Una anciana llamada Rosalía se compra un cachorro de mastín español. El perro crece fuerte y se convierte en el guardián de la casa. Se zampa un cuenco enorme de comida en un instante, se rasca la espalda contra la valla hasta tumbar las tablas y más de una vez intenta, de un tirón, alcanzar a la anciana cuando ella pasa cerca. Al cachorro es necesario entretenerlo de vez en cuando.
Pasa el tiempo y Rosalía fallece. No es culpa del perro, simplemente no llegó a cumplir los noventa años. Así que ahora sus hijos y nietos vienen de Madrid y Valencia a la casa donde vivía Rosalía, y allí, atado en el patio, les espera el mastín. Solo hace falta ver la mirada del perro para entender que la familia es bienvenida. No todos los días recibe visita y de golpe le llegan vitaminas, cariño y manjares de todo tipo.
La familia se pone a pensar qué hacer con él. Dormirlo da pena. Tenerlo cerca da miedo. Soltarlo a su suerte no sería propio de un buen cristiano. El mundo tampoco está tan perdido para merecer semejante prueba. Deciden buscarle un buen hogar, incluso ofrecer algo de dinero en euros a quien lo adopte. Sienten que nada es demasiado para quien acepte al peludo.
Finalmente encuentran a un hombre llamado Eusebio, que siempre soñó con alimentar a un mastín y rascarle las orejas casi con un rastrillo. Hay personas con sueños peculiares, sin duda. Llaman al veterinario.
El plan es sencillo. El veterinario debe sedar al animal y llevárselo rápidamente a la nueva casa. Que nadie olvide, por si acaso, poner una vela y santiguar al nuevo dueño, por su salud o por su alma, ya se verá.
El veterinario llega puntual, trae el rifle preparado para lanzar dardos con sedante. Dispara y con solo un disparo envía al mastín al país de los sueños. Lo sueltan de la cadena, lo colocan sobre una lona y lo arrastran hasta el coche familiar, metiéndolo en el maletero -que es casi una prolongación del habitáculo-. El veterinario se sienta delante, reclamando su merecido confort. Al volante, Eusebio, el futuro dueño; en el asiento trasero, la familia de Rosalía. Todos conversan de camino a la nueva vida del perro.
Pero el mastín empieza a despertar. Levanta la cabeza, mira a su alrededor con curiosidad. Gente por todas partes, todos sentados y observando.
El veterinario abre los ojos como platos. Eusebio hace lo propio y ni se molesta en volver la cabeza hacia la carretera. Ya no le importa estar conduciendo.
“Qué curioso es esto” piensa el perro.
“¿Existirá el paraíso?” piensan las personas.
El perro empieza a acercarse a todos los ocupantes del coche, buscando cariño. ¿Para qué esperar? Eusebio, nervioso, intenta abrir la puerta en marcha para saltar, olvidando por completo que está al volante. El mastín, sin más, los lame a todos, a los nietos, a los hijos, a Eusebio, a su nueva alma gemela, y al veterinario, aunque le haya disparado un dardo. Qué más da, no hay rencor.
Y así la familia descubre que el mito del perro feroz era solo un mito. Llegan al pueblo empapados; por arriba, de la baba de los cariñosos lametones; por abajo, porque las emociones los desbordaban en ese momento mágico en el que el mastín revive.
Mi querida finca y mi pequeño terreno siguen siendo el hogar más entrañable.






