Vaya genio tienes, Fernando Álvarez. No es raro que te llamen El Lobo Solitario en el pueblo. Ni sonriendo se te ve. Solo con mirarte ya da cosilla, te lo juro. Es como si te hubieran congelado por dentro, chico. ¿Es que no te gusta la vida?
Aurora no paraba de hablar, pero Fernando ya ni le prestaba atención. Recogió en silencio las cosas que había comprado en la tienda del pueblo, la única de San Pedro de la Sierra, y se dirigió hacia la puerta.
Tu Inés ha venido a ver a su madre hace un par de días. Y al pequeño se lo ha traído, ¿sabes? ¿Y si al final resulta que es tu hijo? Vas a dejar que el niño crezca sin padre, ¿eh? Si es que se parece a ti, Fernando, no lo puedes negar.
Las palabras le alcanzaron a la salida y Fernando estuvo a punto de tropezar con el escalón. Siguió adelante sin mirar atrás. ¿Para qué? Nadie cree razones y exponer la vida al juicio ajeno nunca fue su estilo. Bastante tienen ya todos con lo que creen saber, y lo que no, se lo inventan. Además, son asuntos suyos y de Inés; a los demás, que les dejen en paz.
El sol, que parecía ya de agosto, le calentaba la cara y le obligó a entrecerrar los ojos. Dio un par de pasos y, de pronto, la voz de un chavalito lo sacó de su trance:
¡Cuidado!
El niño salió disparado hacia el porche, cogió dos cachorros que jugaban en los escalones y los apartó.
¡No los pises, por favor!
Orejas despegadas, nariz algo chata, ojos oscuros y profundos… sí, se parecían. Las cotillas del pueblo no andaban tan desencaminadas, pensó Fernando. Pero él sabía bien que aquel chiquillo, tan atento a lo que hacía, no era su hijo. Pariente, sí, pero tan cercano tampoco.
¿No quieres uno? ¡Mira qué patas tiene! ¡Pura raza! Te va a salir fuerte, como un lobo.
Fernando negó con la cabeza y torció hacia la calle más cercana, aunque no era su dirección habitual. Allí, el ánimo le abandonó. Se apoyó en la tapia de los Ortega, intentando recuperar el aliento.
¿Por qué? ¿Por qué ha vuelto? ¿Y ese niño…? ¿Y si al final Inés se quedó sola porque Luis la dejó?, pensaba, mientras el pecho le dolía como siete años antes. Todo lo recordaba, como si hubiera sido ayer, aunque ya nada podía hacer.
Carmen Ortega salió entonces por la verja, con gesto de sorpresa, y corrió a ayudarle:
¡Fer! ¿Estás bien? Ven, apóyate en mí, anda. O llamo a Pablo.
Las cálidas manos de Carmen le sostuvieron los hombros y Fernando se dejó guiar, abriendo los ojos.
No hace falta, Carmen. Ya… ya puedo…
¡Anda ya, hombre! Venga, sujétate. Pasito a paso. Si no me lo ponen difícil, ¡qué manía la de los hombres duros! ¿Y luego qué? ¿Quién responde por ti si te pasa algo? Yo, que soy tu médico, ¿lo olvidas? Te miro la tensión, pinchacito y a dormir la mona. ¡Vas a estar como una rosa, ya verás! Venga.
Las piernas ni respondían, pero Carmen le llevó casi en volandas hasta el patio, cerró con el pie la cancela y gritó:
¡Pablo! ¡Ven un momento!
De lo siguiente, Fernando apenas se acordaba. Despertó en el sofá de Carmen y notó un peso suave sobre el pecho. Pensó que el infarto le había dado, pero al ver los ojillos de la gata gris, tumbada plácida, se tranquilizó.
Mira, Curra no se equivoca. Si te trae a sus gatitos es que confía en ti, Fer. Eso no lo hace con cualquiera dijo Carmen, mientras guardaba los cuadernos de sus hijas.
Así, sí, me gusta verte mejor. Ya tienes el pulso bien. Escúchame, no me vayas a asustar más. Que con estos caminos… Si te pones malo, ni la ambulancia sube. ¿Querías morirte o qué? Aún te quedan cosas por hacer.
¡Qué cosas me van a quedar, Carmen! Solo la vaca y el mastín. Ya está.
Pues mira que tienes buena vaca, pero alguien tiene que cuidarla, ¿no? Si tú faltas, ¿qué?
Fue entonces cuando vio que ya era de noche, y preguntó:
¿Qué hora es, Carmen?
