La silenciosa rebelión de Galina. Un relato

La silenciosa rebelión de Galina

Carmen, ya no puedo más la voz al otro lado del teléfono no era tanto una súplica como una condena. No tengo a dónde ir. Eres mi hermana.

Galina, con la regadera en la mano, se quedó inmóvil en el centro de su inmaculada cocina. La tarde de abril teñía el cielo de un suave tono rosado tras los cristales, y en la vitro la olla de lentejas desprendía el aroma reconfortante del sofrito de cebolla. Todo, como siempre: tranquilo, recogido, predecible. Hasta ese instante.

¿Qué pasa, Carmen? preguntó Galina, aunque la respuesta ya la sabía. Siempre la había sabido.

Se acabó con Fernando. Se ha marchado, pero de verdad, ¿te lo puedes creer? Dice que le agoto. Que necesita otro tipo de vida. ¿Y yo, es que no soy persona? Me quedan dos semanas de alquiler, perdí el trabajo hace un mes y estoy sin un duro. Gala, iré a tu casa. Sólo unos días, necesito aclararme.

“Solo unos días”, pensó Galina. Esa frase aparecía tanto en la historia familiar que bien podría inaugurar un diccionario de sus relaciones: unos días, que se convertían en una semana, una semana en un mes, y un mes en medio año. Y siempre, todo empezaba con “eres mi hermana”.

¿Cuándo llegas? logró preguntar, dejando la regadera junto a las violetas del alféizar.

Mañana para la comida. Ya he comprado el billete, las últimas monedas que me quedaban. ¿Me recoges en la estación?

Galina miró su cuaderno: nueve de la mañana, cita en el ambulatorio; después, entregar unos papeles a la señora Ángeles; tras el almuerzo, organizar los abrigos de invierno. Vida de una mujer que, tras jubilarse tres años antes, seguía llevando la contabilidad de una pequeña empresa. Una vida armada, ladrillo a ladrillo, en la que cada minuto tenía su cometido.

Te recojo dijo, y colgó el teléfono.

La olla susurraba en la cocina, las violetas relucían bajo el último sol, y Galina sintió el tirón familiar en el pecho. No era alegría por ver a su hermana pequeña, a la que no veía desde hacía un año; era una mezcla de anticipación y agotamiento. El presentimiento, otra vez, del ciclo de siempre.

Al día siguiente, esperando en la estación de Atocha, Galina escudriñó la marea de viajeros. Reconoció a Carmen al instante, pese a los cambios: la melena, antes oscura y reluciente, decolorada a un tono anaranjado con raíces de varios centímetros; los vaqueros demasiado ajustados para sus cincuenta y tres años; la chaqueta antigua, una mochila enorme y dos bolsas a reventar.

¡Galita! gritó Carmen, abriéndose paso. ¡Mi hermana!

Se abrazaron, y Galina percibió el olor a colonia barata mezclado con tela rancia. Carmen se aferraba a ella, como si quisiera desaparecer en su abrazo.

Qué ganas tenía de verte farfullaba Carmen. No tienes idea del horror vivido. Un infierno, de verdad.

De camino, Carmen se explayó sin pausa. Fernando había resultado ser un egoísta, el trabajo peor imposible, la casera una arpía y la ciudad, Madrid, lejana y fría. Galina escuchaba distraída; conocía el relato al dedillo. Diez, veinte, treinta años atrás, la historia sólo cambiaba los escenarios y los nombres de los hombres.

Menos mal que te tengo, pensaba en el tren decía Carmen mientras subían las escaleras hacia el piso. Somos familia. La única que me queda.

Galina abrió la puerta, dejó pasar delante a su hermana. Carmen dejó la mochila en mitad del pasillo, las bolsas en el suelo, la chaqueta junto al abrigo de Galina.

Qué bien estás aquí comentó Carmen, mirando alrededor. Limpio, recogido Huele a hogar. Echaba tanto de menos esto.

El piso de Galina dos habitaciones, treinta y cinco años de historia desde que se lo adjudicaron como contable en una factoría rebosaba calidez: papel pintado discreto, muebles de madera cuidados y barnizados por ella misma, plantas en las ventanas, tapetes de ganchillo, fotos familiares. Todo con un orden aprendido en la soledad.

