El Apéndice

Mira, Elena, pero es que viene con “equipaje”. ¿O acaso eso no te importa? María apoyó el codo en la verja y sonrió irónicamente a su vecina. ¿No había nada mejor por ahí? Que tampoco es que tu hijo sea de los mediocres Es buen chaval, formal, aquí hay chicas de sobra y va el tuyo y se fija en esa.

Elena suspiró, apretando los labios. No le gustaba admitirlo ni ante sí misma: preferiría otra nuera. Que lo soltara María, su eterna rival, le dolía el doble.

Para nosotros, los niños siempre son una bendición, María. ¿Qué tiene ella de malo? A ver, te lo digo yo: joven, guapa, educada y decente, eso lo sé bien. ¿Qué tiene un niño? ¿Y qué? El niño nació en matrimonio, que no es poca cosa. Y que se ha quedado viuda tan pronto Todas estamos bajo la voluntad de Dios, María. Lo crío, lo educo, me gano otro nieto ¡Y no estés todo el día dándole a la lengua!

Apretó la boca, ahuyentando con la mano al gato de su vecina que cruzaba la tapia hacia su jardín.

¡Otra vez! Es el tercero que me roba, María, tengo a los pollitos temblando por ese bicho. Ten cuidado o suelto a Don Quijote y luego no digas que no avisé.

Anda ya, qué susto María agarró al gordo gato atigrado y lo puso tras la verja. Mira quién lo dice. Si caza ratas que da gloria, si no, ya lo habría echado hace tiempo. Hay cosas que no se pueden cambiar.

Que le cambien de costumbres, por lo menos.

Por cierto, ¿trajiste los tarros? Que seguro que la mermelada ya está lista.

Tú aquí de cháchara y estará otra dentro, agotada.

Está Lucía, que llegó ayer. Ayuda con el huerto, la pobrecilla, pero quería encargarse de la mermelada para no sentirse inútil. Ni nuera, ni nada, eso es un tesoro.

Pero luego la pones a parir cuando no te oye

¡Por mantener el orden, Elena! Cuando seas suegra, aprende. Si eres muy blanda, te comen la merienda

Ya veremos zanjó Elena, haciendo un gesto con la mano. ¿Te llevo los tarros o te apañas?

Despachó a María y se dispuso a preparar la masa. Mañana venía su hijo con su novia. La nuera Elena se detuvo en seco, apoyándose sobre la mesa, mirando al ventanuco. Algo se avecinaba

A Mireia no la conocía bien, de oídas y una lejana vez en un bautizo en el pueblo cercano. No es que destacara, rubia, ojazos claros y alta, eso sí, como Javier, su hijo. Pero mujer joven, no una chica Ya casada y madre. El niño tendría ya tres años. Muy joven, golpeada por la vida. Huérfana desde pequeña, criada por los abuelos. Se ocuparon de ella, la casaron, y cuando apenas se alegraban del primer bisnieto, el marido muere en accidente. Y la pobre con el niño sola, viuda. ¿A quién no conmueve? Pero Elena preferiría compadecerla desde lejos Por Javier sentía un dolor que no la dejaba ni respirar. Tras enviudar ella, Javier era su pilar. Se alegraba de que vivieran juntos, aunque ya le tocaba hacer su vida, tener una familia. Siempre decía que esperaba “el gran amor”. Y de pronto, anuncia que es Mireia.

En cuanto lo supo, corrió a llamar a su hermana Clara. Había que indagar.

¿Pero qué te pasa, mujer? ¿Te ha picado una avispa?

Quiero saber qué chica es esa. Usa, trae y luego deja

Tranquila, sólo un tiempo estará en tu casa. Ya le di a Javier la cesión de la casa de los abuelos. No es gran cosa para vivir, está vieja, pero tiene buen terreno. Se apañarán.

Elena sintió cómo le zumbaba la cabeza. ¿Así que su hijo se iría y ella? Aunque no estuviera lejos, no era lo mismo. No sería lo mismo esperarle cada tarde, tenerle para ayudar Se acabaría. No tendría sitio ni excusa para ir. Sólo en fiestas.

¿Y qué tono es ese? ¿No estás contenta? Clara, ya más suave, se sentó con ella en el banco. Tienes que dejarle marchar. Javier ya se ha hecho hombre.

Tienes razón Pero tengo miedo. Si no les va bien el niño

Te diré una cosa: de todas las chicas del pueblo, Mireia es la que mejor te podría tocar.

Eso justo es lo que más me asusta dijo Elena. Demasiado perfecta.

¡Tampoco te conformas con nada! Clara levantó la voz. Mira, si no la aceptas puedes perder a tu hijo. Te lo digo yo que sé cómo la mira, ahí hay amor.