Acuérdate, te quedas aquí. Has de estar caliente y cenado. He visto a tu vaca, está tan tranquila.
Le rodeó los hombros, dejó el fonendo y se fue a la cocina. Y entonces entró Pablo, que se sentó a su lado:
Fer, ¿te duele algo?
Un poco… la cabeza.
Ya, lo sé. Es por Inés.
No empieces con eso, Pablo.
Justo en ese momento, los ojos verdes de Curra le miraron como sabiendo. Pablo le rascó detrás de la oreja a la gata y dijo:
Hasta la gata ve que no estás bien. Mira que traer a todos sus gatos aquí arriba, para que no te sintieras solo. No somos muy diferentes a los bichos, Fer… Encerrarte así no soluciona nada. Uno no puede cargar eternamente con todo. Sabes que puedes contar conmigo, ¿no?
Ya, pero… ¿de qué serviría? Es que… me da vergüenza.
Es lo que hay. Aquí no pasa nada que el tiempo no cure. Si no te desahogas, la pena te consume.
Fernando posó la mano sobre los gatitos. Cogió aire y empezó a hablarle a Pablo como nunca antes:
¿Qué voy a decirte? Sabes cuánto quise a Inés. Desde el colegio, desde siempre… Lo viste todo. Lo que nunca nadie supo es lo que pasó al final. Ella me traicionó. Pensé que era el único, el hombre de su vida. Y al volver… me encontré aquello.
¿Fue con Luis, tu primo? preguntó Pablo, incrédulo.
Sí. Se instalaron en la casa durante unos meses, ¿te acuerdas? El plan de la granja, los caballos… Todo parecía perfecto. Pero después… los encontré juntos. ¿Qué más pruebas necesitas?
No sé, Fer… A mí no me cuadra. Por mucha rabia que le tengas, ¡eso no era propio de Inés!
Yo los vi. Nadie me lo contó.
Fernando intentó incorporarse, pero la gata bufó, se echó sobre él y le mantuvo sujetó.
Eso hace una madre por sus crías, Pablo. Inés quería hijos, y yo ni siquiera fui a mirarme al médico. Si no podía ser mío… buscó otra cosa.
No te imagines lo peor. A veces, lo que parece, no es cierto.
Me lo he repetido muchas veces… pero el daño ya está.
Carmen volvió, le puso otra inyección y le dejó dormir.
Cuando la casa quedó en silencio, Pablo abrazó a Carmen, que en ese momento regresaba de una charla con la tía de Fernando, la señora Tomasa.
¿Has averiguado algo, Carmencita?
Ya lo sé, Pablo. El niño es hijo de Fernando. Tomasa me lo confesó todo. Se le fue de las manos, por una envidia mal gestionada. Hace años, una venganza absurda contra su hermana.
¿Así, sin más?
Así. Tomasa le inculcó a Luis que se acercara a Inés, para hacer daño, porque nunca pudo soportar que su hermana, la madre de Fernando, le arrebató al novio en la juventud. Cosas del pasado. Y a Inés, lo de la cocina, el beso… todo fue un malentendido. Ya estaba embarazada de Fernando y no sabía cómo decírselo.
Carmen suspiró hondo, agotada.
Ay, Pablo. ¿Por qué somos los españoles tan reservados? Nos lo guardamos todo y al final, tragedia… Si hubieran hablado, se habría evitado todo esto.
El alba empezó a asomar por el horizonte manchego, tiñendo los tejados de dorado. Fernando salió al porche, aún inestable, y se frotó los ojos.
En las escaleras, el niño de la tienda acariciaba al mismo cachorro de antes.
Oye, ¿eres tú mi padre?
Fernando se sentó a su lado, le revolvió el pelo y le dijo, por primera vez con una voz segura y tranquila:
Sí, Sergio, soy tu padre.
¡Qué bien! Ven, mamá está haciendo tostadas. Y la abuela ha traído pan de pueblo. Hoy vamos a ver los caballos. ¿Podemos?
Fernando sintió que todo aquello que le apretaba el pecho se rompía en mil pedazos, dándole por fin alivio. Se levantó, cogiendo de la mano a su hijo, y contestó:
Por supuesto, hijo. Hoy tenemos mucho por hacer… mucho por delante juntos.
Y así, bajo el sol castellano, empieza una historia nueva, porque en estas tierras también aprendemos a veces tarde a hablar, a perdonar, a empezar de nuevo.






