No estoy

No estoy
¿Otra vez has comprado esa porquería? exclamó Eugenio dejando la bolsa sobre la mesa con tal energía que algo tintineó dentro. Te dije que nada de Velour. Caro y para nada.

Concha Fernández miraba por la ventana, absorta, al patio de su urbanización de Getafe. Allí, una niña del portal, que no tenía más de siete años, estaba espantando palomas. Las aves levantaban el vuelo en un remolino blanco y gris, dispersándose cada vez como si nada, para volver luego a picotear migajas en el asfalto ajadas. Concha las observaba y no recordaba cuándo fue la última vez que compró algo solo porque le apetecía. Solo porque sí.

Es una crema de manos, Eugenio. Diez euros.

Diez euros son diez euros. ¿Ya no sabes restar?

No respondió. Se volvió, recogió la bolsa, sacó el tarrito con la tapa dorada y lo puso en el alféizar junto al geranio mustio. El geranio no florecía desde hacía siglos y Concha siempre pensaba que tenía que averiguar por qué, pero el tiempo se le escapaba entre los dedos.

Concha. Te estoy hablando.

Te escucho, Eugenio.

Cruzó a la cocina, abrió la nevera y dejó que la mente revoloteara sobre la cuestión de la cena. Detrás de ella, reconocía el compás de las pisadas de Eugenio; escuchó la puerta del despacho cerrándose de un portazo. Suspiró.

Cincuenta y ocho años. Una vivienda de tres dormitorios en Getafe, calle Libertad. Casada con Eugenio Camacho desde hacía veintinueve años. Un hijo, Álvaro, que vivía en Valladolid, llamaba los domingos salvo cuando no llamaba. Una casita en la sierra de Madrid, un coche que sólo él conducía, y un trabajo en la biblioteca pública, donde era la bibliotecaria veterana desde hacía dieciocho años.

Tenía una vida, vaya. Nadie podía quitársela, pero a ratos dudaba de si se la habían robado.

Sacó una pechuga de pollo, la puso en la tabla y cogió el cuchillo. Fuera, la niña había desaparecido, las palomas también. El patio estaba gris, vacío, con hierva seca saliendo por las rendijas del asfalto.

Concha se dio cuenta de que estaba parada con el cuchillo en la mano sin hacer nada. Solo eso, estar.

Dejando el cuchillo a un lado, fue hacia la ventana y abrió la crema. Olía suavemente a flores. Se la puso en el dorso de la mano, frotó. La piel absorbió la crema en un instante, y le quedó la sensación de que alguien, durante un segundo, le sujetaba la mano para consolarla.

Cerró la tapa y volvió al pollo.

Esa noche fue como tantas. Eugenio cenó en silencio, vio las noticias y se acostó. Concha se quedó un rato en la cocina con el té frío y un viejo ejemplar de Jardines del Sur. No lo leía, solo pasaba las páginas.

Por la mañana, llegó a la biblioteca y encontró a Loli Márquez llorando detrás de la estantería de revistas.

Loli, ¿qué pasa?

Loli era tres años mayor, llevaba en la biblioteca desde los días de la Expo de Sevilla y sabía el sitio de cada libro de memoria. Concha jamás la había visto llorar, y la imagen le impactó.

Nada, hija, nada repuso Loli, haciendo un gesto con la mano, sacando el pañuelo. Es una tontería, perdona.

Si quieres contármelo

No hay nada que contar se sonó la nariz y guardó el pañuelo. Me llamó mi hija ayer. Me soltó que estoy anticuada. Así, tal cual. Anticuada.

¿Y eso?

Le di un consejo, cómo hablar con el marido, sabes y ella, mamá, tus consejos son del milenio pasado, no tienes ni idea de cómo va la vida ahora. Loli ordenó las revistas meticulosamente. Igual tiene razón.

Qué va aseguró Concha.

¿Y tú cómo lo sabes?

Concha no supo qué decir. Se quedaron un rato en silencio, oliendo a papel y madera vieja, antes de volver cada cual a su puesto.

A la hora de comer, salió a la plaza. Abril, fresco pero soleado. Se sentó en un banco, cerró los ojos, dejando que el naranja le tiñera los párpados. Pensó en Loli, en su hija, en la palabra anticuada.

Después pensó en sí misma.