Tras esa conversación, Elena caminó con una piedra en el pecho. Seguía ahí, retorciéndose, aunque no supiera ni por qué.

Volvió a la masa, inspiró. Había que recibir a la chica dándolo todo, que no dijeran que no fue bienvenida. Clara tenía razón: tampoco iba a mostrarle a Javier que se oponía de primeras. Ya se vería, pero de entrada a esforzarse.

Pequeños panecillos, unos tras otro, ordenados en la fuente grande. Elena suspiró, recordando cómo le gustaban a su difunto marido.

¡Parecen pipas, nunca llenan! decía él, cogiendo de su mano y besándosela entre risas.

Sollozó, notando cómo le dolía no tenerle, justo ahora, que un consejo suyo apagaba todos los miedos.

La noche la pasó en vela, cambiando de lado, sin pegar ojo.

Mireia estaba plantada detrás de Javier, incapaz de mirar a la que sería su suegra. Y el pequeño Nacho en brazos, girando la cabeza, observando a su alrededor. Un perro enorme atado a la cadena, sin ladrar, raro. Un gato cruzando el patio con el rabo erguido. Nacho miró a su madre.

Quédate tranquilo, cariño susurró Mireia.

Déjale a su aire dijo Elena. Voy a encerrar a Don Quijote, no pasa nada. Desde aquí no hay peligro.

Elena analizaba a Mireia: tan delgada que parecía invisible, con cara blanca y ojeras, jamás dirías que ese niño robusto era suyo. Algo dentro de Elena se removió, ese nudo pinchando menos. Nacho, curioso, anduvo hasta los pies de Elena y la miró con ojos muy abiertos.

¿Dónde va el gato?

¿Qué gato? Aquí no hay gato ¿Dónde le viste?

Nacho señaló hacia el fondo y Elena se alarmó.

¡Vamos a buscarlo ya, que otra vez me va a robar los pollitos!

Se fueron juntos, la extraña mujer corriendo con el niño siguiendo sus pasos. Atrapan al gato justo a tiempo.

¡Vete ya, canalla! Y Elena, de un zapatazo, espantó al intruso.

Ver reír a Nacho le provocó sonreír sin quererlo; era un buen niño, avispado y sensible. Sacó un pollito para enseñarle, el niño sólo atinó a acariciarlo, temeroso.

Es pequeño.

Elena le sentó en su regazo y en minutos Nacho engullía panecillos, bajo la mirada de Mireia, que lanzaba de vez en cuando una vista a Javier. Elena sonrió:

Tienes un hijo precioso, Mireia. Listo y comilón, como debe ser el nieto de una abuela.

Vio el alivio en la cara de Mireia y notó cómo el nudo se aflojaba aún más. Esta chica era buena. Temía por su crío, lo que ser buena madre significaba.

Javier bromeaba, hablando de boda. Mireia callaba, absorta.

Cuando Javier salió de la habitación, Elena preguntó:

¿A ti qué te pasa, que callas tanto? acarició el pelo de Nacho y le acercó el plato de cerezas. Come, mi cielo, son dulces.

No sé yo le dije a Javier que no quiero boda grande. Mejor algo sencillo.

¿Y él?

Que ni hablar, que hay que invitar a todos los primos y tíos, que sería feo no hacerlo.

Bueno, tampoco le falta razón. Pero tú tienes voz. Dime, ¿por qué no quieres jaleo?

Mireia la miró, titubeando.

Me da miedo. La felicidad huye del bullicio. Mi primera boda fue un espectáculo y así salió.

No digas tonterías. Mira, tu marido en paz descanse, seguro querría tu dicha. Todos tenemos el destino escrito, tanto alegría como pena. Hay que aceptar lo que llega, sin amarguras. Lo que importa es vivir con gratitud. Nadie puede escapar de la vida

Tenía miedo

¿Miedo a qué?

A que me rechacen. Por casarme otra vez, por haber sido madre joven Y mi Javier que podría elegir a cualquiera.

Nacho, curioso, dejó el regazo de Elena.

¿Tú quién eres? Preguntó con los mismos ojos grises que su madre.

Pues tu abuela, Nacho. Llámame abuela Elena.

Vale asintió muy serio.

La boda fue tal como Javier quiso. Hubo lengua larga, pero frente a la severidad de Elena, las bromas se apagaron enseguida.

Casi un año vivieron Javier y Mireia en casa de Elena. Ella ya no recordaba nudos ni recelos. Viendo el trato de Mireia hacia su hijo, Elena comprendió que debía dejar de preocuparse tanto. No era fácil, pero Mireia, suave y generosa, siempre sabía aplacar con paciencia cualquier rispidez de la suegra.

