.
Es lógico, es difícil también para ella.
Sí.
Colocó los platos en la mesa. Todo había ido volviéndose familiar en tres meses.
Nacho.
¿Sí?
¿Crees que fue lo correcto?
Él la miró:
¿Tú qué crees?
Cayetana guardó silencio.
Por primera vez, es sólo mío dijo.
Pues ahí tienes la respuesta.
Se sentaron a comer, la primavera avanzaba detrás del cristal entre la nieve restante y los primeros brotes verdes.
Cayetana pensó: esto es. No la felicidad solemne. Solo la mesa, la ventana. Este hombre delante, con quien está a gusto.
¿Será suficiente? No lo sabía.
Pero la sopa estaba caliente. El geranio en flor. Y en la bolsa su postal, la de aquel niño que pintó la ventana para mirar hacia dentro.
***
Por la noche, llamó Clara.
Abuela, mamá dice que estuvo contigo.
Sí, estuvo.
¿Todo bien?
Charlamos bien.
¿No lloró?
No. ¿Por qué lo preguntas?
A veces llora cuando cree que no la oigo. Por ti.
Cayetana cerró los ojos.
Clara.
¿Sí?
Dile que pronto iré a veros.
Vale. Abuela
¿Qué?
¿Ya es primavera?
Casi. Queda nieve.
Aquí hace calor. Extraño, ¿verdad? En el mismo país, diferente clima.
Eso es lo normal.
Abuela, ¿nos echas de menos?
Miró la noche. Primera estrella.
Mucho. Siempre.
Bueno, pues eso está bien.
¿Sí?
Sí. Si echas de menos, es porque amas.
Cayetana no supo qué responder.
Adiós, abuela.
Adiós, Clara.
Dejó el móvil. Ignacio fregaba la vajilla, tarareando. El geranio asomaba entre la penumbra. De un patio cercano llegaba el ladrido de un perro, ya habitual en esa nueva tranquilidad.
Y pensó que Clara tenía razón. Si se echa de menos, es porque se quiere. Y que probablemente, viceversa, también.
Eso debía de ser la vida. No perfecta, ni de manual. Solo la vida, con sus distancias, sus cercanías, con decisiones acertadas o no, que el tiempo vuelve simplemente propias.
Fue a la cocina y se puso a secar los platos.






