Algunas rarezas de la familia de Olénka Krasavina

Algunas rarezas de la familia de Almudena Hermosa

Almudena ha salido con el perro

¡Madre mía, qué le habrá hecho ahora al pobre animal! ¡Fíjate, fíjate! ¡Ahora la cola de Rufo no es violeta, sino rosa! ¡Mira cómo la mueve!

¿Y qué le vamos a hacer si la chica es algo peculiar? Pero es buena y honesta, ¡y de esas ya no se ven muchas! ¡Cuando su abuela estuvo enferma, Almudena no salió apenas del hospital! Se desvivía cuidándola, olvidándose de sus propios años jóvenes.

¡Ay sí, pero ayer mismo la vi bajarse de un coche en el portal con un chico joven ¡guapísimo!

¡Quizá era el taxista!

¡Claro, cómo no! ¿Desde cuándo los taxistas se despiden de las señoritas besándoles la mano?

¡¿De verdad?!

¡Pues claro! ¡Te lo digo yo, que Almudena pronto se nos casa!

¡Pues mejor! ¡Y la abuela estará doblemente feliz! ¡Vaya nieta ha criado! ¡Inteligente, guapa y de buen corazón! Si no fuera por la profesión, sería perfecta.

¿Y qué hay de malo en el trabajo de Almudena?

¡¿Inspectora?! ¿Eso es cosa de mujeres?

No digas tonterías. ¿Cuánta gente conoces que respete la ley como la abuela de Almudena? ¡Muy pocas! ¡Y te digo que la chica tiene verdadera madera! ¡Salió hasta en El País y en una entrevista de la tele, que la elogiaban! ¡Y tú, con esos prejuicios!

Yo no digo nada, que le vaya bonito, como se suele decir. Ya desde pequeña se veía que le iba a dar vueltas a todo el mundo. ¿Te acuerdas de cómo era?

¡Y tanto! ¡Pura abuela! ¡Un torbellino!

La joven a la que cotilleaban las vecinas sentadas en el banco de la entrada pasó por delante, les sonrió y se despidió educadamente, para luego salir corriendo tras su perro, que saltaba de alegría por las veredas heladas y cubiertas de arena, luciendo su flamante cola rosa.

¡Ahí va la tormenta! ¿A dónde correrá ahora?

¿A dónde va a ser? ¡A recibir a su hermana! ¡Cayetana llega hoy!

¿Y tú cómo lo sabes?

¡Me lo ha chivado Almudena! Además, mira ¡Ahí llega el taxi!

Del coche salió una joven alta y esbelta, que, ni decir palabra, fue derecha hacia la corriendo Almudena, la abrazó con fuerza y silbó al perro, que revoloteaba a su lado.

¡Almudena! ¿¡Pero qué le has hecho al perro otra vez!?

¿No está bonito? ¡Es el color favorito de la abuela!

Cuánto te he echado de menos, ¡mi rara favorita!

Almudena la volvió a abrazar, riéndose.

Todo el barrio sabía que Almudena Hermosa no era un chica del montón, sino más bien una con ligeros toques de locura encantadora. Sus rarezas emergieron desde la infancia dorada de la pequeña Almudena. Dulce criatura de trenzas finas, con lazos pomposos tejidos cada mañana por su abuela con mimo, saludaba siempre y sonreía, enseñando todos sus dientes torcidos hasta que apareció el abuelo adoptivo con sus férulas milagrosas. Tras el saludo, venía la clásica pregunta:

¿Cómo va todo por aquí?

Pero a esa pregunta pronto dejaron de responderle incluso quienes no tenían esqueletos en el armario ni cotorras que pudieran airear las miserias familiares.

Almudena les daba miedo.

Y es que era deslenguada como ninguna.

Pero no era cháchara vacía de niña traviesa. Tenía el don peculiar de encajar lo escuchado y visto aquí y allá y ofrecer la información en el lugar exacto, a la persona implicada, sin perder compostura.

