Un encuentro fortuito
El abrigo de plumas de Carmen apenas abrigaba por debajo. El relleno de plumas se había desplazado, y por arriba no quedaba más que una fina tela que dejaba pasar todo el viento. Allí, abajo, la salvaban unos pantalones de punto grueso y unas botas de borla; en los hombros, un chal de lana que apretaba bajo los brazos para no quedarse helada.
El coche que le había prometido Manuela, compañera del mercado, la dejó tirada. Ahora, con las bolsas a los lados, intentaban hacer autostop. Dudo que cupieran tantos bultos en un mismo coche, así que decidieron separarse, cada una por su lado.
Cuando Carmen trabajaba para la dueña, estos problemas no existían. Pero el dinero nunca llegaba; sacaba adelante ella sola a dos hijos, y, recientemente, se atrevió a embarcarse en los viajes de mercaderías con Manuela.
Pero el dinero seguía sin llegar. La mercancía aún no se había vendido y los problemas sólo crecían.
Había que llevar el género por las mañanas al mercadillo, y por la tarde recogerlo y cargarlo de nuevo a casa, subirlo a trompicones hasta el cuarto piso, siempre que su hijo no estuviera en casa.
No hacía tanto que ella misma coreaba aquel “Cambiemos el mundo”, pero ahora ese cambio había irrumpido en su vida de la peor manera: cerraron la empresa donde trabajaba, y la despidieron. El marido había desaparecido hacía mucho y a Carmen no le quedó otro remedio que meterse en el pequeño comercio, aunque siempre pensó que no estaba hecha para eso.
Ahora aguardaba junto a la carretera, en pleno barrizal nevado. Era todavía joven, pero los labios agrietados, el rostro enrojecido por el frío eterno del mercado, los ojos llorosos.
Los coches pasaban salpicando aquel barro gris. Carmen evitaba mirar la suciedad, ella prefería poner los ojos en los tejados y en las ramas cubiertas de nieve blanca. Hay tanto lodo en la vida, que es mejor no fijarse en él.
Levantó el brazo de nuevo para parar un coche, y por fin se detuvo junto a ella un coche extranjero, tan sucio como todo lo que la rodeaba.
¿Me acercaría usted a la Avenida de Juan Bravo? Por un precio razonable dijo, asomándose a la ventanilla, y de pronto calló.
Lo reconoció al instante. Como si el tiempo no hubiera pasado. Parecía no haber cambiado, incluso estaba más atractivo. La misma mirada seria y misteriosa, las cejas arqueadas, la media sonrisa.
Mientras ella intentaba recomponerse, él bajó, metió rápidamente sus bultos en el maletero.
Carmen se dejó caer en el asiento delantero, recolocándose el chal, buscando excusas para sí misma, preparándose para explicarle por qué justo ese día tenía ese aspecto. Seguro que él también debía haberla reconocido.
¿O no…?
¿Cuántos años habrían pasado?
***
Tenía veintidós entonces. La enviaron a hacer las prácticas de fin de carrera a una antigua finca forestal de Segovia. En Madrid la esperaba su novio, Javier. Todo iba según lo planeado: prácticas, carrera, boda.
¿Qué podían suponer tres meses fuera? Nada…
La alojaron en casa de una mujer mayor, doña Catalina, que también trabajaba en la finca, vivía con un suegro sordo y anciano. Carmen era de carácter alegre, fácil de tratar; enseguida se hicieron amigas, y ambas cuidaban del viejo.
Y un día, delante de Carmen, el abuelo tuvo un desmayo. Salió corriendo a pedir ayuda a los vecinos, pero no había nadie. Al instante, por la calle pasaba un tractor. Carmen hizo señas. Se bajó un chico: alto, guapo, de mirada seria y algo misteriosa.
Entraron corriendo en la casa. Él era fuerte, llevó al abuelo en brazos hasta el tractor y, delante, Carmen. Iban inquietos, ¿llegarían a tiempo?
Llegaron donde el practicante, justo a tiempo; allí mismo llegó la ambulancia. El chico tampoco dudó en subirse al vehículo con Carmen y continuar hasta el hospital.
Cuando por fin el abuelo quedó ingresado, cruzaron unas palabras por primera vez.
Descubrieron que trabajaban en la misma finca, y vivían casi puerta con puerta. Él se llamaba Andrés.
Sin embargo, la noche era ya avanzada. Dejaron al abuelo en el hospital, y gracias a Dios llegaron justo a tiempo. ¿Y cómo volver ahora? Porque la ambulancia no iba a regresar hasta el pueblo, ni mucho menos por los caminos helados.
