La envidia al límite

Envidia al límite

¡Sí, justo lo que necesito! Jamás adivinará que no está delante su prometida

Aurelia se contemplaba detenidamente ante el gran espejo tallado de su habitación. Despacio, llevó una mano al rostro y acomodó con esmero un mechón rebelde tras la oreja. Su corazón se agitó un poco: ¡lo que veía superaba sus propias expectativas! Maquillaje, peinado, la expresión en sus ojos cada matiz resultaba una copia casi perfecta. Aurelia contuvo la respiración; añadiendo el vestido favorito de su hermana, ni su propia madre podría distinguirlas a simple vista.

Ese pensamiento arrancó una sonrisa fugaz a sus labios, pero enseguida repasó la estancia hasta dar con el viejo reloj de sobremesa: las manecillas avanzaban inexorables hacia la hora acordada; en apenas veinte minutos, Rodrigo llamaría a la puerta. Aurelia sintió cómo le temblaban levemente los dedos. Todo debía salir impecable, sin vacilaciones ni errores; cualquier sospecha, por mínima que fuera, haría estallar ese plan que había urdido con tanto esmero. Y eso solo significaría una cosa: que su hermana Lucía, una vez más, saldría triunfante.

Inspiró hondo, tratando de calmar el ligero temblor en sus manos, y se dirigió hacia la puerta. Justo cuando resonó el timbre, Aurelia ya estaba en el recibidor, lista para dar comienzo a su papel. Al abrir, el rostro de Rodrigo se encendió con la misma calidez de siempre, y ella lo recibió con una sonrisa suave e inmaculada, muy ensayada, los ojos centelleando con fingida ternura.

¡Hola, Rodri! pronunció, modulando la voz a un tono delicado, casi arrullador, como si cada palabra estuviera cuidada por anticipado.

Sin esperar réplica, se puso de puntillas y besó levemente su mejilla, ni más ni menos de lo que solía ver en su hermana. No había lugar para gestos improvisados: todo debía seguir el guion ensayado, sin margen para el error.

Pasa, ¿quieres un café? le ofreció mientras se apartaba con una cordialidad ensayada, como si aquella tarde no ocultara ninguna traza de estrategia.

Rodrigo frunció el ceño un instante, como quien cree interpretar algo extraño en el ambiente. Pero enseguida volvió a esbozar su sonrisa socarrona; comprendió que algo pasaba, pero la curiosidad le pudo más que el desconcierto. ¿A qué venía ese disfraz de Lucía? ¿Por qué tan esmerada en fingirla? Decidido a jugar su juego, asintió y siguió a Aurelia al interior.

Ella se movía nerviosa por la cocina, el rostro entumecido por la artificiosa sonrisa de Lucía que llevaba tanto rato practicando. Colocaba tazas, platos, cucharillas, lanzando miradas de soslayo a una botella de vino Rioja Gran Reserva, discretamente apartada, a la espera del instante acertado. Su propósito era claro: Rodrigo apenas soportaba el alcohol, pero en ambientes distendidos, y con buena compañía, accedía a una sola copa. Era el estado ideal para que bajara la guardia y ella pudiera ejecutar el resto de su plan.

Mientras el café hervía, Rodrigo tomó asiento a la mesa, con los brazos cruzados, observando cada detalle con una mezcla de extrañeza y media sonrisa irónica. Finalmente rompió el silencio:

Aure, ¿a qué viene todo esto? preguntó con calma. Y, por cierto, ¿dónde está Lucía? Si es una broma, debo decir que es poco imaginativa.

Por un segundo Aurelia titubeó, buscando la palabra exacta. Se vio reflejada la duda en su mirada, pero recuperó el control y se forzó a sonreír más ampliamente:

¿Cómo lo has adivinado? Y no, no es ninguna broma. Llamémoslo experimento. Lucía no sabe nada.

Rodrigo arqueó una ceja, jugueteando con la taza. Era evidente su curiosidad, pero intento no mostrar demasiado. Dejó que fuera ella quien desvelara sus intenciones.

