La vida vacía de Dasha

La vida vacía de Daria

La escarcha ya no le mordía los pies descalzos: Daria había dejado de sentirlos. Sólo el viento, cortante como un látigo, la azotaba en la cara, los brazos y el cuello, atravesando el pecho cubierto tan solo por una camisa de dormir. El cabello, ya completamente canoso, se había congestionado de nieve y pesaba como estalactitas. Una ventisca densa silbaba y golpeaba sin piedad, y Daria ya no sabía bien hacia dónde caminaba, perdida en su propio corral. Se apoyó de espaldas contra las heladas tablas de la valla, cruzó los brazos en el pecho y empezó a sollozar:

¡Ojalá me muera ya! ¡Llévame, Señor!… Morirme ya…

Esa misma noche habría muerto de frío si no fuera por su vecina, Galina, que salió a ver a la vaca. ¿No estaría acaso a punto de parir? Vio que la puerta de Daria estaba abierta y una luz se colaba por la rendija.

¡Daria! ¿Estás ahí trasteando en la oscuridad?

Pero Daria solo estaba allí, en una esquina del corral, oculta de la vida por los árboles y la ventisca. Con los ojos apretados, repetía, como si estuviera trabada: “morirme”, “morirme”.

Galina, alarmada, saltó al patio, entró por la cancela de Daria.

¡Daria! ¿Dónde estás? ¡Daria, mujer! ¡Daria!

Aunque hubiera querido, Daria no podría haber contestado. Al ver a Galina, suspiró hondo y resbaló por la valla, bajando la cabeza canosa y despeinada piernas arriba. Se encogió, las lágrimas resbalando por sus mejillas grisáceas y hundidas. Luego alguien intentó arrastrarla, levantarla, pero era inútil: la vieja era ya como de piedra, rígida por el frío.

¡Vaya cabeza la tuya, mujer! ¡Espérame, ya vuelvo! exclamó Galina corriendo de vuelta a su casa a por su marido. Juntos pudieron llevar a Daria al interior de la casa.

Desde esa noche, Daria no volvió a andar. Por la mañana vino la joven médica del pueblo; se sorprendió de que, a sus noventa y un años, no le hubiera dado ni un resfriado, sólo los pies quemados por el hielo. Se inclinó sobre su cara y le dijo:

Lo mejor es que vayamos al hospital. ¿Llamamos a la ambulancia?

La anciana miró, triste, el cabello negro y las mejillas rosadas por el frío de la joven, y negó con la cabeza.

No necesito ir a ningún sitio. Me quedaré aquí. No pierdas el tiempo conmigo, hija. No necesito nada. Vete con Dios.

Daria se quedó en la cama dos semanas. ¿Por qué, para qué había salido aquella noche al patio, descalza y en camisón? Todos decían que era su torpeza, pero para ella había en aquello algo misterioso, casi un destino. La noche anterior había estado sentada en la cama, deshaciendo un calcetín de lana bajo la luz mortecina de la bombilla. Sus dedos de vieja se movían con agilidad: los movimientos aprendidos de toda una vida. Pero sus pensamientos estaban muy lejos del calcetín. La mirada fija, casi sin vida, en un punto de la pared. Sonreía raramente, como a recuerdos lejanos.

Nunca le sucedió nada bueno en la vida. Puro trabajo y necesidades, sólo un tenue y breve rayo iluminó aquel reino de carencias sin fin: un único impulso de amor vivido una vez.

Se llamaba Gregorio.

Gregorio Gregorico… musitaba ella entre dientes, ampliando aún más aquella sonrisa enigmática.

No sabía si era un sueño o realidad: se veía caminando por el campo, tras la arboleda donde terminaba la finca de la señora. Daria, con una mano sobre los ojos para ver a lo lejos, aguardaba. Él había prometido venir. Por dentro, sentía miedo y esperanza. Y en la calima de aquel campo de centeno, al fin veía una figura masculina. Corría hacia él, feliz, gritando su nombre: ¡Gregorio! ¡Gregorio!

Con ese dulce devaneo, Daria se quedó dormida. Pero en la segunda mitad de la noche, despertó inquieta en la cama. Miró por la ventana: ventisca afuera, cristales a punto de quebrarse. Tiró de la manta, extendió los brazos y, palpando las paredes en la oscuridad, fue hacia la puerta.