Ven, la madre de un amigo vive aquí cerca. Dormimos allí y mañana los hombres, al ir al trabajo, nos acercan.
Carmen ya había comprendido que el chico era de fiar, no tendría malas intenciones, pero aún dudaba.
No. Mejor me quedo aquí, en el hospital. Me recogéis mañana. ¿Vale?
¿En esas sillas incómodas? Tranquila, tía Lola es una santa. Y su casa, enorme. Yo me quedo en la cuadra con Guille.
Carmen aceptó. Andrés tenía razón. Durmió entre sábanas blancas y gruesas, como un tronco. Tía Lola la despertó al día siguiente, hospitalaria.
Mientras la servía el desayuno, la señora le contó que Andrés había estado casado, pero su mujer, venida de fuera, los había abandonado, dejando un niño. Andrés, además de trabajar, criaba cerdos, vendía carne, estaba construyéndose una casa. Lo elogiaba sin parar, como si Carmen pudiera estar interesada.
Carmen sonrió. No, ella tenía novio: ingeniero, joven, con futuro. Y ella misma también: joven, ambiciosa. Los hombres divorciados no le interesaban.
Pero desde aquel día empezó a ver a Andrés por todas partes. En el monte, en el comedor, en la calle… Catalina lo conocía bien, y juntos devolvieron al abuelo del hospital.
Le gustas a Andrés. Cuando pregunté por ti, se puso rojo como un tomate y hacéis buena pareja.
¡Pero qué dices! Si yo estoy con Javier
Todavía no es tu marido. Y Andrés es de fiar. Montó una granja y compra maquinaria. Y su hijo es un chiquillo encantador. Sólo necesita una madre.
A Carmen, el corazón se le encojía. Porque también ella le buscaba con la mirada donde fuera. Alto, seguro, irradiaba una fuerza tranquila que se sentía a distancia. Lo más increíble: todos le tenían respeto.
«Consúltalo con Andrés», decían los hombres.
Y ella, en la finca, era distinta: una forastera, una dama de ciudad caída por casualidad en aquel pueblo, alta, esbelta, con un abrigo beige claro, rarísimo entre tanto barro. No caminaba, más bien flotaba sobre el lodazal. Los hombres callaban ante ella, se cortaban y se ponían más serios.
Señorita, su Gracia, ¿cómo se atrevió a venir aquí?
Carmen, espera, yo te llevo.
La distancia al pueblo no era larga, pero llovía. Carmen fue hacia el tractor de Andrés.
¿Con quién está tu hijo? Para Carmen, un hombre con hijo ya era mayor.
¿Por qué me hablas de usted? Llámame tú. El crío está con mi madre. Y una vecina le ayuda también. Lo llevamos a la guardería. Crece
¿Cómo se llama?
Jorge respondió, ojos llenos de amor. No hay quien le pare. Hay que estar pendiente. Mi madre protesta siempre, miró a Carmen. ¿No te gusta nuestro pueblo?
¿Por qué? No está mal…
Espera un poco. Pronto secará todo, y verás el verde. Hay sitios preciosos. El río, mira sólo faltan farolas. Pero eso se arregla.
Condujeron por una calle ya a oscuras. El ayuntamiento había cortado el alumbrado, no había dinero. Con ese «lo arreglaremos» Andrés asumía la responsabilidad de todo el pueblo.
Quién iba a decirle a Carmen que esa capacidad de responsabilidad sería, con los años, lo que más se valora en un hombre.
Andrés empezó a rondarlas. Llevó leña a Catalina, fue por medicinas para el abuelo. Carmen luchaba contra sus sentimientos.
No podía imaginarse a sí misma viviendo en aquel pueblo. Sí, en Madrid no la ataba más que Javier y los preparativos de la boda. Pensaba lo mal que se tomaría Javier que hubiera conocido a otro durante las prácticas, cuánto sufriría su madre.
¿Y si su futuro esposo era divorciado, con hijo y se dedicaba a criar cerdos? Qué decepción se llevaría su familia
Por las noches, con el único sonido de los perros y el viento, Carmen intentaba imaginar su vida con Andrés. Que sería cariñoso, agradecido si ella fuera la madre de su hijo. Sus propios hijos también llegarían.
Pero veía claro que jamás se atrevería. Tenía a Javier, el de los anillos comprados. Tenía una familia detrás. Y da vergüenza decepcionar a tantos.
Sin embargo, en su interior bullía una emoción secreta ante la posibilidad de un amor verdadero. Eso, y la primavera, la confundían.