Tía Marta, mientras estabas en el despacho, el tío Juan ha ido a ver a la señora Inés del cuarto con flores, ¡igualitas a las que te trajo por tu cumpleaños! Pero en ramo grande, ¿eh? Me dijo que no podía olerlas y luego se marchó a ver a Inés. Pero, ¿por qué ella puede y yo no?

Marta, que hasta entonces prefería creer en las trolas de su marido sobre el exceso de faena en la oficina, temblaba, miraba a todos lados para asegurarse de que las vecinas no habían oído a Almudena y apresuraba el paso, olvidando saludar hasta a la abuela.

Hija, ¿por qué hablas con Marta sin que te pregunte nada? la abuela de Almudena se enfadaba, pero nunca le daba una explicación.

Y la niña se molestaba.

Verdaderamente, no entendía qué había hecho mal. ¿O sí?

Eso era lo peor: que no lo comprendiera. Si la abuela se hubiera dignado a explicar por qué no debía contar ciertas cosas, quizás Almudena se hubiera mordido la lengua.

Pero la abuela, tras estas pilladas, se convertía en un monumento silencioso, como el del Cid Campeador en la Plaza Mayor, donde tanto le gustaba pasear a Almudena. La cogía de la mano con fuerza y el resto del día ni una palabra, salvo miradas de esas que te dejan claro que ese día no hay caramelos después de cenar.

Almudena odiaba aquello. Se enfurruñaba hasta que recordaba que, a diferencia del monumento, su abuela no tenía palomas posadas en el pelo, ni el peinado hecho un desastre como la cabeza calva del Cid.

Lo del Cid se lo contó el abuelo adoptivo, que se reía siempre de las preguntas de la niña.

¿Y por qué está calvo?

¡Muchos nervios! respondía el abuelo muy serio.

¿Y por qué? ¿Tenía un trabajo muy difícil?

¡Eso!

¿También era dentista de niños? Almudena imaginaba al Cid encajado en la consulta del abuelo y veía niños chillando cuando la cabeza calva asomaba por la puerta y sonando un rotundo: ¡El siguiente!”

El abuelo la miraba raro y al final se echaba a reír.

¡Ojalá! Quizás el mundo sería distinto…

Pues dices que era un caudillo, y en los cuentos los caudillos llevan plumas, pero el Cid no, pobrecito, sólo palomas… ¿Te imaginas ponerle plumas de paloma para un tocado?

No, hija, hacía falta plumas de águila.

¡Pobres águilas! Son preciosas y además no hacen sus cosas donde no deben, como dice la abuela. ¿Recuerdas cuando fuimos a pescar y tú bueno, te fuiste tras los arbustos? ¡Eso me dijo, que hay que hacer las cosas con decoro!

El abuelo estallaba en risas y la gente miraba. Almudena, en cambio, no entendía la gracia.

Ella cambiaba de tema, fruncía el ceño y le regañaba.

¿Pero qué te crees? ¿Eres el caballo de Espartero para comportarte así? Hay que ser discreto, como dice la abuela. ¡La discreción es bella! Y si no, hasta me da vergüenza por ti.

Al final, el abuelo compraba un helado secreto de camino a casa como acto de contrición.

Si le cuentas a la abuela lo del helado, no me lo perdona advertía el abuelo.

¿Se monta una buena?

¡Y tanto! Sabes que a ella le gusta mandar.

¡Pero tú no le haces caso!

Porque soy hombre, hija. No estaría bien.

¿Entonces puedo contarle lo del helado?

No… una cosa es no obedecer, y otra buscar problemas.

¿Abuelo, eres cobarde?

No, cariño, solo prefiero la paz a una bronca.

¿Y eso cómo es?

Te lo cuento luego, mejor vamos a comprarle flores a la abuela, para que no se fije en lo contenta que estás.

Almudena lo respetaba y le quería con locura.