Vuelvo enseguida… sólo un minuto…

Salió, empujando la puerta con el pie, sin memoria de sí misma. Miró enajenada la ventisca blanca sobre el pueblo. Extendió la mano, como si pidiera:

Gregorio…

El frío le quemó el cuerpo, le heló las entrañas. Descalza, bajó los escalones gélidos y salió al sendero. Miraba sólo al frente, al otro lado de la valla, caminando hacia él, luchando contra el temporal.

¡Gregorio! ¡Estoy aquí! ¡Gregorio!

Cuando llegó a la valla, buscó, miró a un lado y otro. Ahí fue cuando sintió que los pies ya no le respondían, que en un minuto más no podría moverlos. Se apuró a bordear la valla hacia el portón, aún sonriendo.

Enseguida… miro por este lado

Pero ya no encontró el portón. Se giró, desorientada, se perdió en su propio patio. Lograba llegar sólo hasta troncos, valla, pies hundidos a media pierna en la nieve Así la hallaron los vecinos.

Galina venía a verla, le traía sopa, calentaba la estufa. Venía la médica para curarle los pies, untarle pomadas que apestaban y pedirle que midiera la temperatura. Daria obedecía, y en cuanto se quedaba sola, contemplaba el techo con ojos vacíos, escuchando los sonidos de la calle: los perros ladrando, el crujir del carro, el bullicio de los niños saliendo de la escuela.

Dormitaba cada vez más a menudo. Abría los ojos y veía el sol o, de pronto, que ya era de noche. Crujía la leña en el hogar. Goteaba el tejado. Dios mío, ¿cuándo será mi hora? Morirme ya, pensaba una y otra vez.

Desde muy pequeña comprendió una terrible verdad: su destino era una cuesta empinada de barro y maleza: de ahí solo se podía descender, golpeándose contra raíces y piedras. Nadie te tendería la mano, ni te ayudaría a volver arriba, al sol. Así vivía todo a su alrededor, y nunca esperó otra cosa. Se resignó a que la vida era una larga y áspera caída y lo único era aguantar, rechinar los dientes para no gritar.

Aquel año, la primavera llegó tardía y hostil. No trajo calor, sino lluvias largas y vientos fríos; los caminos se convertían en un barrizal. La nieve no se fue hasta mayo, y bajo ella apareció una tierra reseca y desgastada. Los árboles no rebrotaban y los huertos se mantenían oscuros y desnudos, como quemados por el fuego. Daria, ajustando el nudo del pañuelo húmedo sobre la cabeza, volvía del pozo por el camino de barro. Los cubos de agua tambaleaban en el yugo, salpicando los charcos helados y mojándole los pies resquebrajados. Al otro lado, junto a una cerca torcida, un grupo de hombres fumaba bajo la insistente lluvia, encogidos. Murmuraban miradas esquivas hacia ella, pero Daria pasó sin levantar la vista. Hacía tiempo se sentía invisible, parte del paisaje gris y monótono.

¡Daria! gritó Agustina, la vieja labradora que había servido con ella para la señora. El grito cortó el aire húmedo. Era un grito áspero, de mando, que no admitía replica. ¡Anda, vete a la tienda! Dile a Santiago que te dé unas varas de algodón estampado para la señorita. El mejor, ¡con flores! No tardes, que hoy vienen invitados de la capital y esta noche hay cena grande. ¡Y corta flores!

Daria dejó los cubos en el portal, procurando no derramar el agua preciosa, se limpió las manos con el mugriento delantal y se fue hacia las afueras. Tenía veintidós años, pero sentía que la vida, si alguna vez la había rozado, ya se la había llevado el viento. Doce años habían pasado desde que, tras morir sus padres, la viuda de la hacienda, tacaña y chillona, la recogió como sirvienta por un trozo de pan. Entonces era una niña flaca y apaleada con la mirada asustada, temerosa de cada sombra, de cada voz. Ahora era alta, fuerte, callada, con manos anchas y trabajadas, ojos ya sin brillo.

Trabajaba de sol a sol: hasta el zumbido en las sienes, hasta que las piernas se le volvían de plomo. Partía leña bajo la lluvia de otoño, ordeñaba cabras en el establo helado, amasaba barro para el horno, lavaba en el río hasta quedarse sin tacto. Desmalezaba la huerta bajo el sol, con el aroma ácido y tentador de las grosellas y frambuesas, prohibidas para ella: la señora contaba cada fruto y la castigaba si faltaba uno. Se habituó a no mirar alrededor, arrancar las malas hierbas con furia, morderse los labios para no llorar, aguantar la jornada con la única esperanza de que la dejasen en paz. Hasta la noche, su espalda flaca cruzaba los vergeles mientras la fruta madura goteaba cerca de su boca, pero Daria resistía.