Ahora Carmen sentía que jamás había amado a Javier, que a quien quería era a Andrés. El hecho de tener un novio en casa hacía la situación más trágica y, por eso, más romántica.
Una tarde, con lágrimas y dramatismo, ella misma forzó la intimidad. ¿Fue un adiós al pasado, o a ese posible amor? Él dudó, buscó sus ojos, pero cedió. Fue la primera vez para ella, todo tan bonito que nunca lo lamentó.
Pero la decisión definitiva nunca llegó. ¿Inmadurez, ingenuidad, indecisión? O tal vez falta de experiencia vital.
Un día, junto al pozo del pueblo, tuvo lugar el último encuentro decisivo. Iba Carmen por agua y vio a un niño rubio.
Se colgaba peligrosamente del brocal. Si subía hasta allí, corría peligro de caer. Carmen aceleró el paso.
Eh, ¡no hagas eso! ¿Y tu madre?
Miró alrededor. Una chica menuda corría por la carretera. El niño miró a Carmen con rabia, se soltó y se refugió en la falda de la chica, lloriqueando.
Estaba a punto de subirse, sólo intentaba…
Jorge, no llores, cariño, sabes que no debes.
La chica miró a Carmen con tristeza, sin simpatía, y asintió.
Se me escapó. Gracias.
Tomó al niño de la mano y se alejaron.
¿Jorge? ¿Sería este el hijo de Andrés? Pensó Carmen inquieta. Aquel niño le resultaba completamente ajeno. Ni siquiera la aceptó.
Poco después, vino la madre de Andrés, doña Clotilde, para lamentarse. Dijo que Jorge se había acostumbrado a la ayuda de Gloria, una joven pobre del pueblo, que ésta quería mucho a Andrés, y que todo iba bien entre ellos hasta que Carmen apareció.
Carmen no daba crédito. ¿Ella, la intrusa? Pero si era él quien casi la había alejado de Javier. Se creía víctima y resultaba ser culpable de una tragedia ajena.
Andrés le rogó que se quedara, que no se fuera. La acompañó a la estación, hasta el último momento. Decía que Gloria y su madre confundían las cosas, que con Gloria sólo había amistad. Lo cierto es que esa chica callada, invisible junto a Andrés, desaparecía a su lado.
Es silenciosa como una sombra decía Catalina. Ella no es para Andrés. Pero tú
Pero Carmen estaba herida. No quería oír hablar más de historias compartidas. Decidió volver a lo suyo, a la ciudad. Todos sus dilemas se disiparon; ni escuchó a Andrés. Volvía a su novio.
Andrés quedó solitario en el andén: camisa de cuadros, mangas remangadas, hombros anchos caídos, arruga de tristeza en la frente, mirada apagada. Así lo recordó durante años.
Lloró con el traqueteo del tren.
Así terminó su práctica de tres meses.
Pero el tiempo cura. Carmen siguió adelante, se casó con Javier, llevó una vida de familia.
**
Carmen se dejó caer en el asiento delantero, ajustó el chal y rebuscaba excusas. Se preparaba para justificarse, para explicar por qué justo hoy tenía ese aspecto tan dejado. Él seguramente la reconocía.
¿O no? ¿Tanto habría cambiado? Más rellenita, labios agrietados, abrigo raído, chal…
¿Cuánto tiempo hacía?
Dieciséis años. Sí.
Condujeron en silencio.
Vaya día, comentó cuando otro coche le salpicó agua.
Eso es en la ciudad. Fuera está limpio y las carreteras, curiosamente, despejadas.
¿Eres de allí?
Estoy de acá para allá. Asuntos…
Gracias por acercarme, el coche nos falló. Generalmente tengo coche, pero hoy… Yo te pago…
Él la miró con esa vieja mirada enigmática que ella recordaba de antaño. Ella supo que la había reconocido.
Hola susurró.
Hola, Carmen.
¿Me has reconocido? Pensaba que hacía tiempo ya…
No olvido respondió serio.
A Carmen se le encogió el pecho. Su voz, sus manos, su mirada; sintió calor, se quitó el chal.
¿Cómo estás, Andrés?
Él dejó un segundo de pausa, intentando sacudirse el pasado.
Yo, bien. No me quejo. Los tiempos cambian. Y tú, ya ves.
¿Sigues allí, en la finca? puso por tema a los conocidos comunes.
No, ya no existe. Desapareció con la crisis. Y yo me fui hace tiempo. Trabajo por mi cuenta.
Eso es lo mejor ahora mismo. Yo también… ¿Tienes la granja aún? Recordó que Andrés criaba cerdos y vendía embutidos.
