¿Diga? Su mujer acaba de dar a luz… ¡a gemelos!
Pero tengo 52 años… ¡y no tengo mujer!
Pues no sé, pásese por el hospital, que dice que son suyos…
Al escuchar aquello, pensé que alguien se había equivocado de número. ¿Gemelos? ¿A mi edad? Si es que ni tengo pareja. Pero, claro, la curiosidad pudo más. Así que me subí al coche y tiré para el hospital.
Al abrir la puerta de la habitación, me quedé tieso. ¡Era mi exmujer, Carmen! Y allí, a cada lado de la cama, dos bolitas de felicidad roncaban tranquilamente.
Carmen, ¿estos niños de quién son?
Tuyos respondió ella, más ancha que larga.
Me quedé mudo, intentando digerir lo que oía.
Pero mujer, si tienes 49… ¡y nos separamos hace un siglo!
Siete meses, para ser exactos. Y entonces todavía no sabía que estaba embarazada.
¿Pero cómo narices es posible esto?
Pues mira, yo pensaba que era la menopausia. ¿Quién me iba a decir que esa despedida tan fogosa iba a acabar así? Pero tranquilo, que no te pido nada. Te lo tenía que contar, y ya está.
Y encima gemelos… Con todo lo que nos costó durante años intentarlo, y nada.
Ni yo me lo creo, créeme. No sospeché nada hasta el quinto mes. Pensaba que se me iba la olla con tanto movimiento por dentro…
La verdad, no me sorprendió demasiado. Carmen siempre había sido de constitución generosa, y nadie notó cambios a simple vista, ni los amigos más cotillas.
Cuando la conocí, ya era una mujer de buen comer, lo que me encantaba, porque a mí las flacas nunca me han dicho nada. Vivimos bien, siempre quisimos niños, pero después de visitas a médicos y mucho estrés, nada.
Así que decidimos disfrutar: trabajar mucho, sí, pero también playa, montaña y todas las capitales europeas que nuestra Visa nos permitió. Pero ya en los últimos cinco años algo se torció. Asumimos que no seríamos padres, y tú me dirás, con la edad, la soledad empieza a pesar y te da por pensar tonterías… Que si nadie ni vendrá a poner flores el día de tu entierro.
Empezaron los roces, y Carmen echó otros 15 kilos a la mochila. Un día se plantó y me soltó:
Esto no hay quien lo aguante. Yo creo que deberíamos divorciarnos. A ver si aún tienes tiempo de ser padre…
A decir verdad, no quería, pero Carmen ya lo tenía claro. Y así lo hicimos. Dolió, pero me fui con la dignidad justa.
Después me confesó que tenía miedo de contármelo, que no sabía si sería capaz, ni si los niños nacerían sanos. Y bueno, ya ves tú… la vida.
Ese mismo día fui a la joyería, pillé una alianza y un ramo de rosas más grande que la Giralda, y volví a la habitación a pedirle matrimonio. Ya han pasado dos años. Seguimos juntos, los niños crecen sanos y fuertes, y aunque los padres sólo lo somos de corazón joven, somos felices.
¿Y tú, te animarías a ser madre o padre a esas edades? ¿O crees que la felicidad tiene fecha de caducidad como los yogures?