Sois tan distintas, aunque seáis gemelas murmuró, ladeando la cabeza, ¿cómo podría alguien confundiross?

Sin esperar respuesta, sacó su móvil y mandó un rápido mensaje a Lucía preguntando dónde estaba. La pantalla iluminó contornos de su rostro unos segundos antes de que lo guardase.

Bueno, ¿y en qué consiste tu experimento? insistió.

Aurelia se removió en la silla, bajó la mirada a su taza y bebió despacio. Luego confesó con insólita vehemencia:

Nos confunden todo el tiempo. Dices que somos diferentes, pero si vestimos igual y llevamos el mismo peinado, hasta mamá nos confunde. Solo tenemos que ponernos el mismo vestido y como dos gotas de agua.

Guardó un momento de silencio, reviviendo viejos disgustos, y prosiguió:

Algunas veces resulta incómodo. Sobre todo con alguien que quieres. Por ejemplo, una vez mi novio me citó y, por una confusión, terminó abordando a Lucía; o al revés: ella quería hablar con un amigo tuyo y él creyó que era yo, y acabó diciendo cosas que le resultaron muy molestas.

¿Por qué no cambiáis el peinado, simplemente? sugirió Rodrigo, recordando las muchas veces que Lucía mencionó que Aurelia jamás aceptaría cambiar el aspecto. Ella parecía disfrutar las confusiones, y la hermana solo se adaptaba a ello.

Aurelia arrugó la nariz, como si se tratara de algo lejanamente ácido.

No tendría gracia. Nos prometimos no cambiar de look hasta acabar la universidad. Es una especie de pacto entre las dos Además añadió en voz más baja, con una sonrisa astuta, a veces nos resulta útil; incluso los profesores caen en la trampa.

Soltó una carcajada breve, satisfecha de su ingenio.

Vaya, ya veo dijo Rodrigo, todavía desconcertado. En ese instante el móvil vibró con la respuesta de Lucía. Rodrigo leyó el mensaje y asintió consigo mismo.

Lucía me espera en la cafetería de siempre. Ni se imagina dónde estoy ahora.

Elevó la mirada hacia Aurelia, con un destello de comprensión.

No te preocupes, no será mi boca la que le cuente tu pequeña prueba. No pienso causaros malentendidos.

Aurelia se permitió un suspiro de alivio, agradecida.

Gracias, Rodri. Eres un buen tipo.

Nos vemos, entonces se levantó ceremonioso, dispuesto a marcharse. No quiero que Lucía se impaciente.

La puerta se cerró tras él con un leve clic, y la soledad cayó sobre Aurelia como una losa. La quietud se le hizo asfixiante: sentada en el borde de la silla, los nudillos blancos de apretar la mesa, apenas contuvo las lágrimas. ¿Por qué fracasó? ¿Por qué Rodrigo no había caído en su trampa? ¿Por qué todo su plan minucioso se desmoronó?

Mil recuerdos la asaltaron a aquella primera vez que Rodrigo cruzó sus vidas. Le enamoró su sonrisa franca, el desparpajo, el aplomo de sus gestos. Cada vez que él rondaba cerca, a Aurelia le temblaban las manos, se le aceleraba el pulso. Ensayaba frases, imaginaba conversaciones, pero siempre callaba, atenazada por el temor al rechazo y la inseguridad de romper la frágil armonía entre ella y Lucía.

Pero Lucía era distinta; resolutiva, luminosa, espontánea. Un día sin más, lo trajo a casa. Os presento a Rodrigo, anunció risueña, y los padres, encantados, lo recibieron con afecto.

Aquel atardecer quedó grabado en la memoria de Aurelia: ella, de pie al fondo del salón, observando cómo Rodrigo encantaba a la familia. Por dentro hervía de impotencia; por fuera, lucía serena. ¡Era ella quien se fijó primero en Rodrigo! Se le rompía el corazón pensando en todos los paseos y charlas imaginadas, en los sueños que Lucía se había apropiado sin contemplaciones.

