Eres mi mundo

Tú eres mi mundo

Madrid, 23 de noviembre

Son casi las diez y media de la noche y aquí estoy, sentado junto a la camita de mi hija Alba, observando cómo duerme plácidamente. Su pequeño cuerpo, acomodado de lado, el cabello castaño oscuro esparcido por la almohada, sus pestañas largas proyectando delicadas sombras en la mejilla. Apenas respiro para no romper esta quietud, disfrutando de la paz que llena la habitación. A veces, cuando la miro así, me parece que un angelito ha decidido bajar del cielo a mi lado.

Por la ventana asoma ya la noche madrileña. Las luces de la ciudad titilan como estrellas terrestres; arriba, el firmamento ha ido llenándose también de astros, al principio discretos, luego cada vez más nítidos y numerosos.

No puedo evitar pensar en cómo era todo hace apenas tres años. Entonces esta casa siempre estaba llena de la risa melodiosa de Raquel. Qué diferente era verla moverse por aquí, su presencia cálida iluminándome el alma, su mano suave sobre mi hombro, sus ojos irradiando ese amor sin límites. Ahora sólo quedan las fotos, y nuestra niña dormida en la cama; por ella me mantengo en pie.

Aquella enfermedad entró en nuestra vida de puntillas, casi como un ladrón que se cuela por la noche. Raquel empezó diciendo que estaba cansada, que necesitaba descansar, nada grave. Luego aparecieron las jaquecas, que achacábamos al estrés, a no dormir lo suficiente. Fuimos de médico en médico, de consulta en consulta, haciéndonos pruebas, pero nadie acertaba. Y así, poco a poco, Raquel se fue apagando.

Cuando por fin llegó el diagnóstico, ya era tarde. No lo pensé ni un instante. Dejé mi puesto en la consultora, por mucho que los compañeros intentaran convencerme de que podía compatibilizar. No. Ahora mi sitio estaba junto a Raquel. Afortunadamente, nuestro pequeño fondo ahorrado para comprar coche nuevo nos permitió olvidarnos por un tiempo de las preocupaciones materiales.

A partir de ahí, la vida se llenó de hospitales, de pasillos interminables, esperas, tratamientos. La acompañaba a cada prueba, le cogía la mano cuando los nervios la atenazaban. En casa le leía sus novelas favoritas cuando ya no podía levantarse. O simplemente, me sentaba en silencio junto a su lecho mientras escuchaba su respiración y me angustiaba por no perder ni un suspiro. Aprendí entonces que amar significa no sólo compartir alegrías, sino sostener a quien amas cuando todo se desmorona a tu alrededor.

Tras la marcha de Raquel, los días parecían arrastrarse envueltos en una niebla gris. Sólo me concentraba en Alba: necesitaba que sintiera que su padre estaba cerca, que no le faltaría de nada, que jamás la abandonaría.

Nada más terminar el funeral, llegó la madre de Raquel, Pilar Martínez. Apenas abrió la puerta, su mirada abarcó todo: los juguetes desperdigados, los platos sin fregar, la cama aún sin hacer. Se quitó el abrigo y pronunció con decisión:

Javier, tienes que descansar. Me llevo a Alba conmigo. No puedes solo.

En ese momento yo seguía junto a la cuna, observando a mi hija dormida. Mi respuesta fue inmediata, aunque baja y cansada:

No. Alba se queda conmigo.

Pilar avanzó dos pasos, su rostro surcado de preocupación.

¿No ves cómo estás? alzó la voz. No pareces tú. Mírate en el espejo: ni te reconocerías. Alba necesita una casa ordenada, alegría, no a un padre que apenas se sostiene de pie. Necesita más de lo que puedes darle ahora.

Me puse en pie y la miré fijamente. Ella retrocedió un poco, porque en mis palabras encontró dolor, sí, pero también una determinación férrea:

Soy su padre. Y quiero criarla. Es lo que habría querido Raquel. Se lo prometí: estaríamos juntos, pasara lo que pasase.

Pilar calló. Leyó en mi cara el cansancio, pero también la voluntad inquebrantable de un hombre dispuesto a todo por su hija. Finalmente, suspiró, negó suavemente y murmuró con tono más dulce:

Llámame si quieres. Siempre. Estoy aquí para los dos.

Hizo ademán de memorizar bien la escena; enseguida desapareció, dejando tras de sí la certeza de que, pese a todo, yo seguiría adelante con mi pequeña.

