Pedro creció en una familia numerosa: su padre, aficionado a la bebida, saltaba de un trabajo a otro, mientras su madre, agotada, se desvivía en la oficina de correos y en casa para alimentar a sus tres hijos.

Pedrito creció en una familia numerosa. Su padre, dado al vino, iba y venía de trabajo en trabajo, mientras su madre, agotada, se desvivía en la estafeta de correos y en la casa para alimentar a sus tres hijos.

Como hijo mayor, Pedrito ayudaba en todo lo que podía: cuidaba a sus hermanas pequeñas, acarreaba agua y leña, y, cuando las niñas crecieron, ellas también comenzaron a echar una mano en las tareas del hogar. Para entonces, el padre ya hacía tiempo que no estaba: murió envenenado por alguna bebida adulterada que compartió con unos amigos.

Pero la vida no se hizo más fácil tras su marcha.

La madre, desgarrada, se lamentaba por su marido perdido:
Borracho era, sí, pero era tranquilo, no armaba grescas. Algo de dinero, aunque poco, traía ¡Ay, Vasquito, cabeza loca! ¿En manos de quién nos has dejado?

Pedrito, para no escuchar los lamentos de su madre, se apresuraba en terminar sus tareas y salía a la calle. Iba a reunirse al anochecer con los chicos del barrio. Se juntaban en la puerta desvencijada de una antigua casa al borde del pueblo.

Nadie vivía allí desde hacía años y el portalón, con sus anchas y resistentes escaleras, les servía de banco.

Los niños se sentaban como gorriones, desgranando pipas mientras contaban historias y anécdotas, a veces inventadas, otras verdaderas.

Pedrito nunca tenía dinero para comprar pipas; su madre jamás las compraba, ahorrando en todo. Pero su amiga y vecina, Marisa, siempre compartía con él. Lo hacía sin ostentación, casi a escondidas, llenándole el bolsillo o la mano de aquellas semillas perfumadas, dulces y aceitosas.

Él musitaba un gracias y las saboreaba con deleite, como todos los demás. Sentía incluso que Marisa elegía sentarse cerca para poder ofrecerle. Al principio se sentía algo cohibido, pero pronto se acostumbró y era él quien la buscaba, con esa bondad y generosidad que le caracterizaba.

Sin embargo, la conciencia de Pedrito no le permitía aceptar cosas de regalo. Por eso empezó a ir a casa de Marisa después de comer, cuando la muchacha trabajaba en el huerto. Siempre le preguntaba lo mismo:
¿Tus padres están en casa?
No, ¿dónde van a estar? A estas horas, siempre en el trabajo.

Entonces se quedaba a los pies de los bancales y, sin perder el ritmo, le ayudaba a quitar las malas hierbas, mientras charlaban de mil cosas.

Marisa nunca rechazó su ayuda; le gustaba conversar, y Pedrito le alegraba las tardes. Al acabar, ella sacaba a su pequeño jardín una tetera bien caliente, caramelos y bollos de ensaimada. Pedrito simulaba rehusar, pero Marisa no le dejaba irse sin que probase alguna golosina y tomase algo de té.

Los dulces eran rara vez vistos en casa de Pedrito, salvo en fiestas señaladas. Por dentro, él agradecía enormemente aquella generosidad.

Pedrito se esforzaba también en los estudios para no quedarse atrás, aunque le costaba el doble. Solo en deportes despuntaba entre sus compañeros, por lo que al acabar el instituto, entró en el módulo de Educación Física del instituto de la ciudad. Marisa, por su parte, se hizo enfermera.

Ya mayores, coincidían menos. Solo en las fiestas regresaban ambos al pueblo. Era casi irreconocible aquel chico flaco: ahora era un joven atlético. Marisa seguía siendo la chica de ojos azules y rostro dulce, delgada y sonriente.

Se casó pronto, pues perdió a sus padres en un accidente y buscó refugio en el amor, deseando fundar su propia familia para ahuyentar el dolor.

Cuando Pedrito supo que Marisa se había casado casi por impulso con Iván, un tipo ruidoso y algo busca-vidas de su pueblo, se sorprendió. No los veía buena pareja, pero formaron familia y un año más tarde nació su hijo.

Pedrito no sentía prisa por asentar cabeza. Su madre, asombrada, vio cómo su hijo destacaba en organización en el trabajo en una escuela deportiva y, al poco, lo nombraron director de un polideportivo en la ciudad.