Concha Fernández Peña, de soltera Gómez; nacida en Valladolid, 1966; profesora de lengua y literatura que, por los azares del amor tardío, se casó a los veintinueve con Eugenio, ingeniero, serio, confiable. Al año llegó Álvaro. Baja, vuelta al trabajo porque su madre, ya muy mayor, vivía con ella y luego murió. La vida fue dándose: sin grandes dramas ni exabruptos.

Pero en esos remiendos, en algún recoveco, se le perdió algo que hasta ahora no había sabido nombrar. Pero sabía que existía. Y que se había ido.

Abrió los ojos. Justo enfrente, un ciruelo florecía a lo loco, desafiando toda lógica; nunca lograba acostumbrarse a la facilidad escandalosa con que esos árboles le echaban cara a la primavera. Concha pensó que hacía treinta años que no dibujaba en el instituto sí, pastel y papel. Luego, el tiempo; luego la pereza; luego el olvido.

Sacó el móvil y llamó a Álvaro. Respondió al tercer tono, la voz apurada.

¿Mamá? ¿Todo bien?

Sí, solo te llamaba porque sí.

Estoy a punto de entrar a una reunión. ¿Te puedo llamar luego?

Por supuesto. Llámame cuando puedas.

No la llamó. Ya era habitual.

Concha volvió a la biblioteca, trabajó hasta las seis, compró pan en la tahona de la esquina y caminó a casa, el recorrido de siempre: dieciocho años, cada baldosa conocida, cada esquina esperada.

Eugenio llegó antes. Estaba en el ordenador. Concha se quitó el abrigo y entró en la cocina.

¿Cenas?

Después.

Puso a calentar el agua, localizó los restos de sopa de ayer. Mientras calentaba, miró la crema en la repisa. Era un tarro pequeño y bonito. Recordó que Eugenio tenía razón: diez euros por una crema, ¿para qué? Pero el olor seguía siendo lo mejor de su día.

La dejó ahí.

Pasaron dos semanas sin novedades. La vida, sin sorpresas. Y entonces apareció Sol.

Concha la vio nada más entrar: una mujer de unos cuarenta y cinco años, abrigo rojo tinto, pelo corto, postura recta como una escuadra. Se presentó en el mostrador para sacarse el carné; quería libros de psicología y, si podía ser, alguno sobre acuarela.

¿Acuarela? preguntó Concha.

Sí. Dibujaba de pequeña. Quiero retomar.

Concha le entregó el carné y le mostró la sección. Sol se movía entre estantes con soltura, hojeando, devolviendo libros, llevándose otros. Había algo en esa mujer que a Concha intrigó: una especie de autoabastecimiento, como esas plantas que no piden agua.

Al rato, Sol volvió con dos libros y preguntó:

¿Tú lees algo de esto? señaló a los de psicología.

A veces.

¿Llevas mucho aquí?

Dieciocho años.

Sol la miró con atención. No juzgando, sino escuchando de verdad.

Eso es mucho dijo.

Sí.

¿Te gusta?

El silencio de Concha fue breve pero denso.

Me gustan los libros. Y la gente. El sitio es acostumbrado.

Acostumbrado repitió Sol, como quien mastica la palabra para ver si está buena. Tomó sus libros y se fue.

La semana siguiente volvió. Devolvió un libro y pidió algo más de acuarela. Concha encontró un librito de reproducciones y se lo ofreció. Sol lo cogió, y preguntó:

¿No te animas?

¿A qué?

A dibujar. Yo voy a un taller los sábados por la mañana. Es sencillo, en grupo pequeño, todo fácil. Vente si quieres.

Concha estuvo a punto de decir que no, incluso abrió la boca. Pero salió un:

¿Dónde es?

Sol escribió una dirección en un papel: espacio de arte Luz Blanca, calle Mayor, sábado, once en punto.

Concha miró el papelito toda la tarde, luego lo guardó en el alféizar junto al tarro de crema. Eugenio no preguntó por el papel. Rara vez le preguntaba sus cosas, más allá del dinero o el menú.

El viernes por la cena, ensayando indiferencia, anunció:

Mañana por la mañana voy a un taller de dibujo.

Eugenio levantó la vista del plato.

¿Adónde?

A la calle Mayor. Es de acuarela. Me invita una conocida de la biblioteca.

¿Qué conocida?

Sol, una lectora nueva.

Eugenio masticó, posó el tenedor.

¿Y cuánto cuesta?

No he preguntado aún.