La granja, una empresa, y vendemos productos también. Embutidos.
Ahora todo el mundo se dedica a eso.
Carmen se acordó de vez en cuando de ver la etiqueta Pérez en los embutidos. Creyó que era coincidencia.
¿Espérate, las salchichas y fiambres Pérez, son tuyos?
Puede decirse. ¿No te gustan? la miró con media sonrisa triste.
Al contrario, a mi madre le encantan. Qué sorpresa…
Él habló con modestia, casi justificándose por el éxito.
Empezamos poco a poco. Después de la granja, con la carne sobrante, ofrecí trabajo a quienes se quedaban en paro. Nos lanzamos poco a poco. Luego abrimos una fábrica, tiendas…
¿Sois varios?
Trabajamos en equipo, claro. Pero el jefe soy yo. Muchos del pueblo están conmigo. Ahora vendemos en toda la provincia.
Vaya, enhorabuena.
A Carmen le incomodaba la diferencia entre ellos. Ella con su abrigo maltrecho y botas viejas, la que fue sofisticada en una ciudad, y él el chico del tractor convertido en empresario. Como si hubiesen cambiado los papeles.
¿Y tu hijo?
Andrés sonrió.
Tres.
¿Tres hijos?
Sí, tres muchachos. ¿Y tú?
Un hijo y una hija contestó, secándose el sudor de la frente.
Jorge en el ejército, en misión fuera. Lo pasamos mal, su madre encaneció. Pero vuelve en primavera. El segundo estudia, el pequeño está en quinto.
¿Entonces se casó con aquella chica discreta?
Carmen quiso confesar cuántas veces se había arrepentido de marcharse aquella vez. ¡Cuántas! Y ahora, al verle
Javier resultó un marido inservible. Al principio resistieron, él comenzó con buen pie en su trabajo como ingeniero, se mudaron a la provincia de Ávila, les dieron vivienda, los niños eran pequeños, todo se podía superar.
Pero empezó a tener problemas en el trabajo, a cambiar de empleo, a beber. Perdieron la casa, volvieron a casa de la suegra. Luego Javier se desmandó del todo. Ni con la suegra se entendieron.
Carmen decidió divorciarse y se fue, con los niños, a casa de su madre. Ya no tenía a su padre para apoyarla.
Quiso contarle todo, pero dijo sólo:
El mío está en bachillerato, la niña en tercero. El tiempo vuela.
Sí.
Guardaron silencio. Ambos querían hablar de lo más importante, pero cada uno creía que sólo lo era para él.
Carmen sintió culpa por Andrés, pero recordó la imagen de su madre, de Gloria. Les cedió el lugar. Entonces sólo sentía rabia y una ingenua dignidad.
¿Y tú? él fingió desinterés.
A mí Bueno, ya ves. Me despidieron. Ahora por mi cuenta se pasó el cabello tras la oreja. Pero es duro sola.
¿Y tu marido? Javier, ¿no?
¿Te acuerdas? No lo imaginaba
Carmen, viniste aquí de novia. Fui detrás de tu coche aquel día de la boda, hasta el restaurante.
¿Cómo? Carmen se volvió.
Tía Catalina me avisó el día antes. Deja de sufrir que se casa mañana. Cogí el coche y os seguí. Tú ibas tan feliz. No quise aparecer. Volví a casa y le propuse matrimonio a Gloria.
Ay, si lo hubiese sabido, Carmen se sintió vacía.
No habría servido para nada. Realmente, estabas hermosa y radiante aquel día.
Sería cosa de la boda… Pero duró poco esa felicidad. A los cinco años me separé y me volví a casa de mi madre.
Una lástima él asintió.
Ya he aprendido, se envalentonó Carmen. Soy fuerte. Mis hijos visten bien, estudian, el mayor quiere ser médico. Y tengo un buen puesto en el mercado, aunque pase frío. Pero no me quejo.
Quería hacerle ver que no le iba tan mal, aunque no tuviese éxito empresarial.
Andrés escuchaba en silencio, con el ceño fruncido.
¿Y tu familia? ¿Cómo está Gloria?
Encogió los hombros, distraído.
¿Gloria? Bien. Hace pan.
¿Pan? ¿Artesanal?
Al principio, sí. Luego abrimos la panadería El Horno de Castilla.
Claro. He estado alguna vez. ¿Ella es la dueña?
Sí. La monté para ella. Se le daba bien, y la hicimos crecer.
Carmen lo recordó. Una amiga la llevó allí, le habló del buen pan, y le presentó a la dueña: una mujer corredora, simpática, de pelo corto, elegante, con un abrigo blanco y bufanda rosa. Le reconoció un aire familiar.