Pasa, ponte cómoda. Enseguida pongo agua para el té.

¿Tienes algo para comer? preguntó Carmen, quitándose los zapatos en medio del pasillo. No he comido nada salvo un café, me daba pena gastar.

Galina preparó unos bocadillos de queso, sacó una tarta de manzana del día anterior y sirvió té bien fuerte. Carmen devoraba mientras relataba su desventura: Fernando, tras dos años juntos, era roñoso y seco; perdió el empleo porque la encargada le tenía manía, sin más; la habitación de alquiler costaba 400 euros, una locura para una ciudad tan sucia.

¡Cuatrocientos, por una habitación! bramaba. Ni que fuera un palacio.

Galina bebía té en silencio. Sabía que Carmen nunca contaba toda la verdad. No explicaría las veces que llegaba tarde por quedarse dormida ni que gastaba la última paga en cremas y cafés con amigas. Tampoco diría que Fernando no se marchó porque sí, sino porque se hartó de prestarle dinero.

Gala dijo Carmen tras vaciar la taza, con mirada suplicante, ¿puedo quedarme? Solo un mes, hasta que encuentre algo. Sabes que acabo rápido, que soy de moverse y no me da miedo nada. Lo prometo.

“Lo prometo”, pensó Galina. Otra expresión habitual.

Quédate dijo. Pero hay normas: llevo viviendo sola muchos años, me he acostumbrado al orden y necesito tranquilidad, sobre todo por las mañanas.

¡Claro, tranquila! asintió Carmen. Ni me notarás. Sólo estaré aquí hasta que encuentre algo y me marche. Al fin y al cabo, somos hermanas y hay que ayudarse.

Aquella noche, Galina preparó el sofá-cama para Carmen, le llevó sábanas limpias, una toalla nueva y una jarra de agua a la mesilla. Carmen lo recibió como algo lógico, sin apenas agradecimiento, ya hurgando entre la ropa arrugada, extendiéndola por el salón.

Gala, ¿no tendrás una crema facial? La mía se acabó y tengo la piel fatal.

Galina le acercó su propia crema, la que compraba sólo una vez al semestre. Carmen se la untó generosamente en la cara, cuello y manos.

Buenísima, no usaba algo así en años.

Esa noche Galina tardó en dormirse, palpitando por el sonido de Carmen moviéndose en el salón, bebiendo agua, el resplandor del móvil iluminando la estancia. La paz conocida ya estaba alterada, y aquello no era más que un preludio.

Al amanecer, Galina se levantó a las seis. Una rutina inquebrantable: estiramientos discretos, desayuno de avena y manzana, y portátil con los papeles del día. Tocaba cerrar un balance antes del mediodía.

A las nueve, ruidos desde el salón: carraspeos, arrastrar de pies. Carmen apareció en la puerta de la cocina, con una camiseta raída y el pelo alborotado.

Buenos días ¿Tienes café?

En el armario dijo Galina sin apartar la vista de la pantalla.

Carmen revolvió entre tazas, buscó cucharillas, puso el hervidor y rebuscó en la nevera.

¿No hay nada dulce? Sin algo de azúcar no puedo despertar.

En la estantería hay galletas.

Las galletas que Galina había planeado para toda la semana desaparecieron en medio desayuno, mientras Carmen hojeaba el móvil sentada en la cocina.

¿Trabajas? preguntó al rato.

Sí, tengo que terminar un informe.

¿Te llevará mucho?

Un par de horas quizá.

Vale, pues me tumbo un rato más. El viaje, los nervios estoy destrozada.

Al poco, la tele del salón empezó a resonar: otro programa de tertulia y gritos. El viento de cifras y cuentas se le hacía cada vez más cuesta arriba a Galina.

Cuando terminó el informe antes de comer, estaba ya exhausta. Preparó la mesa, Carmen acudió sin apenas mirar.

Te quedó rico. Cocinas mejor que yo. Claro que Fernando decía que yo no valía ni en la cocina.

