Amor según las circunstancias

Amor según las circunstancias

Y recuerda, Loreto, nadie te va a querer nunca como una madre, ¿me oyes? A nadie le importas, niña. ¡Solo a mí! Yo te traje a este mundo, yo te crié y te saqué adelante le soltó Gloria, apretando la tela del nuevo vestido de su hija con un gesto firme.

¿Y Pablo, mamá? preguntó Loreto, girándose ante el espejo y bajándose un poco la falda.

¿Pablo? Lo que te digo, hija, un hombre cualquiera. Ahora anda tras de ti como perrito, no te deja ni a sol ni a sombra y te hace la vida fácil. Pero ¿y luego? Cuando tengas niños y vengan marrones de verdad, ¿crees que seguirá mirándote igual? Pues no. El encanto se va, hija, ¡créeme!

Gloria ajustó el cinto del vestido de su hija, se alejó y la miró orgullosa. ¡Qué guapa había salido su hija! Sabía Gloria que, aunque fue criticada por haber elegido al apuesto Santiago antes que a Modesto el loco enamorado del barrio, pero poca cosa, había hecho bien. Con Santiago hubo emoción, juventud, belleza, y claro, fiestas. Lo malo vino después, el vino y los reproches. Pero Gloria no aguantó: en cuanto las cosas fueron insostenibles, se separó. Nada de dramas, ¡madre soltera y ya está! Ahora eso es de lo más normal. Y mira, su Loreto es un primor: delgada, con ojos chispeantes y una trenza gruesa, de esas que llaman la atención. No por nada Gloria la mimaba ¡hasta cuando la lavaba el pelo con infusiones de tomillo y romero! Loreto protestaba, quería cortárselo, pero Gloria no cedía. Sabía que, con el tiempo, la niña lo agradecería.

Y acertó. Fue precisamente la trenza lo que atrajo a Pablo. Aquel día en la universidad, Pablo se acercó como hipnotizado. Luego Loreto se reía al contárselo a su madre:

¿Sabes que ni me preguntó el nombre? Se plantó delante y pidió permiso para tocarme la trenza. ¿Tú crees que está bien de la cabeza?

Pues sí que estaba bien, sí. Y encima venía de buena familia, acomodados, y hasta tenía piso propio.

Gloria y Loreto vivían en un humilde piso de Madrid, demasiado pequeño para dos. Comprar uno nuevo era un imposible. Ya bastante sudores le costó a Gloria vestir a su hija como una señorita y pagarle bachillerato. Loreto era lista, nada que decir, pero aun así tuvo que emplear lo que tenía y lo que no en clases particulares. Al menos dio resultado: Loreto entró en la universidad y ahora, mira tú, a punto de casarse. Gloria temía el cambio, pero era lo que tocaba. La chica ya pasaba de los veinte: era la hora de pensarlo en serio. Y además, Pablo era buen chico, aunque como madre y futura suegra a Gloria le salía la queja por costumbre.

El timbre sonó haciendo que Loreto diera un respingo. La miró a su madre con miedo en los ojos.

Ya vienen

¿Y qué problema hay? Si ya os conocéis. ¿De qué tienes miedo ahora?

Mamá, no lo entiendes. Esto es diferente

Loreto sentía un nudo en el estómago. Una cosa es merendar con los padres de Pablo, otra muy distinta cuando vienen a pedir tu mano. La madre de Pablo imponía: llevaba años con mando en plaza en una empresa y crió al hijo sola. Se le veía cierta dureza, pero también respeto. Quien desarmaba con cariño era la abuela Mercedes, siempre sonriente y dulce. A ella sí la podía llamar “mi Loreto”. Con ella, seguro sería más fácil entenderse.

Llegaron con flores, bombones y una tarta Saludos, reverencias. Se sentaron todos. Y empezó el ritual.