Apareció en su vida como regalo de Reyes. Su abuela, mujer de carácter y catedrática en derecho, cansada de criar sola a la niña mientras los padres de la pequeña andaban de expedición en expedición, decidió casarse por segunda vez con aquel viejo amigo que llevaba años detrás de ella. Y aunque la abuela era de pocas ñoñerías, por la nieta y el antiguo compañero hacía excepciones.

Nada los unía a simple vista: ella, alta y elegante; él, bajito y robusto como una seta. Pero lo que no se veía era lo más importante: entre ellos había nacido al fin eso que tanto había esperado la abuela, sin saberlo.

Porque, aunque todos la creían pragmática, su corazoncito anhelaba a escondidas que la cortejasen bajo la luna, con poemas y ramos de azahar en el alféizar del chalet. De joven nadie quiso hacerlo, y su primer marido sólo le daba flores por el santo y le recitaba a Machado en vez de versos de amor. Y así se quedó su alma con sed de lirismo, hasta que llegó Almudena y, más adelante, ese hombre que le trajo la ternura tardía.

Los padres de Almudena, reputados arqueólogos, enseguida la pusieron en manos de la abuela sabiendo que debían marchar. La niña, provista de robustas mejillas y muchas agallas, espantó incluso al caniche del cuarto, que terminaron llevando a un primo lejano pues Almudena y la perrita se batían en chillidos.

El tiempo pasó, y cuando la niña tenía un año, apareció el abuelo adoptivo, llamado así por la abuela. ¿Por qué? Porque creía, con razón, que cuanto más familia tuviera la pequeña, mejor para ella. Había abuelo biológico, como todos los niños, y abuelo adoptivo, exclusivo de Almudena. Así la niña eligió por sí misma a quién prefería.

Y aunque veía al abuelo biológico, su corazón era para el segundo, el que estaría dispuesto a todo por ella y por la abuela.

Almudena conocía su historia de memoria. Fue esa inquieta muela de leche, la que no emergía, lo que provocó el reencuentro entre su abuela y el dentista de su infancia. Una vecina dio el soplo:

María Nieves, lleva a la niña con el doctor Pedro. Es estupendo, no asusta a los niños. Quizás te ayude, porque entre los llantos de la pequeña y tus ojeras, vais a acabar mal las dos.

¡No sabes cuánto! contestó la abuela, corriendo con la nieta y el carrito.

Pedro, al verla, esbozó esa sonrisa tan conocida de juventud, y María Nieves supo que algo iba a cambiarle la vida. Y así fue.

El hijo de María Nieves, cuando su madre se casó de nuevo, solo preguntó si él y su mujer podrían seguir contando con ella para cuidar de Almudena. Les dijeron que sí, y asunto arreglado.

La niña creció rodeada de amor, juegos y toda la seguridad que no suelen tener los niños tan especiales. Por su salud frágil, María Nieves desistió de la guardería. Tras varios intentos fallidos, aprendió a dejar la socialización para los meses en la sierra, donde la familia pasaba primavera y verano completo.

El chalé familiar era un enclave antiguo, rodeado de pinares, donde hijos, nietos y bisnietos se mezclaban jugando. Allí, Almudena encontró amigos: la inseparable Lucía, los gemelos Miguel e Iñigo, la soñadora Jimena y muchos más. Allí nunca caía enferma, siempre bulliciosa y risueña.

Fue en ese escenario donde conoció a Cayetana.

Muy diferente al resto de los niños, Cayetana era descarada, bronceada, algo sucia y siempre tenía muy claro lo que quería.

Su primer encuentro tuvo lugar un día luminoso de junio. Almudena hojeaba perezosa un libro recién traído por el abuelo desde Madrid y seleccionaba diligente las primeras fresas de la temporada. No esperaba a nadie; Lucía estaba con su profesora de francés, los gemelos de compras en la capital y Jimena en la barra intentando ser bailarina bajo la dura mirada de la abuela.

De pronto, una mano morena surgió bajo la mesa y Almudena gritó con tal espanto que María Nieves estuvo a punto de volcar toda la olla de mermelada de fresa que removía en la cocina.

¿Qué pasa, Almudena? preguntó, crispada.

