Lo que vi desde la ventana de la cocina
Luis, ¿has guardado ya las camisas limpias? Vi que aún quedaban dos en el montón después de planchar.
Trini, no te preocupes tanto, ya lo hago yo.
No me preocupo, solo te pregunto. ¿Cuándo te marchas?
Después de comer. Sobre las tres, más o menos.
Trinidad estaba junto a los fogones removiendo la avena, aunque en realidad hacía tiempo que ya no le apetecía desayunar eso. Sus manos se movían por rutina, mientras la cabeza se entretenía en otra parte. Por la ventana abierta se colaba el aire húmedo de abril, con olor a tierra. En el patio caía agua de la azotea, gota a gota, y ese sonido rítmico le ponía de los nervios más de lo habitual aquel día.
¿Para cuántos días te vas?
Como siempre. Cuatro o cinco, quizá alguno más si las reuniones se alargan.
Ya.
Puso la avena en los boles. Sirvió a Luis su taza grande favorita, le echó café y luego mucha leche, sin ni siquiera preguntar: después de siete años sabía bien cómo le gustaba, muy clarito, casi beige, y con dos cucharadas de azúcar.
Él estaba sentado, absorto en el móvil. Ahora casi siempre desayunaba enfrascado en la pantalla. Trini antes intentaba sacar conversación y hasta se enfadaba, pero ya hacía tiempo que había dejado de luchar. Se había resignado a ese ritual: café y móvil, cada mañana, sin remedio.
Oye, Luis dijo, sentándose enfrente. Ahora que te vas otra vez, quería hablar de una cosa.
¿Sí? levantó la mirada, pero no soltó el teléfono.
He pedido cita con la doctora Marina Ruiz. Te lo conté, la ginecóloga. Quiero consultarle de nuevo ya sabes, lo del niño.
Luis dejó el móvil boca abajo sobre la mesa. Eso no era buena señal. Siempre hacía eso cuando no le gustaba el tema: darle la vuelta.
Trini, esto lo hemos hablado mil veces.
Lo sé, pero quiero hacerlo una vez más.
¿Otra vez? Sabes cuántos años tienes, ¿verdad? No lo digo en mal sentido, estás estupenda, pero
Tengo cincuenta y dos. No es una condena.
Trinidad pronunció su nombre como a una niña que hay que callar. Suave, pero firme.
Está bien dijo ella. Vale.
Cogió la cuchara y empezó a comer la avena, ya tibia y sin sabor. Afuera seguía el goteo impertinente. Luis volvió al móvil.
Acabaron el desayuno, él le dio las gracias y se fue a la habitación a preparar la maleta. Trinidad fregó los platos, pensando que aquel tema del niño lo había dejado caer ya veinte veces en siete años. Siempre la misma respuesta, de formas diferentes: “ya veremos, cuando estemos mejor”, “ahora no es buen momento, el trabajo está complicado”, “eres mayor, cuídate”. Siete años. Ella se casó con cuarenta y cinco y pensó que aún quedaba tiempo, que iban a poder, que ese Luis suyo, tan paciente y confiable, acabaría queriendo, si solo le daba tiempo. Un poco más.
Se secó las manos con el paño viejo de gallos bordados que llevaba tres años colgado del horno. Pensó que ya tocaba otro, este estaba totalmente descolorido.
Luis salió al pasillo con la bolsa de viaje.
Estoy casi a punto. ¿Has visto mi jersey gris?
En el armario, segunda balda a la derecha.
Cierto volvió, se oyó el ruido del armario. ¡Lo tengo!
Luego se vistió, se abrochó la chaqueta. Ella, como siempre, le colocó bien el cuello. Él la besó en la mejilla.
Bueno, hasta luego. Te llamo por la noche.
Vale. Cuídate en la carretera.
Siempre.
Se cerró la puerta. Trinidad se quedó sola en el pasillo, escuchando el rumor del ascensor y el portazo del portal. Luego, solo silencio.
Regresó a la cocina, se sirvió más café y fue a la ventana. Su piso no daba al patio, sino a una calle secundaria, con cuatro coches aparcados: el utilitario gris del vecino del tercero, un Seat antiguo, alguno más. Abril estaba gris, el cielo lleno de nubes blancuzcas, una luz apagada sin sombras.
El coche de Luis estaba aparcado junto al edificio de al lado.