Loreto lanzaba miradas cómplices a Pablo y soñaba con escapar. Aquello parecía un mercado de Salamanca. De verdad que tiene razón el dicho: Vosotros tenéis la mercancía, nosotros el cliente. La repasaban como si valoraran, sin remilgos, antecedentes hasta el último primo de León. La que llevaba la voz cantante era la madre; Mercedes solo asentía, pero aun así se notaba el escrutinio.

Loreto no pudo evitar reírse en silencio, tapándose la boca y tosiendo después para disimular. Todo esto le recordaba los cortejos de reinas en las crónicas antiguas, menos mal que no la llevaban a pasar la noche a una casa de baños. Todo se revisaba: salud, manías, costumbres…

Mercedes, ¿y cómo es que criaste tú sola a Pablo?

La pregunta traía intenciones. Gloria siempre sabía tirar de la lengua.

Sobre el padre de Pablo, Loreto sólo sabía que fue ingeniero y trabajó en proyectos de alta velocidad. Poco más, nunca se animó a preguntar. Quizá era hora.

El padre de Pablo murió cuando él tenía siete años. Un accidente respondió Mercedes, baja la mirada, sin soltar la taza de té.

En ese momento, la atmósfera se viene abajo. Gloria, atenta, cambió rápido de tema. Había tiempo de indagar en ese pasado, ahora tocaba mirar adelante.

La boda fue como quisieron: sencilla, sin pretensiones. Firmaron los papeles y celebraron con los más queridos en un restaurante. Loreto, con los tacones fuera bajo la mesa, apoyó la cabeza en el hombro de Pablo y se dejó llevar por el sueño de que mañana, por fin, vería el mar.

Nunca salió de Madrid con su madre. Vacaciones, ¿para qué? Teniendo la antigua casa de campo en la sierra de Segovia que le dieron a Gloria en la fábrica. Allí plantó rosas, grosellas y fresas, dejó dos manzanos para sombra y colgó una hamaca:

Aquí nos relajamos, hija. La ciudad ya me ha dado bastante guerra. Quiero que disfrutes la vida, Loreto, mientras puedas.

Loreto se escapaba al lago con los chicos del pueblo, se quedaba hasta tarde junto al fuego, quemando los dedos en patatas asadas, cantando rancheras con una guitarra vieja que los hermanos Martín siempre trajinaban. Vivía, como quería su madre.

Sin embargo, de vez en cuando, escuchaba a las compañeras del colegio hablar de playas azules, de montes altos, todo a solo unas horas en tren. Y Loreto soñaba. Sabía que su madre jamás la mandaría a un campamento; tampoco tenía intención de irse a la playa. Si preguntaba, la respuesta era simple:

¿De dónde saco yo euros para esos caprichos tuyos?

A Loreto le dolía oírlo. Empezó a trabajar joven, orgullosa de enseñar lo que ganaba:

¡Eso es, hija! Aprende a ser independiente. Una mujer no debe depender de nadie. Así serás dueña de tu vida y nadie te hará daño.

¿Pero qué significa exactamente eso, mamá?

Ya lo verás cuando crezcas cortaba Gloria, moviendo la cabeza y no dando pie a más.

Loreto aprendió a guardar sus sueños en un imaginario cofre viejo de madera. Un día, se decía, los sacaría cuando llegara el momento.

Por fin el momento llegó: gracias a Pablo, vería el ansiado mar.

Aquellas dos semanas junto al Mediterráneo fueron una revelación. Se bañaba horas en el agua tibia o se sentaba en la arena, mirando el horizonte sin cansarse nunca. Pablo, acostumbrado de pequeño al mar, la miraba divertido pero se sentaba con ella y preguntaba:

¿Y qué más sueñas tú, Loreto?

De su mayor sueño el auténtico le habló meses después, colorada como un tomate. Pablo, sorprendido y feliz, solo acertó a preguntar:

¿Niño o niña?

¡No sé, tonto! El ginecólogo dijo que aún no se ve.

