¡Quiero vivir, Andriucho!

¡Quiero vivir, Andonio!
¡Don Gregorio, don Gregorio, ¿qué le ocurre?!

La enfermera Clara atrapó al cirujano del brazo, pero no logró sostenerlo. Él se dejó caer junto a una de las viejas paredes de San Carlos, inclinó la cabeza y guardó silencio, perdiéndose en el blanco de la yesería.

A pesar del susto, Clara sintió primero un extraño orgullo, ese orgullo de personal entregado al hospital, por los médicos que se consumían trabajando hasta casi el desmayo y nadie lo valora. El paciente que acababa de operar don Gregorio ni siquiera lo imaginaba.

Don Gregorio, ¿le llamo a alguien? ¿Quiere que avise…?

No hace falta respondió él, separando la frente del muro y dando unos pasos tambaleantes hacia la sala de descanso. Ya estoy bien, no se preocupe.

Cayó sobre el sofá de cuero ajado, apoyó los pies y cerró los ojos. ¿Estaba bien? Hacía ya tiempo que notaba esos vahídos repentinos. ¿Cansancio? Probablemente.

Hubo un tiempo tan remoto ahora en el que tenía fines de semana. Días auténticamente libres, para vagar por el Retiro con los niños, para compartir cañas sobre una plaza ruidosa con su mujer.

Pero ahora… Ahora todos los médicos de la clínica Santa Lucía trabajaban por tres, ¿qué descanso ni qué niño muerto? Además, era su segundo matrimonio: su esposa más joven, dos hijos de secundaria, gastos y más gastos. Y… quería cambiar de coche.

Pero ni eso era lo importante. Lo central era esa pulsión por ser necesario, por destacar, por llevarse el respeto de todos, la plenitud de los éxitos médicos. Y no podía quejarse: durante dos décadas, los pacientes le buscaban, los colegas le apreciaban, las promesas y buenos sueldos llegaban.

Paolo llamó a su compañero anestesista, ¿y tu Natalia? ¿Hoy está de guardia?

Sí, Grego, está por aquí.

Y así acabó Gregorio antes de terminar su turno, tendido en la máquina de resonancia magnética, obligado a escuchar el traqueteo ensordecedor de la máquina, como un tren de pesadilla, imposible de ahogar aunque subiera la música de los auriculares.

Le sobrevino un miedo animal, como si alguna fuerza lo empujara a salir de ese tubo opresivo. Intentó distraerse. ¿De qué podía tirar? ¿Qué buenos recuerdos agarrar?

La memoria se lanzó escaleras abajo, repasando su vida: segundo matrimonio… ya adulto, cirujano en ejercicio, padre de familia, y ella, su segunda esposa, profesora de primaria de su hija pequeña.

El repiqueteo de la máquina devoró los pocos rescoldos felices de aquel tramo vital. Solo trabajo-casa-trabajo. El primer matrimonio, aún peor: divorcio amargo, recuerdos que ni quiso revisar.

¿Estudiantes? Eso sí. ¡Los primeros cuatro años!

La memoria de Gregorio se quedó allí, en la Universidad Complutense, viaje de regreso a los setenta. Las brigadas estudiantiles, los compañeros, Mariló, la de la cafetería, por la que todos andaban hechizados…

Gregorio, Víctor y Antonio Andonio para sus amigos, inseparables estudiantes de medicina, forjaron su amistad desde la selectividad. Madrid era igual de ajeno para los tres. Los primeros meses, todos en un piso alquilado.

Andonio, gafas de pasta y alma de pueblo vallisoletano, tímido, sagaz, con una calma y una memoria pasmosas. Bastaba escucharle recitar cualquier tema para sentir que estabas ante un sabio secreto.

Víctor era su reverso. Grandote de Soria, parlanchín y visceral. Se hizo amigo de todo el bloque y prefería pasar el tiempo con colegas y escribiendo chuletas antes que estudiando a solas.

Gregorio también padecía el terror al suspenso. Admiraba la brillantez de Andonio y la labia de Víctor, pero el único que no aprobó fue Miguel, el cuarto del piso. Gregorio, Andonio y Víctor siguieron juntos.

La madre de Andonio, Inés, protectora y siempre entre rosarios, les buscó casa.

Que Dios os cuide, chicos. Os comportáis, ¿eh? les recomendó, preocupada y entrañable, al marchar tras dejarles la nevera llena.

Vaya tela con doña Inés, ¿a qué se dedica, Andonio?

Vende velas en la parroquia.