Las hermanas de Pedrito ya se habían casado y mudado. Pero a Marisa las cosas no le iban bien.

Escucha, hijo le contaba su madre, el marido de Marisa es igualito que tu padre. Bebe, anda por ahí sin rumbo A la mujer y al niño ni caso. Es lamentable. La entiendo tanto

Pedrito golpeó la mesa.

¡Vaya pieza! ¿Por qué se casó con él? Antes no le faltaba de nada. Ahora le tocará sufrir. Recuerdo bien a nuestro padre Solo pena dejó.

Lo peor siguió la madre, es que arrastra todo lo que puede de casa para fundírselo en vino: el radiocasete, su ropa, la cristalería de los padres de Marisa hasta las toallas ha vendido. Y aún hay quienes se lo compran. Bien que saben para qué es pero le compran.

¿Y ella, necesita algo? ¿Viene a pedirte dinero acaso? preguntó Pedrito.

No, nunca, pero está muy justa de euros, lo poco que gana apenas le llega. De su marido no ve ni un céntimo. Pobre chica

Pedrito calló, paseó un rato por la casa y su madre, temiendo haberse pasado en detalles, le pidió:
No te metas en sus asuntos, Pedrito. No es cosa nuestra. Cada casa su cruz. Si sigue ahí será porque le quiere.

Entonces Pedrito se sentó y le contó a su madre cómo de niños Marisa le alimentó siempre con pipas, dulces y té, y que le dolía saber que ahora su amiga pasaba dificultades, además con un niño pequeño.

¿Qué piensas hacer, hijo? se alarmó su madre. Ten cuidado, a ese granuja ni se te ocurra tocarle, que acabarás en comisaría. Mejor ver de qué modo puedes ayudar.

Pedrito asintió, marchó a la ciudad, pero volvió días después en su coche cargado de dos sacos, varias cajas y bolsas de comida y ropa.

¿Pero qué es esto? ¿Vas a mudarte conmigo, hijo? ¡Qué alegría, por fin uno en casa!

¡Nada de eso, madre! Mi vida está en la ciudad, con casa y trabajo allí. Todo esto es para ti, mira y verás. No te extrañes si ves los sacos de pipas, Marisa entenderá. No quiero ir yo a dárselos ni las demás provisiones, quien sabe lo que pensaría la gente. Tú repártelo como mejor veas; comparte, y guarda lo que necesites para ti.

¿Y tus hermanas? ¿Ellas no lo necesitan?

Ya sabes que siempre les mando dinero por fiestas. Ellas, con buenos maridos, no carecen de nada, gracias a Dios.

Así es, gracias a Dios repitió su madre.

Bueno, yo me marcho. No escatimes, ayuda a Marisa, que no lo vean mucho los vecinos, pero no la dejes necesitada. Cuando se terminen los productos, te traigo más. Hambre seguro que no vais a pasar. Hasta pronto, mamá.

Pedrito abrazó y besó a su madre antes de irse. Ella, ya sola, fue a la despensa. Los sacos estaban llenos de pipas de primera calidad.

¡Caray, qué de pipas! Nos vamos a poner las botas dijo, como niña feliz.

En las cajas había leche condensada, conservas, arroz, pasta, harina. En una bolsa aparte, paquetes de caramelos. Los llevó al aparador, maravillándose de la generosidad del hijo.

Ya antes le llevaba regalos y productos frescos del mercado de la ciudad, incluso pescado que a su madre tanto le gustaba. Pero ese día, el cargamento era especialmente rico.

Ay, Pedrito, qué corazón tienes solo me faltaría saber dónde se ha perdido tu destino

La mujer hizo exactamente como le pidió su hijo; cada semana, al atardecer, visitaba a Marisa con un paquete escondido bajo la chaqueta.

Al principio Marisa rehusó, pero cuando apareció un cubo de pipas, supo exactamente de quién venían las cosas.

Se le saltaron las lágrimas al tocarlas, palpando aquellas semillas brillantes. Dijo entonces:

Dale recuerdos y gracias a Pedrito. Después de tantos años, y aún se acuerda Estoy muy agradecida. Pero que no se preocupe ya por nosotras. Hace dos semanas que solicité el divorcio. Espero que pronto acabe mi desgracia.

La madre de Pedrito regresó a casa, pensativa. Ahora Marisa volvería a ser libre y su hijo seguía soltero.