Lucía, tan brillante, tan segura. Siempre rodeada de amigos, risueña, nunca le faltaban admiradores. Triunfaba tanto en la vida social como en la universidad, sin necesidad de desvelarse estudiando. Aurelia, por su parte, era reservada y meticulosa, prefería la calma de un libro o una charla íntima a una fiesta ruidosa. Rechazaba las invitaciones de su hermana, convencida de que era mejor no perder ni un minuto en diversión vacua.

Ahora, con el tiempo, Aurelia se preguntaba si habría actuado correctamente. ¿Quizá debió haber aceptado alguna vez una invitación, conversar sin miedo, abrirse un poco? ¿Habría reparado en ella Rodrigo, de haber sido menos discreta? Pero Rodrigo se enamoró de Lucía, con todas sus incongruencias y su irresistible atractivo natural

Sabía que no solo era cuestión de actitud: Lucía cautivaba por naturaleza, sin pretenderlo; Aurelia, en cambio, nunca dejaba de calcular, de vigilar sus palabras, siempre cohibida Así acababa siempre a la sombra de la otra.

Y cuando Lucía anunció su boda, Aurelia sintió que se le caía el mundo encima. Sonrió, la felicitó, pero por dentro estaba devastada.

Día tras día, Aurelia le daba vueltas, hasta que fragua un plan muy calculado: si Rodrigo caía en sus redes, y Lucía los descubría juntos, todo estallaría y Rodrigo no sería para ninguna de las dos. Doloroso, sí, pero justo.

Preparó la botella de Rioja, ensayó gestos y frases frente al espejo hasta pulirlos a la perfección. Pero el día D, nada salió como esperaba: Rodrigo, en cuanto cruzó el umbral, captó el engaño y se fue sin vacilar.

El fracaso fue total. Aurelia, ensimismada y derrotada, imaginaba el paso de los días: la boda se aproximaba y ya no sabía cómo modificar el destino.

Debo idear algo nuevo, se repetía con desesperación, percibiendo cómo la desesperación crecía y el tiempo se deslizaba inexorable.

********************

Un par de semanas después, Lucía convocó a toda la familia alrededor de la mesa grande, la voz temblándole de alegría: ¡iba a ser madre! Los ojos le brillaban, la emoción la desbordaba al compartir lo mucho que ansiaba ese momento. Los padres la felicitaban orgullosos, hacían mil preguntas, ya planeando el porvenir.

Aurelia apenas era capaz de blandir una sonrisa, la taza de té convertida en lastre entre las manos. Por dentro, sentía mil alfileres hiriéndola con cada mirada cómplice, cada exclamación de felicidad ajena.

Veía delante de sí esa nueva rutina con Rodrigo siempre presente, las cenas de familia, los cumpleaños, los festejos en los que Lucía sería el centro, embarazada y feliz, sostenida por un marido orgulloso Todo ello le resultaba insoportable, más de lo que podía soportar.

Y entonces, en su cabeza fue cobrando forma un plan aún más oscuro. Pensó en herir a la pareja de la peor forma: quitándoles eso que más anhelaban. Era cruel, atroz, pero en su estado le pareció el único remedio posible.

El corazón le latió con fuerza al mirar a Lucía, que le dedicaba una sonrisa tibia y confiada. Aurelia luchó consigo misma un instante, pero el plan ya bullía en su mente: encargar a un médico conocido, a cambio de unos cuantos euros, un medicamento que provocara una complicación leve, pero suficiente

Rió para sus adentros, una risa hueca y amarga. Lucía creyó que compartía su dicha y le envió una mirada aún más afectuosa.

Tu felicidad no durará mucho, se dijo Aurelia, fija en la pareja risueña. En sus ojos se reflejaba la férrea determinación de quien está resuelto a cruzar la línea

********************

¿Quieres zumo? preguntó Aurelia con fingida naturalidad, esforzándose en sonar desenfadada. Incluso sonrió suavemente, como tantas veces había ensayado frente al espejo. He comprado tu favorito.

¡Eres un sol! contestó Lucía, radiante. No sé qué haría sin ti, hermana.