Venga, vete, si no tienes otra cosa mejor.

Concha se le quedó mirando. Si no tienes otra cosa mejor, y llevaba oyendo versiones de esa frase veintinueve años: otra vez lo mismo, qué manía, cuánto vale, para qué perder el tiempo.

Bien dijo simplemente. Voy.

El sábado madrugó, se arregló con el jersey gris y pantalón azul marino, se miró un instante al espejo. Hacía años que no se veía de verdad reflejada: siempre de pasada, sin detenerse. Ahora se miró largo rato. Cara madura, sí, pero decente. Ojos grises, vivos aún. El pelo, entrecano pero fuerte, se lo recogió diferente. Abrió la crema, se la puso en las manos, y un poco en el cuello.

Salió con tiempo.

Luz Blanca resultó ser el segundo piso de un antiguo caserón restaurado con mucho encanto: paredes blancas, suelo de madera, ventanales grandes. Concha subió y abrió la puerta.

Sol ya estaba allí, con otras cuatro mujeres y un hombre cincuentón en camisa de cuadros. Todos reunidos alrededor de una mesa larga, con vasos de agua y hojas blancas.

¡Concha! le saludó Sol desde lejos. Has venido.

Se sentó junto a ella. La monitora, una joven llamada Belén, anunció que iban a pintar una rama de lilas. Concha cogió la brocha, y le tembló un poco la mano: no de nervios, solo por desuso.

No os preocupéis si sale feo dijo Belén. Pensad en el agua y el color, nada más.

Concha hizo su primer trazo. El lila se extendió sobre el papel húmedo, se mezcló con azul. Luego otro, y otro. Ver la acuarela moverse por voluntad propia le pareció fascinante. Sol estaba enfrascada, el hombre de cuadros resoplaba con una brocha mínima, peleándose con el papel.

Al cabo de una hora, Concha miró su obra. No se parecía mucho a una lila, sino más bien a una mancha violeta-azul. Pero algo vibraba ahí, propio.

Precioso dijo una señora llamada Marisa.

No lo creo contestó Concha.

Sí. Tiene alma.

Miró de nuevo. Tal vez. Eso.

Después del taller, Sol le propuso un café en la esquina. Concha aceptó. Ya sentadas en la ventana, Sol preguntó de sopetón:

¿Te ha gustado?

Mucho. Y eso que no esperaba.

Se te nota. Sol sostenía la taza con las dos manos. A veces tienes esa mirada como si vieras algo, pero no te atrevieses a mirarlo de frente.

Concha no contestó. Luego:

¿Llevas mucho en Getafe?

Tres años. Vine de Salamanca tras el divorcio.

Vaya.

Al principio, todo cuesta. Luego va mejor. Luego es interesante.

¿Interesante?

Sí, vivir por tu cuenta. Te descubres cosas que ni imaginabas. Sol sonrió, de verdad, sin ironía. ¿Tú, casada?

Veintinueve años.

¿Feliz?

Concha revolvió el café.

Depende del día.

Sol asintió y no insistió más. Eso era de agradecer.

A casa volvió a las dos menos cuarto. Eugenio veía el fútbol, no preguntó nada. Comió sola en la cocina, sacó el dibujo de la lila difusa y lo apoyó contra la pared junto al geranio.

El geranio, al mirarlo bien, tenía un capullo minúsculo. Jamás se había fijado.

Volvió al taller el siguiente sábado. Y el otro. Sol también. Y tras los talleres, cada vez quedaban un rato más largo. Concha le contaba anécdotas de la biblioteca, clientas singulares, sus libros favoritos. Sol hablaba de su trabajo era contable en una gestora, de Salamanca, de su hija que seguía allí y aprendía inglés con mucho empeño.

Un día, Concha preguntó:

¿No te sientes sola aquí?

A veces. Pero es una soledad diferente.

¿Diferente cómo?

Sol se lo pensó.

Antes tenía a alguien al lado y, sin embargo, me sentía sola. Eso es lo peor del mundo. Ahora, estoy sola, pero no me siento sola. ¿Ves la diferencia?

Concha lo entendía. No lo dijo, pero notó el crujido interno. Como cuando el hielo del río se resquebraja en primavera.

En mayo, la directora de la biblioteca propuso un concurso. El ayuntamiento pedía organizar una actividad original para el barrio. Mercedes, la jefa, preguntó en reunión:

¿Ideas?

