Sanación lenta

Sanación lenta

A la hora del almuerzo, los empleados del departamento de marketing se apiñaron en la pequeña sala de descanso. El cuarto, aunque no estaba para derroches de metros cuadrados, era acogedor: unos sillones blanditos, una mesita y un sofá arrimado a la pared. Detrás de los ventanales, la lluvia de octubre se entretenía en pintar arabescos sobre el cristal. Dentro, en cambio, bullía el trasiego habitual: había quien sacaba la fiambrera, quien encendía el portátil, y quien intercambiaba comentarios fugaces sobre los marrones del día. Una luz cálida caía del techo, templando la grisura del otoño madrileño que asomaba tras los cristales.

Marina, sentada tan a gusto con su ensalada en el regazo, lanzó a los compañeros:

¿Habéis visto la nueva peli de Danilo? Esa, la del pintor vanguardista.

Ignacio, al otro lado, se sacudió la modorra. Dejó el café ya frío que giraba entre las manos y contestó con entusiasmo:

¡Por supuesto! Es impresionante. Qué profundidad, qué matices. Nunca hubiera dicho que ese hombre tenía tanto arte, la verdad.

Celia, que en ese momento vertía té desde un termo ya muy viajado, se sumó al tema:

¿Y habéis visto en las redes las fotos familiares suyas? La niña es una monada, y la esposa, todo belleza española. ¡Y él, que no para!: actuar, escribir poesía, ir de padre ejemplar

El debate derivó hacia lo polifacético del actor. Volaban anécdotas, repasaban otros papeles suyos, y no faltaban las exclamaciones del tipo ¿Cómo le da tiempo a todo?. Pronto, alguien sugirió ver en YouTube el vídeo donde Danilo recita sus poemas acompañado de guitarra. Encendieron el portátil, y la voz del actor, aterciopelada y con ese puntito ronco, llenó la sala. Los compañeros, como encandilados, asistían en silencio a veces cruzando miradas de aprobación, otros moviendo la cabeza al ritmo.

Sentada en una esquina, apartada en una mesa, estaba Jimena. Daba vueltas mecánicamente al té con la cucharilla, como si pudiera pasar inadvertida. Al principio pensó que la charla sobre Danilo no le iba a afectar total, ya han pasado tres años de aquello que le cambió la vida. Pero cuanto más escuchaba esa voz familiar, más le apretaba el pecho. Los recuerdos, guardados bajo siete candados, empezaban a abrirse camino. Procuraba centrarse en el sabor a menta del té, en el murmullo de la lluvia, en el barullo de sus compañeros pero era misión imposible: la voz digital del portátil la arrastraba al pasado.

Ignacio, sin casarse de su propio entusiasmo, seguía:

Encima, es él mismo quien escribe los guiones. Menudo portento.

A Jimena se le hizo un nudo en la garganta. Vio desfilar ante sus ojos escenas antiguas: ella y Artur, en un banco frente al Teatro Real. Él, hablando sin parar, incapaz de contener los nervios, le confesaba su ilusión por un papel importante al que por fin había optado tras años comiéndose los castings. Recordó cómo compartía las decepciones cuando no le daban el papel, pero siempre le quedaba esperanza. Por la noche, veía a Artur escribiendo guiones hasta tarde, levantando los ojos de vez en cuando para dedicarle una sonrisa y decir: A ver si esta vez hay suerte.

Apretó el borde de la mesa disimulando. Pero los recuerdos llegaban en olas cálidas y dolorosas, tan vivas que parecía que todo había ocurrido ayer y no hace tres años.

¿Jimena, te pasa algo? la voz de Marina la sacó a rastras de ese mar de imágenes.

Jimena levantó la vista. Su compañera la observaba con preocupación. Marina se inclinó hacia ella, escrutando su rostro. Jimena intentó decir No pasa nada, pero las palabras no salían. Notó la negrura crecer por los ojos y rompió a llorar, caliente, con toda la urgencia del mundo, sin tiempo para pensar en el ridículo.

