Entre la verdad y el sueño

Entre la verdad y el sueño

Mira, te cuento: Carmen estaba en su piso de Madrid, envuelta en una manta calentita en el sofá, disfrutando del silencio y la paz después de un día largo. Por la ventana, caían copos de nieve que se deslizaban despacio sobre la barandilla, como si bailaran un vals silencioso en la fría noche de invierno. Acababa de llegar de una prueba del vestido de novia, algo que llevaba esperando entre nervios e ilusión. En la mano tenía todavía la bolsa con los complementos: unos pendientes finísimos, una diadema preciosa y alguna cosilla más para ese gran día. Su cabeza no paraba de darle vueltas a la boda, pensando cómo la verían los invitados, cómo brillaría su vestido, los detalles de los tocados y todo eso que se le pasa a una cuando sueña despierta.

En ese ambiente tan tranquilo, de repente suena el timbre de la puerta. Carmen pegó un bote, apretó bien la manta y miró la hora: las siete menos diez. ¿Quién puede venir a estas horas? Se le pasó cualquier cosa por la cabeza: el repartidor con un paquete olvidado, la vecina de al lado, qué sé yo.

Se acercó cautelosa a la puerta, mirando por la mirilla. Un hombre, alto, pero con el rostro medio tapado… No veía claro quién era. Así que ni loca abría sin preguntar.

¿Quién es? preguntó, intentando sonar tranquila.

Soy yo, Dani dijo él, su voz apagada desde el otro lado. Tenemos que hablar. Es urgente.

Carmen dudó. No es que le apeteciera nada verle Pero y si era por algo de Lucía? Al final, abrió la puerta. Dani estaba ahí con la gabardina empapada y la cara blanca, pero con los ojos ardiendo, como si no fuera él mismo. Carmen se lo vio raro, tenía hasta miedo de haber abierto la puerta. Pero, claro, tampoco podía dejarle fuera.

Pasa, venga, anda le dijo, apartándose. Si cerraba la puerta de golpe quedaría fatal. Estás hecho un cristo de la nieve.

Dani entró en el salón sin quitarse los zapatos, dejando el suelo de parqué lleno de huellas mojadas y sucias. Pero ni cuenta, estaba en las nubes. Carmen lo miraba callada, sintiendo cómo la inquietud se le subía al pecho.

Carmen dijo Dani, apretando los guantes en la mano. Ya no puedo más. ¡Te quiero!

A Carmen como que le tembló el suelo bajo los pies.

Dani, tú empezó ella, pero la voz se le quebró y la frase se le ahogó en la garganta.

Él, sin dejarla terminar, se acercó más, como si con ese paso pudiera recuperar algo que nunca había sido suyo.

Sé que te casas. Que esto es una locura pero tenía que decírtelo. Llevo meses intentando olvidarte, seguir con mi vida, y no puedo. Hablaba despacio, como si le costara un mundo. Tendría que habértelo contado antes. Con Lucía solo salí por estar cerca de ti. Nunca la quise, nunca.

Un frío le recorrió a Carmen el cuerpo. ¿Qué? ¿De verdad había usado a Lucía solo para tenerla cerca? Pobre Lucía, ella sí que estaba ilusionadísima

Soltó la manta sobre el sillón, necesitando volver al mundo real. El aire de la casa le pesaba, le costaba hasta respirar.

Dani ¿pero tú te escuchas? ¡Yo tengo novio, le quiero! ¡Nos casamos! Y Lucía intentó recuperar la serenidad.

Él asintió sin apartar la mirada. Se le veía hecho polvo, pero también con ese alivio de quién se ha sacado un peso de encima.

Lo sé, pero ya no puedo callarme. En un par de semanas estarás casada y ya será imposible. Paró un instante, tragando saliva. Nunca debí callármelo. Lucía para mí no era nada, de verdad…

A Carmen le dolió hasta el alma. ¡Qué manera de jugar con alguien! Pensó en todo lo que había visto: Dani riendo con Lucía, agarrándole la mano en las fiestas, mirándola con ternura. ¿Todo mentira? Su pasado se resquebrajó, y no encontraba cómo encajarlo de nuevo.