Aurelia se detuvo apenas un instante, casi temblorosa de emoción, y enseguida se recompuso.

Ahora mismo te lo traigo dijo, controlando la voz.

Fue a la cocina y llenó un vaso con zumo fresco. De su bolsillo extrajo la diminuta pastilla; la sostuvo un rato, dudando. Miró el vaso, luego la píldora. Imaginó a Lucía ilusionada con el bebé, a sus padres satisfechos, a Rodrigo acariciando el vientre de su esposa

¿De verdad sería capaz de cometer semejante atrocidad? Sentía náuseas solo de pensarlo. Era indigno, una aberración.

¡No! Esa no era ella. Era un arrebato nefasto, una sombra que la anulaba. No podía, no debía, no quería hacer algo así.

Los dedos se abrieron y la pastilla cayó silenciosa sobre la encimera. Aurelia respiró hondo, intentando serenarse.

¿Aurelia? la voz de Lucía sonó tras ella, llena de inquietud. Te has puesto blanca como el papel, ¿te encuentras bien? Si quieres llamo al médico.

Aurelia levantó la mirada. La sinceridad y la confianza fraterna en los ojos de Lucía resultaban sobrecogedoras, inequívocas.

Nada, solo me ha dado un leve mareo. No tiene importancia. Aquí tienes el zumo. Ahora me hago yo un té.

Mientras se preparaba la infusión, las manos aún le temblaban. Todo dentro de ella era confusión y remordimiento. Había estado a punto de cruzar el límite, de perpetrar algo imperdonable. Y resultaba aterrador lo fácil que puede resultar dejarse arrastrar por los pensamientos oscuros, si les damos alas y los alimentamos demasiado.

Al aroma familiar del té, Aurelia se sintió reconfortada por primera vez en días. Observó con ternura a Lucía, tan feliz, tan ingenua y se le encogió el corazón.

¿Cómo he podido? Es mi hermana, mi otra mitad, lo más querido que tengo.

Suvo entonces con absoluta claridad que aquello no nacía de un simple impulso pasajero. Era el fruto de años de resentimiento, sordo y viscoso, de envidia guardada, de heridas nunca cicatrizadas. Si no lo frenaba de raíz, acabaría destruyéndolo todo.

¿En qué piensas? preguntó Lucía con suavidad, ladeando la cabeza. Hoy estás callada.

Bah sonrió Aurelia fingiendo normalidad, solo pensaba que últimamente tengo mucho trabajo atrasado. Quizá debería buscar consejo para organizarme mejor.

No era totalmente verdad, pero Lucía pareció conforme y siguió hablando de planes y proyectos. Aurelia, mientras, fue cobrándole fuerza una nueva resolución: nunca más dejaría que esos pensamientos dominases su vida.

Reconoció que debía pedir ayuda, que era urgente abrirse a alguien, admitir que estaba perdida y necesitaba salir de ese laberinto oscuro

*********************

El verano siguiente nació la pequeña Inés, y toda la familia se volcó con la recién llegada. Aquella niña llegó de madrugada, una noche de junio cálida y fragante. Al amanecer, sus padres la mostraron orgullosos por la cristalera del hospital, envuelta en sábanas blancas, redonda y tranquila.

En los días posteriores, la casa se llenó de momentos tiernos: Lucía y Rodrigo aprendían a envolver pañales, a sacar gases, a dormir con sobresaltos. Los abuelos aparecían con cestas de fruta y mantitas tejidas, la abuela bordaba zapatitos lilas y, en el portal, el abuelo declaraba feliz a cualquiera que quisiera oírle que al fin tenía nieta.

Pero nadie adoraba tanto a Inés como su tía Aurelia. Después de aquella noche crucial, se volcó por completo en la pequeña. Empezó ayudando a Lucía, preparando la comida o paseando al bebé mientras ella dormía. Luego se quedaba cada vez más tiempo, embobada con los gestos de la niña, su risa desdentada, sus manitas blanditas.