Todas callaban. Concha también, aunque en su cabeza ya bullía algo.

Podemos hacer una velada literariapropuso Loli. Leer y comentar.

Eso lo hacemos cada año. Quiero algo nuevo.

¿Y si hablamos de mujeres? cortó Concha.

La miraron.

¿De mujeres cómo? preguntó Mercedes.

Sus historias. No las de los libros: las verdaderas. Invitamos a mujeres del barrio de distintas edades a contar lo suyo. Qué ha cambiado, en qué han crecido. Nada grandilocuente, auténtico. Podemos exponer sus manualidades, cuadros, lo que hagan.

Hubo silencio.

Pues, original es concedió Mercedes.

Al menos sería real.

¿Y quién lo monta?

Yo dijo Concha, asombrada de sí misma.

Mercedes le dedicó una mirada curiosa.

Bien. Prueba, Concha.

Salió de la reunión y llamó de inmediato a Sol. Risas.

No sabía que tuvieras ese genio.

Yo tampoco. Ha salido solo.

Genial. Yo te ayudo. Preguntamos a Marisa, la del taller, hace cerámica.

Marisa tenía sesenta y dos, jubilada desde hacía tres, y modelaba pajaritos de barro que vendía en mercadillos. Concha la llamó; aceptó enseguida con una única condición: Pero no me hagas hablar mucho, que me aturullo.

Por las noches, con Eugenio en su despacho, Concha preparaba el evento: garabateando listas y tachando ideas en su cuaderno sobre la mesa de la cocina. Esa vibración nueva de estar creando algo le hacía dormir menos, pero mejor.

Una noche, Eugenio fue por agua, la vio escribiendo.

¿Estás con la biblioteca otra vez?

Sí, con una actividad.

Siempre tan ocupada.

¿Eso es malo?

Eugenio encogió los hombros.

La cena estaba fría.

Perdón. Mañana procuraré calentarla mejor.

Eugenio se marchó mientras Concha sonreía: ni una palabra sobre verla más viva, ni curiosidad, sólo la sopa fría.

Volvió al cuaderno.

La velada fue el tercer sábado de junio. Concha reunió a cuatro participantes: Sol y Marisa, otraNatalia, maestra jubilada que escribía poesía en secretoy Belén, la monitora de acuarela.

Colgó carteles por el barrio, publicó el evento en el periódico local. Tuvo miedo de que nadie viniera, pero el pequeño salón se llenó. Treinta mujeres, de veinte a ochenta años; una señora, la más mayor, la trajo una hija.

Concha presentó la velada con apenas un par de frases, luego fue dando paso. Marisa narró cómo la jubilación la sumió en un vacío impropio, hasta que la arcilla y las aves la sacaron a flote: Me di cuenta de que tenía manos, confesó. El público se rió, con calidez.

Sol habló del salto al vacío de mudarse sola a los cuarenta y seis, del miedo al propio miedo: A lo que temía no era a lo nuevo, confesó, sino a lo acostumbrado. Concha lo apuntó mentalmente.

Natalia leyó dos poesías, temblando al principio, firme al final; la empezaron a aplaudir antes de que terminara.

Al acabar, recogieron sillas y tazas de té con Loli.

Ha quedado muy bien, Concha dijo Loli.

Me ha sorprendido.

A mí no rió Loli. Sabes estar con la gente. Solo te faltaba atreverte.

Concha la miró.

¿Eso crees?

Lo sé. Dieciocho años juntas.

Dejó un pañuelo olvidado en la percha y volvió a sorprenderse porque esa era la primera vez en dieciocho años que sentía algo tan suyo.

En casa, Eugenio dormía. Concha fue a la cocina y, antes de acostarse, se puso un poco de crema mirando el geranio, que esta vez lucía cuatro flores rojas.

Temía a lo acostumbrado, pensó.

A la mañana siguiente, Eugenio preguntó:

¿Qué tal la velada?

Muy bien, mucha gente.

¿Por lo menos comiste algo?

Dieron té.

El té no alimenta dijo Eugenio, sin levantar la cara del móvil.

Concha se sirvió un café y salió al balcón. Amanecía, olía a jazmín. Pensó que igual la pregunta de Eugenio era un tipo de cariño, el suyo propio. Veintinueve años creyendo que eso era todo; nunca planteándose si había algo más debajo.