Se levantó casi a trompicones, agarró el bolso y salió corriendo del cuarto. Oyó voces a su espalda, su nombre, pero ya no atendía. Caminaba por el pasillo a toda prisa, distinguiendo apenas puertas y paredes, con la única idea en la cabeza: Que no me vea nadie así.

En la calle, la lluvia había apretado. Las gotas caían gordas sobre el asfalto, el aire estaba húmedo y frío. Jimena avanzaba sin rumbo, ajena a la gente, a los coches e incluso a los neones del escaparate de Cortefiel. Las lágrimas se mezclaban con el agua, resbalando por la cara pero ni intentó secarlas. Todo resultaba borroso y remoto.

No supo cuánto caminó, hasta que un frenazo la obligó a aterrizar en el presente. Un hombre con chaqueta oscura acababa de salir de un coche y la miraba con mezcla de sorpresa y susto.

¡Oye, cuidado! le soltó avanzando un paso Que casi te metes bajo las ruedas. ¿Te encuentras bien?

Jimena sollozó. Se sintió torpe, desarmada, incapaz de controlar nada. El hombre miró a su alrededor, divisó un cafetín con luz cálida y, sin forzar, propuso:

Ven, entra aquí. Te vendrá bien calentarte y tomar aliento.

No esperó respuesta. Le sujetó suavemente el codo y la guió hasta el local. El tintineo de la puerta dio paso al aroma embriagador de café recién molido y bollería. Dentro, la vida discurría plácida: una pareja arrullada al final, una abuelita leyendo en la ventana. El hombre sentó a Jimena en un mullido banco y, casi sin preguntar, pidió un té bien caliente a la camarera.

Mientras esperaban, Jimena volvió poco a poco a sí. Sacó un pañuelo, secó las lágrimas, trató de arreglarse el pelo, rebelde y mojado por la escapada. Le temblaban aún las manos, pero el nudo empezaba a aflojarse.

Perdón balbuceó mirando de reojo a su salvador No quería molestar.

No hay problema la cortó él, afable, tranquilo, todos tenemos días malos. Es de lo más normal. Yo soy Marcos, por cierto.

Jimena logró decir ella. La sonrisa fue más bien de compromiso, pero era un intento.

Marcos no se lanzó a indagar ni a regalar consejos de autoayuda. Simplemente estuvo, y de vez en cuando rellenaba su taza mientras contaba cosas triviales: que el café es nuevo en el barrio pero ya tiene fama; que los croissants te resucitan de un lunes cualquiera; y que, tal día como hoy, la lluvia azota Madrid como si hubiera premio. Su voz era calmada, sin frases grandilocuentes ni rollos filosóficos, y poco a poco Jimena empezó a notar cómo se soltaba un poco de tensión interna. El té, aromático y caliente, bajaba por el cuerpo con efecto abrazo.

No sabía ni cómo había acabado así en ese café, con un desconocido, pero ahora le parecía de lo más natural. Solo era alguien que apareció justo cuando hacía falta, sin interrogar ni cargar la situación de drama.

Gracias le dijo, una vez vació la taza y vio que, por fin, la voz no le temblaba. De verdad, eres muy amable.

Nada, mujer. Uno no puede dejar tirado a otro cuando lo ve tan perdido respondió Marcos, con una sonrisa auténtica, sin ese deje repelente de soy buena persona y te lo hago notar.

Jimena asintió. Sus palabras le llegaron, sencillas y certeras. De pronto, comprendió cuánto llevaba huyendo de sí misma tres años. Corriendo del pasado, ignorando cómo se acumulaba el cansancio, la presión, el simple deseo de parar un instante sin sentirse culpable.