Los sábados encendía la sauna: acarreaba pesados baldes de agua del río, metía leña hasta asfixiarse, frotando la espalda blanda y ancha de la señora con un estropajo áspero hasta caerle el sudor en los ojos. La anciana se giraba lentamente, mostrando hombros y costados. Daria se arrodillaba o se subía a puntillas para frotar bien los omóplatos. Luego la secaba y vestía, ayudándola con todas sus fuerzas a volver a la casa. Le zumbaba la cabeza, sentía náuseas. La señora refunfuñaba, la regañaba, la pinchaba en los costados, y a veces, si estaba de humor, le acariciaba la mejilla con la mano caliente y le llamaba mula de carga. Daria estaba acostumbrada. No conocía otra vida ni la deseaba. Aquella era una existencia de cansancio, de muros invisibles, de esperanzas enterradas en vida.

No le importaba cómo iba vestida, ni quién le dirigía la palabra, ni la ropa vieja que la señora le destinaba en fiestas. Le aburrían los encuentros de chicas tras la siega, lo mismo que los comentarios de los mozos. No soportaba un minuto sin tarea y la señora ya no podía pasar sin ella.

En una ocasión, mientras Daria, subida a un banco y con el cuerpo estirado, limpiaba el espejo alto del salón, la dueña la preguntó pensativa:

¿Y tú, Daria, no quieres casarte? ¿O prefieres quedarte soltera?

Daria bajó, torció el paño y contestó sin emoción:

Como usted guste.

¿O te quedarás como una solterona?

Me da igual.

¡Eso, eso! le golpeó el hombro la señora. Mejor soltera. Así no tienes niños chillando ni líos. ¡Con el trasero que tienes arrastrarías una docena de críos! Vaya suerte la tuya, nada que ver con mi Paula

Pensó en santiguarse pero se distrajo. No le apetecía perder a tan buena sirvienta, aunque también le divertía la idea de casarla. Frunció el ceño, como siempre que debía decidir algo; la hija la llamó desde dentro y lo dejó estar.

Aquel diálogo no agitó ni una cuerda en el alma de Daria. Su alma dormía, apacible y atontada. Sana y fuerte, no deseaba nada para sí misma, aunque los instintos estuviesen ahí, silenciados tras un muro. Y los hombres y chavales del pueblo, habituados a aquella belleza fría, a caminar firme y sin insinuaciones, no veían en ella nada tentador. El viejo mulero Pablo solía decir: La belleza de Daria es de otro mundo, solo para Dios. Y así hubiera seguido, de no haber surgido un imprevisto.

Fue a comienzos de junio, cuando por fin el aire se hizo dulce y los pastos brillaron verdes. Esperaban visitas importantes en la hacienda. La señorita joven enfermiza, pálida debía recibir a un joven de la ciudad, posible pretendiente. Mandaron a Daria a recoger margaritas para decorar. Bajaba ligera por el prado, los pies desnudos en la hierba mojada, cuando, al doblar un camino, la paró un mozo desconocido. Portaba un chaleco elegante sobre su camisa bordada y llevaba unas botas brillantes. Ojos vivos, algo chulescos, cabello rubio peinado a raya y perfumado: era Gregorio, mozo del cortijo vecino y acompañante del joven caballero. Plantado en medio del sendero, la miraba evaluando, como quien revisa una yegua en feria.

Qué tal, guapa se burló, recorriéndola con la mirada, reparando en sus brazos fuertes y el pecho alto y firme que tensaba la blusa descolorida.

Daria ni le miró. Se apartó con paso seco.

¿Qué te pasa?, gruñó sin levantar la cabeza.

¿Y cómo te llamas?

Quien me llama, ya lo sabe. No tienes que saberlo tú. Y sin mirarlo, lo rodeó como se esquiva un poste.