¿Por qué callas siempre, Mireia? ¡Explota algún día! Así te calmarías tú y nos calmarías a todos María, la vecina, abría la cancela sacudiendo una rama.

¿Y discutir, verdad? Que la madre y el hijo se pelearan sonrió Mireia, irónica.

Eres muy orgullosa. No te conviene

Conviene más vivir con tu criterio y no hacer caso a cotillas.

María resoplaba, y una nueva murmuración cruzaba la plaza.

La casa nueva estuvo lista un año después, y la familia se mudó. El tiempo volaba. Cuando Mireia sintió que algo iba mal en su cuerpo, fue al médico.

¿Embarazada yo? miró a la doctora, sorprendida.

¿Le extraña? Pero es buena noticia, ¿no es deseado?

¡Por supuesto que sí! Pero no lo esperaba, con el primer hijo fue muy diferente

Requerirá cuidados y, probablemente, hospital. Haremos todo para que los dos estén bien.

Elena fue ese día a ayudar con Nacho. Al cruzar el umbral, vio el sobresalto en la cara de Mireia.

¿Qué pasa?

Nada sólo su cara, pensé que estaba enfadada.

Elena se sorprendió. Ah, María, pensó. Esa mujer le había amargado el día desde temprano.

Que si la chica esta encima viene enferma ¿A quién le va a dar un nieto, Elena? Mejor que lo pienses

¿Pero tú qué tienes dentro? ¿Tu madre no te quiso bastante o por qué tanto veneno tienes tú, María? ¿Mireia qué te ha hecho a ti?

¡Bah, no te lo tomes así! Era broma, anda

Elena se alejó camino a la parada, apretando los dientes para templarse. Mireia enseguida lo notó todo.

No hagas caso, mujer, en el autobús iban dos discutiendo y me he puesto de mal humor. ¡Las cosas de la gente!

¿Te ayudo a preparar la maleta?

Ya tengo todo Si me parte tener que irme al hospital

Hay que hacerlo, Mireia, si es por el bebé y por ti. Y Nacho estará bien conmigo. No te preocupes.

Javier llevó a Mireia al hospital. Días largos de espera, una semana, dos; los médicos, poco a poco, daban su visto bueno.

Pronto a casa, sólo unos días más y bajo vigilancia. ¿Le ayudan en casa?

Claro, está mi suegra. Cuida a mi hijo.

¿Y bien? sonrió la doctora. ¡Eso no es lo que se oye por ahí!

¡Ay, pues la mía es un cielo, se lo juro!

Mientras Mireia preparaba la vuelta, Elena rondaba la casa, inquieta.

¡Dios mío, pero cómo se lo cuento a Mireia! se decía arrancándose los pelos.

Esa mañana Nacho había desaparecido. Siempre obediente, Elena lo dejó en el patio, la cocina daba al ventanal. Lo último que vio fue al niño embelesado haciendo construcciones en la arena. Se distrajo un momento, y al asomarse, vacío.

¿Dónde te has metido? apagó el gas, secándose en el delantal.

Recorrió todo el terreno, luego hasta la verja: abierta de par en par. La calle vacía. ¿Cuánto hacía que le había perdido de vista? Apenas nada. ¿Adónde fue?

Ella no podía saber que Nacho, al oír ruidos tras la valla, corrió a mirar: unos chicos mayorcitos acosaban a un perrito atado. Él tiró de la puerta, y al poder abrirla, intentó defender al cachorro.

¡Dejadlo en paz! ¡Le hacéis daño!

Los chicos se reían, pateaban al animal. Nacho corría de un lado a otro sin conseguir arrebatárselos. Cuando, tras atravesar varias calles, una mujer les gritó, los chicos corrieron y se largaron. Nacho no sabía dónde estaba, nunca había salido solo, el pueblo era grande. Mamá le había prohibido ir más allá.

¡Qué brutos! rezongó la señora. ¿Y tú? ¿Vas a maltratarlo también?

¡No! ¡Está asustado, le duele!

Bien, eso espero

La mujer siguió y Nacho, mirando a todos lados, recordó lo que le enseñaron: que si te pierdes, te quedas quieto y esperas. Vio un banco junto a una puerta y se sentó abrazando al perrito, temblando.

Sin saberlo, estaba muy lejos. Elena buscaba por las calles cercanas, imposible imaginar que Nacho se había ido tan lejos.

Javier llegó, vio la cancela abierta y miró a Mireia.

Espérame dentro, aparco el coche y voy.

Mireia, mareada, ni protestó.

Javier entró, subió corriendo, detectó el gazpacho hirviendo, apagó el fuego. Fue a buscar a su madre.