Trini parpadeó. Luego miró mejor. No, no se había confundido. Reconocía la matrícula, la tenía grabada. Era el suyo. Pero si acababa de irse para el viaje ¿qué hacía allí parado?
Quizá saludando a alguien. ¿Pero a quién? Luis no era de muchos amigos con los vecinos. Apenas un hola en el ascensor.
Dejó la taza y siguió mirando.
Pasaron diez minutos. El coche seguía.
Entonces del portal del edificio vecino salió una mujer. Joven, no más de treinta y cinco. Chaqueta azul, pelo oscuro recogido en coleta. Llevaba en brazos a un niño pequeño, tres años quizá, con mono rojo y gorro de pompón. Hablaba con él, lo abrazaba. El crío le tocaba la cara entre risas.
Trinidad los contemplaba sin entender todavía. Sólo mirando.
Entonces se abrió la puerta del coche gris. Salió Luis.
Fue hacia la mujer. Le cogió el niño de los brazos, lo levantó muy alto, el pequeño se reía, y aunque no oía las risas dentro de casa, vio su boca abierta y la alegría en la cara. Luis lo abrazó, frotó su mejilla contra la del niño, luego volvió a dejarlo en el suelo. Dijo algo a la mujer. Ella contestó. Luis le tomó la mano y se la llevó a los labios.
La besó en la mano.
En el pecho de Trini algo empezó a bajar despacio, muy despacio, sin hundirse ni romperse, solo cayendo poco a poco. Como si en su interior hubiese una estantería y de repente todas las cosas guardadas fueran deslizándose abajo con suavidad, sin estrépito.
No se movió de la ventana. Vio a Luis abrazar al niño otra vez, a la mujer acomodándole bien el gorro. Se despidieron. Él se metió en el coche y se marchó.
La mujer con el niño quedó un instante mirando hacia el coche. El pequeño tiró de ella, y se fueron, entrelazando manos.
Trinidad soltó el aire, se sentó en el taburete. Miró sus manos sobre las rodillas. Manos rutinarias, un poco cansadas, anillo todavía en el dedo.
Pensó que el café ya estaría completamente frío.
Se levantó, tiró el café y abrió el grifo de agua caliente.
Necesitaba pensar. Pero primero tenía que hacer algo con ese vacío sordo del pecho. Porque si se dejaba llevar ahora, si se ponía a llorar o a llamarle, sería un error. No porque no se pueda llorar; sino porque aún no sabía toda la historia. Había visto algo, pero no todo.
Aunque, siendo sincera consigo misma, sabía bien que en el fondo ya lo sabía todo.
Cogió la gabardina azul colgada en el recibidor, tomó las llaves, el bolso y salió al portal. Necesitaba aire. Solo salir y andar, dejar que los pies la llevaran.
Fuera el suelo estaba mojado, la acera brillaba y los charcos espejeaban el cielo. Trinidad anduvo, sin mirar a dónde, solo hacia adelante. Pasó junto a la tienda de ultramarinos, la peluquería, la farmacia. Junto a la entrada de la farmacia una anciana alimentaba a un pequeño perro, dándole trocitos de pan en la mano. El animal comía con mucha delicadeza, casi ternura.
Siete años.
Eso pensaba Trinidad mientras caminaba. Siete años al lado de un hombre sin saber. ¿O no queriéndolo saber? Se preguntaba con honestidad: ¿había señales? ¿Algún detalle que vio y decidió ignorar?
Viajes de trabajo mensuales, casi invariables. Siempre creyó en su trabajo: suministros, negociaciones, viajes. Jamás dudó de él. Ni una sola vez.
El móvil, que nunca dejaba lejos. Lo tomó como manía.
Y las veces que hablaban del hijo, debate que siempre cerraba con educación, firmeza, amabilidad. Pensaba que era cosa de la edad, del cansancio, de evitar cargas. Creía poder comprenderle, esperar.
Y ya tenía un hijo.
Un niño de tres años. Eso significaba cuatro años de otra relación. Cuando llevaban tres de casados.
Trini se sentó en un banco de un pequeño paseo, debajo de varios tilos sin hojas aún, solo brotes. Sacó el móvil, lo sostuvo un minuto y lo guardó.
¿Qué iba a hacer cuando él volviera? Regresaría en cuatro o cinco días, como siempre, con algún regalito, un cuento de sus reuniones, aire agotado. Se sentaría en el sofá, pondría la tele. ¿Qué tal aquí?, preguntaría.