Quién sabe. Solo estaba empezando a mirar.

En julio, Álvaro llamó. Un miércoles, no domingo. Insólito.

Hola, mamá. ¿Cómo estás?

Bien, ¿pasa algo?

Nada, de verdad. Sol me escribió.

Concha se paró junto a la nevera.

¿Sol?

Tu amiga. La encontró por Facebook y me contó que hiciste una velada muy especial. Yo ni sabía.

No preguntaste nunca.

Silencio.

Mamá, lo siento. Es verdad. Cuéntame.

Y Concha le contó: del taller, de Marisa y sus pájaros, de Natalia poeta, del público. Álvaro escuchaba, sin interrumpir. Terminó diciendo:

Eres una crack, mamá.

Gracias

¿Haces cosas así desde cuándo?

Por primera vez.

Deberías haberlo hecho antes.

Ya.

Hubo una pausa y Álvaro siguió:

¿Y tú y papá, bien?

Concha se asomó a la ventana. Abajo, dos niños jugaban al balón bajo la luz de julio.

Como siempre.

¿Eso es bueno o malo?

Aún no lo sé.

No repreguntó. Voy en agosto, prometió. Colgó, y Concha se quedó largo rato en la ventana.

En agosto, Álvaro vino cuatro días. Físicamente era Eugenio, pero en carácter notaba el reflejo de ella en su capacidad de escuchar. Le trajo queso de León y nueces, y la miraba de una manera nueva, atento.

Un día, con Eugenio en la sierra, madre e hijo desayunaban juntos y Álvaro soltó:

Mamá, has cambiado.

¿Sí? ¿En qué?

No sé explicarlo: es como si hubieras crecido. Suena raro, lo sé.

Nada raro. Es verdad.

¿Y te gusta?

Concha abrazó la taza caliente.

Sí aunque asusta un poco.

¿Por qué?

Verte con claridad te obliga a ver el resto igual de claro. Y eso no es tan cómodo.

Álvaro asintió. Silencio.

¿Papá lo nota?

Papá se da cuenta de que la sopa está fría bromeó, en seguida incómoda. Perdona, no debería decirlo.

No pasa nada. ¿Se lo has dicho?

¿El qué?

Lo que necesitas.

Miró el jardín polvoriento desde la ventana.

No se me ha dado bien nunca. Pruébalo, me dices.

Álvaro se marchó y Concha, cambiando las sábanas, pensaba en ese prueba. Veintinueve años callando lo principal para no alterar la costumbre. Porque era seguro. Porque Eugenio tenía una mirada que te quitaba las ganas de hablar.

Al llegar septiembre, Mercedes la citó:

El ayuntamiento quiere repetir la velada, pero en grande, para todas las bibliotecas. Y tú de responsable.

Perfecto.

Mercedes le sonrió.

Has cambiado este verano, Concha. No te ofendas.

Al contrario.

Estás más viva.

Concha fue a su mesa, saludó a un lector que iba por novela negra, le atendió y se apoyó en el mostrador. Mirando el salón, los estantes, las lámparas, el sol otoñal entrando.

Dieciocho años. Y solo ahora sentía el sitio como propio.

En casa, la atmósfera cambiaba. Eugenio notaba que ella salía más, se le escapaban los sábados, a veces con mujeres nuevas.

¿Quién es esa Sol?

Amiga.

¿Desde cuándo tienes amiga?

Desde febrero. Vino a la biblioteca.

¿Y habéis quedado todas las semanas?

Casi todas.

Eugenio la miraba de una forma recién estrenada: no era enfado ni desdén, era desconcierto.

No te prohíbo nada dijo. Solo que no estoy acostumbrado.

¿A qué?

A que tengas tanta vida propia.

Se sentó frente a él, por primera vez sin el escudo de tantos años, mirándolo como a un desconocido.

¿Te alegras de que haga algo más que atender la casa y trabajar?

Eugenio dudó.

No sé. Supongo.

¿Solo supones?

Te lo digo: no es lo habitual. Antes estabas al lado, siempre. Ahora siempre haces algo.

No. Sigo aquí.

Estás distinta.

Concha le observó la espalda ancha y encorvada: sesenta y un años, también envejecía él, y solo ahora lo veía.

Genio, ¿cuándo fue la última vez que hablamos? No de la cena o del coche. Hablar.

Él la miró serio.

Hablamos

¿De qué?