¿Cómo? ¿De verdad? ¿Es muy religiosa?

Creo que sí, y yo también lo soy contestó Andonio mientras apañaba la comida.

Víctor y Gregorio lanzaron miradas de asombro a las estampitas del alféizar.

¿Eso es tuyo? Yo pensaba que tu madre había olvidado llevarse todo.

Lo dejó para mí sonrió Andonio, bajando la cabeza.

Entonces Víctor disparó, como siempre:

¿Pero qué haces en Medicina, tío? Aquí se trata de ciencia, no de superstición. ¿Qué es eso de que Dios ayuda?

El médico sana el cuerpo, Dios el alma dijo Andonio calmadamente.

No volvieron a hablar de la fe. Sabían que Andonio se persignaba en silencio, que era imposible provocarle una ira. Si el piso se revolucionaba, tomaba la bayeta y se ponía a limpiar.

¿De verdad compensa discutir por esto? Mejor barrer…

Andonio era la cuerda fina que sin buscarlo siquiera los mantenía juntos.

Fue el primero en enamorarse: en la asociación de alumnos conoció a Gala, de sonrisa dulce y mirada negra, pizpireta y generosa, y enseguida anduvieron juntos.

Víctor, pese a su fama de bonachón, pronto empezó a trabajar en ambulancia y a destacar en prácticas. Todo el hospital le conocía como al chico más buscavidas de la promoción.

Gregorio era aplicado, buen estudiante sin sobresalir, pero sentía verdadera vocación.

***

La máquina del hospital lo devolvió al mundo real como si lo escupiera. Miró por la ventana, hinchó los pulmones. ¿De dónde venía esa nueva claustrofobia?

Entró Natalia, le quitó el casco del escáner.

Tranquilo, ahora hacemos el informe y te llamo.

Mejor me lo llevo mañana. Me quiero ir a casa.

Pero aún no había dejado el hospital cuando Natalia apareció, informe y CD en mano.

Grego, vas a entenderlo todo. Pero no lo dejes, ve a Santiago Anís… que te vea.

Gregorio miró el informe, puso el CD en su portátil y repasó las imágenes. Aunque sabía que era su cerebro, pecho y todo lo demás, sentía como si examinará a un paciente ajeno. Era incapaz de aceptarlo; no podía ser él.

***

Santiago Anís, cirujano jefe de neuro de la Santa Lucía:

Te lo podría endulzar, pero eres cirujano y muy bueno. No hay engaños.

Lo veo. ¿Esto es el fin?

Hombre… pregunta de paciente asustado, don Gregorio.

No me lo creo. Yo… Había planeado ir a Barcelona al congreso. Quería llevarme a la familia, descansar. Ahora, en cambio… ¿Tú qué harías?

Yo… me iría a Barcelona, pero no de turismo, sino a la Clínica del profesor Roches. Son magos allí. Pero…

Pero, ¿qué?

Ya no opera él, pero sus discípulos sí, y siguen su método. Sin embargo, hay lista de espera interminable. Si logras colarte, será con ayuda.

Gregorio encontró enseguida soluciones de farmacéutico para los síntomas.

Y empezó la búsqueda, contactos, favores, cartas, intentos de llegar a Roches. Lo de infiltrarse era una aventura insólita.

Tocaba informar a su mujer, Inés, quien enseguida se movilizó para ir a Barcelona.

Inés, iré solo.

¿Sólo? ¿Y los niños? Ella dejó la blusa que doblaba, ojos llenos de reclamo.

No es por placer. Voy al hospital. Tengo… un tumor cerebral.

Soltó la frase lentamente, y al decirla por primera vez en voz alta, la aceptó. Inés le miraba, a las pupilas brillando.

Grego… yo iré contigo.

No habrá operación, aún. Habrá que esperar… tal vez meses.

¿Es tan grave? se sentó junto a él. Cuéntamelo todo.

Gregorio, como un niño, entre sollozos, empezó el relato fragmentado: sospechas, pruebas, los resultados. Y luego, pensamientos, balance de vida, esperanzas…

Inés en silencio, la prenda entre manos, y Gregorio agradecía poder abrirse, algo imposible con su primera esposa.

***

Los testigos de Jehová suelen rechazar las transfusiones explicaba el profesor en la Complutense. No comáis la carne con su vida, que es la sangre.

