Estoy contigo
¡Pablo, no sé qué hacer! ¡No quiere escuchar a nadie! ¡Se ha empeñado en que va a tener el bebé! ¡Pero, por favor, Pablo! ¡¿Un bebé?! ¡Si sólo tiene diecinueve años! ¡Toda la vida por delante! ¡Dejará la facultad y luego qué? ¿Se pondrá a limpiar portales, o qué? Hay que buscar una solución. ¡Tienes que ayudarme!
¿En qué, mamá?
El tono de Pablo era tan frío que Irene casi dejó caer el teléfono. ¡Jamás le había hablado así! Siempre había sido su niño bueno, cálido… ¿En qué había fallado? Si la culpa de todo esto no era suya, sino de Clara. ¡El amor, dice! ¡Menuda tontería! ¡Niña ilusa! En vez de escuchar a su madre… Aunque ya no servía de nada lamentarse. Al fin y al cabo, era culpa suya también. La malcrió, se puso a ser su amiga… ¡Pues toma, Irene Fernández! Todo tu empeño en educar… pero ¿por qué? ¡Si Pablo era un hijo maravilloso! Responsable, educado, dispuesto a ayudar, aunque ya viviera por su cuenta. Al fin y al cabo, era un hombre hecho y derecho, tan solo le faltaba casarse. Por mucho que ella le insistía, él aún no daba el paso… ¡Y ella muriéndose de ganas de ser abuela! Esperando y esperando… Cuando Clara era pequeña, los días se iban en ir y venir de las actividades extraescolares, entrenamientos, viajes a competiciones; no había tiempo para pensar ni en el paso del tiempo ni en los anhelos propios. Pero ahora, la niña, ya autónoma, casi ni paraba por casa. Entre las clases, los amigos, el grupo de voluntariado… y ahora ese aparecido. ¡Válgame Dios! ¿De dónde lo había sacado? Un ser anodino, un don nadie. Irene le caló enseguida. ¡Pero Clara, como siempre, enamorada en nada! Nunca supo juzgar a las personas… Siempre veía lo bueno. Por mucho que intentara explicarle que esa bondad era escasa, ella nunca lo entendía. ¿Y ahora qué? Las Navidades a la vuelta de la esquina, y ella sólo tenía quebraderos de cabeza. ¡Y ahora también Pablo! ¿Qué modo de hablar era aquel?
Pablo, ¿por qué me hablas así?
¿Dónde está, mamá? Pablo giró bruscamente, aparcó en una callejuela. Su habitual calma se había quebrado al oír la palabra bebé. Temblaban sus manos en el volante y le costaba incluso respirar. Quería chillar, como aquella otra vez aunque entonces no sirviera de nada. Ahora, al menos, intentaría que ese pequeño si no pudo salvar al suyo, de quien nunca llegó a saber si era niño o niña, al menos, este hijo de Clara, naciera y viviera. ¡Ay, mamá, qué haces! Siempre quisiste más a Clara que a mí. Por ser niña, y tardía además. ¿Cómo no enternecerse ante aquel ángel de ojos azules y rizos rubios? Desde el primer día fue distinta. Pablo, en su extensa familia, llena de tías y primas, distinguía bien los genes familiares: cuerpos robustos, miembros gordezuelos, ojos azul grisáceos pero Clara sorprendió a todos. Sólo los ojos eran de familia; todo lo demás ese cuello alargado, piernas y brazos de cisne, de escultura clásica, de algún otro lugar habían salido. Su madre, al principio, ocultaba el asombro, avergonzada casi de tener una hija así. Después, con orgullo la miraba volar entre sus primas en las reuniones familiares.
¡Qué hermosura de niña! suspiraban las tías ajustando lazos a sus hijas.
Cuando Clara debutó en la gimnasia rítmica, en su bonito maillot, tirando de puntas, se vio que había nacido para algo grande.
La madre se centró en la carrera deportiva de Clara; Pablo, al verse por fin liberado, en la suya. Irene estaba orgullosa de él y se encargaba de recordárselo a todo el mundo:
¡Mi Pablito ha ganado la olimpiada de física! Y pronto veremos los resultados de matemáticas Es un genio, no hay nada difícil en criar a un niño así. Sólo hace falta dedicación.