Cómo está ella.
Miró las ramas de los tilos: yemas gordas, vivas, listas para estallar con un poco más de calor.
Curiosamente, no pensaba en la traición, ni en la otra mujer, ni en el niño del mono rojo. Pensaba en sí misma. En la Trinidad que había esperado siete años, aguantado, guardado fe, creyendo que la verdadera paciencia es amor. Que no hay que presionar, sino esperar.
Eso hizo: esperar.
Empezó a notar el frío, abrochó la gabardina y emprendió el camino de regreso.
En casa reinaba una calma densa. La ausencia de Luis no era de grandes ruidos, él nunca fue bullicioso ni de pisadas fuertes. Su simple presencia daba un eco vital, un fondo. Ahora, ni eso.
Trini fue al salón. Se detuvo en medio, lo recorrió con la mirada. La balda con sus libros, y los pocos de él. Sus zapatillas junto al sillón. La manta de cuadros azul y verde que ella misma le regaló el año anterior.
La acarició, la dejó donde estaba.
Fue entonces al trastero. En la balda más alta seguían cajas sin deshacer desde la mudanza de cuando se juntaron hacía años. Bajó una, la abrió: libros, carpetas, una caja de fotos.
Sacó las fotos y se sentó en el suelo.
Ahí estaba su yo de unos treinta, sonriente y delgada, mirando a alguien fuera de cámara. Foto con amigos de esa época ya remota. Sus padres jóvenes y radiantes en la playa; ella abrazada a su amiga Inés en el parque. Inés, que ahora ya tenía cincuenta y seis.
Había que llamarla, pero no ahora.
Metió las fotos en la caja, la cerró. Bajó del taburete y fue al baño a lavarse la cara. Se miró en el espejo: ojos cansados, piel buena siempre le decían que tenía buena piel, las arrugas en los lados. Pelo oscuro y con canas, cortado a media melena. Una mujer de cincuenta y dos años.
La herida del engaño no deja huella al instante. Al principio solo te miras y piensas: así que esta eres. La esposa engañada siete años. La que quiso tener un hijo, y resulta que él ya lo tenía con otra.
Cerró el grifo y fue a la cocina a preparar la comida. Había que hacer algo.
Cuatro días vivió en una especie de desdoblamiento. Por fuera, igual que siempre: cocinar, limpiar, pasear, llamar a su madre. Luis telefoneaba por las noches, según lo prometido. Sonreía, contaba banalidades del trabajo, preguntaba cómo estaba. Ella contestaba: bien, todo normal, el tiempo está feo, he comprado otra bayeta. Él reía. Ella también, y lo que más miedo le daba, era lo fácil que le resultaba reír.
Por dentro era otra vida.
Pensaba mucho. Ponía las piezas en su sitio, revisaba recuerdos, detalles, lo que cobró sentido después. Aquellas noches cuando volvían de viaje distinto, a veces más tierno, a veces distraído. Siempre pensó: estará cansado. Ya entendía: venía de allí, de “ellos”.
Pensaba en la mujer de la coleta. Joven, sí, treinta y tantos. ¿Guapa? Probablemente. Elegante, segura, con buen porte. Alguien que sabía su sitio: ese sitio junto a su marido.
Y el niño. ¿Niño o niña? No se fijó. Solo le vio reír en brazos de Luis. Su marido nunca fue de niños cuando estaba con ella. “Nunca se me dio bien eso de tratar con pequeños”, decía. Y ella le creía.
Al tercer día llamó a Inés.
¿Inés, puedes venir un rato?
Claro. ¿Te pasa algo? Se te oye rara
Ven, preparo café.
Inés vino en una hora. Vivía cerca, compartían tienda de comestibles. Llevaban veinte años de amistad, desde el trabajo de juventud. La vida las separó, nuevos matrimonios, mudanzas pero siguieron compartiendo cafés y confidencias.
En el vestíbulo, Inés la miró con atención.
Trini. ¿Qué te ocurre?
Pasa a la cocina.
Trinidad contó todo, sin rodeos ni drama. Inés escuchó, la apretó la mano solo una vez. Al terminar, guardó silencio largo.
Virgen santa dijo al fin. Madre mía.
Sí.
¿Estás segura, Trini? ¿De verdad era él?