La noticia del nieto fue recibida en familia con entusiasmo desigual. Gloria armó una fiesta, abrazando a su hija y yerno, exigiendo que el niño llevara el nombre del abuelo. Mercedes besó a Loreto con cariño y enseguida la mandó a una amiga suya, ginecóloga en el Gregorio Marañón:

Te arreglo con Inés, que es una fenómena. Nadie mejor para cuidar de ti y del bebé.

Loreto, recordando los sermones de su madre sobre las suegras, intentó protestar tímidamente:

Pero yo ya tengo médico y me va bien.

No es lo mismo, hija. Es importante que alguien de confianza te siga el embarazo entero. Y ese hospital tiene todo lo que puedas necesitar.

¿Es que espera usted complicaciones? ¿Cree que el bebé nacerá enfermo?

¡No, hombre, no! Pero siempre es mejor estar cubierta, por si acaso. Ya eres mayorcita para decidir.

Loreto acabó por aceptar la sensata propuesta de Mercedes.

¡Ay, hija! ¡Qué ingenua eres! refunfuñaba Gloria, revolviendo el té en casa de su hija.

Mamá, por favor, la cabeza me va a estallar. Loreto, lívida, mordisqueaba un pico de pan, rehuía la tarta con mantequilla que había traído su madre, pensando en tirarla en cuanto Gloria saliera por la puerta.

¿Qué te va a doler, persona? ¡Si estás en la mejor edad! Yo de joven era como un toro. Pero vosotras tanto quejaros, reclama y reclama. ¡Menuda generación! A ver si un día aprendes. ¿Por qué aceptaste la propuesta de tu suegra? Ahora sabrá todos tus problemas de salud. ¡Cuanto menos sepa, mejor! Así siempre dormirá tranquila y tú también.

Loreto callaba. Era su madre, al fin y al cabo. Sabía mucho de la vida. Pero ya era tarde, y además Inés, la doctora, le caía bien. Era una mujer robusta, siempre alegre, que al tocar su tripa hablaba con la futura madre y el bebé a la vez:

Hola, mis tesoros, ¿todo bien? Chiquitina, a seguir creciendo fuerte, ¿eh? Vamos a escuchar ese corazón ¡Así me gusta! A tu madre le hace falta cuidarse. El pulso, Loreto, no me gusta y los análisis, tampoco. Pero nada que no podamos arreglar. Llámame cuando quieras; ¡aunque solo sea porque me eches de menos! Si te notas rara, ¡ni te lo pienses!

Denis nació a término, pero con dificultades. Tuvo que ser cesárea y Loreto, al volver en sí, solo acertó a preguntar, haciéndole reír a la enfermera y todas las compañeras:

¿Tiene todos los deditos?

De vuelta en casa, cuando por fin se fueron los familiares, Loreto solo ansiaba una ducha, pero Denis no la dejó ni abrir el grifo: primero el balbuceo, luego llanto desgarrador. A Loreto le dio la risa:

¡Vaya, qué pulmones tienes!

Pronto la frase cambiaría de tono. Denis lloraba a todas horas, dormía poco y solo se calmaba si Loreto lo paseaba por el Retiro.

A Pablo le ascendieron y estaban las ausencias:

¿Por qué no llamas a tu madre? Puede ayudarte.

Era lógico, pero Loreto no quería contarle que ya se lo había pedido inútilmente.

¡Eso son tonterías! Yo te crié sola, sin abuelas ni niñeras. ¡Y aquí estamos! No puedes tú con uno solo, mujer joven y sana ¡No te reconozco! Estás hecha un desastre. ¿Cuándo fregaste el suelo por última vez? ¿Y el polvo? ¡Qué desastre! Yo ya cumplí de sobras con lo mío. Además, me falta tiempo; tengo que preparar la casa de la sierra. Cuando Denis ande, me lo traes y lo tengo corriendo por el campo.