Gregorio insistió. Empezó a venir cada semana con el joven de la ciudad. Su voz se oía en la casa; sus ojos la seguían cuando ella encalaba paredes o fregaba cazuelas. Siempre la interceptaba: en el pozo, el pajar, la puerta trasera. Le soltaba palabras sucias, algún apretón, pero ella se apartaba en silencio, como si no lo notara. Una vez, yendo al almacén por harina, la sorprendió y la sujetó contra los sacos. Daria no chilló. Instintivamente lo apartó de un empujón tan fiero que Gregorio dio con la cabeza en el poste. No se asustó, solo lo miró fijamente, desde arriba, con paciencia helada:

Menuda suerte la tuya…

Y se arregló el pañuelo, sacudió la faja y salió, dejándolo en la paja. Gregorio, sentado frotándose el chichón, la vio alejarse; ya no sólo deseaba poseerla, tenía un ardoroso y punzante interés: estaba ante una mujer como no había conocido.

¿Qué sentía Daria? No era exactamente indiferencia, pero tampoco atracción de doncella. Lo que le sucedía era nuevo, inusual. Ni pensaba en Gregorio: era sólo el desencadenante de una luz desconocida que empezaba a prender en su interior.

Daria empezó a sonreír más a menudo. Quería sentir de nuevo aquel cosquilleo extraño que él le había despertado. Se levantaba antes del amanecer para ver la niebla sobre la pradera, ordeñaba a la vaca, se quedaba absorta viendo relucir el sol en el rocío, imaginando lanzarse en la hierba riendo, rebosante de juventud. No sabía qué deseaba: sólo vivir. Pero enseguida, sintiéndose culpable, corría a buscar una tarea. Así pasaban los días.

Los cortejos de Gregorio no lograban nada, salvo un beso robado en la bodega y una bofetada directa y serena. Pero su persistencia dio frutos: un día, Daria lo miró con una sonrisa furtiva al verlo con la carretilla; otro día, él percibió desde el patio que ella lo contemplaba largamente entre las cortinas. No era nada aún, pero Gregorio no perdía la esperanza. Aquella historia, más bien un esbozo, fue corta.

Cierto día, Gregorio salió en defensa de un niño sorprendido robando en el campo del señorito. La dueña ordenó azotar al chiquillo. Daria, al verlo todo, se desesperó; quiso interponerse, pero el mayoral la echó a empujones. Cogió un palo dispuesta a golpearlo por detrás. Todos se quedaron helados. Gregorio saltó al ruedo, le quitó el látigo al mayoral y le gritó:

¡Fuera de aquí! ¡A la señora le cuento yo todo! ¡Fuera!

Las mujeres corrieron al chico lloroso, le preguntaron su nombre, intentaron calmarlo. El niño soltó un mi madre murió anoche murió…, se encogió y sollozó.

Daria, al oírlo, apretó los labios y, como martillazo, la memoria de su propia infancia la tumbó. Rasgó el escote, partió la cuerda del crucifijo y se encerró en su cuarto de criada, muriéndose de lágrimas. Hombros convulsos, uñas clavadas en el colchón, lloró por compasión y rabia, por el anhelo de lo nunca tenido.

Gregorio fue a buscarla, abrió la puerta crujiente y se sentó a su lado. No dijo nada inútil: simplemente la rodeó con el brazo. Ella, por primera vez, no lo apartó. Se apretó contra él, notando el calor de su cuerpo joven y fuerte, y se quedó quieta, escuchando su respirar, hasta que susurró:

¿Y qué hay más allá del bosque? ¿Qué hay más allá?

La ciudad contestó él, apenas sorprendido. Una gran ciudad. Casas de comerciantes, mercados, catedrales.

¿Y más allá?

Otra ciudad, y después, dicen, el mar. Lejos, muy lejos.

Daria calló. Nunca había visto el mar, ni siquiera se atrevía a cruzar el río. Pero le nació el deseo de verlo. De dejar atrás todo: los golpes, el trabajo, los insultos. Quería ser persona. Se volvió a mirar a Gregorio: con sus manos ásperas y cuarteadas tomó su cara, y, por primera vez, le preguntó, mirándolo a los ojos:

¿Me llevarías contigo? ¿Te casarías conmigo?

Gregorio dudó. Era fanfarrón, le gustaba presumir ante las mozas, pero temía compromisos. Vacilaba, decía que había que esperar, que necesitaba ahorrar. Pero Daria ya no escuchaba. Se transformó; era súbitamente valiente, decidida, casi loca de esperanza. Lo atrajo a sí, lo besó con ansia, le susurró que nada le importaba salvo estar con él, irse lejos por fin. Aquella noche perdió su crucifijo: la cuerda se rompió y cayó al suelo. No lo buscó. Así debe ser, dijo, con una extraña resignación en la voz.

