Caminaba tambaleándose por las calles de la ciudad en plena noche, tras haberse tomado un buen trago de aguardiente. ¿Adónde iba a parar? Poco le importaba. Madrid era su casa y los pies solos le llevarían de vuelta. Estaba enfrascado en algo mucho más importante: filosofar en voz alta.

Caminaba tambaleándose por las calles silenciosas de Madrid, una noche de aquellas en las que el vino y la soledad pesan más que el frío de noviembre. No sabía bien hacia dónde le llevaban los pies, pero poco le importaba; era su ciudad natal, y confiaba en que sus pasos, por pura costumbre, acabarían por llevarle al hogar. Iba tan absorto en sus pensamientos y monólogos que parecía discutir con la propia luna.

¿Por qué, por qué me ha tocado esta vida? Veintisiete años y los hijos de mis amigos ya van al colegio, y a mí, a lo sumo, las chicas me soportan un mes… Y eso, con suerte. ¿Brusco? No lo soy… pausó y soltó una sonrisa torcida. Bueno, quizá sí. Pero así tiene que ser un hombre. Lo único que me funciona es el negocio Lejos de ser millonario, pero al menos vivo sin privaciones.

De pronto, sintió un dolor punzante en la cabeza y las lágrimas asomaron en sus ojos ya rojos.

Todo el dinero que le he dado a ese médico… Y al final: “No puedo hacer nada por ti. Aquí tienes la dirección de un eminente especialista en Madrid, pero poca esperanza te doy.” Pues iré, sí, mañana mismo voy se prometió.

Llegó hasta el Puente de Segovia y se recreó en el reflejo tembloroso del Manzanares:

¿Y si me lanzo? El río es hondo, pondría fin a todo esto… Se quedó mirando el agua un instante más. No, es demasiado frío… Y además, Sócrates no ha cenado dijo, acordándose de su gato. Decidido, puso rumbo a casa.

Fue entonces cuando vio en medio del puente a una joven mujer. Sobre el pecho, un pequeño cargado en una mochila. Ella miraba el río, ausente, y de repente, se subió al pretil. Abrió los brazos y… Él, sin pensar, corrió hasta ella y la sujetó de la cintura; enredados, cayeron los dos en el suelo polvoriento. El niño rompió a llorar.

¿Estás loca? le gritó él, ya sobrio de golpe.

¿A ti qué te importa? ¿Por qué te metes donde no te llaman? gimió ella, llorando sin consuelo.

No sé, me ha parecido que era pronto para morir dijo, señalando al niño. Y sobre todo para él. Anda, levántate y vete a casa con tu marido o tu madre. ¿Quién te espera?

No tengo ni casa, ni marido, ni madre. No me queda nadie…

Ahora te me apareces tú también… le replicó él, poniéndola en pie junto al bebé. Vamos.

No pienso ir contigo a ninguna parte. ¡Y si eres un maníaco!

Ah, porque tirarte al río, eso sí se puede hacer en cualquier momento, pero encontrarse con un maníaco ya es un suplicio, ¿no? Venga, vamos.

***

Avanzaron por Madrid mientras el niño seguía llorando sin tregua. Por fin, el hombre no pudo más:

¿Por qué llora tanto?

Tendrá hambre ella lo apretó suavemente contra su pecho.

Dale leche, entonces.

No tengo ni leche ni dinero.

Ni mucho entendimiento, me parece bufó él, mirando alrededor. Allí hay un ultramarinos de guardia. Vamos a comprar leche.

***

La cajera y el vigilante los examinaron con recelo. Pero el hombre cogió una cesta con decisión y le indicó a su acompañante:

Anda, ven se dirigió a la cajera. ¿Dónde está la leche?

Allí, al fondo le respondió señalando con el dedo.

Junto al refrigerador, él ordenó:

Coge la que haga falta.

Esta ella eligió un brik.

Coge más, lo que necesites. Esperó a que cargase la cesta. ¿Qué más necesita el crío?

Pañales.

¿Qué demonios es eso?

Están ahí sus labios esbozaron una leve sonrisa.

Llévate los que quieras.

¿Y toallas húmedas?

También.

En la caja, él sacó una billetera desgastada y un fajo de billetes de cincuenta euros.

Solo efectivo advirtió la cajera.

Él le pasó el billete.

No tengo cambio suficiente dijo ella.

Entonces déme chocolate de vuelta indicó él, señalando. Ese de ahí.

***

Entraron en el piso del hombre. Ella miró alrededor, sorprendida por el orden y la amplitud. Él se descalzó y fue directo a la nevera. Sacó una dorada y la lanzó a los pies de un gato grande y perezoso que acudió frotándose a los muebles.

Luego, de un trago, vació medio cartón de zumo y se volvió hacia la mujer:

Vas a dormir en esa habitación señaló. La cocina, aseo y baño, ahí. Yo me voy a la mía a dormir.

