Traición bajo la máscara de la amistad
La niebla de una invierno extraño se posaba sobre Madrid como una sábana imposible de sacudir. Las calles de Lavapiés y las azoteas de los edificios parecían flotar en un sueño, cubiertas de copos que no caían hacia abajo sino que ascendían en espirales, como si se negaran a obedecer la gravedad. El aire era tan transparente, tan nítido, que la propia realidad parecía frágil, a punto de quebrarse de un soplo helado.
Dentro del piso de Clara y Gonzalo todo era distinto: la calidez del brasero bajo la mesa camilla, el aroma de café con leche y canela, el zumbido eléctrico de la lámpara de cristal sobre la mesilla del salón, que arrojaba reflejos ambarinos y bailes de luz sobre los muebles oscuros. En el televisor titilaba una de esas comedias españolas en blanco y negro donde nadie lloraba, todos gritaban y reían, y el tiempo se extendía como chicle. Clara observaba la pantallao quizá dormitaba despierta, mientras Gonzalo, envuelto en la manta de cuadros, parecía estar medio aquí, medio en otro lugar, atrapado entre el piano de la banda sonora y la imagen inverosímil del cielo cubriéndose aún más de nieve al otro lado del cristal.
Fue entonces cuando sonó el móvil. Un tono demasiado dulce, casi irónico. Gonzalo lo miró largo rato, como quien analiza un insecto desconocido. Sonaba otra vez. Finalmente, cogió el móvil y, sin entusiasmo, murmuró:
Es Hugo otra vez le dijo a Clara, como si fuese una contraseña de algún rito antiguo. Ya va por la tercera llamada esta noche.
Clara, sin apartar los ojos del televisor, respondió como si hablara en sueños:
Seguro que quiere que vayamos al chalé nuevo. Ya sabes cómo es. Hugo nunca ha entendido el no.
Gonzalo deslizó el dedo por la pantalla y forzó la voz para sonar animado.
¡Hugo, macho, qué pasa!
La emoción de Hugo, al otro lado, vibraba como una cuerda floja: Tío, la casa está de escándalo. Todo listo: paella, chimenea, sangría, los colegas ya han llegado. ¡Trae a Clara y vente de una vez!.
Gonzalo se quedó en silencio. La nieve, los relatos de la pantalla, el calor del brasero y el perfume de Clara eran demasiado perfectos para intercambiarlos por el griterío y la euforia de Hugo. Miró de reojo la expresión callada de Clara, que negó suavemente con la cabeza. Últimamente, buscaban refugio en su pequeño universo, lejos de la muchedumbre y la música escandalosa.
Gonzalo sintió que mentir era lo más natural del mundo en ese instante, como si cada palabra se enredara suavemente, dólida y necesaria:
Hugo, mira… Clara ha tenido que ir al Escorial a ver a su madre. Está fuera un par de días… y yo, sin ella, pues no quiero moverme. Ya sabes, cualquier cosa y malas interpretaciones… Mejor otro finde, ¿te parece?
Del otro lado, tras una pausa demasiado breve, Hugo respondió con una nota de extrañeza:
¿Ah, sí? ¿Cuándo vuelve entonces?
Mañana por la noche, si no cambian los planes. También me fastidia, la verdad… Queríamos ir al cine, pasear por el Retiro, incluso patinar un rato en Cibeles. Pero nada, se ha torcido la cosa… Así que lo dejamos para otro día, ¿vale?
Hugo aceptó enseguida, aunque en su voz flotaba algo raro: demasiada satisfacción.
Bueno… pero avísame, ¿eh? ¡Quiero veros juntos, sí o sí!
Colgaron. Gonzalo dejó el móvil en la mesa, entre las tazas y las cáscaras de mandarina, y suspiró con alivio.
Madre mía, qué pesado… dijo, refugiándose en el hueco de Clara. Yo ya paso de tantas juergas. Prefiero estar aquí, contigo.
La casa parecía suspenderse, dulce y cerrada, mientras tras los cristales los copos se empeñaban en retar la física y la noche se hacía más honda. Los relojes latían, la comedia seguía en su bucle interminable, y Gonzalo ya se veía apagando la luz, arropando a Clara y dejándose arrullar por el rumor de la tormenta.
