¿Sabes? He sido realmente feliz como mujer. Mucho.

¿Sabes? Yo fui inmensamente feliz como mujer. Mucho.

Él iba a someterse a una operación y, días antes, fui yo la que no cesaba de tranquilizarle. Era una operación programada, ya le tocaba, nada grave, apenas un par de horas, algo que hacen casi a diario, con sus buenas analíticas, su corazón fuerte… Repetía lo mismo una y otra vez, como si estuviera encallada. Él sonreía, me acariciaba la mano y guardaba silencio. Me parecía que no me escuchaba, que todo aquello sólo era un consuelo para mí, que era a mí misma a quien intentaba convencer y calmar.

Y así era. Él me atendía, pero en realidad no me oía. Tan solo me observaba mientras me movía por la casa: cuando ponía la mesa, cuando bebía el café que él me preparaba cada mañana con esmero, cuando fruncía el ceño preocupada, cuando repasaba una y otra vez la bolsa con las cosas del hospital, cuando me recordaba llamar a su hermana, allá lejos, en otro país.

Vivíamos ya desde hacía mucho solo los dos. Mitad de nuestra vida la habíamos pasado junto a nuestros padres, nuestro hijo, los nietos. Despedimos a los padres, a nuestro hijo le compramos un piso. Y quedamos solos, preparando mesa los fines de semana, invitando a los amigos como se hacía antes. En verano nos íbamos de vacaciones. Siempre de la mano.

Pasamos la barrera de los sesenta y seguimos sin soltarnos.

Éramos tan uno solo que ni sentido tenía pronunciar nuestros nombres por separado.

Lo que vivimos juntos sería largo de contar. Todo. Yo crecí en un orfanato. Pero de repente, cuando mi hijo ya era mayor, apareció mi madre. Enferma, abandonada, sin nadie. Y no lo dudé; la traje a mi humilde piso en Madrid. Muchos pusieron el grito en el cielo. Mi madre me dejó de bebé, nunca se interesó por mí, ni una palabra, nada. ¿Qué querían de mí? ¿Que la dejase a su suerte, como ella hizo conmigo? Pero aquello me dolió durante años, un dolor profundo no podía repetir la historia con ella.

Él y yo cuidamos de ella juntos. Estuvo postrada unos años, los dos últimos, sin razón. Nunca nos quejamos, la cuidábamos en silencio, le dábamos de comer, le cambiábamos la ropa y las sábanas, la curábamos

La verdad, yo podía con todo. Si él estaba junto a mí. Nada me atemorizaba si él estaba a mi lado.

Y le acompañé hasta la puerta de la operación. Esperé fuera, tensa. Era algo sencillo, pero la preocupación era real. Él nunca había estado realmente enfermo y se me hacía raro esperar que terminase una cirugía para él.

Sin darme cuenta, metí la mano en el bolso y, de repente, toqué un sobre. Me sorprendió; no recordaba llevar ningún sobre. Lo saqué. Era una carta suya. ¿Cuándo había tenido él tiempo de escribirla? ¿Cuándo la metió ahí? Prácticamente siempre estábamos juntos, lo habría visto.

La leí. Era una carta extraña. Parecía una despedida. Me quedé inmóvil, apenas respirando. Lo entendí todo antes incluso de que los médicos salieran del quirófano.

No superó la dichosa operación. El corazón se le paró. Aquel corazón fuerte que nunca había dado problemas.

Después, durante los días de entierro, té de azahar, ese vacío insondable, el dolor hondo, saqué mi chaqueta del armario y noté un papel en el bolsillo. Era una nota suya, con un dibujo gracioso. Me tembló la vista. Busqué en el abrigo de invierno y ahí había otra nota, con otra carita dibujada.

Y así, en el piso, fui encontrando decenas de sus mensajes. Todos escritos antes de que el corazón se le apagara en la mesa de operaciones, todos encontrados después de las despedidas.

Al principio lloraba y ni siquiera podía leerlos, su letra me dolía físicamente.

Luego empecé a leerlos. En ellos bromeaba, me animaba, preguntaba, suponía, se lamentaba, me quería Él seguía vivo en esos papeles, era el mismo de siempre.

Y, mirándome a los ojos, un día me dijo:

Verás, me da hasta vergüenza contarte esto que voy a confesarte. Me avergüenza en un mundo con tanta pena, tantos problemas, cuando parece que nadie lo tiene fácil y todo el mundo se queja Pero yo fui muy feliz como mujer. Mucho. No sé cómo contarlo, pero así fue. Fui inmensamente feliz.

Y desde hace diez años, cada noche, releo sus notas. Aún sigo encontrando alguna oculta entre las cosas de casa. Esas notas me ayudaron a no perder la razón entonces, y aún hoy guardan su calor y su amor.

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