El secreto del jefe

El secreto del jefe

A nuestro querido jefe seguro que le pasa algo susurró Carmen a su compañera. ¡Y debe de haberse peleado con alguien! Si no, ¿por qué está últimamente tan irascible con nosotros? Nos encarga tareas imposibles…

Su compañera, Inés, sólo chasqueó la lengua y se apartó, dejando claro que no quería saber nada del cotilleo. Pero ni esto detuvo a Carmen.

¡En serio! ¿No te da curiosidad? insistía ella, elevando la voz un poco más de la cuenta. Igual grita por problemas familiares… ¿Y si le pasa algo y ni nos enteramos?

No pudo seguir murmurando mucho más porque don Víctor Ramírez, que estaba dirigiendo la reunión, se quedó mudo de pronto y la miró fijamente. Su voz sonó fría y cortante:

Carmen, ¿se aburre usted? dijo, destacando cada palabra. ¿O acaso lo que digo no le parece suficientemente importante? Si quiere, puede compartir sus ideas, la escuchamos.

Carmen sintió cómo se le helaba el estómago. Parpadeó, buscando rápidamente algo que decir. Por su cabeza pasó fugaz la pregunta: ¿Cómo puede pillarlo TODO siempre?

Perdone, don Víctor trató de responder con seguridad, sólo comentaba unas ideas… Nada importante, pensamientos en voz alta.

Don Víctor arqueó una ceja, levemente burlón. Sabía perfectamente de qué hablaban, pero decidió ponerla en aprietos hasta el final.

Por favor, ¿quiere contárnoslo? preguntó, con sorna.

Carmen sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Forzó una sonrisa nerviosa, buscando la mejor escapatoria.

Eh… Mejor no, gracias respondió, modulando la voz para sonar serena. Mis ideas aún necesitan trabajo. Mucho trabajo, así que no quiero hacer perder el tiempo a todos.

Don Víctor sonrió con superioridad.

Pues para el viernes espero esas ideas que tan trabajadas le van a quedar subrayó especialmente la palabra trabajadas. Ojalá beneficien a la empresa. Ahora, continuemos.

Desde ese momento Carmen no abrió más la boca. Se le ruborizaron las mejillas y evitaba mirar al jefe. La rabia la hervía por dentro: la habían pillado cotilleando… ¡y además le había caído trabajo extra!

Inés, sentada cerca, casi no podía disimular una sonrisa. Le hacía gracia la situación. Las miradas de fastidio de Carmen hacia don Víctor le parecían cómicas. Por su parte, trató de seguir tomando notas sin llamar la atención, aunque de vez en cuando lanzaba una miradita a la compañera, viendo cómo trataba, dignamente, de recomponerse tras el pequeño ridículo.

Cuando acabó la reunión, Carmen apenas aguantó su enfado. Se levantó como un resorte, casi antes de que don Víctor dijese que podían irse, y salió casi corriendo del salón. Inés iba detrás, mordiéndose los labios para no reírse. Carmen lucía una mezcla de enfado y desconcierto nada fácil de disimular.

Ya en su despacho compartido, Carmen se dejo caer en la silla y cerró el portátil de un golpe.

Podrías haberme ayudado refunfuñó, cruzada de brazos. ¿De qué te ríes, eh? ¡Ahora me toca inventarme algo para el viernes! ¡Y sólo tengo tres días!

Te lo advertí mil veces: no te distraigas en las reuniones reía Inés, sirviéndose una taza de té. Tras pensar un momento, sacó una tableta de chocolate de un cajón y la puso al lado. Venga, cálmate y manos a la obra.

Carmen miró el chocolate y el té; por un momento suavizó el gesto, aunque pronto volvió a fruncir el ceño.

¡Bah, el trabajo puede esperar! dijo airada. Aquí lo importante es nuestro nuevo jefe.

Inés negó con la cabeza, sin apartar la vista de la pantalla. Estaba acostumbrada a que Carmen siempre hablase de los superiores, pero ella prefería mantenerse al margen.

Nuevo, nuevo… Está aquí ya dos meses. Tampoco es tan nuevo corrigió, tecleando.

Da igual replicó Carmen. Trajo mil reglas. ¡Despidió a unos cuantos!

Despidió a quienes no hacían nada contestó Inés tranquila. A nosotros nos subió el sueldo, ¿recuerdas?

Al fin se giró hacia Carmen para añadir:

Y las reuniones son mucho más cortas. Antes nos pasábamos dos horas dando vueltas. Ahora, todo va al grano.

Carmen lo pensó un segundo y replicó:

Sí, pero ahora hay informes cada semana. Y plazos imposibles…

Inés sonrió:

Pero la empresa va mejor. Los proyectos salen antes de tiempo. Tú misma lo has visto.