Pero entonces volvió a sonar el móvil. Otra vez Hugo. Gonzalo no pudo evitar fruncir el ceño y contestar, con un nudo de inquietud:
Hugo, ¿ahora qué?
La voz de Hugo sonaba irreconocible, tensa:
Estoy en el club Espejismo”, cerca de Gran Vía, con los colegas antes de ir a la casa. Y… aquí está Clara. Con otro tipo. Están tomando algo, se abrazan. Te lo juro, Gonzalo, parece que la pillaron celebrando la vida… ¿No decías que estaba en El Escorial? Alguien aquí se está riendo de ti.
Gonzalo sintió como si el suelo flotara. Miró a Claraque seguía a su lado, perplejay dudó si la realidad obedecía alguna lógica.
¿Estás seguro? balbuceó. ¿No estarás confundido? Sé perfectamente dónde está mi mujer.
Seguro insistió Hugo con voz convencida. Bebe mucho, se ríen. ¿Quieres hablar con ella?
Gonzalo cerró los ojos, tragó saliva y asintió, pulsando el altavoz. Del fondo llegaron ecos de música electrónica, risas y el choque interminable de copas. Una voz de mujer, idéntica a la de Clara, emergió a trompicones:
¿Sí? ¿Quién es? parecía divertida y arrogante, como una actriz en una comedia de mala muerte.
Gonzalo sentía la boca secademasiado seca para hablar.
¿Clara? Soy Gonzalo. ¿Qué está pasando?
Respondió una carcajadaáspera, casi cruelseguida de:
Ay, Gonzalo, qué pesado eres. Me aburro en tu vida de viejito. Quiero fiesta, libertad. Esta noche no me busques.
Clara se puso de pie de un salto, blanca como el mármol. Miró a Gonzalo con incredulidad.
¿Pero esto qué es? susurró. Esa chica sabe cosas que no puede saber. ¿Quién es? Y tú, Hugo, ¿eres idiota o qué?
A la pregunta de Gonzalo, la voz del móvil volvió a replicar:
¿Y a ti qué te importa? No tengo por qué darte explicaciones… ¡que soy tu mujer, no tu criada!
Gritos, risas y otros ruidos de fondo se colaron en la conversación. Finalmente, Hugo interrumpió para subrayar:
¿Lo ves, Gonzalo? ¿Ahora me crees?
Gonzalo apretó los dientes, el corazón un nudo de rabia y confusión. Por un instante, deseó que todo fuese una pesadilla absurda de la que aún podía despertarse.
Basta. Mañana lo aclararé. No llaméis más esta noche.
Cortó la llamada, lanzó el móvil al otro lado del sofá y se quedó mirando el techo, descolocado. Si Clara no hubiera estado allí, podía haber creído esa farsa.
Clara hundió la cabeza en el regazo y murmuró:
Esto es de locos. ¿Cómo puede alguien imitarme tan bien? Sabe detalles que sólo un amigo sabría…
No sé admitió Gonzalo, sacudiendo la cabeza. Pero es planificado. No es ninguna casualidad. ¿Te imaginas si hubieras salido de casa? Habría sospechado de ti.
Sí dijo ella, abrazándose a sí misma. Pero ahora sabemos la verdad. Intentaron separarnos… No lo conseguirán.
Gonzalo le tomó la mano, apretándola fuerte.
Habrá que investigar. Pediré las cámaras al club. Ya veremos quién era esa chica.
Clara asintió, sintiéndose más fuerte junto a él. Afuera, la nevada continuaba, fronteriza con lo irreal: los copos seguían moviéndose hacia arriba. Una calma extraña, como un conjuro.
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Al día siguiente, casi a mediodía, Clara tomaba una taza de té y revisaba los correos del trabajo. De repente, vibró el móvil: Hugo en la pantalla. Dudó, pero terminó contestando.
Hola, Clara… ¿Qué tal amaneciste tras lo de ayer?
Clara sopesó las palabras, decidida a llegar hasta el fondo.
Hablamos, sí. Discutí con Gonzalo. Me acusó de cosas feas… Cree que le miento.