Y los recuerdos volvieron, ahora casi como una película: Artur apareció en su vida en el instituto, allá por segundo de la ESO. Vino de otra ciudad: alto, delgaducho, con el pelo siempre despeinado y ojos chispeantes que conquistaban, pero a Jimena la enganchó por cómo hablaba de cine y teatro, por las horas discutiendo películas favoritas mientras flotaba la amenaza de mates por terminar. El azar los sentó juntos, y el destino aprobó el cambio. Hacían deberes, paseaban por la Gran Vía, discutían libros y se reían de los agobios escolares. Todo fue creciendo con esa ligereza de lo inevitable: con Artur, la vida era interesante y fácil, llena de planes descabellados y sueños.

Cuando él decidió lanzarse al mundo del arte dramático, Jimena le apoyó contra viento y marea. Recuerda como si fuera ayer los nervios antes de las pruebas, los ensayos hasta la madrugada, ella sentada escuchando, animando, convencida de que todo iba a salir bien. Los padres de Artur veían el teatro como una locura; los de ella apenas disimulaban el escepticismo. Pero a Jimena no le cabía duda: le bastaba ese brillo en los ojos de él cuando hablaba del escenario.

Luego vinieron los años de penurias. Artur iba de bolo en bolo: extra en series, figurante de anuncios, animador de fiestas infantiles Algún protagonista en una obra menor, muchas negativas a sus guiones. Lo suyo era escribir de noche y recibir mails de rechazo como el que colecciona pins. Jimena, mientras tanto, entró en una agencia de publicidad. Mucho desgaste, pocos sobresaltos y, al menos, nómina estable. Para ayudarle a Artur, Jimena aceptaba traducciones y redactaba textos, todo para no dejar que se les fuera el alquiler y el plato de lentejas.

Recuerda las noches muertas de cansancio, llegando a casa para encontrarle rebosando ideas. Todo entusiasmo, olvidaba sus propios sinsabores cuando él sonreía relatándole algún plan nuevo. Soñaban en voz alta en aquella cocina: una gran oportunidad para Artur, piso grande, algún viaje (si hubiera suerte).

Pero las cosas se torcieron más de lo que la propia Jimena podía anticipar. Primero fueron detalles fáciles de achacar a la falta de tiempo: él se demoraba en los ensayos, ya no era tan comunicativo, las llamadas se convertían en: Estoy liado, Luego hablamos, Estoy con gente importante. Jimena lo atribuía a la presión de la profesión.

Entonces llegó la gran oportunidad: un papel en una serie famosa de TVE. Artur estaba eufórico; compartía cada escena con el ansia de un niño. Después, el protagonista absoluto de un largometraje y de repente, los directores lo bendecían, algunos críticos escribían maravillas, y la vida giró. Vinieron galas, entrevistas, cócteles, y un relumbrón de nuevas caras influyentes.

Artur cambió. No de golpe, pero sí con constancia. De repente, priorizaba su imagen, todo era carrera, todo contactos y postureo. Las conversaciones compartidas de antaño dejaron paso a asuntos de trabajo: contratos, proyectos, managers Lo otro fue quedando atrás, casi en el olvido.

Y una noche, al volver de una premiere, bajo la lluvia madrileña repiqueteando en los cristales, mientras la casa olía a tortilla de patatas, él lo soltó:

Jimena, creo que debemos separarnos.

¿Por qué? apenas se atrevía a hablar, en voz muy baja, intentando retrasar lo inevitable.

No encajas en mi vida nueva murmuró él, sin mirarla, como si buscara otra excusa en las paredes. Soy otro, tengo otras metas, otros planes. Tú eres demasiado sencilla.

No contraatacó. ¿Para qué? Artur hacía la maleta con eficacia de quiropráctico. Poco después, los tabloides publicaban sus fotos con una actriz-modelo, sonrientes en estrenos, felices, como si la vida anterior nunca hubiera existido

Sé que duele dijo Marcos finalmente, después de escuchar el relato de Jimena, cuchicheando para no dar espectáculo. Pero el pasado está para quedarse ahí. Tú ya no eres esa, ni él va a volver. Hay que mirar hacia adelante, y descubrirás que vivir pesa menos.