¡Mira que cosas pasan ¿Se animará mi Pedrito a casarse con ella?

Fue pasando el tiempo. Nines, la madre de Pedrito, siguió llevando cada semana algún obsequio a Marisa, que se lo aceptaba con excusas pero prometiendo devolverlo todo cuando pudiera.

Nines la tranquilizaba:
No es para ti, hija, sino para tu niño. Y si rechazas estos pequeños detalles, no prives al chiquillo de una ayuda del cielo. Dios ayuda a través de manos generosas. Así debe ser

Marisa se divorció y, tras un año, empezó a revivir: la casa se llenó de luz, nuevas cortinas en las ventanas, su hijo en la guardería igualito a su madre.

Nines hacía de abuela postiza y se quedaba de vez en cuando con el pequeño, que la llamaba abuela. Pedrito venía a visitar y siempre le traía algún juguete. Se reunía con Marisa en casa de su madre, tomaban té, rememoraban la infancia y juventud, pero nunca hablaban de aquel mal matrimonio. Como si esos cuatro años no hubieran existido.

Pedrito iba cada vez más a menudo a ver a su madre. Su pregunta de rigor era ahora:
¿Marisa ha venido? ¿Y el pequeño? ¿Está aquí hoy?

Hijo, podrías, por educación, preguntar antes por la salud de tu madre reía Nines.

Perdón, mamá ¿Cómo estás? decía, mirando ya por la ventana.

Anda, ve, ya puedes ir. Hoy es domingo y está en casa. Seguro que te espera. Ya vale de jugar al ratón y al gato, que el pueblo entero os mira y comenta. Venga, anda

Siempre igual aquí sonrió Pedrito, ni me da tiempo a pensarlo, y ya me tienen comprometido

Se acercó a su madre y la abrazó de repente.

¿Qué pasa, hijo? sorprendida, preguntó ella.

Gracias, mamá. Por comprenderlo todo, por aceptar todo como viene. Gracias.

Nines lo bendijo y fue al rincón de las estampas. Pedrito salió al portal, y aún regresó a coger un ramo de crisantemos blancos del coche.

Sin importarle las miradas, fue decidido hacia la casa de Marisa. Hablan y susurran Ay, las mujeres estas Ya verán con qué les sorprendo

Se acercaba al viejo portal de la infancia, ignorando que Marisa, tras la cortina, contenía la respiración al verle venir con floresLa puerta se abrió antes de que tocara. Marisa lo esperaba con el niño en brazos, ambos sonriendo. El pequeño se le colgó del cuello, riendo.

Hola, Pedrito, ¿has traído pipas? preguntó, con ese brillo curioso en los ojos herencia de su madre.

Él le entregó las flores a Marisa; ella las olió, emocionada.

Son tan bonitas como aquellas tardes en el huerto susurró.

Entraron juntos, y la casa olía a bizcocho y a hogar. Marisa preparó el té en la vieja tetera de su infancia, la que a él le llenaba de recuerdos, y el niño les puso la mesa con torpe alegría. Charlaron, rieron, compartieron las primeras pipas de la temporada, como si el tiempo hubiese regresado suavemente.

El sol se filtraba por las cortinas nuevas, tiñéndolo todo de una claridad dorada. Mientras el niño jugaba entre risas, Marisa y Pedrito se miraron largamente, y un silencio sereno, lleno de promesas, les acarició el corazón.

Esa tarde entendieron que lo que la vida no pudo darles antes, ahora les llegaba con demora y sin estruendo, como las mejores cosas: poco a poco, sin pedir nada más.

Y así, entre pipas y miradas, nació un amor antiguo y sencillo, de esos que no precisan palabras porque siempre han estado ahí, aguardando pacientemente su tiempo.

Afuerita, Nines, viendo humo salir por la chimenea y oyendo las risas en la atmósfera quieta del pueblo, suspiró tranquila, convencida de que, al fin, la historia de Pedrito y Marisa tenía el final justo que ambos merecían.

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Pedro creció en una familia numerosa: su padre, aficionado a la bebida, saltaba de un trabajo a otro, mientras su madre, agotada, se desvivía en la oficina de correos y en casa para alimentar a sus tres hijos.
Mi hija me dijo que dejaría a los niños “solo por dos días” porque tenía un asunto urgente. Les dejó dos mudas de ropa a cada uno, un pequeño termo y una bolsita con pañales.