No importaba el gesto amargo de las otras madres; Irene vivía en su mundo: hijos brillantes y guapos, marido cariñoso, y una profesión que le permitía lucirse y cobrar el doble que cualquier otra profesora de inglés en Valladolid. La recomendaban de familia en familia por resultados, aunque su tarifa fuera desorbitada.
Aquí lo importante no es el dinero, sino el éxito decía, convencida. Y quien invierte en sus hijos conmigo, lo tiene asegurado.
Pablo admiraba su capacidad de organización, cómo lograba compatibilizarlo todo, inculcándole esa meticulosidad con la que él también se manejaba.
Hoy, su día había quedado patas arriba al escuchar la bomba de su madre. Estaba ya oscuro menos mal, pero no lograba centrarse.
¿Hace cuánto tiempo había oído aquel fatídico Estoy embarazada? Pero yo no quiero ser madre. Soy joven, tengo futuro por delante, y la culpa es tuya. Así que resuélvelo tú. Tengo ya la clínica localizada.
Aquella vez discutió con Sofía su ex, como nunca antes en los tres años juntos. Gritó tan fuerte que hasta los cristales temblaron. ¿No le había propuesto irse a vivir juntos, casarse? Tenían su piso diminuto, pero con futuro, coche, negocio propio ¿Qué más necesitaba? Pero, claro, Sofía era una chica sencilla de un pueblo de Zamora, que se reía siempre de los intentos de Pablo por pronunciar el nombre. Se habían conocido por casualidad, chocándose en un pasillo de la facultad donde Pablo estaba ensimismado con un problema, garabateando en la pared.
¿Tú eres tonto o qué? ¿No sabes que hay falta de papel? ¿Por qué pintarrajeas los muros?
Refunfuñó mientras intentaba quitarse el zapato (con el tacón roto) y se fue descalza a su examen. Pablo la siguió, hipnotizado.
Después de aquel episodio, salieron juntos más de un año antes de irse a vivir juntos. Pablo entonces cuidaba de su abuelo sus padres siempre de viaje y su padre, siempre trabajando. Al morir el abuelo, los padres decidieron cambiar el piso. Pablo lo aceptó: sin el abuelo aquel hogar ya no era lo mismo. Lo echaba mucho de menos.
Desde que faltó la abuela, el abuelo no quiso vivir mucho más:
Me quedo un poco para ver cómo os va a ti y a Clara Luego, ya me iré, que la tengo esperando.
Llamaba a su mujer mi paloma, lo más dulce que había visto Pablo en su vida. Le daba pena no haber sido mejor marido, pero ella solo le sonreía y decía: No seas bruto, hombre Así aprendió Pablo que el amor verdadero existe.
Pensó que tendría algo así con Sofía, pero fue imposible al ver cómo, helada, le alargaba la mano pidiéndole la tarjeta para pagar el aborto Se marchó, cogió la tarjeta y, tras un portazo, Pablo despertó solo cuando llegó el aviso de la retirada del dinero. Canceló la tarjeta y fue a casa de sus padres.
La madre se lamentó; el padre interrumpió la escena.
Necesites lo que necesites, hijo, aquí estamos.
No les contó la verdad, sólo que lo habían dejado. Mejor así. Que pensaran que la decisión había sido suya.
Pasó horas, solo en su viejo sofá, con la negra pesadumbre llenándole el cerebro. Y de repente, fue Clara la que entró en su cuarto, se quedó a su lado, le apartó las lágrimas, y le preguntó:
¿Te duele mucho? ¿Qué hago? Dime cómo ayudarte
Solo quédate, para que no haga ninguna tontería.
Y ella se quedó, en silencio, hasta el amanecer. Luego, una palabra, otra y Pablo por fin sintió que aún había algo por vivir. Clara, su hermana pequeña, le dio la claridad necesaria ella, tan niña, pero con tanta madurez y calidez. Pablo pensó incluso que debía estudiar Psicología, y acertó: ese era su anhelo, aunque Irene soñaba para su hija una gran carrera deportiva.
Aquel día, Clara ganó su competición, maravillando al jurado con su interpretación de la Habanera, volcando en el tapiz el dolor y la lucha de su hermano. Era el impulso definitivo pero esa misma semana ocurrió lo impensable. Volviendo de entrenar, Clara fue seguida por unos tipos con un perro. Tuvo miedo (las mascotas grandes siempre le aterraron), y quiso llegar cuanto antes al portal, pero resbaló en los peldaños escarchados de la entrada, cayendo y rompiéndose ambas piernas.