Tienes razón suspiró ella, notando cómo el peso disminuía un poco. Es que a veces me parece que he tirado los mejores años a la basura.

Nada se tira a la basura de verdad respondió Marcos Cada vivencia enseña algo. Hasta la ruptura más dolorosa deja espacio para lo que aún no has encontrado.

Jimena aspiró aire fresco y miró la lluvia que amainaba, dejando un halo de vapor sobre una Gran Vía tan reluciente como si la acabaran de inaugurar. Por fin se atrevía a pensar en avanzar, no por huir, sino por ir; no para borrar el pasado, sino para estrenar un capítulo.

En el café quedaron otro rato, el tiempo se les escapó entre infusiones y confidencias. Marcos relató su trabajo: era conductor de camión en una empresa de logística, y le salían anécdotas para una serie propia, entre repartos y compañeros pintorescos. Hablaba sin grandes discursos, alternando chascarrillos y verdades, y eso a Jimena la calmó mucho más que cualquier terapia de moda. Después le contó lo mucho que le gustaba viajar los fines de semana, aunque solo fuera a Segovia a por cochinillo, o a pasear por El Pardo. Y la debilidad por su sobrina pequeña, que montaba conciertos en casa y lo recibía como un héroe con una tableta de chocolate.

Jimena se fue aliviando. Ya no parecía tan difícil respirar y, con el pasar de los minutos, se veía capaz de poner orden en sus pensamientos. No intentaba analizar la sensación, simplemente, por primera vez en mucho tiempo, la pena no le ahogaba.

Salieron al cabo de un rato: la lluvia había cedido y el aire olía a limpio. Los primeros rayos del sol se abrían paso entre las nubes. Madrid se desperezaba: las terrazas se llenaban de risas, los coches retomaban su concierto y, a lo lejos, resonaba la algarabía de algún colegio.

Debo irme dijo Jimena consultando el reloj, con cierta pena. Gracias, de verdad. No te haces una idea de cuánto me has ayudado.

Si un día necesitas charlar, aquí tienes mi número dijo Marcos, garabateándolo en una servilleta.

Ella se despidió con una sonrisa más sincera y caminó hacia el metro con paso más firme. Esa tarde, cuando volvió a casa, lo hizo ligera, con la certeza nueva de que por fin soltaba la mochila del pasado.

*************

Una semana después, Jimena reunió el valor para llamar a Marcos. Dudó mucho, pero al final lo hizo, y, por supuesto, no se arrepintió. Quedaron en el mismo café de la otra vez. La conversación fluyó con una naturalidad asombrosa; era como si fuesen viejos amigos. Después, se animaron a pasear por El Retiro, pisando hojas ocres y hablando de libros, películas y lugares que algún día visitarían. Marcos no presionaba ni hurgaba en heridas: simplemente estaba ahí, como un amigo de toda la vida.

Jimena se sorprendió al descubrir que los recuerdos ya no dolían. Los viejos diálogos con Artur ya no aparecían, había dejado de hacerse preguntas inútiles. En vez de martirizarse, empezó a disfrutar de pequeños milagros cotidianos: su café de las mañanas, las carcajadas cómplices de Marcos, el crujir de los castaños del parque.

Redescubría la belleza: el sol atrapado en una gota de rocío, el pan aún caliente bajando de la tahona, el calor tembloroso de la mano de Marcos al entrelazar los dedos. No eran grandes gestas, pero esos momentos sumados pintaban una vida más alegre.

Pasaron los meses y su rincón del café se hizo costumbre. A veces callaban, a veces debatían, pero siempre era un rato de paz y confianza. El lugar les pertenecía ya, siendo testigo de ese renacer discreto pero firme.

Una tarde, Marcos la miró largamente antes de hablar:

Jimena, sé que has pasado lo tuyo. Y sé que se tarda en cicatrizar. Pero quiero que sepas que quiero apostar por ti, por nosotros.