Carmen se ofreció a fregar, pero lo hizo de cualquier manera: sartenes con grasa, cubiertos mal puestos.

Gala, ¿vamos luego a un café, al cine? Necesito distraerme, olvidarme de todo esto.

No tengo dinero para gastos admitió Galina. Mi pensión es modesta, y lo que cobro aparte tampoco da para lujos.

¡Jolínes, que somos hermanas! ¿No podemos salir una sola vez? Cuando encuentre trabajo te lo devuelvo.

Ese te lo devuelvo que nunca significó devolución.

Carmen, mejor busca algo ya. Cuanto antes lo consigas, antes estarás estable.

¡Ya estoy buscando! Pero ahora es dificilísimo. Todo es cobrar una miseria o trabajar fatal. Yo aspiro a algo digno.

Galina se retiró pronto, alegando cansancio. Carmen quedó con la tele puesta. En la oscuridad, Galina pensaba: uno puede amar sin perder del todo su identidad. Para ella, querer era ayudar, pero no perderse. Para Carmen, querer era hallar refugio incondicional siempre que lo necesitaba.

Pasó una semana. Carmen no tenía prisa. Se levantaba tarde, deambulaba en la bata de Galina, cogía comida sin reparar. Decía enviar currículos; Galina apenas la vio hacerlo. El día pasaba entre quejas y mensajes en redes sociales.

Las barreras iban desapareciendo: Carmen usaba el maquillaje, la ropa, las toallas de Galina. Entraba en el dormitorio sin llamar, cogía objetos a su antojo. Un día, cuando Galina comentó que prefería que sus cosas estuvieran en su sitio, Carmen se ofendió.

Pero si eres mi hermana, ¿es que te importan esas cosas? Tienes de todo y yo, nada. Un poco de generosidad, hombre.

Galina calló. No sabía discutir, le enseñaron que la familia viene antes que uno mismo, que a la familia no se le dice no. Decir no era traición.

Pero la tensión crecía. Cada detalle de Carmen la sacaba de quicio: migas en la mesa, el tubo de dentífrico abierto, la toalla mojada encima de la cama, o esas charlas escandalosas por teléfono.

Gala, déjame veinte euros para medias, que las mías están hechas polvo.

No tengo dinero sobrante resopló Galina. Con la compra estoy gastando mucho más.

¡Por favor! Sólo veinte. Te los devuelvo en cuanto curre, te lo prometo.

Galina cedió los veinte. Luego otros cuarenta para el abono transporte. Después, ciento veinte para arreglar el móvil. El dinero desaparecía, Carmen seguía sin moverse.

¿Sabes? dijo Carmen un día con aroma a nostalgia. Cuando éramos niñas, tú eras la responsable, la de confiar. Yo era la alegría. Lo decía la mamá. Galina, la seria; Carmen, mi chispa. ¿Te acuerdas?

Me acuerdo.

Siempre estábamos juntas. Me defendías en el colegio, me ayudabas con los deberes. Tú eras mi ancla. Y lo sigues siendo. Eres quien no me deja caer.

Galina supo que aquello era manipulación. Sutil y amable, pero manipulación. Carmen tensaba la cuerda de la culpa, los recuerdos familiares, esa reacción automática de salvar a los suyos.

Carmen, me alegra ayudarte dijo lentamente Galina. Pero necesito ver tu esfuerzo. Que buscas trabajo de verdad. Que quieres rehacer tu vida.

¡Claro que lo intento! saltó su hermana. Pero no es tan fácil como crees. Estoy deprimida, necesito tiempo para reponerme. Y tú me presionas, me exiges ¡No soy una máquina!

Galina calló. La conversación quedó en nada.

Pasó un mes. Carmen seguía de okupa en la casa de Galina, sin trabajar ni aportar en nada. Galina estaba al límite: dormía mal, le dolía la cabeza, le temblaban las manos al sentarse ante el ordenador.

Un día, llamó a su amiga Ángeles:

Angelines, ya no puedo más. Carmen lleva aquí un mes y nada cambia. No busca nada, no mueve un dedo y me vacía el monedero. Entiendo que es mi hermana y tengo que ayudar, pero ¿cómo le digo que basta?, ¿cómo le digo que no, si me enseñaron que es traición familiar?