Inés, sé cómo anda, cuál es su coche, cómo coge a un niño. Bastante segura.
¿Y qué harás?
Estoy pensando.
¿No crees mejor hablar directamente con él?
Lo haré. Cuando vuelva.
Tía, eres muy fuerte aguantando así, pero no deberías llevarlo sola
Inés la cortó. Saldré adelante. No quiero lástima. Solo quédate cerca. Ahora mismo eso basta. Gracias.
Inés la abrazó como se abrazan las amigas viejas: apretando mucho, sin palabras.
Estoy aquí, eh. Cualquier cosa, a cualquier hora.
Lo sé.
Se fue cayendo la noche. Trinidad recogió las tazas y apagó la cocina. Se tumbó sobre la cama sin desvestirse y miró el gotelé del techo.
Pensaba: siete años construyendo algo que creía real. No perfecto; nunca soñó con eso. Pero real: rutina, costumbres, el café y la avena de cada mañana. Creía que eso era el núcleo: no una pasión fugaz, sino una firmeza tranquila de estar “juntos”.
Pero mientras ella levantaba su lado, él fundaba otro hogar, a cinco minutos a pie.
Cinco minutos.
Cerró los ojos. Afuera llovía, una llovizna suave de primavera, nada triste.
Él regresó al quinto día, por la tarde. Llamó al timbre, aunque tenía llaves. Trinidad abrió.
Ya estoy dijo en tono apagado. Soltó la bolsa e intentó abrazarla.
Espera dijo ella.
Él se quedó rígido.
¿Qué pasa?
Pasa al salón. Tenemos que hablar.
Se sentaron. Él, en el sofá, ella en la butaca. De por medio, la mesita baja con un jarrón de tulipanes de papel que ella hizo una tarde aburrida.
Luis dijo. El día que te fuiste, te vi desde la ventana. Estabas junto al portal de al lado. Una mujer y su hijo. Tú tenías al niño en brazos.
Silencio. No de negación ni de persona a punto de excusarse. Un silencio distinto.
Luis
Trini respondió él.
Sin dramas ni gritos le interrumpió, serena, aunque por dentro vibraba como un cable de alta tensión. Solo quiero una respuesta. ¿Es tu hijo?
Pausa.
Sí respondió él.
Ella asintió. Nada más. Lo sabía de sobra, pero ahora ya era certeza.
¿Cuántos años?
Tres.
¿Y con ella, cuánto tiempo?
Trini, no hace falta
Te lo pregunto.
Él bajó la cabeza.
Cinco años.
Cinco años. Dos antes del niño. Es decir, casi desde el principio del matrimonio.
Vale dijo Trinidad.
No quería hacerte daño. No fue premeditado, pasó así
Pasó así repitió ella, sin ironía, solo repitiendo. Cinco años pasando así.
Sé lo que piensas.
Lo dudo.
Trini
Luis se levantó. No quiero explicaciones. He visto lo suficiente: cómo abrazas a tu hijo, cómo la miras a ella.
Lo decía y le parecía extraño no llorar. Ni ganas. Sentía algo pesado, pero muy claro, como el aire lavado por una tormenta.
Voy a hacer la maleta informó. Solo lo imprescindible. Lo demás, más adelante, cuando hablemos.
¿A dónde vas?
A casa de mi madre. Luego ya se verá.
Trini, espera. Podemos hablar. Te lo explico.
Ya lo has hecho.
Fue al dormitorio. Sacó la maleta pequeña. Metió ropa, papeles, neceser, ropa interior, un jersey para el frío, el libro de la mesilla, la foto de sus padres en el marco de madera, el frasco de perfume favorito, el cargador.
Luis miraba desde la puerta.
Trini, por favor. No puedes hacerlo así.
¿Así cómo?
Irte sin decir nada, recogiendo y punto.
¿Y cómo tendría que hacerlo?
Él no respondió.
Cerró la cremallera, cruzó el pasillo y se puso el abrigo azul y las botas cómodas. Tomó la maleta.
Volvió un instante al salón. Dejó el anillo de boda junto al jarrón de tulipanes de papel, sin drama, con cuidado.
Separó las llaves del piso y las dejó en la consola de la entrada.
Trini dijo él.
Luis respondió ella. Te deseo lo mejor. En serio.
Y salió.
En el ascensor se miró en el brillo vago de la puerta metálica. Bajó. La puerta se abrió.
En la calle hacía fresco. Se detuvo un instante, asimilando. Siguió hasta la parada del autobús. La madre vivía en otro barrio, a cuarenta minutos.
Sin ningún escándalo. Sin gritos. Todavía no sabía lo sabría meses después que eso sería importante para ella: haberse ido en silencio. No porque lo aceptase o perdonase: sino porque irse así era del todo suyo, no en reacción. Un acto propio. Digno. No por él, sino por ella.
En la parada soplaba el viento. Se cerró el cuello.
Pasó un año.
La ciudad apenas cambió. Los mismos tilos, pero ahora cargados de hojas, verdes y espesas. Las mismas tiendas, la farmacia de siempre. La anciana con el perro seguía paseando. En ciudades pequeñas el tiempo va despacio, y Trinidad lo agradeció.
Alquilaba un pisito de dos habitaciones cerca de un parque, en un tercero con ventanas al jardín interior. La dueña, ya mayor, vivía abajo y tenía fresas y flores de alhelí en el jardín. El olor de los alhelíes por las mañanas le gustaba tanto que abría las ventanas antes de desayunar.
Montó un pequeño negocio: un taller de decoración artesana. No al principio: primero vino la confusión, largas charlas con su madre, cafés con Inés, alguna cita con abogados. Hacia octubre, cuando el papeleo quedó atrás y por dentro ya respiraba mejor, recordó los tulipanes de papel.
Toda la vida había hecho cosas con las manos: ganchillo, costura, barro, hasta mimbre. Siempre por afición. Pero ahora pensó: ¿por qué no en serio?
Llamó a Inés.
Quiero empezar un taller.
¿De qué?
Manualidades, decoración, cosas hechas a mano. Tú sabes que se me da bien. Alquilaría algo pequeño, de momento yo sola
Eso cuesta dinero, alquiler, materiales
Tengo ahorros y puedo ir despacio. Solo es una habitación.
¿Hablas en serio?
En serio.
Inés tardó en responder.
La verdad dijo no me sorprende tanto.
Encontró rápidamente local. Una habitación en un bajo céntrico, barato. Pintó de blanco, colgó baldas, puso una mesa grande y una buena lámpara. Lo llamó, sin complicaciones: “El Taller de Trinidad”.
Al principio venían amigas, vecinas, conocidas. Compraban coronas de flores secas, cuadros, velas, posavasos de ganchillo. Luego alguien habló de ello en el grupo de Whatsapp del barrio, después más gente. Abrió cuenta en redes sociales, empezó a poner fotos. No se hizo rica, pero pagaba el alquiler y aún le quedaba para ir tranquila.
Lo fundamental era otra cosa.
Lo fundamental era despertar sabiendo que el día pertenecía a ella. Solo a ella. Elegía qué fabricar, cuándo abrir, con quién hablar, qué crear. Esa sencilla certeza era tan grande que se le hacía imposible explicarla a quien no la vivía. Era su mañana, su café, su agenda.
Luis venía a la memoria poco. Algo lo evocaba: el corte de un gabán en un escaparate, el aroma de aquel tabaco que él usaba. Trinidad lo notaba, lo dejaba pasar, y seguía. No había rabia; casi sin amargura, solo una pena tranquila por lo que no fue. El hijo que nunca llegó. Los años gastados en esperanzas.
Pero una pena que se podía llevar.
Un atardecer de abril, justo un año después, volvía a casa del taller. Era ya tarde; olía a chopo y tierra tras la lluvia. Llevaba una bolsa de materiales, pensando en el móvil para la habitación de un bebé que le acaban de encargar. En su cabeza ya lo iba diseñando: madera clara, tonos pastel, pompones que giran despacio sobre la cuna.
Junto a una cafetería donde a veces paraba, vio a un hombre esperando fuera. No joven, algo mayor, pelo con canas y bien vestido. Se la quedó mirando.
¿Trini? dijo. ¿Eres tú?
Se paró, inspeccionó.
¿Álvaro?
¡Anda! rió. ¡Cuánto tiempo! ¿Veinte años ya?
Álvaro Gómez. Fueron compañeros en aquel primer trabajo suyo, cuando aún no imaginaba nada de esto. Él siempre inventaba cosas. Ahora cada uno estaba en otra vida.
Por lo menos veinte contestó ella. ¿Qué tal?