La rutina se impuso. Alba y yo nos acostumbramos a ser sólo dos voces en casa. Al principio todas las mañanas me despertaba sin saber por dónde empezar. No era consciente de lo difícil que sería cambiar pañales sin que llorara, consolarla en la noche si tenía miedo, o preparar algo decente más allá de unos macarrones.

Los primeros meses fueron una sucesión de intentos fallidos y pequeños triunfos. Consultaba páginas web, revistas, preguntaba a Pilar por teléfono con disimulo, para no mostrarme vulnerable, y cada logro cotidiano era una celebración: conseguir la temperatura perfecta del agua del baño, vestirle sin líos, que no se me pegara el arroz.

Poco a poco lo fui dominando: fui doblando y ordenando ropa de bebé, calentando el biberón a la temperatura justa, cocinando purés y sopas. Por la noche, cantaba nanas dulcemente, le contaba cuentos, intentaba dar voz con gracia a dragones y hadas, y cuando creció, aprendí no sin esfuerzo a trenzarle esos finos cabellos rubios sin hacerle daño.

Alba tiene ahora cuatro años. Es pura energía, curiosidad constante, una niña que no para de hablar y llenar el piso de carcajadas. Su risa cristalina, contagiosa se ha convertido en mi sonido favorito. Cuando se entusiasma, siento que mi corazón se deshiela y noto una felicidad tierna y serena: sí, lo estoy haciendo bien, pienso.

*****

Esta tarde, igual que otras tantas, he caído en los recuerdos. Me vi con Raquel eligiendo la cuna, riéndonos por no saber envolver a la niña, soñando juntos cómo sería Alba de mayor. Mis ensoñaciones se esfumaron cuando la voz de mi hija me devolvió al momento presente.

¡Papá! me llamaba desde la cama, brazos extendidos. ¿Jugamos?

Me acerqué y la alcé en brazos. Su carita irradiaba alegría.

Claro, mi vida, ¿a qué quieres jugar?

¡A princesas! gritó entusiasmada. Yo soy la princesa y tú mi caballero.

Reí, la subí y dimos vueltas por el salón, dejando que su risa llenara el aire.

Habrá que buscar un castillo, ¿no? le pregunté.

Ella, con una determinación propia de reinas, señaló el rincón de las construcciones:

Aquí. Este es el castillo.

Empezamos a levantar muros de bloques de colores. Aparecieron dragones, magos y hadas bondadosas; improvisaba historias, ella inventaba variantes. Con cada respuesta de Alba, con cada brillo en sus ojos, sentí que Raquel estaría orgullosa de nosotras; seguro nos mira y sonríe, pensé. ¿Sabes qué? Lo estamos consiguiendo. Estamos viviendo. Juntos.

Antes de comer recogí todo lo necesario para salir: juguetes favoritos, botella de agua, toallitas, ropa de recambio. Alba saltaba e intentaba ponerse el anorak sola:

¡Yo sola! protestó, luchando con la cremallera.

Le ayudé y revisé que estuviera bien abrigada. Luego le di la mano:

¿Listas?

¡Sí! contestó, botando de impaciencia.

Bajamos a la plaza del barrio, donde los niños corretean en el parque. Siempre están las mismas madres y abuelas; alguna vez, cuando paso, siento miradas unas compasivas, otras juzgando, algunas simplemente curiosas, pero aprendí a ignorarlas. Lo fundamental es que Alba disfrute.

De inmediato nos cruzamos con dos mujeres hablando en la banca cercana. Cuando pasábamos, alcancé a oír cachitos de su charla:

Mira, otra vez el papá solo con la niña susurró una.

Pobre hombre respondió la otra. Seguro que la mujer lo dejó y le ha tocado encargarse

Creo que la esposa murió lo comentaron

Sentí que apretaba la mano de Alba sin querer, no respondí, fingí no escuchar. Me encaminé a la zona de arena, bien lejos de las miradas.

Papá, quiero hacer castillos dijo Alba. Sus ojitos estaban llenos de emoción.

Venga, bonita le di las moldes que había traído. Yo te vigilo desde aquí.

Me senté a su lado, viéndola volcar cubos de arena con precisión, palita en mano. Al mostrarme su primer pastel de arena, levantó la voz con tanto orgullo que sólo pude sonreír:

¿Verdad que es bonito?

El más bonito de la ciudad le respondí sincero.