Gala, cariño respondió Ángeles con dulzura, una cosa es ayudar y otra dejarte usar. No tienes por qué mantener a otra adulta que ni siquiera lo intenta. Eso no es amor familiar, es dependencia. Hay que dejar que toque fondo, que espabile.

Galina colgó pensativa. Las palabras de Angelines dolían, pero eran verdad. Recordó todas las veces que Carmen había venido “unos días” tras rupturas, despidos y peleas. Siempre salía igual: Carmen obtenía techo y dinero, y al marcharse, nada había cambiado. Hasta que pasaba el tiempo y la historia se repetía.

Esa noche, Galina se sentó en la mesa de la cocina. Carmen veía una serie, tumbada en el sofá entre migas de galleta. La tele a todo volumen. Galina contemplaba la escena y sentía una mezcla amarga: la vida ordenada que tanto le costó edificar, de nuevo inundada por la presencia ajena.

Recordó cómo rehízo ese piso tras separarse, trabajando de sol a sol, sin pedir favores, ahorrando para cada detalle. Aprendió a vivir sola, sin depender, sin agobiar a nadie. Esa vida ahora peligra, no por sus manos, sino por alguien que, por ser familia, se siente con derecho a todo.

Galina entró en el salón, detuvo la tele.

¿Pero qué haces? protestó Carmen.

Necesito hablar Galina sujetó el mando, la voz apenas audible pero firme.

Algo en el tono de Galina hizo que Carmen se sentara, expectante.

Mira, Carmen, llevas aquí un mes. Dijiste que sólo sería un momento. No has buscado de verdad ningún trabajo ni aportado nada. Has desordenado mi rutina y mi casa. Estoy cansada, muy cansada.

¿Me echas? el rostro de Carmen se desfiguró. ¿Expulsas a tu hermana? ¿Cuando no tengo nada?

No te echo. Pero esto no puede seguir igual. O buscas algo y lo consigues en dos semanas, o te buscas otra solución. Te ayudo con el primer mes de alquiler, pero luego te las apañas sola.

¿Dos semanas para un trabajo? ¿Tú sabes cómo está todo? No acepto cualquier cosa por cuatro perras.

Si realmente lo intentas, algo habrá. Vacantes hay; quizá no lo ideal, pero sí lo necesario. Pero ya no puedo mantenerte más.

Carmen gruñó. La escena conocida del ataque para defenderse, del menosprecio para justificar su desidia.

Claro, “tu vida”, la gran vida aburrida de la tía sola. ¿Y yo qué hago?

Es MI vida, la que he levantado a mi manera. Yo la he elegido. Y tengo derecho a eso.

¿Y yo no tengo derecho? lloraba ahora Carmen. Estoy mal de verdad. ¿No merezco ayuda?

Te he ayudado un mes, te sigo ayudando. Pero esto no es ayuda, es complacerte hasta que te arruines. Y no puedo ni quiero hacerlo más.

Por primera vez vio a Carmen realmente descolocada y dolida, ya sin máscaras.

No sé hacerlo de otra forma sollozó. Siempre he sido así, mamá lo decía

Pues ahora tienes que aprender le susurró Galina. Nadie te obligó a ser una niña toda la vida. Todos te rescatábamos, pero ahora tienes que espabilar.

El silencio se hizo profundo. Fuera, la noche caía sobre la ciudad, el ambiente quieto y las manecillas del reloj avanzando, lentas e inexorables.

Carmen accedió. Dos semanas, dijo. Galina la vio enviar currículos con desgana, acudir a entrevistas para rechazar siempre por mil excusas. La tensión crecía; Galina se mantuvo firme.

Al undécimo día Carmen entró exhausta:

Me han cogido en una tienda de ropa. Mal pagado y de pie todo el día, ¿contenta?

Me alegro por ti de veras, Carmen.

Al decimotercer día, Galina acompañó a Carmen a alquilar una habitación en un piso compartido de la periferia. Pagó la entrada y algo de comida.