Del otro lado sólo silencio. Luego, una voz demasiado contenida, casi satisfecha:
Ya… Verás, Clara, yo siempre supe que Gonzalo no te merecía. Eres especial.
Clara no le dejó avanzar. Sabía que la trampa ya estaba revelada. Bajo una calma inquebrantable, respondió:
¿A qué viene esto, Hugo?
Hugo bajó la voz, pretendiendo un tono cariñoso:
A que te quiero, Clara. Hace tiempo que lo siento. Si algún día quieres separarte de Gonzalo, puedes contar conmigo. Yo sí sé cuidarte.
Clara sintió escalofríos, pero su voz era hielo puro:
Mira, Hugo. Estuve toda la noche en casa. No discutimos. Y sé perfectamente que montaste toda esta farsa. Sé que contrataste a esa chica del otro día en la Taberna de Don Celes, que se parece a mí, para el numerito en el club.
Silencio absoluto. Tras unos segundos:
¡Sí, lo hice! Porque te quiero, Clara explotó Hugo, suplicante. Porque sé que no eres feliz con él…
Luego dices que me harías feliz… ¿Traicionando la amistad y mintiendo así?
¡No entiendes! Tú y yo podríamos ser felices. Estoy dispuesto a todo por ti…
Clara sentía un desapego inabarcable, un cansancio infinito:
Nunca, Hugo, nunca. Has cruzado todas las líneas. Olvida mi número. Y el de Gonzalo también. Pienso enseñarle esta conversación.
Colgó. El móvil tembló en sus manos, pero suspiró y miró la nieve que seguía subiendo y bajando fuera, flotando sobre la Gran Vía.
En ese mismo momento entró Gonzalo, tenso pero expectante.
¿Y bien?
Clara le contó lo ocurrido de un tirón; el engaño, la confesión, el chantaje disfrazado de ternura.
Nunca fue un amigo verdadero susurró Gonzalo. Le tomó la mano, los dos se refugiaron bajo la manta.
Ahora ya lo sabemos. Mejor así contestó Clara, notando la serenidad que sólo da la verdad.
Podemos decir que no a cualquier otra fiesta bromeó ella, dibujando una media sonrisa. Si alguien pregunta, diremos que hay elementos indeseables a los que no queremos ver.
Ambos rieron. En la casa latía un rumor de seguridad, la certeza de que aquel mundo, tan pequeño, era indestructible si confiaban el uno en el otro.
Te invito a ver Las chicas de la Cruz Roja otra vez bromeó Gonzalo.
Y a no salir, sólo a beber té y mirar cómo la nieve baila remató Clara, volviéndose a arropar.
En esa calma, el universo era suyo: ni traiciones, ni dudas. Solo la certeza luminosa de la ternura compartida, el calor del brasero y la promesa de mañanas serenas.
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Mientras tanto, en un piso en Tetuán, Hugo se aferraba a una taza vacía de café. Fuera, la nieve dibujaba formas abstractas sobre la barandilla del balcón. Daba manotazos sobre la mesa, sin comprender cómo el mundo podía girar mientras él se deshacía. La realidad se le antojaba una comedia absurda en la que nunca encontraba su papel.
¿Por qué todo sale al revés? gritó al vacío, pateando la silla.
Las imágenes de la noche anterior bailaban en su mente. Marisa, la chica del bar de la calle Mayor, había hecho bien el papel: la voz, el tono insolente, el deje madrileño, la risa un poco rota. Todo, exactamente como él había planeado, letra a letra, en la nota azul que ahora temblaba entre sus dedos. Pero el espectáculo había terminado en desastre y soledad.
Se creen que han ganado, pensaba Hugo, apretando los labios. Pero un día Clara verá que yo era el único que realmente la quería. Que su mundo tibio y pequeño es sólo una ilusión…
Apartó la nota, la rompió en trozos nimios y la arrojó a la basura. En la quietud del piso sólo quedaba su respiración, y fuera, la nieve que seguía ascendiendo como si buscara conquistar Madrid desde abajo.
Y mientras Clara y Gonzalo soñaban abrazados bajo su manta, Hugo murmuraba, casi sin voz:
Esto debía haber sido mío. Todo esto…
Y la nieve, ajena a rencores e ilusiones, seguía cayendo hacia el cielo.