Pronto, Aurelia se sintió indispensable para la niña, su aliada, una amiga y cómplice. Jugaban a las tazas con la vajilla de plástico, le enseñaba cuentos coloridos, aplaudía cada paso vacilante, celebraba cada balbuceo.

Lucía, conmovida por este vínculo, una tarde se le acercó y le susurró:

Gracias, Aurelia. No sabes lo que significa para nosotras tenerte cerca.

Aurelia se enrojeció, medio avergonzada, pero en el fondo sentía por fin algo parecido a la felicidad: en esos pequeños instantes, en el cariño incondicional de Inés, hallaba el sentido que tanto había buscado.

A veces ahora lo sé hace falta perderse, tocar fondo y mirar cara a cara a nuestros demonios, para luego renacer, al calor de un amor sencillo y nuevo, como el de una sobrina que sonríe al verte entrar cada mañana.

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La envidia al límite
¡A cuidar de los padres le toca a la hija, no al hijo! — sentenciaron los parientes — Mamá está peor. Las piernas ya no la sostienen, ayer se cayó dos veces solo para llegar al baño. Yo no puedo solo, tú ya sabes cómo tengo la espalda. En fin, hemos hablado y decidido: la llevamos a tu casa. Liza se dejó caer despacio en el taburete. Sintió el corazón hundirse hasta el estómago. — ¿A nuestra casa? Papá, ¿has visto nuestro piso? Solo tenemos una habitación, vivimos ahí mi marido, el niño y yo. ¿Dónde se supone que la ponga? — No exageres. Que tu marido duerma en el sofá-cama de la cocina, y tu madre en el sofá del salón. Total, ya te quedas en casa cuidando del pequeño, uno más, uno menos, qué más da. ¡Y a nosotros ahora nos viene fatal cualquier gasto extra! En la familia de Liza siempre hubo una jerarquía clara. En la cima estaba Miguelete, el hijo tan esperado, el “heredero” por el que los padres estaban dispuestos a todo. Liza era simplemente “el primer churro”, que según su madre, salió mal. Recordaba bien su décimo cumpleaños: una caja de bombones y un juego barato de horquillas. Una semana después, a Miguelete, por cumplir seis años, le regalaron un trenecito eléctrico enorme, que ocupaba medio salón. — Mamá, ¿por qué a Miguelete un tren y a mí solo bombones?— preguntó entonces la pequeña Liza. — Miguelete es niño y es más pequeño — cortó en seco la madre, doña Galina. — Y tú eres la mayor, ¡ya debes saber compartir! Y no te atrevas a envidiarle. Mejor ayúdale a montar las vías, que si no se pone triste. Y así era en todo. Cuando hubo que repartir habitaciones, Liza fue relegada al salón de paso, en un sofá incómodo, porque “Miguelete necesita un rincón propio para estudiar”. Cuando Liza soñaba con clases de baile y hasta pasó la prueba, su padre zanjó: — No hay dinero. Miguelete necesita un profesor de inglés. Es listo, se merece una buena oportunidad. Miguelete al final no fue a ningún sitio. Faltaba a inglés, suspendía casi todo, pero siempre tenía las zapatillas más caras y el último móvil. Liza estudiaba entre ruidos, bajo la tele encendida hasta medianoche. Cuando Liza consiguió plaza en una universidad prestigiosa, ni cena especial hubo. — Bueno, entraste, bien por ti — bostezó el padre. — Haz las maletas, te vas a la residencia. No vamos a pagar alquiler, hay que ahorrar para los estudios de Miguelete. Con sus notas, no entrará a la pública… — Pero en la residencia son cuatro por cuarto, las condiciones son malas — intentó argumentar Liza. — Da igual, no vas a morir — atajó la madre. — Sé razonable, piensa en tu hermano. ¿Quieres que trabaje de barrendero toda la vida? Liza vivió cinco años en residencia, trabajando de camarera por las noches