Es la única vez que lo hago. Ahora sí, te toca a ti.

Carmen asintió sin palabra. Hacía la maleta, y Galina sintió alivio y tristeza: su orden regresaba, pero el vínculo había cambiado para siempre.

Ya en la puerta, con la mochila lista, Carmen dudó.

Bueno me voy.

Carmen dijo Galina, deteniéndola. Avísame cuando estés instalada. Me preocuparé.

¿Para qué? Ya estás libre de mí.

Eres mi hermana. Te quiero, pero ahora será distinto.

Carmen calló, asintió y se marchó. El silencio en la casa retumbó: era el silencio nuevo, el que Galina tanto necesitaba.

Abrió el salón: sofás y cojines en orden, nada fuera de sitio. Levantó las ventanas para que entrara el aire de abril. Pesaba el dolor, pero al mismo tiempo era una ligereza desconocida.

Era lo que debía haber hecho años antes: no darle la espalda a su hermana, sino mostrarle el camino hacia la adultez. Un camino difícil, pero imprescindible.

Recordó a Ángeles diciendo que sólo tocando fondo se aprende a valerse. Ahora Carmen, por fin, lo enfrentaba sin red.

¿Funcionaría? No lo sabía. Quizá pediría ayuda de nuevo, quizá se distanciaría, quizá aprendería por fin. No podía predecirlo.

Preparó té y se sentó junto a la ventana. La noche caía sobre Madrid; las farolas se encendían. La vida seguía, lenta, como a ella le gustaba.

Una semana después, sonó el teléfono:

Gala, soy yo. Estoy bien. Trabajo, la casera es decente.

Me alegro mucho. ¿Cómo te encuentras?

Cansada no estoy acostumbrada a currar. Pero voy tirando.

Hubo un silencio.

He pensado mucho en lo que dijiste. Siempre me apoyé en los demás, nunca busqué mi propio camino. Me dolía oírlo, pero tienes razón. Quiero intentarlo de verdad.

A Galina se le nublaron los ojos de emoción.

Gracias por decírmelo. Yo tenía miedo de que me odiaras.

Te hubiera odiado, sí, si fuera otra. Pero sé que has hecho lo correcto. Es duro aceptarlo.

Y si te ahogasempezó Galina.

Te llamaré, si lo necesito interrumpió Carmen. Pero tengo que aprender a salir sola. Ya va siendo hora.

Se despidieron. Galina, lágrimas en los ojos, contempló la ciudad sumida en penumbra. No sabía qué pasaría, si se reconciliarían del todo o acabarían más lejos que nunca.

Pero por fin, tras muchos años, sabía que no había traicionado a nadie. Había hecho lo único que por fin era justo para ambas hermanas.