Carmen suspiró, cogió un trozo de chocolate y lo mordió, rindiéndose parcialmente a los argumentos de Inés.

Bueno, puede que tengas razón… murmuró. Siempre pensé que él ni casado estaba, ni novia tenía dijo, barajando papeles. Ahora creo que sí tiene. Quizás debería ir a Recursos Humanos y preguntar.

Inés suspiró, dejando el bolígrafo. Ese tema ya le cansaba seriamente.

¿Y eso por qué te importa? preguntó con calma. ¿En qué cambia su vida personal tu trabajo?

Pero Carmen ya fantaseaba cómo llegaría a Recursos Humanos y haría las preguntas más sutiles.

Siempre le veo insatisfecho, amargado… ¿Y si tiene problemas en casa y los paga con nosotros? Me gustaría saberlo…

Inés negó con la cabeza. Para ella era claro que meterse en la vida ajena era mala idea, pero Carmen no lo veía.

Carmen, mejor trabaja y punto dijo firme. Si no lo haces, igual te despide… Por vaga.

Pero Carmen ni caso. Estaba ya metida en su aventura de averiguar la verdad.

¡No, esto hay que saberlo! declaró. Hablaré con las chicas, algo tienen que saber.

Inés la miró incrédula, preguntándose para qué quería conocer asuntos tan ajenos. Imaginó cómo podría salirle el tiro por la culata y cómo don Víctor, tarde o temprano, acabaría enterándose de esos cotilleos. Pero intentar frenarla era en vano: Carmen ya estaba demasiado metida.

Y así fue: Carmen empezó una auténtica investigación. Se acercaba a todo el mundo por mil excusas, preguntando aquí y allá sobre el jefe. Unas veces si le habían visto salir con alguien, otras si habían oído rumores. Pronto se recorrió toda la oficina, interrogando sutilmente a cualquiera que pudiera saber algo.

Pero a la hora de la verdad… nadie sabía nada, o no querían decir. Unos bromeaban, otros fingían no entender y otros se escudaban en el trabajo.

En Recursos Humanos el recibimiento fue aún más frío. Primero la escucharon corteses; luego, tras mirarse entre ellas sorprendidísimas, dejaron claro que aquél no era tema de trabajo. Una de las responsables le dijo secamente:

Carmen, sería mejor que te centraras en tu trabajo y menos en los chismes.

Cuando insistió, le recomendaron sin rodeos volver al puesto, advirtiendo que, de seguir así, informarían a su responsable.

Carmen volvió cabizbaja y se sentó en silencio delante del ordenador, con la mirada perdida en la pantalla. Inés no dijo nada; entendía que estaba decepcionada y esperaba que la experiencia le hiciera dejar de entrometerse en asuntos ajenos.

Pero Carmen no tenía freno. Aunque ya nadie entendía a qué venía tanta insistencia, ella seguía preguntando, ilusionada por el misterio. Unos compañeros directamente se reían cada vez que la veían “¿Te has enamorado, o qué?”, pero ni ella misma habría sabido explicarlo. Era la curiosidad, una chispa que la mantenía en vilo.

Un día probó suerte con Rosa, de contabilidad: la reina de los cotilleos. Carmen se acercó a su mesa, intentando parecer casual.

Rosa, tú que sabes de todos… ¿Sabes si don Víctor tiene pareja? ¿Mujer, novia…?

Rosa la miró entre divertida y cauta.

Carmen, sabes que no me gusta meterme en líos contestó amable. ¿Para qué lo quieres saber?

Carmen improvisó una excusa, aunque era evidente que sólo sentía curiosidad.

Es simple curiosidad rió. Por si está libre… Un hombre así…

Rosa negó con la cabeza, sonriendo.

Aunque esté soltero, no es razón para invadirle la privacidad le señaló. Trabaja y no des más vueltas. Que tienes el informe pendiente.

Pasaban los días y Carmen cada vez le daba más vueltas. Analizaba cada gesto, cada frase, buscando pistas; al final llegó a una conclusión que la dejó inquieta y emocionada.

Esa tarde, entró en el despacho como una tromba:

¡Me gusta! exclamó sin cerrar bien la puerta.

Inés, que estaba bebiendo café, casi se ahoga de la sorpresa.

¿Quién? tosió, como si la pregunta fuese retórica.

El jefe, ¿quién va a ser? dijo Carmen, como si fuera obvio. Ahora ya sabes por qué insisto tanto en su vida privada. Si está libre, toca lanzarse.

Inés se quedó pensativa. Sabía mucho más que Carmen, pero no podía decirlo.