Año cuarto. Aula magna al fondo. El profesor, huesudo y joven, paseaba la mirada por los bancos:

Las iglesias se oponen a los trasplantes. Proclaman antinaturales todos los caminos de la vida. Rechazan la maternidad subrogada, la manipulación de los gametos e impuesto sus cánones a la medicina científica.

Un susurro.

No es cierto se oyó al fondo.

¿Cómo? ¿Quién fue?

Yo Andonio se levantó. La Iglesia y la medicina ayudan ambas al ser humano.

¿Quiere debatir, joven?

No. Es así, simplemente respondió tomando asiento.

No, no, venga aquí el profesor disfrutaba ya la confrontación. Suba.

Andonio pasó al estrado, paciente. El profesor lanzó preguntas, Andonio respondió sin nervios, citando pasajes y matizando: la iglesia pensaba en el corazón herido por el dolor, admitía la fecundación artificial del propio marido, pero no con donantes externos. Maternidad subrogada, no; el vínculo de la portadora y el hijo no se podía negar.

¡Pamplinas! interrumpía el profesor. La fe no puede decidir sobre la vida

La audiencia vibraba, los estudiantes atentos; Andonio no alteró su voz, hablando con serenidad, defendiendo también su madre, su iglesia de ladrillo rojo de Aranda, la fe y el calor humano.

Aunque el profesor gritaba, fue claro que, para los estudiantes, el ganador era Andonio.

Después, vinieron problemas para él. Llamadas del decano, salidas grises, confidencias solo con Gala. No se supo más.

El quinto curso empezó sin él. Solo una carta de despedida: tenía otro camino.

Gregorio y Víctor estaban impactados. El mejor alumno, vocación pura… Y, simplemente, se fue.

Fueron a buscarle a Aranda, recibidos por doña Inés, orgullosa. Su hijo ingresaba en el seminario. Se fueron de vuelta, cesta de embutidos en el regazo, incapaces de comprender.

¿Cómo pudo, Madre del amor Hermoso? gruñía Víctor.

También tú invocas ya a Dios. Por eso se nos fue. Tonto, Andonio, tonto suspiró Gregorio.

***

¿Qué farol eres, Santiago? No voy a encender velas, voy a ver a un amigo. Tengo ya la baja.

Hablaban en la sala de médicos. En tres días, Gregorio marcharía a Barcelona. Había comprado billete de tren. El coche, ni hablar: los mareos le asustaban incluso al volante.

¿A qué amigo?

Un compañero de la universidad. Veintitantos años sin vernos. Dejó Medicina en quinto para entrar en el seminario. Ahora es párroco. Muy cerca de aquí. Mañana iré.

Yo no arriesgaría.

Lo sé, pero iré…

La villa famosa por su monasterio, San Lorenzo de El Escorial, resultó ser modesta y llena de campanas. Iglesias a cada paso.

Gregorio tomó camino al monasterio. No sintió ni rastro de vértigo. Quizá el camino a Dios sea también camino de sanación, pensó, sonriendo.

Allí estaban: muros blancos, torres, cúpulas doradas brillando bajo el sol.

Le informaron: había misa mayor, había que esperar. Paseó entre las tumbas, descendió al río. Vio un pozo milagroso junto a una fila de ancianas que, subiendo y bajando una ladera, cumplían extraños rituales.

¿No va a por agua bendita? preguntó una mujer madura.

¿A por agua? Realmente…

Hay botellas allí. Suba y baje tres veces. Pregúntese para qué ha venido.

Gregorio se calló. No era solo por visitar a su viejo amigo.

Cogió una botella, bajó, subió, sudó, cumplió y bebió. Agua helada, dulce, límpida como una lágrima.

En su ánimo creció una alegría tímida. Quizá Andonio, el cura, se había terminado colocando mejor que todos.

Cuando la misa terminó, la multitud se arremolinó; salió el párroco: sotana, barba canosa y voz de bajo de ópera. Gregorio no le reconocía, estaba seguro de que Andonio era más pequeño y llevaba gafas.

Pero de pronto esos ojos, azules, hondísimos, lo atravesaron. Era Andonio.

Se acercó a su espalda.

Buenos días, Padre.

Hay que decir: su bendición, padre susurró una devota.

El párroco sonrió.

¡Gregorio! Mi amigo Se abrazaron.

Pasearon bajo los castaños.

¡Qué alegría tan grande! Gala será feliz.

¿Gala? ¿Está aquí?

Mi esposa, claro. Es médico, pediatra en el pueblo. No ha querido dejar el oficio. Tenemos cinco hijos ya. El pequeño tiene diez.