Nadie contestó nada.

Eso pensaba murmuró ella.

Noviembre trajo frío y la velada grande. Concha preparó todo tres semanas, consiguió ocho participantes, acordó colgar cuadros cedidos por un pintor del barrio. Sol ayudó en todo: quedaban en la cafetería o paseaban por el Manzanares cuando el tiempo lo permitía.

Una tarde, mirando el río, Concha dijo:

No entiendo cómo vivía antes.

Vivías. Y punto.

No es que estaba metida dentro de mí, muy al fondo.

No es culpa tuya. Así salió.

Pero podría haber sido distinto.

Empiezas cuando toca empezar, ni antes ni después.

Tengo casi sesenta.

¿Y? Eso lo dirás tú. Conozco a más de una que terminó consigo misma a los treinta y cinco y vivió como una figurita en vitrina. Tú, a los cincuenta y ocho, justo empiezas. Es el mejor momento.

El río era gris, noviembre puro; la barcaza lo cruzaba a ralentí.

¿Sabes que llevo nueve meses pintando cada semana?

Sí.

Y hoy escribí el texto para la velada. Enterito mío.

Te lo escuché.

Creo que es bueno.

Es vivo. Eso es más importante.

La velada fue un viernes de noviembre con éxito desbordado: setenta asistentes, de pie incluso. Concha leyó su texto inaugural. Voz firme, manos casi serenas. Habló de la autenticidad invisible, del potencial que a veces solo espera ser llamado por su nombre, de puertas abiertas al cumplir años. No como moralina, sino porque lo acababa de entender.

Al final, la señora mayor, acompañada de su hija, se acercó.

¿Ha hablado de mí? preguntó sonriendo.

De todas nosotras.

No, no. Justo de mí. Yo, de joven, bordaba. Luego lo dejé, pensaba que era una tontería, y hoy me apetece retomar. Con ochenta y tres, ¿no es para reír?

No tiene ni pizca de risa.

¿Seguro?

Totalmente.

Diciembre llegó quieto. Concha ya dirigía un pequeño club literario cada miércoles, seis o siete entusiastas se reunían a leer, debatir, a veces discutir tanto que no daba tiempo a nada más.

En casa, rareza. Eugenio, más callado de lo común, esperando, o pensando, sin abrirse. Concha ya no esperaba milagros, sencillamente seguía a lo suyo.

Una tarde, domingo, entró en su despacho:

Eugenio, quiero hablar.

Habla.

No así cerró la puerta, sentándose a su lado. Bien.

Eugenio la miró, libro en mano.

¿Qué pasa?

Nada. Quiero decirte algo que nunca he dicho. O tal vez nunca como ahora.

Esperó.

Llevo años viviendo como si apenas estuviera. Existía: cocinaba, trabajaba, al pueblo, lo de siempre. Pero por dentro casi no estaba. En parte es culpa mía, dejé que ocurriera. Pero también es de los dos. Así hemos vivido juntos.

Eugenio bajó la mirada.

¿Vas a pedirme el divorcio?

No lo sé. Lo que quiero es que hablemos de verdad. Que me veas a mí, no la cena, no la camisa. A mí.

Silencio largo, nevando.

No sé hacerlo, Concha reconoció él, desarmado. No me enseñaron nunca.

Lo sé. No es reproche. Yo solo quiero intentarlo. Necesito saber si tú también quieres.

No respondió enseguida. Miraba la nieve. Finalmente la miró con la confusión de quien empieza a entender.

Has cambiado mucho este año.

Sí.

A veces no te entiendo.

Ya.

Pero no quiero el verbo se atascó no quiero que te vayas. De aquí, de casa, de la vida.

Concha lo miró: sesenta y uno, hombros vencidos y cara de hombre desconcertado que ha perdido el manual de instrucciones.

Intentémoslo. Lo dijo despacio. No prometo nada fácil. Pero probémoslo.

Enero trajo frío y luz. Concha seguía con su club, pintando acuarelas los sábados. Sol había colgado algunos cuadros suyos en casa; la cocina de Concha lucía otros junto al geranio, que florecía a gusto tras el trasplante.

Sol se dejó ver menos en la oficina las cosas se complicaban, pero mantenían tertulias telefónicas.

Una noche, Sol preguntó:

¿Has pensado en hacer otra actividad en primavera?

Sí, algo más grande. Un festival de varios días.

Vas a tope.