para comprarse unas botas de invierno. Miguelete, por su parte, cambiaba de coche cada poco, que los padres compraban para que “no pasara vergüenza con los amigos”. Cada faro roto, cada multa, la pagaban los ahorros que su padre reservaba “para la jubilación”. *** — Liza, ¿me oyes? — la voz del padre al teléfono se hizo más fuerte. — Mañana a las dos llevamos a tu madre. Prepara todo. Sábanas limpias, sopa dietética. — No voy a recibir a nadie — dijo Liza, despacio pero firme. — ¿Qué has dicho? — el padre casi se atraganta. — ¡Repítelo! — Que no voy a acoger a mamá. Tengo un hijo pequeño que me necesita las veinticuatro horas del día. Mi marido trabaja en dos empleos para que no nos falte nada. No tengo ni fuerzas ni espacio para cuidar a una persona encamada. Tenéis a vuestro hijo favorito. Llevádsela a él. — ¡Está a punto de casarse! — rugió el padre. — ¿Te das cuenta de lo que haces? ¡Estás traicionando a la familia! Miguelete se ha endeudado hasta las cejas para la boda, le hemos dado todo. Está al límite de nervios. — ¿Otra vez deudas? — Liza rio sin humor. — ¿Te recuerdo cuando hace tres años condujo borracho y se cargó la valla del vecino? También lo tapasteis con vuestro dinero. Y cuando yo me casé y pedí ayuda para la hipoteca, dijisteis que Miguelete debía “recuperarse” de aquello. — ¡Eso fue distinto! Fue una emergencia. — La emergencia la tenéis en la cabeza, papá. Miguelete es un hombre hecho y derecho, con un piso que le comprasteis. Puede pagar una cuidadora para mamá, si es tan exitoso. — Menuda… interesada — el padre ya no medía las palabras. — ¡Te criamos, te mantuvimos! Si tienes estudios, es gracias a nosotros. Eres nuestra deuda de por vida. ¿No tienes vergüenza? — Lo que intentasteis fue criaros una sirvienta, pero no os salió bien. Se acabó, papá. Tengo que darle la cena a mi hijo. Mañana no estaremos, nos vamos al centro de salud y luego a casa de mi suegra. No vengáis. Liza colgó, secándose las lágrimas. *** Una hora después, golpes en la puerta. Ni timbre, puñetazos. Liza acurrucó a su hijo asustado. — ¡Elisabeth, abre! ¡Sé que estás ahí! — gritaba el hermano. — ¡Abre ahora! ¡Ya! Liza se acercó pero no retiró la cadena. — ¿Qué quieres, Miguel? — ¿Estás tonta o qué? Papá está que llora, mamá se ha puesto mala desde la mañana. ¿Tan difícil es quitar tu sofá? — ¿Y por qué no quitas una de tus habitaciones? Tienes dos. Pon a mamá en una y que tu Angelines la cuide. Va a ser parte de la familia. Que empiece a preocuparse por su suegra. — ¿Tú flipas? — Miguel, indignado — Angelines es modelo, ¡no va a cuidar a una señora! Ni de broma va a meter las manos en eso, ¡usa cremas más caras que tu carrito! No puede estar en esas condiciones. ¡Tenemos un bodorrio para doscientas personas, una luna de miel en Mallorca! ¿Quieres arruinarme la vida? — Lo que cuesta tu viaje sería el sueldo de un año de cuidadora — soltó Liza. — Cancele la luna de miel y contrata a alguien. ¿Qué problema hay? — ¡El problema eres tú! Siempre has sido egoísta. Los padres te dieron todo pero tú… — ¿Todo, Miguel? ¿Un viejo bici en mi 16 cumpleaños cuando a ti moto nueva? ¿La residencia con cucarachas mientras tú vivías solo en apartamento con sofá de cuero? ¿Has ganado en tu vida para algo más caro que un paquete de tabaco? — ¡Cómo te atreves! ¡Estoy montando un negocio! ¡Voy a ganar mucho! ¡Invierto en mi futuro! ¿Para qué quiero la carga de una madre inválida? Liza soltó una carcajada. — ¿Te refieres a ese negocio para el que papá vendió el garaje y la finca? Ese dinero era para el tratamiento de mamá. Miguel se quedó