Anda, qué sorpresa. Yo también tengo tres: una del primer matrimonio. ¿Y aquí vivís?

Aquí, y nos gusta. Nos han ofrecido otros destinos, pero de momento no nos movemos. Hay paz.

¿Has pegado el estirón? Recuerdo que eras pequeño.

Después de los veinte aún crecí. Y lo de las gafas, operación y lentillas, todo arreglado.

Así que la fe no rechaza la ciencia…

Ambos rieron.

Rememoraron travesuras estudiantiles, fieles y traiciones; cómo la mamá de Andonio se había hecho monja; chismearon y rieron hasta que una chica interrumpió al párroco.

Lo siento… hay fieles esperando. Ve a mi casa, recoge Gala, luego hablamos.

Gregorio siguió al conductor hasta una casa de un piso: jardín, patio empedrado, una pequeña capilla.

Gala le recibió en la puerta como a un hermano. En el salón, azulejos, jarras de barro, imágenes de la Virgen. También tele y ordenadores, modernidad en paz.

Solo el hijo pequeño en casa. Gregorio olvidó por qué estaba allí. Cenó, charló, ni mencionó la enfermedad, luego se quedó dormido en la hamaca de la galería.

Ya no quería marcharse. Estaba de baja, y aún quedaban días.

***

¿Sabes la historia, verdad? le dijo Andonio.

Claro. Mantuve mucho tiempo el contacto con Víctor, pero la vida… Ojalá recuperemos el lazo.

¿Me juzgas?

Dios juzga, cada cual con su conciencia. ¿Qué te pasa, Grego? Se ve, dímelo.

Tumor cerebral, maligno…

Andonio suspiró.

Mal asunto. Mañana irás a misa, si te sientes mal, te sientas, te confiesas, comulgas. Después, ya veremos.

Pareces enterrarme.

No seas necio. Solo tú puedes ayudarte. El cura muestra caminos, lo demás es del alma.

Y lo demás, ya lo contaré… Gregorio intentó pero Andonio le frenó:

Mañana, en confesión.

Aquella noche, el pecado más hondo, cuando le quitó la novia a Víctor, cobró otro sentido. Como remordimiento, no como defensa.

Fueron enemigos en una noche.

***

Tras la misa, poca gente. Andonio le aguardaba.

Cristo está aquí invisible, recibiendo tu confesión. Yo testifico. Habla, Gregorio.

Gregorio confesó: envidiaba a Víctor, la admiración general, las mujeres, y a ella, a Alicia. El padre de Alicia cayó enfermo y, en el hospital, Víctor se enamoró. Viajaban juntos, y él veía en ello injusticia.

Gregorio, herido, sembró dudas, chismes, hasta lograr separarlos. En la boda de otro amigo, robó un beso a Alicia y Víctor los vio.

Se marchó del piso sin despedir, y Alicia y Gregorio acabaron juntos. Pero fue un desastre: suegros invasivos, reproches, ruptura.

Después admitió, hubo errores peores: una muerte en quirófano por descuido suyo, infidelidades, una enfermera despedida porque él lo pidió.

Luego conoció a Inés y encontró un poco de calma, pero seguía pecando.

¿Puedes absolverme, padre Andonio?

Solo Dios absuelve, Grego. Lo importante es que te arrepientas.

Gregorio, de rodillas, lloraba.

Dile a Dios que me perdone, por favor. Quiero vivir, Andonio, amar a Inés, criar a los hijos, trabajar. No quiero nada más. Díselo…

Andonio rezó por él y luego, le miró con sus ojos inmensos.

Debes buscar a Víctor, pedirle perdón.

¿Dónde estará? Tengo que ir a Barcelona en dos días.

Está en Salamanca, en la clínica oncológica. Deberías ir allí.

Si me dices que me opere él, me matas…

¿Por qué no?

Se nota que ya no eres médico. ¡No compares con Roches y su tecnología!

No sabré del presente, pero Víctor tampoco se ha quedado atrás. Es doctor, viaja a Barcelona… tenéis que veros.

Debería, pero primero iré a Barcelona.

Busca a aquella enfermera, la que se fue por tu culpa…

A eso sí que llego. Lo haré… reza por mí, Andonio. Solo quiero que me llamen de la lista… Si no, igual acabo yendo a Salamanca.

Antes de marcharse, Gregorio subió quince veces la cuesta del río, bebiendo agua tras cada tres vueltas.

Viejas creyentes lo miraban y hacían la señal de la cruz. Que Dios le ampare.

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