Jimena sostenía sus ojos. Por primera vez desde hacía años, no sentía vértigo por confiar de nuevo. En la mirada de Marcos no había compasión ni intención de ser un salvador: solo ganas de compartir, respeto y algo cálido y constante.

Estaba lista para empezar otra vez. No como si nada hubiera ocurrido, sino porque todo lo vivido la había hecho fuerte. La herida no desaparecía, pero ahora formaba parte de la persona en la que se había convertido; valiente para empezar de nuevo sin renunciar a sus cicatrices.

Yo también quiero dijo, y sintió cómo un sol interior disipaba la penumbra de tantos otoños.

La sonrisa de Marcos selló el acuerdo, y sus manos unidas valieron más que cualquier declaración rimbombante. Miraron juntos por la ventana, donde la ciudad encendía fuegos artificiales de farolas y vida. Lo que estaba por venir ya no daba miedo: la promesa era sencilla y robusta.

**************

Dos años después de la boda de Jimena y Marcos, la imagen pública de Artur el ex meteórico actor empezó a desmoronarse. No todo el oro brilla eternamente, ni en la España de los Goyas, ni fuera.

Al principio, parecía que tocaba el cielo con la palma. Protagonizaba la peli de moda y le llovían contratos como panes al Santo. Se permitió ciertos lujos: subidas de caché escandalosas, chófer privado, camerino para él solo y, cómo no, exigencias de artista incomprendido. Los directores aguantaron hasta que dejaron de hacerlo.

En las alfombras rojas mostraba cierto deje altivo, con periodistas que recibían respuestas del tipo No vengo a entretener, mi función es despertar conciencias. Debajo del discurso, sin embargo, había un vacío. Las nuevas pelis le parecían mediocres, se rebotaba con los guionistas, exigía cambiar diálogos hasta desesperar a los equipos. Con él no hay quien trabaje , empezaron a decir por lo bajini.

La metedura de pata gorda llegó en una serie histórica: tras llamar cateto al director delante de todos, se largó del rodaje. El estudio le plantó una demanda por incumplimiento. Salió del apuro vendiendo el piso de Lavapiés que se había comprado en plena euforia.

Después vino el pollo en el festival de San Sebastián: se encaró a un crítico, vociferando: ¡Usted no entiende nada! ¡Sus opiniones no valen ni un euro!. El asunto se viralizó: La soberbia lo ha perdido, Antes era un artista, ahora es una caricatura.

La exmujer modelo-estrella hizo sangre en Televisión: Dejó de ver a las personas. Todo era su ego, sus premios. Yo no quería ser el florero de nadie.

Los papeles dejaron de llegar; los programas lo vetaban, y las redes, siempre ecuánimes, se cebaron a gusto: Sobrevalorado, Solo tuvo un golpe de suerte. Las solicitudes de perdón enrolladas en vídeos lacrimógenos pasaron sin pena ni gloria.

Un año después de su último naufragio público, Artur desapareció. Se rumoreó que, o bien hacía vida de anacoreta en Galicia, o bien reinventaba el verbo vegetar en un chalet de Segovia. Algún colega aseguró que preparaba un corto intimista, otros decían que buscaba sanarse en alguna clínica privada. Todo rumores.

Un día, Jimena lo vio en una notita online de esas de ¿Qué fue de?: una foto cazada al descuido, con el abrigo raído, barba de tres días y cara de no querer ver a nadie. No sintió rencor, apenas una melancolía de vinagre. Ya no era el galán de la gran pantalla, ni el chaval seguro que la dejó tirada. Era solo un hombre, perdido en la resaca de sus propios excesos.

Cerró el portátil y se asomó a la ventana. Fuera, Madrid descansaba bajo la nevada, abrigada y tranquila. En casa, el olor a café y magdalenas recién horneadas Marcos, siempre experto en desayunos, y una serenidad acogedora que ya no cambiaba por nada.

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