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La silenciosa rebelión de Galina. Un relato
— ¡Ya no soy vuestra sirvienta! — ¡Ya no soy vuestra criada! — ¡Hola, cariño! ¡Tengo una gran sorpresa para ti! ¡Prepara hoy para la cena tu plato estrella! — ¿Qué ha pasado? — preguntó Laima, preocupada. — ¡Todo está perfecto! ¡Te lo cuento esta noche! Colgó el teléfono y la mujer miró por la ventana con cierta inquietud. Era un octubre desapacible. La llamada de su marido no le alegró el día; en veinticinco años de matrimonio nunca había hecho ninguna sorpresa, y menos aún una grande. El timbre la pilló justo cuando sacaba su plato especial de carne con salsa secreta del horno. — ¡Buenas, anfitriona! ¡Cómo huele de bien! — exclamó Paulius dejando una botella en la mesa con estrépito. — ¡Ponte a poner la mesa! ¡El cazador ha llegado a casa! — ¿Por qué vienes tan exaltado? ¿Ah, cazador? — la mujer miró a su marido con reprobación. — Me voy a lavar las manos y empezar a charlar. Mientras servía el vino, Paulius hizo un brindis solemne: — ¡Levanto esta copa por el mejor hombre y padre del mundo! Y también por nosotros y… por dos semanas maravillosas en el mejor hotel de tres estrellas frente al océano. Por un momento, a Laima le alegré la noticia, pero él continuó: — ¿Sabías que Mantas sabe bucear con botella? — ¿Qué? — se quedó pasmada la mujer. — ¿Pero cómo no? ¡Mantas, el marido de nuestra querida hija, Ruta! — ¿Y qué tiene que ver Mantas y Ruta aquí? — Pero, Laima, ¿no ves? Llevas demasiado tiempo en casa. Viajaremos todos juntos; una gran familia. La mujer dejó la copa sin probarla. Miró a su marido, agotada. — ¿Quién ha pagado el viaje? — ¡Por supuesto, yo! — declaró con orgullo Paulius dándose golpes en el pecho. — ¿Así que me prometes durante veintecinco años un viaje al paraíso, ahorrando todo este tiempo, y ahora quieres que vayamos con la hija y el yerno? ¡Si les veo todos los días! ¡No cocinan en su casa porque aquí siempre hay comida! ¡Hasta les compras la compra tú y pagas el piso! Porque no entienden nada de “cosas de mayores”. — Pero Rutiña… — ¿Qué Rutiña? ¡Yo fui madre a los dieciocho! Me repetía que ya viviría después… ¿Y ahora qué? Tengo cuarenta y cinco. No he visto ni vivido nada. Trabajo desde casa. No me aparto nunca ni de los fogones ni del fregadero. Se le llenaron los ojos de lágrimas. La rabia se le atragantó en la garganta. Laima quería a su hija, pero era totalmente indiferente al yerno. Pensaba que los adultos deben vivir de manera independiente. Cuando se quedó embarazada y se casó a los dieciocho, nadie la ayudó. Su marido, trabajando en un instituto, poco podía hacer. Cuando aprendió contabilidad, empezó a llevar varias empresas. Muchas veces toda la responsabilidad vital de la familia caía sobre sus hombros. — ¡Laima! — la voz de su marido se volvió exigente. — ¿A qué vienen estos lamentos? Si ya pasamos bastante tiempo juntos y los niños aún se están buscando. Debemos ayudar. — ¿Alguna vez has pensado en mí? — ¡Por supuesto! ¡Tú también vas al viaje! ¿Dónde está el problema? — Parece que el problema soy yo… — susurró Laima, y levantándose, se fue al salón. Al día siguiente llegó Ruta. — ¡Hola, mamá! He traído una pizza congelada, — saludó levantando la cajita. — Hola. El microondas está ahí, — señaló Laima a la cocina y se sentó frente al ordenador. — Mamá, ¿qué te pasa? Ahora viene Mantas; pensé que harías una sopita con la pizza y té. — La cocina está ahí, — repitió la mujer sin apartar la vista del trabajo. — ¿Por qué estás tan enfadada? Papá se quejaba de que no valoraste su regalo. — Para entenderme, tendrías que ser yo, — murmuró Laima. — ¿Qué dices? ¡Tú sentada ahí ignorándome! ¡Pensaba que miraríamos la ropa del armario para ir de compras para las vacaciones! Por eso viene Mantas, para ayudar a cargar las bolsas. Laima no aguantó más y se levantó. — Mira, hija, trabajo. ¡Llevo veintisiete años trabajando para vosotros! ¡Para que tu padre pudiera estar en el sofá sin perspectivas y sin sueldo decente! ¡Para que tú me uses de cocinera y tarjeta bancaria para ir de compras! Iba a seguir, pero el timbre la