¿Y si está casado? preguntó Inés con cuidado.

Le intentaré quitar de en medio a la mujer se encogió de hombros Carmen. Seguro que no es feliz con ella. Y tú me vas a ayudar.

¿Ayudarte a quitárselo? Inés ya ni podía con tanto disparate, pero se contuvo.

No, a averiguar. Por ejemplo, en la fiesta de empresa de este viernes: acércate y pregúntale, así, sin que se note, por qué ha venido solo…

¿Y si no está solo? ¿O si le intereso yo? sugirió Inés, esperando zafarse.

Nada, no le gustan las pelirrojas. Es lo único que logré averiguar contestó Carmen, segura de sí. ¿Trato?

Inés guardó silencio. Pensó en contarle a Carmen que don Víctor no era solo su jefe: era su marido. Pero habían decidido no decirlo, para evitar murmuraciones y suspicacias en la oficina.

Este silencio duró varios segundos. Carmen la miraba ansiosa, esperando su complicidad. Inés solo pensaba cómo zafarse sin complicarse la vida.

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Durante la semana, Carmen estaba más animada que nunca, garabateando posibles frases para decirle al jefe y ensayando diálogos perfectos. Incluso en los pasillos a veces se paraba en seco, sopesando nuevas estrategias para llamar su atención. Por las noches ensayaba delante del espejo: seria, simpática, trabajadora En su cabeza, don Víctor acabaría fijándose en ella, ella conquistaría su corazón y juntos serían la pareja triunfadora de la oficina.

Inés observaba esos juegos con cierta tristeza. Carmen estaba demasiado atrapada en una fantasía y no veía la realidad. Para ella, don Víctor no era solo un hombre: era el símbolo del éxito. Pero Inés conocía su otra cara: el hombre agotado, tierno en casa, paciente en el trabajo. Sabía que Carmen vivía de ilusiones imposibles.

El jueves, Carmen llegó con una bolsa grande que escondió enseguida. En el descanso, sacó un vestido nuevo: formal pero insinuante, elegante y ajustado por la cintura. Se fue corriendo al baño a probárselo, pasó un buen rato frente al espejo buscando la pose perfecta y finalmente regresó para mostrárselo a Inés.

¿Qué te parece? giró, esperando elogios.

Inés fue sincera: el vestido era precioso, pero le inquietaba el contexto.

Es bonito, pero ¿seguro que es adecuado para la fiesta de empresa?

¡Claro! Carmen no dudó. Mañana él no va a resistirse.

Volvió al espejo, se colocó el pelo y sonrió radiante. Inés la miraba preocupada: la realidad no suele parecerse a los sueños…

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Llegó el viernes. La oficina estaba decorada con guirnaldas de luces cálidas, globos y mesas llenas de tapas, fruta y bebidas. Se vivía un ambiente de celebración y nervios, con comentarios sobre el vestuario de todos.

Carmen llegó de las primeras, impecable, radiando expectación. Dejaba volar su imaginación mientras repasaba el repertorio de frases que tenía preparadas para el jefe.

Inés llegó algo más tarde, sobria y tranquila, vestida de negro. No apuntaba a destacar ni a llamar la atención de nadie. Su plan era disfrutar de la cena y pasar un rato agradable con los compañeros.

Don Víctor apareció cerca del comienzo. Su presencia destacaba: traje oscuro, sonrisa serena, saludando a todos con educación. Dedicó unas palabras agradeciendo el trabajo y prometiendo nuevos retos.

Carmen le seguía el gesto y la palabra, convencida de que le lanzaba señales en clave. Hacía microajustes en el vestido, se aseguraba de estar perfecta y repetía mentalmente la primera frase de acercamiento.

Al acabar el discurso, los grupos se dispersaron: algunos hacia la comida, otros a charlar, y los más atrevidos a pinchar música y bailar.

Entonces, Carmen se plantó junto a Inés, que estaba cerca de la ventana con zumo en mano.

Es el momento susurró Carmen. Acércate y pregunta por qué está solo. Puedes hacerlo de pasada, sin que note nada…

Inés dudó. Se sentía incómoda. Pero Carmen casi la suplicaba, con los ojos encendidos de expectación.

Carmen, yo… buscó las palabras. No puedo hacerlo.

¿Por qué? Carmen fruncía el ceño, casi reprochando.

Inés respiró hondo. Ya no tenía sentido seguir evitando la verdad.

Porque… hizo una pausa, la miró a los ojos. Porque don Víctor es mi marido.

Carmen se quedó de piedra. El rubor le subió de golpe. Abrió la boca sin llegar a decir palabra.