Despertó en el hospital, con su madre convertida en un espectro a su lado.
¿Cómo ha podido pasar, hijita?
Pero a Clara le dolió más la frialdad de la madre que las fracturas. Necesitaba un abrazo, un pacíencia, mi niña, todo pasará, pero nunca lo recibió. Ese consuelo lo encontró en Pablo.
Vamos, pequeña, yo te traigo una tarta enorme, ¡esta vez tú decides! O te saco en brazos a dar una vuelta ¡Cómprate unos bastones bien bonitos! ¿Aún quieres ser psicóloga?
La rehabilitación fue larga, pero al terminar primer curso ya pudo dejar las muletas (rosas perladas, pintadas a juego por Pablo). Entonces, Clara conoció a los chicos del grupo de voluntariado, regalando sus muletas a Elena, la joven coordinadora, que, pese a su discapacidad, coordinaba los operativos desde su piso del centro de Valladolid.
¿Quiero tranquilidad? Para nada, Clara. ¿De qué serviría vivir como ermitaña? Así vivo, y eso es lo importante.
Allí, Clara conoció a su amor: Marcos.
En algo tenía razón Irene: era un chico simple, anodino si se quiere, pero con una generosidad y fortaleza increíbles. Marcos había entrado al grupo buscando a su padrastro perdido. Tras recorrer comisarías infructuosamente, el grupo de voluntarios le ayudó, aunque lamentablemente encontraron a su padre demasiado tarde.
La infancia de Marcos no había sido fácil: padres ausentes, abuelos amorosos, dos padrastros Solo con Genaro, el último, encontró la figura paterna y, al morir su madre, fue él quien le amparó y le adoptó. Por eso, cuando Genaro desapareció regresando al barrio de Las Delicias, Marcos movió cielo y tierra; pero ya era tarde.
Desde entonces, Marcos se volcó en el grupo. Cuando Clara lo presentó a su hermano, Pablo apoyó la relación sin reservas. Los padres, recelosos; Irene seguía sin aceptar a Marcos, hasta que la vida hizo lo suyo.
Un suceso absurdo, una noche Marcos cruzando la avenida para hablar con Clara al teléfono, vestido con su parka oscura, y un conductor que, como muchos, no vio la silueta en la penumbra. Falleció de inmediato. Mañana sería el entierro y Clara aún no reaccionaba. Pablo la buscó.
¿Dónde está Clara? preguntó a Elena, la coordinadora.
En mi cuarto, pásate, te espera.
La encontró hecha un ovillo en la oscuridad. No encendió la luz para no herirle los ojos hinchados.
Pablo…
Estoy aquí.
Menos mal…
Pablo fue hasta su cama, la abrazó fuerte y le susurró en el pelo:
No tengas miedo, pequeña. Yo estoy contigo. Todo esto pasará. Llegará tu bebé, y será una nueva vida. Será maravilloso porque es tuyo, porque será hijo de Marcos y tuyo.
Por fin, Clara se deshizo en lágrimas, y Pablo se la llevó a su piso. Les dijo a los padres que Clara vivía ya con él, y que si querían a sus hijos debían aceptarlo. Fue un tiempo difícil: la gestación de Clara cargada de náuseas hasta el final, las tensiones con Irene, la ayuda silenciosa del padre que venía a preparar la llegada de la nieta, médicos, encuentros, y por fin, una pequeña Victoria que nació a primera hora, con un grito potente y una mirada que sólo podía ser de Marcos.
Tres años después.
¡Vicky, ven! ¡Mira lo que te he traído!
¡Pablo, otro regalo! Clara asomó desde la cocina, harina en las manos. ¡Es Navidad, no su cumpleaños!
¡Tengo derecho! ¡Los tíos y padrinos estamos para esto!
Victoria dejó de peinarle el rabo al gato Romano, que, tumbado en el salón, aguantaba los juegos de la pequeña. Pablo había vendido su antiguo piso y, sumando, compró dos minipisos en el barrio de Parquesol, para tener a sobrinos y hermana cerca.
Los ojos familiares de Victoria se iluminaron al ver las figuras de cristal. Pablo le ayudó a colgar un cascanueces en el abeto.
¿Te gusta?
¡Mucho!
Clara les miró entrar en el salón, justo cuando Pablo subía a la niña en brazos para colgar a María en el árbol.
¡Menuda maravilla, Pablo! ¿Y si se nos caen?