callado un momento, luego replicó: — Era decisión suya. Creen en mí. Lo tuyo es envidia. Mañana dejamos a mamá aquí. Quieras o no. Papá la traerá en taxi y la deja en tu portal si no abres. ¿Te enteras? — Probadlo — dijo Liza, en voz baja — Llamo a la policía y a servicios sociales. Denunciaré que habéis dejado a una persona indefensa. A ver cómo afecta eso a tu “negocio” y a la reputación de tu Angelines. Miguel siguió gritando y pateando la puerta, pero Liza se fue con su hijo a ver dibujos animados. Contó todo a su marido, que la apoyó. *** Al día siguiente, el teléfono echaba humo. Tía Valle, la hermana de mamá, llamó acusando: — Liza, ¿cómo puedes? ¡Ella te parió! ¡No esperaba esto de ti! ¿Vas a dejar morir sola a una madre enferma? El padrino llamó también: — Liza, sé persona, Miguel debe organizar su vida. ¿No tienes corazón? ¡Cuidar de los padres es deber de la hija, no del hijo! Todos los familiares, que durante años vieron a Liza en segundo plano, salieron en defensa del “niño de oro”. Al principio Liza respondía, luego dejó de contestar. Para desconectar, salió con su hijo al parque de la otra punta de la ciudad. Dejó el móvil en casa. El marido le dijo: — Mañana me cojo el día. Si vienen tu padre y tu hermano, los recibo yo. ¡Que vean que aquí tienes quien te protege! Pero ni ese día ni el siguiente aparecieron padre o hermano. Liza empezó a pensar que quizá por fin la dejarían en paz. *** Llegó el día de la despedida de soltero de Miguel. Liza cocinaba la cena esperando a su marido. Al llamar a la puerta, se asustó. ¿Otra vez? Llamaron de nuevo. Era Angelines, la novia de Miguel. Con chándal y los ojos llorosos. A Angelines solo la había visto un par de veces — la llevó Miguel a conocer a la familia. Para presumir. Liza abrió. — ¿Puedo pasar? — preguntó la chica. Liza la dejó pasar, extrañada. — ¿Qué pasa? ¿Te ha mandado Miguel de espía? Ven a la cocina, tengo patatas fritas. — No — negó Angelines — Me he ido de casa. Liza se quedó helada con la tetera en la mano. — ¿Por? — Escuché por casualidad una conversación de tu hermano con tu padre. Tu madre finge estar peor para presionarte y que te hagas cargo. Todo es un plan: tu padre no aguanta más a su mujer enferma. La idea es llevarla contigo una semana y así dejar el piso libre y alojar a los amigos de la boda. ¡Pero tu padre ni piensa traerla de vuelta! Me dio un asco… Liza se quedó de piedra. — ¿Entonces mamá no está tan mal? — Está enferma, sí, pero no se muere como dicen. Han exagerado. Los dos quieren: dejarte a tu madre y alquilar el piso. Tu padre también se irá, hace tiempo que tiene otra mujer… Angelines rompió a llorar. — Pensaba que Miguel era solo un mimado, pero bueno en el fondo. Ahora veo que no. Ayer hasta le dio una patada al gato de mamá porque “se ponía en medio”. Nada, cogí mis cosas y me fui. No habrá boda. Angelines lloró en la cocina de Liza. Oleg, de vuelta de trabajar, no les molestó — Liza consoló a la que debía ser cuñada y pensó que se había equivocado con ella. Era mucho más humana que el novio. *** Sin el dinero de Angelines (que financiaba gran parte de la boda), Miguel quedó en la ruina. Los acreedores a quienes había pedido dinero para los “regalos nupciales” exigían el pago. Por fin los padres vieron la verdad. Miguel, no solo no se llevó a su madre, sino que intentó robar los papeles del piso para hipotecarlo y saldar deudas. Al descubrirse, don Víctor tuvo una crisis de hipertensión. Por supuesto, pidieron ayuda a Liza, pero ella ignoró sus súplicas. Que se arreglen solos. Después de todo, ese hijo lo educaron ellos…