Los gatos vecinos salieron disparados al escuchar el alboroto. María Nieves, tras comprobar que la nieta sólo chillaba porque una niña desgreñada y sonriente le había robado la fresa, se calmó.

¿Pero por qué chillas así? dijo la recién llegada.

¡Porque me has asustado! protestó Almudena.

No seas tonta, ¡ven bajo la mesa a comer fresas, o te quedas sin ellas!

Almudena, de vergüenza, paró de chillar y, tras una mirada de socorro a la abuela, se metió también bajo la mesa.

¡Toma, la más grande para ti! dijo Cayetana.

Pero tienes las manos sucias

Bah, ¡estamos en el campo!

María Nieves, al ver a las dos bajo la mesa, resopló.

¡Vamos, niñas, hay caramelos en la cocina, y yo tengo que irme un momento! dijo, yéndose sin más explicaciones después de darle un codazo al abuelo adoptivo que dormía la siesta en la galería. Él ni se inmutó.

Encárgate de ellas dijo María Nieves besándole la cabeza y marchó rauda.

Almudena, ¿a dónde ha ido la abuela?

A despertar al abuelo respondió Cayetana, alzando una mano sucia al señor Pedro. Cayetana Martínez.

Pedro Sánchez. Un placer.

Así se conocieron.

Un tiempo después, Almudena supo que Cayetana era la nieta única de un viejo amigo de la abuela; hombre endurecido por los años, policía jubilado, que de repente se quedó solo con ella tras perder a hija y yerno en un trágico accidente. María Nieves, enterada de la situación y la salud del viejo amigo, ideó la mudanza de Cayetana y su abuelo a la sierra, vecinos a pocos metros.

Para la abuela, acoger a Cayetana fue fácil: era frágil, ojerosa, y tan parecida a Almudena que no pudo evitar hacerla parte de la familia.

Pedro, el abuelo adoptivo, sólo le dio la mano y besó sus dedos, apoyándola en la decisión.

¿Tú crees que será bueno para Almudena tener una hermana?

¿Y por qué no? Cuantos más queridos, mejor.

¿Y si no puedo quererlas igual?

No tienes que quererlas igual, sino simplemente quererlas.

Y así fue. Cayetana se quedó con ellos tras la muerte de su abuelo. Hubo trámites por resolver, pero pronto fue oficialmente hermana de Almudena, quien desde entonces ya no estuvo sola.

Fueron inseparables, aunque completamente diferentes. Ese contraste cimentó una amistad a prueba de todo. Cayetana era la única capaz de decirle la verdad a Almudena.

Y fue Cayetana la que guió a Almudena en el arte de observar y callar, de usar su talento para bien.

¡Detective tenías que ser! Aunque mi abuelo decía que eso es trabajo de perro…

Pues yo seré investigadora, pero no una mala, sino una buena.

Y aunque al principio nadie la tomaba en serio todos con risitas, torciendo el gesto y tachándola de rara, Almudena tenía fe, apoyos y determinación. ¿De qué sirve el mundo sin amor que te empuje desde tu espalda?

¿Y quién la empujaba mejor que una abuela plantada con las manos en la cintura y las cejas fruncidas con la pregunta de cada día?

Almudena, ¿has comido algo hoy? ¿Cómo que no? ¡Un desastre! ¿Y tú, Cayetana, de qué te ríes? ¡Tampoco has catado bocado! Vamos, a la mesa, ¡y quiero los platos relucientes! ¡Pedro! ¿Necesitas una invitación especial? Suelta a Rufo y lávate las manos, ¡que vais a volver loco al pobre perro! ¡La naturaleza os hizo díscolos, pero yo no consiento una cola rosa para Rufo! ¿Que lo hacéis por lo que digo yo? Sí que hablamos, pero ¡basta ya de cháchara! ¡La sopa se enfría! ¡Todos a comer, hombre!

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«¡Aquí no pintas nada, y tu mocoso tampoco!» – exclamó la hermana de su marido