Gregorio vino dos veces más. Se veían a escondidas en el pajar, en la bodega, o entre los chopos, fuera del pueblo. Daria florecía: caminaba ligera, altiva; sus mejillas recobraron color, los ojos brillo. Volvió a sonreír, torpemente, como si aprendiera de nuevo.

Pero todo acabó pronto. La boda de la señorita fue un tumulto de acordeones y borrachos, y el joven señor se marchó a la ciudad, llevándose, claro, a Gregorio. Nadie avisó a Daria. Se enteró por la cocinera, quien, compasiva, le dijo: Tu Gregorio se fue, Daria; olvídalo.”

Daria esperó. Salía cada tarde al camino, fijo en la estela de polvo que llevaba al bosque. Pasaba horas de pie, los brazos cruzados al pecho, mirando al horizonte, hasta que caía la noche y salían las primeras estrellas. Dejó de comer, de dormir. Su rostro, tan bello y ahora consumido, se volvió transparente: los ojos hundidos brillaban con una fiebre loca. Agustina la regañaba, la insultaba, le tiraba la escudilla, pero Daria sólo sonreía con una felicidad vacía: estaba segura de que volvería, que no podía ser de otro modo. Lo sentía en cada fibra exhausta.

Pasó el sofocante verano; llegó el otoño, gris y empapado, de neblinas interminables. Daria hallaba placer en contemplar la línea lejana del bosque, donde los árboles rozaban el cielo. Creía que, si esperaba lo suficiente, Gregorio volvería. No preguntaba por él; si le hablaban, no entendía, sonreía nada más. Sabía que alguna fuerza maligna impedía su regreso. Y además, si en una vida de miseria había habido días tan luminosos al lado de Gregorio, debía bastar el deseo de volver a verlos para que, de algún modo, él también los anhelara. ¿Quién no desea felicidad? Ella creía que sólo hacía falta esperar. Hablaba poco y breve. Se sumergía en sus pensamientos y descargaba rabia en el trabajo. En los ratos libres, se sentaba mirando a ninguna parte, días, meses, años deslizándose uno sobre otro. Esperaba.

Un día, a finales de octubre, cuando los árboles ya estaban desnudos y los campos oscuros, Daria ocupada en su huerto levantó la cabeza de pronto. En el borde del campo, junto al bosque, creyó ver una figura masculina. El corazón se le paró. Era Gregorio, pensó. Soltó la azada y corrió, sin sentir los pies, agitando los brazos, gritando su nombre con voz rota:

¡Espera! ¡Espera!

Pero el hombre, lejos, no se volvió. Daria llegó jadeando a una pequeña acequia, crecida por lluvias. Nunca supo nadar y él estaba ya al otro lado. Se subió a un tronco y se quedó mirando hambrienta esa espalda que se alejaba. Temía llorar: si lo hacía quizá él se desvanecería. La cabeza rubia desapareció fundiéndose con el color de la camisa. Sólo quiso alzarse de puntillas, estar un segundo más cerca pero ya no era más que una mancha confusa en la distancia, devorada por la pradera infinita.

La encontró Clara, la vecina, repicando en el huerto. Se acercó, negando la cabeza:

¿Qué haces sentada así, muchacha? Has salido corriendo, ¿por qué?

Era Gregorio dijo Daria sin mirarla.

¿Gregorio?

El mozo… aquel que venía con el joven caballero a la hacienda

¿Del cortijo vecino, dices? Anda con ojo, ¿qué te importa?

Le espero.

¿Esperar, para qué? suspiró la mujer. Cuentan que casó hace años ya, antes de la guerra. Vive en Navamorales, igual que siempre.

Mientes dijo Daria en un hilo de voz, tan fría y dura que la mujer se apartó.

¿Mentir? ¡Tonta eres! escupió. Mi marido estuvo allí no hace mucho: tiene un montón de críos, está tullido tras un accidente; la mujer, agotada. Viven en la miseria casi seguro ya ni vive. ¡Vaya suerte la tuya! ¿Y tú, de qué te ríes?

¡Ja, ja, ja! Daria se reía sentada en el suelo, el pelo revuelto, la falda arremangada, rodillas blancas bajo el sol. Una risa áspera, desquiciada.