Ahora todo encajaba.
¿Es por aquí? Andrés miraba las direcciones. Carmen volvió a la realidad.
La siguiente manzana.
Pero Andrés detuvo el coche, saltó.
Y entonces, Carmen lo vio correr bajo la lluvia hacia un kiosko con el letrero Flores. Volvió con un ramo de crisantemos gigante. Abrió su puerta y puso las flores en su regazo.
Carmen no pudo contener las lágrimas al ver las flores entre sus pantalones de lana. Se apresuró a secarse los ojos. Si acababa de presumir de fuerza.
Él la ayudó con los bultos, subió con ella hasta el portal paredes grafiteadas, mientras ella abrazaba las flores.
¿Subes? quizá era mejor que no lo hiciera, la casa desordenada, llena de mercancías, la madre con mil preguntas.
En el fondo daba igual, sólo quería que él supiera, que entendiese y la comprendiera.
No, Carmen, me voy. Tengo mucho por hacer hoy, le tomó la muñeca suavemente, como para despedirse.
Y luego bajó rápido las escaleras.
¿Llamarle? ¿Contarlo todo?
Carmen miró su espalda y de pronto supo: ahora le toca a él llevar el peso. Él se despedía; no se verían más. Y al darse cuenta, Carmen sintió alivio.
Subió los bultos al piso.
En la puerta, su madre la esperaba, con preguntas, problemas, noticias. Carmen no escuchaba, sentía aún sus manos en su muñeca. Se quitó las botas, fue al radiador. Todo por puro reflejo.
La madre la seguía, sin notar que no oía.
Ya sentada, Carmen preguntó:
Mamá, ¿te acuerdas de aquel chico de mis prácticas, antes de casarme? El de la granja en Segovia
Sí, algo me suena. ¿Y qué?
Me dijiste que ni hablar de vivir en el pueblo y criar cerdos
Y con razón. Ahora estarías limpiando establos.
Hoy lo he visto.
¿Dónde?
No importa. Mamá, los productos Pérez, esos que tanto te gustan, son suyos. Y su mujer, la dueña de El Horno de Castilla. Así es la vida.
La madre se quedó quieta, taza en mano; luego la posó y le tembló la mirada. Tras una pausa, se calmó a sí misma y a su hija:
Nadie elige su destino. Si fuera tan fácil, todos viviríamos como quisiéramos.
A Carmen le dio lástima su madre.
Venga, mamá. Vivimos, y no mal. Hoy he vendido dos trajes y tres chaquetas. Salimos adelante. Ánimo.
Claro. Si supiéramos dónde íbamos a caer, pondríamos una almohadilla. Así es la vida pero la noticia la dejó pensativa.
Poco después volvió su hijo. Alto, serio, con esa mirada tan familiar y misteriosa. Ahora Carmen veía, más que nunca, que era el vivo retrato de su verdadero padre.
Y cómo toda la familia creyó que aquel niño de tres kilos había nacido prematuro Pero nadie dudó. Carmen nunca parecía una mujer frívola.
El muchacho se sentó a la mesa.
Mamá, no te enfades. He encontrado trabajo en un club hípico. Cuidaremos de los caballos, el salario es por faena. No te preocupes, se apresuró a explicar, temiendo el reproche, en los estudios no influirá. Prometido, mamá
Carmen suspiró. Ayer lo habría regañado. Hoy…
Adelante. Ya eres mayor. Cualquier trabajo es honrado y útil. Y vas a necesitar dinero. No me opongo.
El chaval sonrió, cuchara en mano, mirándole de reojo. Algo había cambiado en su madre, sin saber qué, pero le daba una felicidad tranquila.
Carmen no consiguió dormir. No lloraba. Le invadía una extraña sensación.
Miraba los crisantemos blancos, pensaba en el destino, en el encuentro de ese día, en que a ambos les tocaba afrontar un tiempo nuevo, cada uno por su camino.
Entonces esa reunión volvió a dividir su vida en dos: antes y después de verle. Y así, ahora, sentía lo mismo.
Ambos tenían por delante sorpresas, nuevas oportunidades de ser felices. No volverían a encontrarse, pero de algún modo seguirían marcando el destino del otro.
Todo lo que ocurre, tiene sentido.
Así, aquel encuentro le sirvió para comprender algo esencial: la vida siempre ofrece segundas oportunidades, y lo importante es aceptar cada lección, seguir adelante y confiar en que, pase lo que pase, uno encontrará la fuerza para volver a empezar.