Después me aposenté en un banco, donde me alcanzó una joven con un niño de la edad de Alba. Me habló con simpatía:

Hola, soy Marta. Os he visto más veces. Tu hija no para quieta, se nota que se lo pasa bien aquí.

Javier respondí. Sí, le encanta la arena. Podría estar horas.

Su hijo enseguida se acercó a Alba y empezaron a jugar. Marta, comprobando que su niño no le requería, me preguntó apartando la mirada:

¿Estás solo tú con ella?

Sí. Mi mujer falleció hace tres años contesté procurando que la voz sonara tranquila; ya estoy acostumbrado a ese tipo de preguntas.

Se sonrojó, quizá arrepentida de la curiosidad.

Vaya lo siento. De verdad, lo haces fenomenal. Muchos hombres no podrían, el mío tras la separación ni los fines de semana se atreve a cuidar al niño. Se le hace un mundo.

No respondí. No me apetecía comparar situaciones ni dar explicaciones. Miré a Alba, ahora ocupada mostrando cómo se construyen carreteras de arena.

Marta quiso ayudar, lo noté en sus palabras sinceras:

Si quieres, podríamos ir juntos al Retiro algún día. Los niños se divierten y para nosotros siempre es más fácil acompañados.

Era amable y cercana, quise agradecérselo y rechacé con voz tenue:

Gracias, pero de momento estoy bien así; mi prioridad ahora es Alba, asegurar que esté bien, darle un entorno seguro.

Marta asintió con comprensión:

Por supuesto. Yo andaré cerca por si cambias de idea o necesitas cualquier cosa.

Su hijo y Alba seguían edificando torres de arena. Marta recogió y se fue, saludándonos en la distancia.

Papá, mira dijo Alba poco después, enseñándome una fila de pastelitos de arena perfectos. ¡Todos para ti!

La abracé y le aseguré que eran los mejores de todo Madrid. Me sorprendí, pensando que Raquel también los habría admirado. Imaginé sus ojos brillando al vernos así, orgullosa. Un instante dulce y tranquilo.

Por la noche, ya dormida Alba, me senté en la cocina. Encendí la luz tenue, puse a calentar agua y saqué el álbum de fotos. Pasar sus páginas me devolvió a días luminosos: el nacimiento de Alba (tan pequeña, parecía de juguete), la sonrisa agotada pero feliz de Raquel apretando a su hija, nosotros tres en el Retiro el primer domingo juntos. Una foto en la que Raquel y Alba miraban a cámara, risueñas, me detuvo mucho rato.

Lo estamos haciendo bien, Raquel susurré. Lo prometo.

Afuera caía una lluvia fina, repiqueteando en el alfeizar. Dentro, el olor al bizcocho que sobró del desayuno lo inundaba todo. Cerré el álbum y contemplé la ciudad encendida: mañana otro día, con galletas con leche, su risa cuando juego a hacer cosquillas, los paseos por el parque, y ese estar juntos que tanto anhelo.

*****

Repetimos este pequeño ritual cada día. Alba, llena de vida, me obliga a reinventarme. En el parque mete prisa por llegar a las columpios, pidiendo “más alto, más fuerte”. Allí está Marta, a veces sentada tejiendo, su hijo jugando cerca. Se limita a mirarnos desde la distancia. Veo en sus ojos que ha entendido: no necesito compasión ni consejos, sólo a Alba.

Después de unos meses de rutina y cambios de estación las hojas doradas del Retiro, la lluvia de finales de octubre, el frío que llega poco a poco a Madrid seguimos saliendo siempre que podemos, bien abrigados, con bufanda y guantes, ella riendo entre charcos y buscando hojas para coleccionar.

Una tarde, al volver a casa, escuché tras de mí una voz conocida:

Javier.

Era Pilar, la madre de Raquel. Venía bien envuelta en su abrigo marrón, arrastrando una bolsa de tela y una tarta envuelta con esmero.

Hola dijo mientras recuperaba el aliento. Traigo algo para Alba. Ropa de abrigo, unos libros nuevos que vi en Casa del Libro y tu tarta favorita, la de manzana.

No respondí enseguida. Nuestra relación ha seguido siendo cordial pero distante; ella nunca aprobó que insistiera en criar a Alba sin ayuda, aunque con el tiempo ha entendido que lo hago lo mejor que puedo.

Gracias le dije, procurando no sonar frío. Alba, da las gracias a la abuela.