No pasa nada, no te preocupes verás cómo las disfruta Vicky.
La pequeña, sentada junto al árbol y abrazando el lomo del gato, balbuceaba su propia versión del Cascanueces, temerosa de que el gato se aburriera y no oiría el final.
Ayer mismo habían ido al Teatro Calderón a ver el ballet, y toda la mañana Victoria la pasó bailando, imitando a las bailarinas.
Me parece, Clara, que aquí ya no hacemos falta rió Pablo. Decías que no le iba a gustar
Creí que era muy pequeña. Me equivoqué. No imaginaba que mi hija tuviera tanta paciencia
Pablo la miró de reojo y carcajeó:
Ya veremos esta noche cuándo la acuestes, ¡a ver quién tiene paciencia! Oye, ¿me das de cenar? Tengo que volver luego al restaurante.
¿No te quedas? ¡Los padres están a punto de llegar!
Que disfruten con la nieta. Yo vuelvo luego, y así el gato descansa de tanto cariño.
¿Sabes que mamá ha encontrado para Vicky una escuela de ballet?
¡Ay, madre!
Lo mismo pensé yo. ¿Qué hacemos?
Intentaremos canalizar la energía de la abuela hacia algo constructivo.
¿Y si no?
Pues te acuerdas de que eres la madre, y yo defenderé tus intereses. Entre tú y yo, no podrá con nosotros.
¿De veras?
¡Segurísimo! ¿Me puedes dar de cenar?
¡Sí, gruñón! ¿Cuándo te busco novia que te cuide?
Clara le esquivó un manotazo y salió corriendo, riendo.
¡Estás como mamá! ¿Tampoco piensas dejarme en paz? ¡Nunca tendré sobrinos!
¡Ay, las mujeres!
La figura de María giró en el árbol. Victoria tarareó su cancioncilla y se puso a bailar, dejando pasar al gato, quién sabe, quizás futura gran bailarina…
©El timbre sonó antes de que Pablo pudiera protestar más. Clara soltó la cuchara y limpió las manos en el delantal mientras Victoria salía disparada hacia la puerta, voceando un alegre “¡Abu, abu!”. Irene apareció, peinada y elegante, con una caja entre los brazos y su mejor sonrisa, aunque los ojos húmedos delataban un esfuerzo. Detrás, el padre traía una maleta con etiquetas de medias ciudades.
¡Pero qué casa más bonita os ha quedado! anunció la abuela, repartiendo besos. Y tú, Vicky, ¿preparada para bailar para la abuela?
Victoria asintió con solemnidad, agarrando la caja de pastas artesanas que Irene le extendía. Esta vez, la abuela se agachó como pudo, rozando la mejilla de su hija y susurrándole algo que la dejó boquiabierta y casi sin aire. Pablo fingió mirar su móvil, pero en el fondo lo supo: Irene, por fin, bajaba la guardia y daba un paso atrás, concediendo a Clara el espacio de madre.
Mientras los adultos ponían la mesa y el padre bromeaba sobre la receta de Clara (“¿no será otro experimento de esos de quinoa?”), Victoria colocó a Romano bajo el árbol y se giró, con seriedad de bailarina, lista para su debut improvisado. Clara le dio al play en el altavoz y una dulce versión de la Habanera llenó el salón.
La niña giraba, brazos en alto, cabellos rubios girando como un destello bajo las luces del árbol. El gato la seguía con la mirada, participando en el misterio, mientras los mayores la miraban, suspendidos en ese instante. Pablo, sujetando una copa, se permitió una sonrisa y la certeza de que, pese a las ausencias, el amor lo salvaba y lo tejía todo, igual que el hilo invisible entre hermanos. Irene aplaudía emocionada, y Clara, desde la cocina, no podía dejar de llorar ni de reír a la vez. Cuando, al final de la pieza, Victoria corrió a abrazar a todos de uno en uno, trajo consigo esa paz solo posible en los hogares que resistieron y crecieron a fuerza de ternura y memoria.
Allí, en esa sala donde el presente se mezclaba con los fantasmas amados, la familia entendió sin palabras que finalmente estaban juntos, completos de nuevo. Afuera, la nieve empezaba a caer sobre Valladolid. Adentro, una niña bailaba, y en torno a ella, el círculo cálido de la vida se cerraba suavemente, prometiendo en cada giro infinitas primaveras.