Al llegar a la puerta, se paró.

¿Cómo te llamas?

Leonor.

Yo, Álvaro.

***

“Pues parece que no es un maníaco”, pensó Leonor entrando en la cocina, encendiendo la vitrocerámica y poniendo la tetera al fuego. “Hay que ver, qué tonta he sido… Casi me tiro al río. ¿Y si no llega a pasar por aquí este loco? Mi hijo y yo estaríamos muertos de frío por la calle. Seguro que mañana nos echa, pero al menos esta noche dormimos calientes.”

En cuanto hirvió el agua, fue a la habitación, tumbó al niño en la cama y sacó del bolso un biberón. Vino corriendo a la cocina, echó leche, la templó y volvió junto al pequeño, que bebió con ansias hasta dormirse. Le limpió la carita, le puso el pañal y lo arropó.

Aprovechó para asearse y, de pronto, se acordó de que no había cenado. Abrió la nevera, y casi sin pensar, cogió un trozo de chorizo y pan, y lo devoró entre bocados de queso curado. Saciada, sintió algo de culpa por tomarse aquellas confianzas, pero enseguida se encogió de hombros y se tumbó junto a su hijo, quedándose dormida.

***

Amaneció. Durante la noche se levantó un par de veces a alimentar al niño. Sólo tenía ocho meses y era un tragón irrefrenable. Escuchó varias veces pasos por la casa; el dueño también se despertaba. Al amanecer, le vio moverse sobre la cocina.

“Se acabó, no puede durar esto”, pensó Leonor, levantándose de puntillas para no despertar al pequeño.

Él estaba friendo huevos cuando ella entró.

Siéntate dijo, señalando una silla. Ahora te hago un par de huevos fritos.

Mejor, siéntate tú le respondió con una sonrisa, apartándolo suavemente. Cortó un poco de eneldo fresco, lo picó y lo espolvoreó por encima de los huevos. Prestó atención a los vasos y los lavó a conciencia. Puso café.

Durante todo eso, él hizo llamadas por el móvil, daba órdenes, discutía. Parecía no mirarla siquiera. Cuando terminó de desayunar, se puso en pie.

Ella se tensó, presintiendo el momento de la expulsión.

Leonor, escucha bien. Ahora me ausentaré una semana. Lo más importante, cuida al gato, se llama Sócrates. No se te ocurra darle “pienso” barato; sólo come pescado y carne fresca. No entres en mi despacho. Haz lo que quieras en el resto de la casa.

Entonces se oyó el llanto del niño en la otra habitación. Leonor miró al hombre.

Ve asintió él.

Minutos después, volvió con el pequeño en brazos. Sobre la mesa, había varios billetes de cincuenta euros.

Creo que con esto tenéis para la semana dijo él, señalando el dinero. Me marcho.

Estaba a punto de salir cuando el niño alargó los brazos hacia él y balbuceó algo semejante a “pa-pa”. A Álvaro le tembló el corazón, como si fuera cierto. Él nunca tendría hijos y aquello le dolió más de lo esperado.

Leonor, ¿puedo cogerle en brazos? preguntó, sorprendiéndose a sí mismo.

Claro respondió ella, entregándole el bebé, sonriendo con dulzura. ¿De verdad nunca has tenido un niño en brazos?

Jamás…

Así tienes que hacerlo…

El pequeño soltó risas, manoteando de alegría. Álvaro lo miraba, hechizado por ese milagro.

“Jamás tendré un hijo”, pensó, devolviendo el niño a su madre con el gesto endurecido.

Y se marchó.

***

Regresó tras una semana. Y aquel médico madrileño le había dicho lo que temía: nunca podría ser padre. Le invadía una amargura profunda.

“¿Para qué tanto dinero, un piso tan grande, un todoterreno con siete plazas? ¿Para quién limpio mi casa, para qué trabajo así? Un hombre está para mantener una familia… Y yo sólo tengo desorden en casa, plazas vacías en el coche.”

Entró con el ceño fruncido… Pero todo estaba en un orden impecable. Al ver la sonrisa tímida de Leonor y los bracitos del niño tendiéndose hacia él, a Álvaro se le vino el alma a la boca.

La bolsa de viaje se le cayó al suelo y, sin pensar, se agachó y abrazó a ese pequeño, dejando que por fin algo cálido llenase sus brazos y su corazón.

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Caminaba tambaleándose por las calles de la ciudad en plena noche, tras haberse tomado un buen trago de aguardiente. ¿Adónde iba a parar? Poco le importaba. Madrid era su casa y los pies solos le llevarían de vuelta. Estaba enfrascado en algo mucho más importante: filosofar en voz alta.
El hombre permanecía inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido.