La traición disfrazada de amistad

Traición bajo la máscara de la amistad

El invierno en Madrid este año había decidido desplegar todo su extraño esplendor: copos de nieve tan suaves y densos caían del cielo que, en cuestión de horas, las calles y plazas parecían desaparecer bajo un manto blanco y brillante, como si la ciudad se estuviese transformando en un lienzo surrealista de Dalí. Los tejados de las casas del barrio de Chamberí, los bancos del Retiro e incluso las antiguas calles empedradas quedaban ocultos, como si una mano invisible quisiera cubrirlo todo, mientras el aire frío hacía que todo pareciera mucho más nítido y onírico de lo habitual.

Dentro del piso de Lucía y Álvaro, sin embargo, el ambiente era otro: cálido, sereno, envuelto en una especie de irrealidad doméstica. Al otro lado de un ventanal empañado, la nieve seguía su coreografía lenta y mágica. El resplandor dorado de una lámpara de sobremesa, casi tan viejo como la casa, delineaba el sofá y el grueso edredón de lana que abrazaba a la pareja, desdibujando las formas. Sonaba en el televisor una comedia española de los ochenta, sin mucho sentido, mientras Lucía observaba absorta, con esa sonrisa invisible que sólo aparece en los sueños.

Álvaro, por su parte, miraba de soslayo la nevada, fascinado por cómo los copos caían en espiral, perdiéndose en la noche. De repente, el sonido irreal de un teléfono rompió la escena, como un silbido de tren en medio de un cuadro impresionista. Álvaro suspiró, reacio a abandonar aquella tranquilidad, pero el móvil insistía, vibrando como si quisiera despertar a los personajes del sueño.

Otra vez Sergio musitó a Lucía, como si el nombre tuviera otro peso en aquel mundo blando y distorsionado. Ya va por la tercera vez esta tarde.

Lucía giró apenas la cabeza, pero sus ojos siguieron fijos en la televisión, como si temiera romper el hechizo.

¿No lo ves? Seguramente quiere que vayamos a su casa rural en El Escorial Desde que la compró, está empeñado en que vayamos a celebrarlo. Sergio nunca entiende un no, da igual cuántas veces se lo digas.

Sus palabras parecían perder sentido al rozar el aire. Álvaro deslizó el dedo sobre la pantalla, aceptando la llamada. El sonido de la voz de Sergio era festivo, casi irreal.

¡Álvarito, por fin! ¿Os animáis o qué? Lo de la casa es una pasada, está todo listo: el fuego de la chimenea, el jamón ibérico, el vino frío, y viene el grupo de siempre. Dejad de hibernar y veníos con Lucía, os echo de menos.

Álvaro respiró hondo, como si el aire de la casa pesara más de lo normal. Miró a Lucía, que le respondió con un leve movimiento de cabeza: no, no les apetecía ruido, ni fiesta, ni conversaciones vacías. En ese instante, Álvaro improvisó una excusa:

Mira, Sergio es que Lucía se ha ido un par de días a casa de su madre, necesitaba visitarla. No quiero ir solo, lo entiendes, ¿no? Ya sabes cómo es esto prefiero evitar líos. Pero lo dejamos para otro finde, ¿vale?

Al otro lado, el silencio duró un suspiro, y luego Sergio contestó, fingiendo sorpresa:

¿Qué dices? ¿Cuándo vuelve?

Mañana por la noche respondió Álvaro con un tono casi teatral. Ni yo me lo esperaba, teníamos planes: el cine, pasear por el Retiro mientras todo sigue blanco, quizá ir a la pista de hielo de Cibeles Pero bueno, otro día será, ¿eh?

Sergio dudó, pero su voz se llenó de una satisfacción extraña:

Bueno pues avisa cuando vuelva, tengo ganas de veros, en serio. Y traed esa botella de Albariño la próxima vez.

Cerraron la llamada, la niebla del alivio envolvió la estancia. Álvaro dejó el móvil sobre la mesa, sonrió con esa picardía soñada de los duendes, y le susurró a Lucía:

Uf, ha costado quitármelo de encima. ¿Por qué será tan insistente? No me apetece verles borrachos ni aguantar su música de siempre Prefiero mil veces este rincón contigo.

Ella se acurrucó aún más a su lado, y la tranquilidad volvió a envolverles: el resplandor suave, el sonido en blanco y negro de la película, el tic-tac de ese viejo reloj que parecía marcar el tiempo sólo para ellos.

Mejor así musitó Lucía, como si respondiera a una pregunta secreta, sus ojos resbalando sobre los de él. Veamos la peli y después a la cama. No quiero nada más.

Álvaro se imaginó dentro de unos minutos, las luces apagadas, soñando bajo las mantas y el rumor de la nevada. Pero, como en los sueños, el momento se quebró: sonó de nuevo el móvil. Sergio, otra vez.

El sonido retumbó como una campana en la catedral de Toledo, y Álvaro contestó, deseando que la llamada durase sólo un instante.

Te lo he dicho antes, Sergio empezó, esforzándose en sonar amable.

Pero Sergio, esta vez, hablaba con otra voz, más grave, rota por una urgencia inventada:

Estoy en el club Cristal, aquí en la Gran Vía, y acabo de ver a Lucía. Está con un tipo, bebiendo y abrazándole. No quería decírtelo, pero Tío, tienes que saberlo. ¿No me dijiste que se había ido con su madre?

Álvaro se quedó paralizado, como si la voz de su amigo saliese de un buzón antiguo. Miró a Lucía, que seguía a su lado, pálida como una estatua de sal. Dudó, intentando descifrar el giño surrealista de la situación.

¿Estás seguro? murmuró. Sé perfectamente dónde está mi mujer.

Completamente. Está gritando, bebiendo, ni se inmuta al verme. ¿Quiéres hablar con ella?

Álvaro accedió. Unas notas de música club mezcladas con voces ahogadas, y de pronto, flotando entre las interferencias, surgió una voz idéntica a la de Lucía, traviesa y ajena:

¿Sí? ¿Quién es? El tono era vacilante, empapado de ese eco onírico de las pesadillas.

Álvaro tragó saliva, miró a Lucía, que abría desmesuradamente los ojos.

Lucía, ¿eres tú? Soy Álvaro.

La risa de la mujer, un poco ronca, chisporroteó en el teléfono:

Álvaro, ¡déjame en paz! Quiero divertirme, ¿vale? Me aburres con tu vida monótona. Quiero disfrutar hasta el amanecer.

Lucía se incorporó de golpe, helada, el corazón desbocado. Llevó la mano al pecho, balbuceando:

Esto es absurdo ¿Cómo puede esa chica saber mi nombre, mi voz? ¿Qué está pasando?

¿Y tú quién eres para preguntarme? ladró la voz desde el auricular. Hago lo que quiero, no tengo que rendirte cuentas.

Una carcajada de fondo, el tintineo de vasos y Sergio:

¿Lo ves, Álvaro? Te lo dije

Álvaro cortó enseguida, jadeando, dejando el teléfono lejos de sí, como si quemara. Miró el techo, preguntándose si ese sueño que no terminaba era real.

Lucía regresó al sofá, los ojos aún redondos.

Su voz era exactamente la mía. Pero ¿cómo? Alguien la ha preparado, seguro. ¿Quién puede querer hacernos esto?

No lo sé, pero era muy convincente. Si no estuvieras aquí a mi lado habría creído que eras tú respondió Álvaro, abrazándola con fuerza.

Si yo no estuviera dijo Lucía, con la voz quebrada, pensarías que estoy allí. Pero tú me conoces, ¿verdad?

Él acarició su pelo.

Por supuesto. Jamás harías algo así. Esto tiene que ser una broma, o algo peor. Ya hablaré con el club, incluso pediré las grabaciones. Lo averiguaré.

Lucía asintió y el frío se disipó, reemplazado por el calor de una certeza mudada en abrazo. Afuera, la nieve seguía cayendo.

************************

A la mañana siguiente, con la ciudad envuelta en un manto blanco que parecía flotar por encima de las azoteas, Lucía estaba en la cocina, repasando correos en el portátil y bebiendo té. El móvil sonó Sergio, otra vez.

Respondió con cautela, como quien pisa el hielo de un estanque antiguo.

¿Has hablado con Álvaro? preguntó Sergio, su voz temblando como si supiera que el hielo estaba a punto de quebrarse.

Sí. Discutimos. Me acusó de algo absurdo, ni quiso escucharme. Dice que le miento dijo Lucía, dejando la pregunta flotando en el aire.

Vio cómo el silencio se colaba entre las palabras de él; después, reconoció en la voz de Sergio una satisfacción ácida, casi imperceptible.

Sabía que esto pasaría Álvaro no sabe lo que tiene. Yo siempre lo supe, Lucía.

Lucía templó su voz, disimulando la indignación creciente. No quería interrumpirle, no aún.

¿De qué hablas?

Sergio bajó el tono, como si narrase una historia secreta:

Habla de que mereces más, de que podría darte lo que no te da él. Te quiero, Lucía. Y si algún día quieres dejarle, aquí estaré.

Ella calló, intentando ordenar sus pensamientos en el laberinto de aquel sueño. ¿Desde cuándo sentía esto Sergio? ¿Y si él era el arquitecto de todo este absurdo?

Tomó aire y cortó su respuesta como un cuchillo:

Sergio, esto es tan inesperado como inapropiado. Amo a Álvaro y arreglaremos lo que haya pasado. No te metas.

Perdona si he presionado balbuceó él, perdiendo la seguridad. Pero deberías saber que Álvaro ya te está dejando de lado, sólo busca un pretexto para marcharse yo solo quiero que estés bien.

Lucía apretó el móvil, los nudillos blancos.

Escucha bien, Sergio. Anoche estuve en casa. No discutimos. Y sé que todo esto lo has montado tú. Ahora todo encaja.

En la línea, Sergio dudó, pero la verdad se abrió paso. Su voz, ahora herida, saltó:

¡Sí, lo preparé! Porque te quiero, Lucía. Porque siempre he sabido que Álvaro no te valora, que yo sí lo haría sólo quería que lo vieras.

Lucía respiró, tragándose la amargura, y mantuvo la voz de hielo:

¿A mí? ¿Después de traicionar así nuestra amistad? Nunca, Sergio. No me llames más. Y tampoco a Álvaro. Le enseñaré esta conversación, ¡te lo aseguro!

Colgó y dejó caer el móvil sobre la mesa. A su alrededor, el mundo siguió igual: las tazas, el reloj, el aroma a tostadas. Afuera, la nieve seguía danzando.

Entró Álvaro, con el gesto preocupado. Ella le miró, con una media sonrisa amarga.

Se acabó. Él lo montó todo. Se ha declarado. Ha intentado separar lo nuestro. Es un cobarde, nada más

Álvaro le tomó la mano. Sus dedos se entrelazaron, fusionando dos sueños en un nudo cálido.

Jamás fue un amigo dijo con calma. Ya sospechaba, pero no tenía pruebas. Ahora todo cuadra.

Lucía, apoyándose en su hombro, sintió un alivio extraño, liberador. Un nuevo amanecer en su sueño.

Ahora sabemos la verdad. Y sabemos a quién podemos confiar.

Volvió a cerrar los ojos, empapándose del perfume del piso, ese olor a infancia y refugio.

Y mira el lado bueno susurró, voz traviesa. Ahora tenemos la excusa perfecta para evitar sus fiestas. Si preguntan, decimos que no queremos compartir velada con sujetos así.

Álvaro soltó una risa auténtica. La tensión se evaporó, como el vaho en la ventana.

Exacto. Mejor aquí, con nuestro cine, nuestro té

Y nuestro edredón añadió ella, envolviéndose como en un capullo.

Perfecto aprobó él, abrazándola.

Afuera, la nevada seguía, etérea y ajena, cubriendo Madrid con su sábanas blancas. Dentro, la calidez del hogar vencía a todo lo demás. Allí, la confianza era el verdadero abrigo, y supieron, mientras el sueño seguía, que nada ni nadie lo rompería ya.

*************************

Sergio, solo en la cocina de su piso en Argüelles, miraba una taza vacía, como si el fondo pudiera darle respuestas. No sentía remordimientos, sino una rabia sorda y pesada, como el plomo soñando con volar.

¿Por qué todo sale mal? exclamó, apartando de un manotazo las migas del croissant.

Recordó la escena del club: la risa impostada de Amparo, la chica del bar de Sol, copiando la voz de Lucía. Todo perfectamente orquestado: palabras ensayadas, gestos medidos, una función digna de los dioses del esperpento.

Lez parecía injusto: la vida, como esas copas de vermut olvidadas en una mesa del Rastro, no le sonreía. Se preguntaba por qué Lucía y Álvaro eran dueños de ese universo diminuto y cálido para el que él nunca encontró invitación.

Se acercó al ventanal. Los copos flotaban fuera, como motas de polvo en los sueños de Goya. La ciudad era irreal.

Tiene que haber sido yo murmuró al frío del cristal. Todo eso debería ser mío

Atrás quedó el plan, el papel arrugado donde había escrito las frases de Amparo, ahora hecho trizas en la basura. Afuera, la nieve continuaba su danza inexorable. Dentro, el resentimiento de Sergio era la única sombra que no podía borrar la extraña luz de aquel invierno soñado en Madrid.

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Hay un asunto, pronto llegan los invitados y tendrás que irte a otro sitio.