Levántate le murmuró, casi en susurro. Por favor, no te arrodilles.

Él obedeció despacio, todavía con un resto de esperanza en los ojos.

¿No me crees? le preguntó, la voz a punto de quebrarse.

Sí, te creo. Pero eso no cambia nada dijo ella firme, dando un pasito atrás.

Tú eres mi amiga, Dani. Pero yo a quien amo es a Alejandro. Y estoy segura de que es él, no necesito a nadie más.

Él bajó la cabeza apretando un anillo en el puño.

¿Y si te lo hubiera dicho antes? ¿Antes de que conocieras a tu prometido?

Carmen se lo pensó un segundo.

Habría sido igual. Dani, no eres mi tipo. Eres bueno, sí, pero no es lo que busco.

Dani se acercó de golpe, con esa urgencia de última oportunidad.

¿Por qué? Si yo sé que tú alguna vez noté algo entre nosotros.

Carmen se movió hacia la puerta, un poco asustada por esa mirada tan perdida.

No hay nada, Dani. Eso que sientes es una obsesión. Te has inventado una historia en la cabeza, donde yo soy perfecta y los demás solo obstáculos. Por favor, acaba de una vez.

Dani apretó los puños, no de rabia sino de desesperación. Buscó palabras, intentando defender su versión de la historia.

No, no me lo invento. Nunca he sentido esto por nadie. ¡Te amo de verdad!

Carmen intentó mantenerse entera. Quién sabe cómo reaccionaría si le gritaba. Y aún así, no podía callar. ¡Esto era también por Lucía!

¿Y Lucía qué? ¿No piensas en lo que le haces? La has usado para llegar hasta mí y ahora pretendes que yo lo deje todo y me vaya contigo.

Sé que he hecho daño pero si tuviera que volver a empezar, haría lo mismo admitió él.

No se puede ser feliz sobre la desgracia ajena, Dani. Y no puedes amar una invención. Apenas hemos hablado. Tú amas un sueño dijo Carmen, directa.

Hizo una pausa para que asimilase sus palabras.

Deberías hablar con Lucía. Se lo merece. Pídele perdón.

Dani se quedó parado, los dedos temblando.

¿Para qué? Si ni la quiero, ni me importa. Tú eres diferente.

Miró a Carmen y ella sintió lástima un segundo, pero enseguida lo frenó. No podía confundirse.

Olvídate de mí como lo de Lucía. Y no pienses que no voy a decirle nada.

Dani la miró, haciéndola temblar. Al final, murmuró:

Me voy. Pero seguiré esperando. Somos el uno para el otro.

No, Dani, no esperes. Vive tu vida y busca a quien puedas de verdad querer, no una idea. Por favor, vete.

Dani salió despacio hacia la puerta, como si a cada paso se le cayera un poco de mundo encima. Antes de irse, se giró:

Gracias por ser sincera dijo, sin más dramas. Pero no pienso decir adiós.

Cerró la puerta y Carmen sintió un alivio pesado, como si se quitase un peso del pecho. Fue a la ventana y miró cómo la calle se iba cubriendo de blanco, y Dani desaparecía por la esquina, encogido y derrotado.

No podía dejarlo así; ¿y si ahora se inventaba algo con Lucía? ¿Si la volvía a engañar? Cogió el móvil y buscó el número de Lucía. Cuando contestó, Carmen lo hizo con una voz casi normal:

Lucía, hola. Tenemos que hablar, es importante.

Al otro lado de la línea, Lucía sonaba preocupada:

¿Qué pasa? Te oigo tensa, ¿todo bien?

Carmen respiró hondo, sin querer dramatizar pero sin poder callar tampoco:

Dani ha estado aquí. Me ha dicho que solo salía contigo por estar cerca de mí, que nunca te quiso, que fuiste la excusa para acercarse contó, cuidando el tono para que doliera lo menos posible.

Silencio. Carmen imaginaba a Lucía asimilando el golpe, dudando si creérselo o si llorar.