interrumpió. Era Mantas. Un treintañero con bigotes, barba y patinete. — ¡Hola, tía Laima! ¡Traje un regalito! ¡De parte de todos! ¡Hasta Paulius ha contribuido! — dijo, sacando una batidora de la mochila. — Perdón por no traer la caja, no cabía en la mochila. Pero aquí van todos los accesorios. — ¿Ves, mamá? ¡Te encanta cocinar! ¡Es un regalo genial para una ama de casa! Laima solo sonrió con resignación y se marchó a su habitación. — ¿Qué le pasa? — oyó murmurar a Mantas, molesto. — Ni idea. Igual papá ha hecho algo. Vámonos de aquí. — ¿Y? ¡Ni vamos a comer?! — Llévate la pizza. Come en casa. — Odio la pizza congelada. Mejor pasteles frescos. — ¡Pues hazlos tú! — replicó Ruta. Al cerrar la puerta, Laima se cubrió el rostro con las manos y susurró: — Tal vez soy una mala madre y una mala esposa… Agobiada, se quedó dormida. Soñó con la pequeña Ruta, con dolor de barriga. Luego, con unos chicos del patio maltratándola y Laima defendiéndola. Después, con Paulius perdiendo sueldo y ella asumiendo más trabajos para ayudarle. Y por último se vio corriendo, perseguida por Mantas en patinete. Y de repente… todo fue paz. Estaba en la cima de una colina, al fondo un río serpenteante, una cadena de montañas y el atardecer tiñendo de rojo sus cumbres. Al despertar, Laima lo tuvo claro. — ¡Hola, cariño! Estoy en casa, ¿cómo estás? Ruta dice que no querías ir de compras ni te gustó el regalo. — No quiero nada de la tienda. — ¿Y el bañador, el sombrero? ¿Tengo que comprar camisetas y pantalones cortos? — Pues id vosotros. ¡No voy a ir con vosotros ni a la tienda ni a la playa! ¡Ya tengo mi propio océano! Encargaos de la compra y preparativos vosotros mismos. ¡No me molestéis! Tengo mucho trabajo. Paulius se quedó de piedra. — ¿Y el dinero? Si ya lo he pagado todo. — Considéralo tu deuda por mis nervios. Paulius resopló ruidosamente, la señal de sentirse tremendamente ofendido. Y dejó de hablarle. A Laima le venía perfecto. Dos días después terminó su trabajo y, después de meter ropa de abrigo y el portátil en la maleta, llamó a su marido. — ¿Sí? ¿Has cambiado de opinión? Ya no estoy enfadado. — Tus enfados me dan igual, Paulius, — contestó Laima con calma. — Sólo quería avisarte de que me voy de viaje de trabajo y no sé cuándo volveré. No olvides revisar el correo y pagar el piso. Eso es todo. Al colgar sintió como respiraba hondo. Sonrió frente al espejo y salió del piso. El largo vuelo no arruinó el hechizo de la emoción de lo nuevo. El check-in, descubrir el hotel y sus servicios pasaron como un suspiro. ¡Y allí estaba! ¡El momento soñado! Por un lado, volcanes humeantes; por otro, el bravío océano. Laima se llenó los pulmones de ese aire admirando el atardecer tiñendo de rojo la imponente belleza de la Costa da Morte. En el otro lado del mundo, en una playa donde hacía calor, Paulius y Mantas llevaban cuatro días con diarrea. Ruta les cuidaba como podía, con la copa de bar en la mano, maldiciendo la tacañería de su padre. El hotel no se parecía en nada al lujoso resort que había imaginado. Acabó echándole en cara todo a su padre, que la acusó de egoísta a cambio. Mantas solo sufría: además de los problemas de estómago, su barba le picaba horrores… — ¿Tendré que afeitarme? — lloriqueaba desde el baño. — ¡Haz algo! — ¿El qué? — ¡Dame medicinas! — ¡No sé ni qué darte! — ¡Llama a mamá! Ella sabe. — Mamá ha apagado el móvil. Todos acabaron lamentando la ausencia de Laima y la desconexión total de su teléfono. Las vacaciones se habían ido literalmente por el desagüe. Laima volvió un mes después. La recibieron en casa. Había rollitos y una tarta medio quemada en el centro de la mesa. Juegos en familia — Me mudo a vivir a la Costa da Morte — anunció Laima—. Si alguien quiere venirse, que lo hablemos. El resto, no se habla. — Mejor vamos a verte de visita, mamá… — La hija, algo apurada, pero dejó a Laima marcharse. Paulius intentó hablar, amenazar, enfadarse. Pero Laima ya no vivía en el pasado. Dos meses después, se divorciaron. ¡Al borde del mundo la vida tiene otro sabor! El del salitre en la cara… Quizá, por fin, ahora podrá encontrar su verdadera felicidad.