¡Chalada perdida! la vecina se santiguaba rápido. Ese hombre irá bajo tierra ya, y ella se ríe como una loca. ¡Vaya cruz!

Está joven, guapo, sano Daria se tocaba el pecho y los ojos le brillaban de locura. ¿Sabes quién soy?

¿Quién?

Su esposa. No tenemos hijos aún, no he estado preñada.

¡Loca! chilló la otra. Ya debe tener cerca de cincuenta, era joven en tus tiempos. ¡Ven aquí!

Ella seguía riendo, con ojos vidriosos:

¿Por qué mentiste? ¿Por qué?

Pobrecilla, pensó Clara, alejándose casi de espaldas. Dios la ampare, está fuera de sí y volvió a santiguarse, temerosa de mirar de nuevo.

Desde entonces, Clara y todo el pueblo empezaron a llamarla loca. Daria no volvió a llorar ni a esperar en aquel sentido desesperado. Trabajaba en su huertecillo con furia, como si el trabajo pudiera apagar el nido de dolor en el pecho. En los descansos se sentaba en el portal, mirando al bosque donde, para ella, quedaba el mar. Y en los ojos le quedó una calma tan profunda y vacía que nadie se atrevía a mirarla.

Mientras no se encogió del todo por la vejez, incluso en pleno junio, cuando el aire estaba embriagado de peonías y tilos en flor, Daria se ponía una falda limpia, se peinaba el cabello largo y entrecano y salía al prado, mirando durante horas donde el azul del bosque se unía al cielo. Inmóvil, aún airosa pero ya sin belleza, en su figura había algo ancestral y paciente: parecía enraizada a la tierra, aguardando no años, sino siglos. Si alguien, por lástima o curiosidad, le preguntaba a quién esperaba, respondía bajito, con una sonrisa serena:

A mi felicidad. Está allá, tras el bosque. Gregorio prometió venir hoy.

¡Está chiflada, pobre mujer!

Y sólo el viento en la copa de los árboles respondía, y el río seguía su lento curso, y, muy lejos, tras el bosque y los pueblos y las ciudades, rugía aquel mar desconocido cuyo nombre tan hermoso nunca pudo llegar a conocer.

La puerta de su casa chasqueó. Galina vino a encender la estufa. Daria desvió hacia ella su mirada sin vida.

¿Qué tal los pies? preguntó Galina.

La anciana masculló algo ininteligible. Galina se acercó.

¿Eh? No te oigo.

Morirme ya… Ya no vendrá. Sólo queda morirseGalina se sentó junto a la cama, silenciosa, las manos cruzadas sobre el delantal. Miró a Daria con una ternura resignada: los ojos de la anciana, que a veces parecían llenos de invierno, esta vez tenían una suave luz, como si alguna brasa oscura hubiera vuelto a arder.

Fuera, el viento empujó la cortina, colando olor a tierra mojada. El crujido de las ramas llegaba lejano, mezclado con las risas de unos niños a lo lejos. Daria cerró los ojos y suspiró hondo, como quien por fin se permite soltar el peso de un fardo largamente llevado. En su interior, vio de nuevo el campo de centeno, y sobre la colina, la silueta de Gregorio esperándola. Ya no tenía miedo de las raíces ni del barrizal, no le dolía el cuerpo cansado: cruzó, corrió, y esta vez pudo abrazarlo.

En la habitación, Galina le tomó la mano, tibia aún, y la cubrió suavemente con la suya.

Descansa, Daria… susurró, sin esperar respuesta.

Un hilo de sol, al fin, se coló entre las nubes y rozó el rostro tranquilo de la anciana. En su boca ligera tembló una sonrisa. Afuera, por primera vez en mucho tiempo, una alondra cantó sobre los tejados, y el pueblo entero, sin saberlo, se estremeció por un segundo.

Esa tarde, cuando pasaron a verla, Daria ya no estaba. Pero sobre la cama, entre las manos entrelazadas, alguien encontró una flor marchita de centeno y, junto a ella, el trozo viejo de una cuerda, como la de un crucifijo perdido hace muchísimos años.

Y así, bajo ese mismo sol recién nacido, Daria cruzó al fin el bosque, llevándose consigo toda la esperay al otro lado, quién sabe, quizá por fin la esperaba, por primera vez, la dicha.

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