Al fin, Lucía respondió temblorosa:

¿De verdad? No me lo creo

No quiero que sigas engañada, Lucía, eres mi mejor amiga aclaró Carmen, nerviosa de lo que venía después. Él dice que solo me quiere a mí, me pidió que dejara a Alejandro para irme con él. Me ha dado miedo tenerle delante, estaba tan raro

Otra pausa, hasta que Lucía respondió, ya sin tanto temblor en la voz:

Vale. Gracias por decírmelo.

Perdón por tener que ser yo, de verdad. Pero es mejor saberlo añadió Carmen.

Sí, lo prefiero así. Mejor saber la verdad admitió Lucía.

Colgaron y Carmen volvió al ventanal. Miró cómo se arremolinaban los copos bajo las farolas y pensó en Lucía, en lo duro que sería afrontar esa verdad, tener que repensar toda una historia. Pero siempre es mejor una verdad difícil que una mentira que tarde o temprano se derrumba.

******************

Mientras tanto, Lucía seguía en la cocina, con la mente en blanco y los recuerdos mezclados, acordándose de la primera cita con Dani, de sus detalles, de su sonrisa, de cuando le susurraba te quiero. Sentía que todo eso había sido una ilusión y que su propio mundo se venía abajo. Tocó la taza de té: estaba helado, ni lo había probado. Solo el tic-tac del reloj rompía el silencio, recordando que el tiempo pasa.

No sabía qué hacer. ¿Llamar a Dani? ¿Pedir a Carmen que viniera? No encontraba paz en ninguna opción.

De repente alguien llamó a la puerta. Lucía fue a mirar y, sí, era Dani. Abrió y lo vio ahí, empapado, con la gabardina mojada, los ojos rojos, la cara pálida.

Lucía empezó él, tengo que contarte la verdad. Nunca

Ya me lo ha contado Carmen le cortó ella, intentando sonar firme. Le dolía, mucho más escucharlo de su boca, pero no podía dejarle hablar.

Dani se quedó corto, con la mano a medias de buscarle el hombro.

Así que Carmen te llamó Yo quería decírtelo antes, en persona.

Lucía cruzó los brazos, la rabia llamando a la puerta pero tragándose las lágrimas. No quería debilitarse delante de él.

¿A qué has venido? ¿A repetírmelo? ¿A hacerme sentir peor?

No, Lucía dio un paso, ella retrocedió. He venido a pedirte perdón. Por no ser sincero, por usarte.

Buscaba cómo pedir disculpas sin hacer más daño.

Sé que no tiene arreglo, que te he hecho daño. Pero no podía irme sin decirlo.

Silencio. Lucía lo miraba queriendo sentirse enfadada, pero lo que le salía era desprecio. Qué fácil jugar con el corazón de alguien.

Podrías haber sido sincero. Pero has ido corriendo a pedirle a Carmen que deje todo por ti. ¿Ahora dices que lo sientes?

Era mi última oportunidad, Lucía. Solo pensaba en ella. Dani abrió una cajita de anillo, temblando. Toma, guárdalo tú, aunque no signifique nada

Lucía vio el anillo, sencillo, de oro, con un diamante pequeñito. ¿De verdad? ¿Un anillo para otra? Lo miró con frialdad.

Guárdatelo, no quiero nada tuyo.

Dani lo cerró y soltó un suspiro. Se lo veía vencido.

Lucía, en serio lo siento intentó recomponerse. Quisiera arreglarlo de alguna manera.

Ella lo miró como quien mira a un desconocido.

¿Arreglarlo? ¿Vas a casarte conmigo para compensar? ¿A tirarte bajo un tren para que yo me sienta peor?

Dani no pudo ni responder. Solo la miraba, entendiéndolo todo tarde.

Quisiera empezar de cero, sin mentiras.

Eso solo se puede con quien confías. Y yo ya no confío en ti dijo Lucía, segura. No quiero verte, ni saber nada. Me hace falta tiempo, distancia.

Dani bajó la cabeza, guardó la caja y aceptó el golpe.

Lo entiendo. Perdón por romperte así. De verdad.

Iba a irse, cuando llamaron otra vez a la puerta.

Era Alejandro, el prometido de Carmen. Alto, muy correcto, esa seriedad del madrileño elegante y decidido. Ni sonrió ni saludó; solo preguntó seco:

¿Puedo pasar?