Bien, aquí llevo tres años, me cansé de Madrid. ¿Tú desde cuándo por aquí?
Nunca me fui.
Ah, cierto. Oye, ¿un café? No está mal aquí. Te invito.
Vaciló un poco. Llevaba peso y mañana tenía pedidos, pero
Dale, por qué no.
Entraron, se sentaron junto a la ventana. Pidió cappuccino, Álvaro un solo. Él le contó que había trabajado fuera, dos matrimonios, ninguno funcionó, lo decía con humor.
¿Y tú? ¿Estuviste casada?
Sí. Me separé.
¿Hace mucho?
Hace un año.
¿Fue duro?
Abrazó su taza caliente de cappuccino, el dibujo de hojas en la espuma.
Duro. Pero después piensas: menos mal que pasó. No porque estuviera mal antes. Sino porque ahora estoy mejor.
¿Has cambiado?
Pensó.
No creo. Más bien soy más yo. Más que antes.
Álvaro asintió, la miró con interés.
¿A qué te dedicas?
Tengo un taller de cosas artesanas. Decoración, accesorios para la casa.
¿En serio? Eso es genial. Siempre tenías la mesa llena de inventos caseros.
¿Te acuerdas?
Me acuerdo sonrió. Aquella botellita de colonia pintada con vidrieras
¡Esa era! La usaba como jarrón de colores.
Todos preguntaban de dónde la habías sacado.
Silencio agradable.
¿Eres feliz? preguntó de pronto Álvaro, claro.
Miró por la ventana. Fuera ya casi era de noche, pero todo tenía un brillo suave. Se habían encendido farolas, gente caminaba, alguien llevaba un niño de la mano.
No es exactamente felicidad dijo ella. “Feliz” es poca cosa, como cuando te sale bien un guiso o estrenas zapatos cómodos. Lo que siento no sé, es otra cosa.
Explícalo.
Lo pensó.
Cada mañana abro el taller. A veces hago encargos, a veces, lo que me apetece. Y mientras trabajo con las manos, monto piezas, sale algo donde antes no había nada. Es mío. Nadie me lo ha dado, nadie me lo puede quitar. Eso supongo que es vivir.
Álvaro sonrió.
Sí, debe de ser eso.
Fuera, las farolas daban luz dorada y en la barra del local sonaba una música suave. El café se había quedado frío en el fondo de la taza.
Bueno, Álvaro, me voy. Mañana madrugo.
Por supuesto él se levantó, le acercó la bolsa de materiales. Me alegró verte.
Igualmente.
¿Cómo se llama el taller?
“El Taller de Trinidad”.
Sencillo.
Yo soy sencilla.
No te creas.
Se despidieron en la puerta. Ella tiró directo para casa, él al contrario. No miró atrás.
En casa, todas las ventanas cerradas, las flores de alhelí abajo recogidas, ya sin perfume, pero abrió igual. El aire de abril olía a limpieza y lluvia.
Puso agua a hervir, fue sacando los materiales. Lanas: rosa empolvado, beis, verde menta. Palitos de madera de distintos tamaños. Lo extendió todo y se imaginó tejiendo pompones, pequeñitos y suaves, flotando sobre la cuna de algún bebé.
El agua hirvió.
Preparó una infusión, tomó la taza y se acercó a la ventana, contemplando el jardín oscuro, los perfiles de los árboles, las ventanas encendidas al fondo, una que otra sombra cruzando.
Pensó que la vida después del divorcio, la vida como ahora la tenía, no era una tragedia ni un fracaso. Era un hecho. Cinquenta y dos años, nueva etapa tras los cincuenta, un negocio propio, un hogar pequeño, su ciudad de siempre. Otros quizá lo verían pobre o poco. Para ella era suficiente.
Era suyo.
Cada café de la mañana era suyo. Decidir cada cosa, elegir adónde ir, con quién hablar. Cada pompón verde menta, cada tulipán de papel.
Fuera las ramas rumoraban al pasar el aire, calmadas, con hojas jóvenes. En el fondo de la noche comenzaba otra vez la lluvia.
Trinidad sostenía la taza caliente entre las manos, miraba la oscuridad y pensaba: mañana tengo que comprar más lana beis, queda poca y siguen llegando encargos.
Y también otro paño de cocina. El viejo ya no da para más.