¡Gracias, abuela! contestó la niña, ya buscando libros. ¡Mira papá, cuentos de conejos y princesas!

Pilar se sentó en el banco de la entrada, le mostró la ropita nueva y los cuentos ilustrados.

El jersey es para cambiar cuando se le manche el otro, y los cuentos con dibujos grandes, como te gustan, Alba. El bizcocho está todavía caliente, así que lo podéis merendar.

Propuse, casi sorprendido de mí mismo:

¿Te quedas a merendar? Preparo té y así nos cuentas un cuento.

Alba ya hojeaba los libros sentada en el sofá, mientras nosotros íbamos a la cocina a poner la mesa. Pilar me observaba, atenta a cada gesto, y en sus ojos noté por fin cariño y una tímida aceptación.

Quiero pedirte perdón dijo suavemente, interrumpiendo mi ensimismamiento. Por lo de hace años. Dudé de ti. Temía que Alba no tuviera todo lo que necesitaba. Pero lo has hecho mejor de lo que imaginaba, Javier.

Me quedé callado, digiriendo sus palabras y el peso de la soledad compartida.

Solo intento que Alba sienta el amor de su madre y mío confesé. Que sea feliz. Nada más importa.

Una lágrima le asomó y la ahogó en una sonrisa.

Si quieres, puedo llevarme a Alba algún fin de semana a mi casa. Que no le falte familia.

Miré a Alba, sentada rodeada de cuentos. Dije sí, pero solo si ella también quería.

¿Puedo, papá? preguntó la niña, ilusionada. ¿La abuela me contará cuentos? ¿Muchos?

Claro, cariño respondió Pilar, regalándole una caricia maternal. Todos los que quieras. Empezamos hoy mismo, si os apetece.

Sentí que algo dentro de mí se tranquilizaba, que la pena se hacía menos pesada. Quizá esto es el equilibrio, pensé: no borrar el dolor, pero permitir que otros compartan tu carga y tu alegría.

Aquella noche, mientras arropaba a Alba, sostenía una vieja foto en la que Raquel la sostenía con soltura, ambas con sonrisas tan distintas y tan iguales.

¿Mamá está con nosotros? musitó Alba, a punto de quedarse dormida.

Sí respondí. Siempre está. Aquí, en tu risa, en tu mirada, en los castillos que construyes y las canciones que cantas.

Ella murmuró:

Yo la quiero mucho.

Y ella te quiere más que a nada. Acuérdate siempre, pequeñita.

Alba asintió y se entregó al sueño. Yo me quedé a su lado, escuchando su respiración, hasta que salí sigilosamente.

En la cocina me preparé una infusión y contemplé cómo las primeras gotas de nieve se posaban en los alfeizares de Lavapiés, cubriendo las baldosas y ramas del viejo plátano del portal. Me detuve a pensar cuánto he cambiado, todo lo que he atravesado en tres años.

Al principio no sabía si sería capaz. Me angustiaba no ser suficiente para Alba; ahora sé que no reemplazo a nadie, simplemente soy: su padre. Quien repara juguetes, prepara tostadas, canta nanas, limpia lágrimas, le responde por qué es el cielo azul, recibe un te quiero espontáneo cuando menos lo esperas.

Sobre la mesa se apilaba mi viejo cuaderno con páginas dobladas. Desde que nació Alba me propuse registrar los momentos importantes: primeros pasos, palabras, frases graciosas, logros minúsculos. Lo abrí y hoy anoté:

23 de noviembre. Alba ha conseguido hoy anudarse los cordones sola. Me lo ha enseñado toda orgullosa: ¡Ya soy mayor!. Después me abrazó y susurró: Pero sigo siendo tu niña pequeña. He sonreído toda la tarde.

Releí lo escrito, recordando la escena. Mi hija empapada de luz, en el suelo del recibidor, luchando con los cordones, luego brincando hacia mis brazos. Son todos esos pequeños momentos los que dan sentido a nuestra vida.

Cerré el cuaderno, lavé la taza y apagué la luz. Permanecí un instante en la penumbra del piso escuchando el rumor lejano de la ciudad, el tic-tac del reloj, alguna ráfaga de viento. Y pensé que mañana será otro día: desayuno con galletas, paseo entre hojas secas, otro cuento inventado, alguna que otra caída y lágrima, un abrazo fuerte para conjurar miedos o sueños malos.

Vivir. Compartir. Amar.

Eso es todo lo que necesito.

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