Elena revolvía calles.

¡Hijo, Nacho!

¿Qué pasa?

Ha desaparecido, he sido un desastre

Mamá, tranquila. ¿Hace cuánto? ¿Por dónde?

Elena, entre sollozos, explicó. Se dividieron las calles: la madre cerca, el hijo se alejó.

Nacho apareció casi una hora después, dormido en el banco, el perrito sobre él. Javier se acercó, el cachorro ladró, Nacho abrió los ojos.

¡Papá! Yo no me moví, como tú dijiste.

Muy bien, hijo, por eso te encuentro ¿Y el perrillo? ¿Le llevamos a casa?

¿De verdad? Un perro sin casa, como don Quijote

Más bien Sancho, mira qué gordo Venga, vámonos.

Recogió al niño y al cachorro, volvió rápida a casa. Elena, perdida, al verles a lo lejos, cayó sentada en un banco, temblando.

Mamá, todo bien. Ya está.

Elena abrazó a Nacho, llorando.

Ay, mi vida, qué susto

Abuela, no lo haré más

Para ella, desde entonces, aquellos nietos eran los suyos. Punto. Que la lengua de María reventase.

Mireia se enteró de lo ocurrido más tarde. Nacho calló, intuía que no era el momento para asustar a mamá. Se rieron juntos lavando al cachorro.

Te extrañé

¡Y yo más!

La hermana llegó puntual: una niña gritona, a la que llamaron Elenita, en honor a la abuela. Elena florecía de alegría, viajaba al pueblo de Mireia tan a menudo como podía. Al principio pensó que Mireia nunca le confiaría de nuevo a los niños, pero la nuera jamás se lo echó en cara.

Podría haber ocurrido igual conmigo, mamá. Nacho es así: le importan más los animales que un coche de carreras. Hasta mariquitas rescata.

Eso es bueno, es un niño bueno.

Elena no imponía consejos, ayudaba donde hacía falta, y Mireia siempre agradecía ese apoyo inesperado.

Gracias, mamá las palabras sencillas de Mireia hacían que Elena quisiera mover montañas por ellos.

Cuando Nacho corría a sus brazos, o Mireia le sonreía con la niña en brazos, sabía que había hecho lo correcto. Aquí, donde tenía que estar.

¿A la nieta otra vez? María, en la verja, mirando cómo Elena cerraba la suya. Los vas a malcriar.

A mis nietos, María, ¡que tengo dos!

Mucho dices sólo una lleva tu sangre

Dos, María, son ambos míos. Y tú qué sabrás de la vida. ¿Quieres que te diga el secreto? Ya que tanto te gusta opinar

Sorpréndeme.

El cariño hay que ganárselo, María. Para que te quieran, tienes que querer. Mis hijos y mis nietos me quieren ¿y a ti?

A mí, al menos me respetan.

Sí, pero el amor, créeme, es más bonito que el respeto. Y mucho más dulce. ¡Anda, que llego tarde al autobús! Me esperan.

Elena echó la llave al bolso y apretó el paso, el corazón pleno de gratitud.

©Esa tarde, al apearse frente al viejo parquecillo lleno de sol, Elena se paró un segundo. El aire olía a pan reciente y madreselva; escuchó las risas de Nacho y Elenita persiguiendo a Sancho, y la voz de Mireia llamándolos a merendar. A contraluz, las siluetas de sus dos nietos y de su nuera ensayaban la estampa misma de la felicidad sencilla.

Supo, entonces, sin atisbo de duda, que el mejor legado no era la sangre, ni la casa, ni la razón ganada en mil disputas de patio. Eran esos brazos que la esperaban abiertos, la confianza imprevista, el agradecimiento silencioso de quien se siente, por fin, en casa.

Avanzó segura, el paso ágil de quien se sabe amada. Y al cruzar la verja, oyó la voz cantarina de Elenita:

¡Yaya Elena, corre, ayúdanos, el cachorro se escapa!

Corrió tras ellos, riéndose como hacía años no reía. El miedo, el juicio, el orgullo: todo quedaba fuera de la verja.

¿Quién necesita más? pensó, mientras la niña le abrazaba el cuello y Nacho le tendía tímido unas flores mal cortadas. El mundo entero estaba allí, en ese instante pequeño y brillante.

Y, por primera vez en mucho tiempo, Elena dejó de preguntarse si realmente era suficiente; porque la dicha, comprobó, nunca pregunta. Simplemente, se cuela por el corazón, sin pedir permiso, como esos nietos que no distinguen entre sangre y amor verdadero.

Allí, entre manos pequeñas y un cachorro lamiéndole la cara, Elena supo que, por fin, había llegado a su gran destino.

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