Aún falta mucho, mamá. Es que estoy agotada, de verdad. Me duermo soñando que duermo, ¿entiendes? Solo te pido un par de horitas, por favor

¡No te da vergüenza! Trabajo yo y tú no puedes con un niño. ¿Y tu marido? ¿Dónde está? ¿No ayuda?

Está trabajando. Es un puesto importante, se juega el futuro, madre. Hay que dejarle espacio, tú lo sabes.

¡Pero no olvides la familia, tampoco! ¡Es su hijo! Y tú también podrías exigir ayuda. Así te eduqué, ¿no? Hay que pensar las cosas antes de lanzarse a tener criaturas.

Pero si tú decías que querías nietos mientras fueras joven y fuerte

¡Claro! Y no me arrepiento. Pero esto de cuidar bebés sólo cuando crecen, hija. Ya tuve bastante con tus anginas y tus problemas de tripa. Ahora te toca a ti.

Ya entiendo dijo Loreto, marchando a atender a su hijo.

¡Ni se te ocurra llamar a Mercedes! Luego no hay quien la saque de aquí y, encima, te sentirás peor. ¡Te lo digo para que no te arrepientas!

¿Por qué tendría que arrepentirme?

¡Porque si viene empezará a decir que eres una mala madre! Que no puedes con un hijo. Así son las suegras.

Una y otra vez, las palabras de Gloria martilleaban su mente mientras Loreto cogía el móvil queriendo rendirse y pedir ayuda.

Denis iba a peor; Loreto consultó médicos, pero decían que el niño estaba sanísimo. Desesperada, Loreto llamó a Inés.

Pero, Loreto ¿Y tú cómo estás?

Mal

Ahí tienes la respuesta, mujer. Los niños sienten todo, y si tú no puedes más, él tampoco. ¡Tienes que descansar! Acuéstate cuando él duerma.

No puedo.

¿Por qué no?

Porque si no, ¿quién hace la comida? ¿Y el trabajo? Sigo trabajando desde casa, no me puedo permitir perder el puesto

¡Así no puedes seguir! Si no paras, acabarás deprimida, y eso no lo merece ni tu hijo ni tú. No eres una máquina, Loreto.

Al final, Loreto decidió escuchar a Inés. Pero justo entonces empezaron las obras del vecino y el ruido era insoportable. Loreto y Denis tenían que huir a la calle para poder dormir unas horas.

Y un día, todo cambió. Un día lluvioso, gris, con el cielo encapotado, Loreto apenas logró salir a la calle mientras Denis berreaba por el ruido del taladro. Se puso el chubasquero al niño, se cubrió y anduvo con resignación bajo el agua, buscando un poco de paz en el parque. El bar que solía servirle croissants calientes estaba cerrado.

¿Qué más puede salir mal?

Con las manos heladas, paseó un rato más, hasta que decidió volver a casa. Para su sorpresa, el piso estaba silencioso. Acostó a Denis, adelantó faena en la cocina y se sentó un rato a teletrabajar.

El descanso apenas duró una hora. Pronto el taladro volvió, pero Loreto apuró el informe y cerró el ordenador justo antes de que empezaran otra vez los ruidos infernales.

Entre médicos, la casa y el niño, el día voló. Al final, Loreto llenó la bañerita y, arrodillada, se entretuvo viendo cómo Denis chapoteaba riendo.

¿Tienes frío? Vamos, déjame probar el agua

Pero lo siguiente que recordó fue la negrura, el mareo y el desplome.

Despertó a golpe de palmadas.

¡Loreto, niña, espabila! ¡Por favor, dónde está la ambulancia ya!

Mercedes, con las manos aún mojadas, la azotaba con nerviosismo mientras Denis lloraba a viva voz.

¡Menos mal! Aguanta un poco, cariño, la ambulancia ya llega.

¿Ambulancia? ¿Pero qué? ¡Denis!

Tranquila, está bien. Mercedes la inmovilizó y la obligó a recostarse. ¿Le oyes? No para de gritar, no te preocupes

Loreto cerró los ojos, aferrándose al cubrecama.

