Este caso ocurrió allá por el lejano año 1995. Por aquel entonces, yo estudiaba en la Academia Militar de Zaragoza y, en pleno horario lectivo, me apartaron de clase y me ordenaron comparecer ante el director de la academia.

Este episodio ocurrió allá por 1995. Recuerdo que estaba entonces en la Academia Militar de Toledo y, en pleno día lectivo, vinieron a buscarme a clase para decirme que tenía que presentarme ante el director del centro. En su despacho, revestido de todos los detalles propios de un general curtido, había una mujer. Su expresión era de profunda desolación; las lágrimas le surcaban las mejillas y cada poco sacaba un pañuelo de tela para secarlas.

El director era el general Cebrián, un militar de carrera al que todos respetábamos y temíamos por igual. Había pasado por la guerra en el extranjero, y aunque era duro y estricto, también era justo. Sin embargo, nunca lo había visto tan derrotado. Se acercó a mí y, casi resignado, me dijo:

Hijo, hoy te hablo no como superior, sino como compañero. Necesito tu ayuda.

Lo que haga falta, mi general le respondí sin titubear.

Mi sobrino se muere prosiguió con voz apagada. Terminó el año pasado nuestro instituto y seguro que le conoces. Luego pasó a estudiar en la Academia de Medicina Militar y le ocurrió una desgracia. Nuestra última esperanza es tu abuelo. ¿Podrías pedirle que vea al chico y averigüe qué le pasa?

Ni pensé en hacer preguntas. Llamaron a mi abuelo y en apenas quince minutos íbamos rumbo a su casa en el viejo SEAT oficial del general. Por suerte, aquel día era el primero de vacaciones de mi abuelo y conseguimos llegar justo media hora antes de que se marchara a la casa de campo.

El paciente venía con nosotros. A pesar de haber coincidido antes, apenas le reconocí. Tenía la mirada vacía, perdida, su rostro parecía apagado y ausente, como si quedara poco de aquel muchacho que yo conocía. Tenía algo inquietante.

Cuando llegamos, subimos al piso donde mi abuelo nos abrió la puerta y escuchó, muy tranquilo, el relato entrecortado por sollozos de la madre del chico.

Siete meses antes, su hijo había entrado en la Academia de Medicina. De repente, en plena clase, sufrió un ataque. Ingresó en el hospital militar y le hicieron pruebas de arriba a abajo, pero no hallaron nada. No pudo salir del hospital, porque el ataque se repitió. Otra vez y otra después… Nadie conseguía dar una respuesta. Solo quedaba la esperanza puesta en el abuelo, reconocido como uno de los mejores neurólogos y psiquiatras del país.

Y aquí llegó la parte más insólita. Mi abuelo llevó al muchacho a su habitación; al cabo de quince minutos salió solo.

Ya está. Podéis iros a casa dijo a la madre y al general con voz serena y pausada.

¿Pero y mi hijo? se alarmó la mujer. ¿No necesita tratamiento?

Vosotros id a casa. Nosotros nos vamos al campo. Me viene bien porque necesito alguien para ayudarme a partir leña, y aquí el muchacho tiene pinta de ser buen mozo respondió mi abuelo, casi bromeando.

Sufriendo, pero sin más remedio, se despidieron. Mi abuelo se marchó con el ya paciente a la casa de campo familiar cerca de La Mancha.

Un mes después el general Cebrián volvió a buscarme. En el despacho estaban la misma mujer, ahora radiante, y el chico. Era otro completamente distinto. Ni rastro de lo que le pasaba. Me dio la mano y me agradeció, el general hizo lo mismo, señalándome con un apretón la gratitud infinita. Quien ni los mejores médicos pudieron curar, en apenas unas semanas estaba como nuevo. Aquello les pareció un verdadero milagro. Si supieran cuántos milagros de este tipo logró hacer mi abuelo durante su vida…

Más tarde indagué sobre el asunto. Resultó que el problema había sido el descomunal estrés intelectual al que sometió su cerebro la exigente carrera de Medicina. El cerebro, incapaz de procesar más información, se desconectó y se negó a seguir trabajando. Mi abuelo comprendió inmediatamente y puso en marcha su propio método: le llevó consigo al campo y le sometió durante semanas a un trabajo físico agotador. Todos los días el muchacho se levantaba a las ocho, se duchaba con agua fría, desayunaba y se pasaba el día cortando troncos. Solo descansaba para comer y cenar, y por la noche caía rendido en la cama, durmiendo profundamente. A las pocas semanas, el cerebro, tras descansar de cualquier estímulo mental, reinició y volvió a funcionar mejor que nunca.

Lo más curioso es que en todo el tratamiento mi abuelo no le dio ni una sola pastilla, solo trabajo físico y aire puro de La Mancha.

Así fue como, gracias al empeño y sabiduría de mi abuelo, este muchacho recuperó la vida y la sonrisa de quienes lo querían. Una historia que siempre guardo en mi memoria.

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