Lucía le dejó entrar. Ella notó cómo Dani se encogía al verle. Alejandro fue directo:

Sé todo lo que has hecho, Dani. Lo que has hecho a ambas.

Dani quiso decir algo, pero Alejandro cortó:

No hace falta que hables. Carmen me lo contó todo. Y hay cosas que solo se arreglan a la madrileña.

Alejandro se plantó delante de Dani, que reculó como pudo. Lucía quiso intervenir; aún dolida, no podía evitar querer que Dani no acabase peor.

Alejandro, por favor susurró.

Esto ya no va contigo, Lucía. Sabes bien que lo merece replicó él, fulminando a Dani con la mirada.

Dani se fue arrinconando hasta que Alejandro, con toda la calma del mundo, le encajó un golpe certero en la boca. Dani se dejó caer al suelo, sangrando y aturdido.

Esto es solo el principio. Si vuelves a buscar a Carmen o a Lucía, lo vas a lamentar más todavía. ¿Queda claro?

Dani no contestó. Se levantó como pudo, se limpió la boca y desapareció de la casa, sin más.

Alejandro entonces se giró hacia Lucía. Su mirada se suavizó un poco.

Perdona el espectáculo. No me gusta la violencia, pero con algunos, no hay otra.

Lucía lo entendió. Alejandro lo había hecho para proteger, por Carmen y también por ella.

Quizá era lo que hacía falta Gracias le susurró.

Alejandro le sonrió:

Sé fuerte, Lucía. Para esto y para lo que venga. Carmen se preocupa mucho por ti.

Es la mejor amiga que tengo, y me alegro de que esté contigo le respondió ella, agradecida.

Se quedó sola, pensando que por fin se había cerrado una etapa.

Se acabó, pensó. Y aunque aquello aún le dolía, esa herida era ya el principio de otra vida.

**********************

Dani, mientras tanto, andaba por Gran Vía como si no existiera el frío ni el tráfico ni la ciudad. La herida en la boca le latía, pero el dolor de dentro era peor: había perdido a las dos. Lucía, para siempre. Y a Carmen, en el momento en que dejó que las mentiras y la obsesión mandaran sobre la amistad y el respeto.

Al día siguiente fue al trabajo con la cara marcada. Nadie le preguntó nada; él tampoco tenía ganas de dar explicaciones. Apenas una semana después pidió el traslado a Barcelona. El jefe, extrañado, aceptó sin demasiadas preguntas. Dani no podía seguir en ese Madrid lleno de recuerdos, de esquinas donde todo le pesaba.

Antes de irse, devolvió el anillo en la joyería en la calle Serrano. Le dieron los euros correspondientes, que transfirió a la cuenta de Lucía con una breve nota: Perdón. Es tuyo. Nada más.

El día de la mudanza, Dani esperaba el taxi bajo la nieve, mirando el portal donde soñó, mintió y acabó solo. Cerró la puerta, se subió al coche y pidió que le llevasen a Atocha.

Por la ventanilla los copos iban borrando poco a poco el skyline, como si todo aquel pasado se difuminara en el cristal. En su pecho solo quedaba la certeza de que tenía que aprender a vivir de nuevo.

Mientras, en una cafetería castellana cerca del Retiro, Carmen tomaba un chocolate caliente junto a Lucía y Alejandro. La charla era tranquila; Carmen hablaba ilusionada de los preparativos de la boda, Lucía la escuchaba con una paz que hacía tiempo no sentía, y Alejandro iba interviniendo con comentarios cariñosos, sin robarles protagonismo.

Lucía, mirando cómo la nieve caía tras el cristal, se atrevió a decirlo en alto por fin:

Ya no estoy enfadada con él. Solo me da pena cómo terminó todo.

Carmen apretó su mano con cariño:

No tienes nada que lamentar. Te mereces algo real, no historias a medias.

Lucía asintió. Sabía que su amiga lo decía de verdad.

Y lo encontraré respondió tranquila.

Fuera, la nieve seguía envolviendo la ciudad, cerrando una historia y dejando sitio a todo lo nuevo. Dentro, las tazas de chocolate se enfriaban, pero en ese rincón los tres sentían que, pase lo que pase, la vida sigue. Y eso ya es suficiente.

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