He estado a punto de matar a mi hijo

Sí respondió Mercedes, tranquila. Loreto se estremeció.

No me grite, por favor

¿Y por qué iba a gritarte?

Mi madre lo haría

Yo no soy tu madre. Mercedes contuvo las lágrimas. Y sí, me dan ganas de gritar pero por otro motivo.

¿Por cuál?

Porque no me dijiste que estabas así, porque no aceptaste mi ayuda. ¿Por miedo a la suegra mala?

Loreto asintió en silencio.

Lo entiendo. Pero ese es mi error.

¿Por qué suyo?

Tendría que haberte contado mi historia antes; así no habría pasado esto.

¿Me la cuentas ahora?

Claro, pero primero voy a buscar a Denis. Estará más tranquila así.

Mercedes le trajo al niño. Viendo a Loreto acurrucar a su hijo, preguntó:

¿Mejor?

Sí. ¿Qué ha pasado? No recuerdo nada.

Te desmayaste en el baño.

¿Pero cómo entró usted?

Tengo llave. ¿No lo sabías? Pero nunca vine sin avisar. Siempre he respetado el espacio de Pablo; quizá porque a mí nunca me respetaron el mío. Fui educada a la vieja usanza: mi madre y mi suegra, una crítica constante. Por eso, nunca entré a la fuerza.

Pero hoy sí lo hizo

Llamé mil veces y no abrías. El niño lloraba. Me asusté y entré.

¿Pudo ahogarse?

No creo. La bañera tiene su soporte, y Denis estaba bien, berreando como león. ¡Qué voz, niña!

Vaya que sí

Me has dado un susto. Tardé en reanimarte. Hasta con amoníaco Nada. Como un trapo. Loreto, así no puedes seguir. No estás sola en el mundo. ¿Por qué me rechazabas? ¿Por miedo a la suegra monstruo?

Tenía miedo, sí.

Yo también lo tenía, cuando fui madre. Mi suegra me odiaba sin razón. Ni sé por qué. Venía a casa sin avisar, me hacía sentir un cero a la izquierda. Fue mi vecina, Carmen, quien me salvó. Ella fue la verdadera abuela de Pablo; lo cuidaba cuando yo no podía, lo quería con locura. Pablo la llama abuela y yo, más que a mi propia madre. Fue amor por circunstancias. Carmen me enseñó que criticar es fácil, apoyar cuesta. A veces solo hace falta una palabra buena para darte fuerza.

Mercedes se levantó, miró por la ventana y asintió.

Ya está la ambulancia. Ahora vas a hacer exactamente lo que te manden. Si dicen hospital, te vas.

¡No! ¡Y Denis?

A Denis lo cuida su abuela, que para eso está aquí. Tu madre es maravillosa, pero su abuela tampoco está mal. Si me dejas, te lo demostraré.

No la ingresaron: un bajón de tensión, resultado de agotamiento. Inés fue esa tarde, le llenó dos hojas de recetas y advirtió:

Como no te cuides, te las verás conmigo.

Al volver Pablo de viaje y ver a su madre con Denis en brazos, preguntó en voz baja:

¿Qué ha pasado aquí? Si tú no querías ayuda

Fui una insensata.

Seis años más tarde, todo la familia se reúne en la vieja casa de la sierra. Lavando la carita sucia de fresas de su hija menor, Loreto regaña divertida a su hijo:

¡Denis, la cola del gato no es un cascabel! Ve con las abuelas, que van a llevaros al lago.

¿Y tú?

Yo me tumbaré en la hamaca a leer y, si nadie brinca sobre mi cabeza ni me pide la luna, podré soñar un rato, ¿te parece?

¡Hecho! Denis corrió escaleras abajo. ¡Abuelaaaas! ¡Venid! ¡No quiero la luna, solo quiero bañarme! ¡La luna para luego, que ahora ni se ve!

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

four + 6 =