Me gustó hacer algo importante.

Sol se rió.

Nadie lo habría dicho hace un año.

Ni yo.

Con Eugenio la relación era lentamente mejor; más palabras, a veces buenos momentos, otras él se refugiaba en sí mismo y Concha aprendió a dejarlo estar. Ella seguía pintando y organizando.

En febrero, entre cucharadas, Eugenio soltó:

Hace poco fui al médico. Una revisión.

¿Por algo?

Por precaución. Hipertensión, ya sabes.

¿Está todo bien?

Sí, pastillas y ya.

¿Por qué no me lo dijiste?

No quería preocuparte. De costumbre.

¿Por costumbre de no preocuparte por mí?

Eso y porque tú siempre andas liada.

Concha lo miró. Algo en esa frase era importante, aunque no sabía aún por qué.

Eugenio. Yo quiero saber si estás mal. Quiero saberlo todo. ¿Lo entiendes?

Sí. Lo diré.

Y yo también.

Silencio cálido. Nevaba y en la cocina olía a comida. En la repisa, la crema y el dibujo de una rama de manzano en flor.

Bonito dibujo dijo Eugenio.

Es mío.

La miró atento.

Se te da bien.

Estoy aprendiendo.

A finales de mes, Loli llamó tarde.

Perdona, Concha. Mi hija ha venido.

¿Bien?

Sí. Nos hemos reconciliado. Ha admitido que fue una burra diciendo lo de anticuada.

¿Contenta?

Mucho. Oye, ¿puedo probar a venir a tu taller? El de acuarela.

Por supuesto. Sábado a las once.

Seguro me sale fatal.

Loli, el primer día es la clave: nunca sale bien. Ese es el truco.

El sábado, Loli vino. Sujetaba el pincel como un bolígrafo, se le fue la mano. La primera pincelada, negra; la segunda, agua pura. Protestó:

¿Esto qué es? Vaya porquería.

A mí me gusta, Loli.

Pero esto es una mancha rara.

Es la primera.

¿Y no te da vergüenza consolarme?

Te soy sincera. Ya verás la diferencia a la próxima.

Loli se rió.

Venga, la próxima.

La primavera llegó. Concha inscribió el festival, el Ayuntamiento dio luz verde. Álvaro avisó de que vendría en abril.

Una noche, con Eugenio ya dormido, Concha apuntaba ideas en su cuaderno. Afuera, el deshielo; dentro, el geranio rebosante de verde y flores y un capullo a punto.

Miró el bote de crema, vacío, pero seguía en el alféizar. Compró otro igual, diez euros. Eugenio no dijo nada esta vez.

Escribió en la primera página del cuaderno: Cosas que sé ahora y hace un año no. Pensó, cerró el cuaderno. Eso ya estaba dentro.

El teléfono sonómuy tarde, casi las once. Era Sol.

¿Todo bien? preguntó Concha.

Bien. Mejor, incluso. El tono de Sol era otro, vibrante. Me han ofrecido trabajo en Salamanca. Buen sueldo. Mi hija vive allí. Me lo estoy pensando.

Concha tardó un segundo.

¿Quieres irte?

No lo sé. Por eso te llamo. ¿Tú qué crees?

Concha miró al ventanuco mojado, a la noche viva de abril.

Creo que ya lo has decidido. Solo te falta decirlo en alto.

Breve silencio.

Supongo que sí.

¿Entonces?

Me da miedo lo que dejo. El taller. Tú. Marisa con sus pájaros. Natalia poesía.

No desaparecemos, Sol.

Getafe está lejos de Salamanca, Concha.

¿Recuerdas lo que me dijiste? Aquella tarde en el río.

¿El qué?

Que empiezas cuando tienes que empezar.

Sol se rió, de golpe tierno.

Qué lista era yo.

Y lo sigues siendo.

Concha, quiero preguntarte algo. Sinceramente.

Dime.

¿Eres feliz?

Concha miró el geranio, la crema, los dibujos, el cuaderno en blanco.

He vuelto a ser yo respondió. Y eso es lo esencial.

¿Ya está? ¿Ese es el secreto?

Debe de serlo.

Sol suspiró.

Entonces, me alegro por ti.

Y yo por ti.

Concha

¿Sí?

¿Qué harás si me voy?

Concha miró el cuaderno, la página nueva.

Seguir dijo. Simplemente seguir.

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