¿Qué…? susurró incrédula. ¿Desde cuándo?

Inés jugó con un mechón y bajó la mirada, un tanto apurada.

Seis meses. Lo ocultamos precisamente por el trabajo. Imagina que alguien piensa que tengo privilegios o que todo se decide en casa. Queríamos que nadie hablara y que el ambiente siguiera siendo profesional. No era sólo por mí.

Carmen dio un paso atrás, soltando un suspiro. Sentía incredulidad, después un leve enfado y por fin resignación. Todo lo que había soñado se desmoronaba delante de ella.

¿Y no me lo contaste…? Pensé que éramos amigas… musitó dolida.

No podía decírtelo. Era un pacto de los dos. No queríamos líos.

Carmen calló, repensando todos los detalles del pasado: las miradas, los gestos, las palabras suaves en las reuniones… Ahora todo cuadraba.

¿Y cómo fue? ¿Cómo empezó? preguntó finalmente, controlando el temblor de voz.

Simplemente surgió. Fuera del trabajo. No lo planeábamos, ni lo buscábamos contestó Inés; en los ojos le brillaba una felicidad tranquila.

Carmen repasó la falda como quitándose una carga y, aunque le costaba aceptar el giro, ahora todo lo veía mucho más claro.

¿Y en las reuniones? Cuando os veíamos discutir… Tú ya sabías, claro.

Sí, pero intentábamos que nadie lo notara. Que todo fuera profesional. Así tenía que ser.

De pronto, don Víctor se les acercó, percibiendo perfectamente la tensión.

¿Va todo bien? preguntó, tocando suavemente el brazo de Inés.

Ella asintió, pero Carmen explotó de pronto:

¡No, no va bien! soltó. ¡Vosotros… lo teníais todo escondido!

Victor sonrió, sin señales de reproche ni de querer justificarse. Y levantando la voz, decidió aclarar las cosas:

Compañeros… mandó parar la música y todos miraron curiosos. Sé que muchos os habéis preguntado por mi situación. Lo cierto es que hemos querido separar siempre el trabajo de la vida personal, para evitar rumores, malos entendidos o favoritismos. Pero ya que la duda es tan generalizada…

Cogió la mano de Inés, dándole valor ante las miradas de todos.

Ella es mi esposa. Nos casamos hace seis meses.

Hubo un revuelo y algún aplauso: algunos sorprendidos, otros apenas lo sospechaban.

¡Enhorabuena! gritó Rosa, la de contabilidad, con una sonrisa abierta.

¡Vaya sorpresa! exclamaron entre risas los de informática.

Don Víctor esperó a que bajara el murmullo.

No va a cambiar nada en el trabajo: seguimos exigiendo profesionalidad, y nuestras vidas privadas no influirán jamás en el día a día del despacho. Ahora, ¡a celebrar que la empresa va bien y que tenemos mucho futuro juntos!

La música volvió a sonar y la fiesta continuó. Carmen, al fin, soltó un suspiro largo.

Ya ves… Ahora sí que me voy a tener que buscar otra empresa.

¿Pero por qué? saltó Inés, sorprendida. ¿Qué tiene que ver?

Porque he estado montando un culebrón gigante, preguntando a todos, haciéndome ilusiones… Ahora, ¿cómo le miro yo a la cara? Vaya papelón, me muero de vergüenza.

No exageres le tranquilizó Inés, tomándole la mano. Nadie va a juzgarte. Nos reiremos todos de esto en un par de días.

No es tan fácil respondió Carmen, aún insegura, mirando hacia el rincón donde Víctor hablaba distendido con varios compañeros. Ahora entiendo todo… Por eso siempre le defendías. Qué fuerte…

De repente, le entró la risa. Una risa ligera, como si le quitaran un peso de encima.

¡Jo, menuda eres! Pensé que eras su mayor fan, nada más…

Solo sabía la verdad, y preferí callar contestó Inés, igualmente más tranquila.

Las dos guardaron silencio, observando el ambiente festivo de la sala. Se sintieron, por fin, en paz.

Dime una cosa dijo Carmen en voz baja, arrimándose. ¿Es feliz contigo?

Inés la miró y asintió, convencida:

Mucho. Cada día.

Entonces me alegro por los dos suspiró Carmen, realmente aliviada, y le ofreció la mano.

Paz aceptó Inés, apretándola con fuerza.

Mientras la música y las risas llenaban el aire, las dos amigas, recién reconciliadas, supieron que la confianza y el respeto son la base de cualquier relación, ya sea de amistad o de trabajo. Y que a veces, dejar de lado los rumores y prestar atención a las personas de verdad puede cambiar por completo nuestra visión del mundo.

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